Capítulo Treinta y Cinco #3
Harper cerró los ojos un segundo, con el teléfono apretado contra la oreja, y contuvo, con un esfuerzo que le costó cada músculo de la mandíbula, la necesidad urgente de preguntar cómo, de preguntar desde cuándo, de preguntar cuánto sabía Lucian de los movimientos de Nya que él mismo desconocía.
No le iba a dar esa satisfacción. No le iba a confirmar que aquella llamada acababa de descubrirle una grieta que ni él mismo sabía que tenía.
—Gracias por la información —dijo, en cambio, con una frialdad que le costó fabricar de la nada—. Aunque no la necesitaba.
—Por supuesto que no. —Lucian sonó, si acaso, divertido por la actuación—. Que pases buena tarde, Aeris. Dale recuerdos a Nya cuando llegue de su día tan ajetreado.
Colgó sin esperar respuesta.
Harper se quedó de pie, con el teléfono todavía en la mano, sintiendo cómo el aire se le quedaba atascado un segundo antes de conseguir bajarle del todo al pecho, cuando el teléfono volvió a vibrar casi de inmediato, sobresaltándolo de una manera que no le habría sobresaltado en un día normal.
Alex.
Descolgó, todavía con el pulso acelerado, intentando que no se le notara en la voz.
—Dime.
—Oye, nada importante, era para confirmar lo del jueves que viene con Nya, que mi mujer me ha preguntado si prefiere el pescado a la plancha o… —Alex se detuvo a media frase—. Aeris. ¿Estás bien?
—Sí. Perfectamente.
—No suenas bien.
—Estoy liado con el expediente de Antonio, nada más. —Harper se pasó la mano por la cara, intentando recomponer una normalidad que ya no sentía—. Dile a tu mujer que el pescado, que a Nya le encanta.
Se hizo un silencio breve al otro lado, del tipo que Alex sabía sostener cuando algo no le cuadraba del todo, veintiséis años de amistad dándole el instinto exacto para saber cuándo una voz mentía aunque las palabras fueran ciertas.
—Voy para allá.
—No hace falta, Alex, de verdad, estoy…
—No te lo estoy preguntando. —Lo dijo sin dramatismo, con la misma naturalidad con la que habría dicho que iba a parar a por pan—.
Cojo el coche y en veinte minutos estoy ahí.
Si al final resulta que no era nada, pues nos tomamos una cerveza y de paso te ayudo a recoger el estudio, que seguro que lo tienes hecho un desastre.
Pero por esa voz, Aeris, no te voy a dejar solo esta tarde.
Y no me discutas esto, que llevo veintiséis años sin hacerte caso cuando dices que estás bien y no pienso empezar ahora.
Colgó antes de que Harper pudiera insistir, y Harper se quedó con el teléfono en la mano, sintiendo, en medio de todo el miedo de aquella tarde, una gratitud pequeña y silenciosa por tener, todavía, a alguien capaz de oír una mentira en dos palabras y presentarse de todos modos sin que se lo pidieran.
Pero la gratitud no le duró más que un instante.
Debajo de ella seguía el peso repentino y aplastante de comprender que Nya llevaba todo el día en el peor sitio posible para una mujer a la que un hombre como Lucian Fauden vigilaba tan de cerca que sabía sus movimientos antes que su propia pareja, sola, sin que él hubiera podido hacer nada para protegerla porque ni siquiera había sabido que hacía falta.
Y sin embargo, el miedo que sentía en ese momento no era por la prisión, ni por Selene, ni por nada que Nya pudiera haber encontrado allí dentro.
Era por la certeza fría de que Lucian la había estado observando, en algún momento de aquel día, con la misma paciencia con la que observaba todo, y que Harper no tenía manera de saber cuánto de cerca, ni desde dónde, ni durante cuánto tiempo.
Se quedó un momento con la vista perdida en la ventana del estudio, la luz de la tarde cayendo ya sobre las viñas de los vecinos, y entendió, con una claridad que le dolió más que cualquier otra cosa de aquel día, que el silencio que había mantenido hasta entonces —protegerla de saberlo, dejarla dormir tranquila unas semanas más, esperar el momento perfecto que nunca iba a llegar— se le acababa de volver en contra de la peor manera posible.
Nya iba a llegar esa noche a casa sin saber que Lucian existía en su vida presente, no solo en su pasado.
Iba a llegar sin saber que había un hombre observándola, midiendo sus rutinas, capaz de saber dónde había estado esa misma mañana antes de que ella misma se lo contara a nadie.
Y mientras Harper siguiera callándoselo, por bienintencionado que fuera el silencio, Nya seguiría caminando por el mundo completamente expuesta, sin ni siquiera saber que tenía que mirar por encima del hombro.
Eso se acababa esa noche.
Se lo iba a contar todo. Lo de la gasolinera, lo del hombre que llevaba semanas vigilándola sin que ninguno de los dos lo supiera del todo, lo de esta llamada. Todo. Le doliera lo que le doliera a los dos, una Nya informada y asustada era infinitamente más segura que una Nya protegida y ciega.
Harper se sentó a esperarla, con el expediente cerrado sobre la mesa y el corazón latiéndole más deprisa de lo que le había latido en la gasolinera, con Lucian a un metro de su espalda.
Aquella noche, por primera vez, el miedo no vino de un hombre esperándolo junto a un surtidor.
Vino de saber, con una certeza que ya no admitía duda, que ese mismo hombre había estado mirando a Nya todo el día, y que ninguno de los dos, ni Harper ni ella, se había dado ni cuenta.