Capítulo Cuarenta y Cuatro #2
—Puedes pedir lo que quieras, Fidel, para eso eres el fiscal, y respeto tu trabajo tanto como espero que respetes el mío.
—Harper lo dijo sin acritud, pero sin ceder ni un milímetro tampoco—.
Pero recuerda una cosa, porque a veces con las prisas se nos olvida hasta a los que llevamos quince años en esto: tú pides.
Yo instruyo. El fiscal solicita, propone, argumenta, y hace bien en hacerlo.
Pero la facultad de admitir o denegar esa petición, mientras este expediente siga en mi juzgado, es mía, y solo mía.
Puedes pedir el sobreseimiento por escrito mañana mismo si quieres, con toda la fundamentación que te parezca oportuna.
Y yo, con la misma cortesía y el mismo rigor, te lo denegaré por escrito, motivado, con cada uno de los indicios que tengo sobre la mesa esta noche.
No me retes a hacerlo, Fidel, porque lo haré sin que me tiemble el pulso, y los dos sabemos que quedaría recogido en el expediente para quien quisiera leerlo después.
—Espera, espera. —La voz de Fidel se afiló de golpe, ya del todo despierta—.
¿Indicios de dónde, Harper? Porque si esa llave y esa sesión me las has sacado hablando directamente con el marido de la víctima, por teléfono, un domingo por la noche, sin oficio, sin acta, sin absolutamente nada que lo sostenga procesalmente, entonces lo que tienes no son indicios.
Es al marido de la víctima intoxicándote la instrucción con lo que él cree que ha encontrado, y tú aceptándolo de rebote porque te encaja con la teoría que ya tenías en la cabeza.
Eso no es el cauce correcto, y lo sabes de sobra.
Tú no deberías tener nada de eso, Harper, no así.
—Puede. —Harper no se alteró—. Y por eso, precisamente, mañana a primera hora voy a pedirle a Parra que tire formalmente de cada uno de esos hilos que ahora mismo tengo de forma extraoficial.
Oficio a la empresa de seguridad para el registro certificado de la llave.
Diligencia sobre las cámaras, con acta y con las garantías que hagan falta.
Todo lo que Álvaro me ha contado esta noche por teléfono se va a formalizar mañana mismo, con el procedimiento que corresponde.
Soy el juez instructor, Fidel. Investigo y dirijo la investigación.
Da igual de quién venga el primer hilo del que tiro, mientras al final se pida formalmente y se incorpore como es debido.
Pero para pedir un oficio, primero hace falta saber qué pedir.
Y eso es lo único que Álvaro me ha dado esta noche: saber por dónde seguir tirando mañana.
—Cualquier día vas a tener un problema serio con esa manera de trabajar, Harper. Un abogado defensor hábil te va a comer viva la instrucción entera por el origen de esos indicios, y lo sabes.
—Cuando llegue ese puente, lo cruzaré. —La voz de Harper se volvió, si acaso, más tranquila todavía, con la calma de quien ha tomado ya la única decisión que le importa esa noche—.
Pero a problemas, soluciones, Fidel, no problemas por adelantado.
Y ahora mismo tengo uno mucho más urgente que cualquier abogado defensor futuro: Claudia Serrano está muerta, y no voy a dejar a una niña de ocho meses en manos de la mujer que probablemente la mató, ni un solo día más de los estrictamente necesarios, solo porque a alguien le preocupe más la pulcritud del expediente que la vida de esa cría.
Ya limpiaré el procedimiento por el camino.
Lo que no pienso hacer es mirar para otro lado mientras lo limpio.
Un silencio largo, y al final, un suspiro que sonaba más a rendición que a acuerdo.
—Tienes hasta que llegue ese informe de Telemáticos. Ni un día más de margen del que ya me has robado.
—No, Fidel. —La voz de Harper salió ahora sí con un filo de rabia contenida que no se había permitido en todo lo anterior—.
Los plazos no los pones tú. Los plazos, en esta instrucción, los pongo yo, igual que se los pongo a cualquier otra parte que comparezca ante este juzgado, incluida la Fiscalía.
Tú no me concedes márgenes como quien hace un favor.
