Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Treinta y Seis
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Capítulo Treinta y Seis

Confianza

El Puerto de Santa María.

Nya oyó las voces desde el camino de albero, antes incluso de apagar el motor: la de Alex, grave y tranquila, y la de Harper por debajo, tensa, cortada en frases demasiado breves para ser una conversación normal.

Cuando entró en la cocina los encontró a los dos de pie, Alex con una cerveza sin tocar en la mano y Harper apoyado contra la encimera con los brazos cruzados y una expresión que Nya solo le había visto una vez, hacía meses, la noche en que un caso se le había torcido de la peor manera posible.

—Hola —dijo, dejando las llaves en el cuenco, con la cautela de quien entra en una habitación cuya temperatura no sabe todavía.

—Hola, Nya. —Alex se despegó de la encimera con una rapidez que no era casual—. Yo ya me iba, que se me hace tarde para la cena de casa.

—No hace falta que te vayas por mí.

—No es por ti. —Alex le dedicó una sonrisa breve, sincera, y de camino a la puerta le apretó el hombro a Harper, un segundo, sin decir nada más—. Nos vemos el jueves. Los dos.

Se marchó, y el silencio que dejó detrás de sí pesó como una losa recién colocada.

—¿Cómo ha ido con Carmen? —preguntó Harper, sin moverse de la encimera, con una voz tan neutra que resultaba casi peor que un grito.

Nya sintió el estómago encogérsele. No supo si era porque ya sabía lo que venía, o porque llevaba todo el día temiendo exactamente aquella pregunta.

—Aeris…

—¿Cómo ha ido con Carmen? —repitió él, más despacio esta vez, y en la repetición ya no había neutralidad ninguna. Había dolor, disfrazado de control—. Porque me interesa mucho saberlo. Y me interesa todavía más saber cómo ha ido la academia esta tarde.

—Lo sabes.

—Lo sé. —Harper se apartó de la encimera al fin, y el movimiento tuvo algo de contención rota—.

Sé que has estado en Botafuegos. Sé que me has mentido esta mañana, mirándome a la cara, con la misma tranquilidad con la que me dices que hace buen día.

Y llevo desde las cinco de la tarde intentando decidir si estoy más asustado o dolido, y todavía no lo he decidido.

—Necesitaba ir sola.

—¡Podrías habérmelo dicho! —La voz de Harper subió, no del todo, pero lo suficiente para que la palabra rebotara en las paredes de la cocina—.

No te estoy pidiendo que me pidieras permiso, Nya, jamás te pediría eso.

Te estoy diciendo que podrías habérmelo dicho.

Que soy la persona con la que vives, con la que duermes, y que en vez de contarme la verdad decidiste construir una mentira completa, con Carmen incluida, para que yo no tuviera ni idea de dónde estabas en el peor sitio del mundo para ti.

—¡Porque sabía que ibas a hacer esto! —Nya también alzó la voz, aunque se contuvo, aunque cada palabra le costara un esfuerzo consciente por no cruzar una línea que se había prometido no cruzar nunca con él—.

Exactamente esto, Aeris. Esta cara. Este tono.

Esta necesidad tuya de convertir mi decisión en un problema tuyo que resolver.

—No es que quiera resolverlo. Es que me da miedo.

—¿Miedo de qué?

Harper se quedó callado un segundo de más, y en ese segundo, Nya lo vio: la duda, el cálculo, la decisión rápida de tragarse algo que quería decir y no decirlo todavía. No supo nombrarlo en ese momento, pero lo sintió, esa fracción de silencio que no encajaba con el resto de la conversación.

—Miedo de que te pase algo —dijo él, al fin, y no era mentira, pero tampoco era toda la verdad, y esa distancia entre las dos cosas se le notó en la voz lo suficiente como para que Nya, sin saber de qué, sintiera que le estaban ocultando algo.

—¿Qué me iba a pasar? Es mi hermana, Aeris.

Está encerrada. Hay un cristal entre las dos, un funcionario en la puerta y cero posibilidad de que me ponga una mano encima.

Fui a verla porque llevaba un año necesitando hacerlo, y lo hice de la única manera que sabía hacerlo: sola, sin que nadie me organizara la visita como un operativo de seguridad del Estado.

—No te estoy hablando solo de Selene.

—¿Entonces de qué?

Harper no contestó. Apretó la mandíbula, con esa contención suya que en otros momentos Nya encontraba admirable y que en ese instante, cargado de todo lo demás, le pareció, por primera vez, insoportable.

—¿Ves? —dijo ella, con una amargura que le salió de un sitio muy hondo—.

Eso. Justo eso. Te callas lo que de verdad te preocupa y me sueltas la mitad, y luego te enfadas conmigo porque yo he hecho exactamente lo mismo.

Te he ocultado adónde iba. Tú me estás ocultando por qué te importa tanto.

Somos iguales, Aeris, ¿no lo ves? Los dos escondiendo la mitad de la verdad para proteger al otro, y los dos convencidos de que el otro no lo va a notar.

—No es lo mismo.

—¡Es exactamente lo mismo! —Ahora sí, la voz de Nya se rompió un poco, no de rabia sino de algo más antiguo y cansado—.