Yo resolveré cuando tenga que resolver, con las diligencias que hagan falta practicadas y ni una menos, y tú, como cualquier otra parte del procedimiento, esperarás a que ese momento llegue.
No te estoy pidiendo permiso, Fidel. Te estoy informando de cómo va a ser esto.
Y te lo estoy diciendo por teléfono, de una manera cordial, entre dos personas que llevan años trabajando juntas.
Si me diera la gana, te lo ponía por escrito, con sello y con fecha, y no te iba a gustar ni la mitad de lo cordial que suena ahora mismo.
Otro silencio, más corto esta vez, casi sorprendido.
—Entendido —dijo Fidel, al fin, con una voz distinta, más comedida—. Avísame en cuanto tengas el informe.
—Lo haré.
—Y Harper... —añadió, ya con la voz menos tensa, casi resignada—, como esto se quede otra vez en nada, te vas a acordar de esta llamada durante mucho tiempo.
—Si se queda en nada, Fidel, te invito yo a la cena en la que me lo restriegues. Con gusto.
Colgaron. Harper se quedó de pie en medio del estudio, con el teléfono todavía caliente en la mano, y Nya, que había escuchado su parte entera de la discusión sin decir una palabra, se levantó y le puso una mano en el pecho, despacio, buscándole los ojos.
—Oye. Tranquilo. —Lo dijo con una calma que no exigía nada, solo la ofrecía—.
Has hecho lo correcto, Aeris. Todo lo que le has dicho se puede defender, cada palabra.
No has mentido, no te has inventado nada.
Has puesto sobre la mesa lo que tienes y le has dicho cómo vas a formalizarlo.
Eso no te lo puede discutir nadie, ni Fidel ni el abogado más hábil del mundo.
Harper respiró hondo, y algo en los hombros se le fue destensando poco a poco, como si solo entonces se hubiera dado cuenta de cuánto los había llevado en alto durante toda la llamada.
—Los jueces cargamos con mucha más emoción de la que la gente cree, Nya.
Se supone que tenemos que ser fríos, imparciales, de manual.
Y lo somos, la mayor parte del tiempo. Pero cuando alguien te está tocando los cojones con el calendario mientras una niña de ocho meses duerme bajo el mismo techo que la persona que probablemente mató a su madre, esa frialdad se sostiene con las uñas.
—Se pasó la mano por la cara, cansado—. Y no pienso parar, Nya.
Voy a seguir tirando de esto hasta que lo tenga formalizado del todo, hasta que no quede ni una grieta por donde alguien pueda escaparse.
Se ponga como se ponga Fidel. Se ponga como se ponga cualquiera.
—Lo sé. —Nya sonrió, un poco, con ese orgullo tranquilo que llevaba toda la llamada sosteniendo en silencio—. Por eso te quiero, cabezón.
Le pasó los dedos por el pelo, despeinándoselo sin ninguna ceremonia, y se apartó lo justo para volver a sentarse en su silla, dejando que el silencio hiciera el resto del trabajo.
Harper dejó el teléfono sobre la mesa, boca abajo, y se sirvió lo que quedaba de café frío en la taza, más por hacer algo con las manos que por ganas de bebérselo.
—¿Cuánto tardará Telemáticos? —preguntó ella, ya con la voz más ligera, dejando que el momento se cerrara solo.
—Entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas, si se dan prisa. Puede que más, si el proveedor se hace el remolón con los datos.
—Entonces tenemos un par de días por delante.
—Nya se quedó mirando la pizarra, la fotografía del coche, la cifra de la cuota subrayada en rosa, con esa energía suya de cuando un problema todavía no está resuelto del todo y no piensa dejarlo a medias—.
Si Álvaro ha encontrado esto solo mirando la aplicación de la alarma, imagínate lo que puede haber todavía en ese móvil que nadie ha vuelto a abrir con calma desde que se cerró el caso como suicidio.
Harper la miró, y entendió, sin necesidad de que ella lo dijera del todo, que aquella noche todavía no había terminado.
—Entonces sigamos —dijo—. Mientras esperamos a Telemáticos, no vamos a quedarnos de brazos cruzados.
Nya ya tenía el portátil abierto de nuevo antes de que él terminara la frase.