Llevo dos años dejándote entrar en cada rincón de mi cabeza que soy capaz de abrir, Aeris.

Cada uno, a mi ritmo, cuando podía. Y hoy, la primera vez que decido hacer algo sola, sin pedirte permiso, sin necesitar que me acompañes ni que me protejas ni que organices nada, ¿sabes lo que siento cuando entro por esa puerta y te veo con esa cara?

Siento que ni siquiera confías en que yo sepa cuidarme a mí misma.

—Confío en ti más que en nadie en este mundo.

—Pues no lo parece.

—¡Es que tengo motivos para tener miedo, Nya, y no te los puedo contar todavía!

—Harper se pasó las manos por la cara, con una desesperación que no era habitual en él, que Nya no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos del caso Serrano—.

Y eso me está volviendo loco, porque sé que te lo tengo que contar, y sé que en cuanto lo haga esto se va a poner mucho peor de lo que está ahora, y llevo toda la tarde intentando encontrar la manera de decírtelo sin que se te caiga el mundo encima, y no la encuentro, joder, no la encuentro.

Nya se quedó quieta un momento, desarmada por la sinceridad cruda de aquello, pero el miedo, el suyo propio, que llevaba todo el día acumulándose desde el locutorio de Botafuegos, encontró la grieta y se coló por ella antes de que pudiera pensarlo mejor.

—¿Sabes qué, Aeris? A lo mejor deberías contármelo ya, sea lo que sea.

Porque llevo dos años dejándote ver cada cicatriz que tengo, cada una, aunque me costara la vida enseñártelas, y tú todavía tienes cosas que «no me puedes contar todavía» .

Así que dime. ¿Qué es lo que te da tanto miedo que ni siquiera confías en que yo lo pueda sostener?

—No es que no confíe en que lo sostengas.

—¡Entonces qué es!

—¡Es que no soporto la idea de hacerte más daño del que ya tienes!

—La voz de Harper, por primera vez en toda la discusión, sonó al borde de quebrarse—.

¿Es que no lo entiendes? Tengo miedo de perderte, Nya.

No de que Selene te haga nada. De que un día, con todo lo que tienes encima, decidas que ya no puedes más, que esto es demasiado, que yo soy demasiado, y te vayas.

Y esa idea me tiene tan aterrado que a veces no sé si te protejo a ti o si me protejo a mí de imaginarme una vida sin ti.

El silencio que siguió tuvo un peso distinto al de todos los anteriores.

Nya sintió que algo, muy dentro de ella, se resquebrajaba con un chasquido seco, y cuando habló, la voz ya no le salió alzada, sino baja y temblorosa, la voz de alguien que ha decidido, en un segundo de desesperación total, enseñar la herida entera de una vez porque ya no le quedan fuerzas para seguir escondiéndola.

—¿Y si te dijera que tienes razón en tener miedo?

—dijo—. ¿Y si te dijera que si vieras de verdad todo lo que hay dentro de mí, todo, no solo lo que ya te he contado sino lo que todavía no he encontrado la manera de decir, saldrías corriendo?

Porque yo no tengo arreglo, Aeris. No tengo remedio.

Puedo aprender a dormir una noche entera en Zahara y seguir teniendo el cuerpo roto por dentro.

Puedo aprender a boxear y seguir sin saber quién soy cuando nadie me mira.

Puedo quererte con toda el alma y aun así, algunas noches, no reconocerme a mí misma en el espejo.

Así que sí, tienes motivos para tener miedo.

Yo también los tengo. Llevo dos años esperando el día en que descubras que no hay suficiente amor en el mundo para arreglar lo que Lucian dejó roto en mí, y que decidas que no puedes más.

—Nya…

—No. —Ella levantó una mano, no de rechazo sino de necesidad, la necesidad urgente de terminar la frase antes de que el valor se le acabara del todo—.

Déjame terminar. Porque si esto es lo que hay, si los dos tenemos tanto miedo del otro que preferimos mentir antes que arriesgarnos a perdernos, entonces a lo mejor tenemos que preguntarnos qué clase de confianza es esta, de verdad.

Harper cruzó la cocina en tres pasos y la abrazó antes de que ella pudiera terminar de procesar que se había movido, con una fuerza que no tenía nada de posesión y todo de urgencia, la clase de abrazo que se da cuando las palabras ya no alcanzan para lo que hay que decir.

—No hay ninguna herida tuya que me vaya a espantar —dijo, contra su pelo, con la voz rota del todo ya—.

Ninguna, Nya. Te lo juro. Llevo dos años viéndote entera, con todo lo que tienes de hermoso y con todo lo que tienes de roto, y cada día te quiero más, no menos.

El miedo que tengo no es de ti. Es de perderte.

Y esos dos miedos, aunque los hayamos gritado esta noche como si fueran el mismo, no son el mismo enemigo.

Son la misma herida, mirándose en un espejo.

Nya se quedó apoyada contra él, con el corazón todavía acelerado, respirando el olor de siempre, sintiendo cómo la rabia se le iba deshaciendo poco a poco en algo mucho más simple y mucho más agotador.

—Cuéntamelo —dijo, al fin, contra su pecho—. Sea lo que sea. Ya no me lo escondas más.