Capítulo Treinta y Cinco #2
—Yo decidí dejar de fingir que era otra cosa.
—Los ojos de Selene, idénticos a los suyos y sin embargo tan distintos por dentro, brillaron con algo parecido al orgullo—.
Tú sigues fingiendo, Nya. Con tu juez, con tu casa bonita, con tu piano de niña buena.
Sigues creyendo que puedes ser alguien distinta de lo que de verdad eres.
Yo, al menos, tengo el valor de ser exactamente lo que soy.
—Lo que eres es una asesina encerrada en una jaula.
Selene se rio, un sonido corto y sin humor real, y por primera vez en toda la conversación se inclinó un poco hacia delante, acortando la distancia sobre el cristal.
—La jaula es temporal, hermanita. La verdad de lo que somos, no.
—Bajó la voz, y algo en su tono cambió de una manera que a Nya le erizó la piel antes incluso de entender por qué—.
Tú y yo no somos tan distintas como te gusta creer.
Las dos aprendimos a sobrevivir doblándonos.
La diferencia es que yo dejé de doblarme para otros y empecé a doblar yo.
Y tú… tú todavía crees que puedes elegir no doblarte más. Qué ingenuidad tan bonita.
—No me estoy doblando por nadie.
—¿No? —Selene sonrió, despacio, y entonces, con una naturalidad que hizo que a Nya se le helara la sangre antes de terminar de procesar la frase entera, dijo—: Crees que quieres ser libre, hermanita.
Que tienes fuerza. Pero yo sé lo que eres realmente: una niña perdida que todavía necesita que alguien le diga cómo vivir.
El mundo se detuvo un segundo.
No era la voz de Selene. Era exactamente su voz, el mismo timbre, la misma boca moviéndose para pronunciarla, y sin embargo Nya reconoció, con una certeza física que le subió por la espalda como agua helada, que aquella frase no había nacido en la cabeza de su hermana.
Reconoció el ritmo, la cadencia pausada, esa manera de construir la frase como una sentencia y no como una opinión, sin necesitar nunca alzar la voz para que doliera más.
Lo había oído mil veces, en una habitación con espejos que ya no visitaba ni en sueños.
Lo había oído en frases parecidas, en el mismo tono exacto, en la misma pausa calculada antes de la palabra final.
—Esa frase no es tuya —dijo Nya, con la voz más baja de lo que pretendía.
Selene levantó una ceja, la viva imagen de la inocencia, aunque algo en el fondo de sus ojos brillara con un placer que no se molestó en disimular del todo.
—¿Ah, no? Qué cosas dices.
—Es suya. —A Nya le costó pronunciar el nombre, incluso allí, incluso después de tanto tiempo, incluso sabiendo que decirlo en voz alta no iba a invocarlo—. De Lucian.
Algo cruzó el rostro de Selene, rápido, casi imperceptible, y por primera vez en toda la conversación Nya vio, debajo de la máscara perfecta de su hermana, algo que no supo nombrar del todo: no miedo, exactamente, pero sí una especie de respeto reticente, el de quien acaba de comprobar que el adversario que tenía enfrente sabe más de lo que aparentaba.
—Vaya —dijo Selene, recomponiéndose con una rapidez admirable—. Sigues afinando el oído, hermanita. Eso también se te nota.
—Todavía le hablas. —No era una pregunta—. Desde aquí dentro. De alguna manera, todavía te llegan sus palabras.
—Yo no he dicho eso.
—No hacía falta que lo dijeras. Acabas de repetir una frase suya con su misma cadencia exacta, palabra por palabra, sin darte ni cuenta de que lo hacías.
—Nya sintió que algo en su interior, la misma disciplina fría que la había sostenido toda la conversación, empezaba a resquebrajarse por primera vez, no de miedo a Selene, sino de la certeza mucho más aterradora de lo que aquello significaba—.
Eso no es una coincidencia, Selene. Eso es un guion.
El mismo guion que ya te escribió una vez para que hicieras lo que hiciste.
Y sigue escribiéndote, aunque estés aquí encerrada, aunque él no pueda ni visitarte.
Selene no lo negó. Se limitó a sonreír, con esa media sonrisa suya que ya no parecía del todo suya tampoco, y guardó silencio con la elegancia de quien sabe que el silencio, en ese momento, dice más que cualquier confesión.
Nya sintió que el suelo del locutorio, la mesa atornillada, el funcionario junto a la puerta, todo se volvía un poco menos sólido a su alrededor.
Podía plantarle cara a Selene. Podía sostenerle la mirada, medir sus silencios, jugar su mismo juego de control con la misma frialdad aprendida durante años como Lady Black, porque Selene, con toda su maldad, era un adversario que Nya sabía leer: humano, egoísta, previsible en su propia crueldad.
Pero Lucian no estaba en aquella sala, y aun así acababa de ganar la partida sin mover una sola pieza visible.
Contra Selene, Nya sabía defenderse.
Contra la sombra de Lucian, filtrándose incluso a través de los barrotes de una prisión de máxima seguridad, a través de la boca de su propia hermana, no tenía ni una sola defensa que llevara puesta.
-*.*-
17:40 h.
La Bodega. El Puerto de Santa María.
Harper llevaba toda la tarde con el teléfono sobre la mesa del estudio, mirándolo de reojo entre folio y folio del expediente de Antonio Palacios, diciéndose a sí mismo que Nya estaba con Carmen, que luego tenía academia, que todo estaba exactamente donde debía estar.
Se lo había repetido tantas veces a lo largo del día que casi había dejado de sonar a tranquilidad y había empezado a sonar a conjuro.
El teléfono vibró. Número oculto.
Harper lo supo antes de descolgar, con esa certeza física que ya no necesitaba confirmación externa.
—Dime.
—Aeris. —La voz de Lucian sonaba exactamente igual que en la gasolinera, la misma cadencia sin prisa, el mismo timbre que no necesitaba subir de volumen para dejar clara su autoridad sobre la conversación—.
Te dije que había cosas que era mejor no desenterrar.
Y sin embargo aquí estamos, con Nya paseándose por Botafuegos esta misma mañana, como si las advertencias fueran sugerencias que una pareja puede discutir en la cama y descartar si les apetece.
El mundo se detuvo un segundo entero.
Harper sintió el nombre de la prisión clavarse en algún punto entre las costillas, el mismo sitio exacto donde había sentido, semanas atrás, la certeza de que Lucian no mentía nunca sobre lo que sabía.
No tenía ni la más remota idea de que Nya hubiera puesto un pie en Algeciras aquel día.
Se lo había dicho ella misma esa mañana, mirándolo a los ojos: Carmen, la academia, un día cualquiera.
Y sin embargo no dejó que ni una sola fibra de su cara, de su voz, de su respiración, delatara la sacudida que aquello le acababa de producir por dentro.
Si Lucian llegaba a intuir que Harper no lo sabía, que Nya se lo había ocultado también a él, ganaría algo mucho peor que información: ganaría la certeza de que había una grieta entre ellos dos, un hueco por el que colarse.
—No decido yo adónde va Nya —dijo Harper, con la voz tan templada como pudo sostenerla, ni un segundo de más de silencio, ni una sola palabra que sonara a sorpresa—. Nunca lo he decidido. Y no pienso empezar ahora, ni por ti ni por nadie.
—Qué principios tan bonitos. —Lucian dejó la frase flotar un momento, saboreándola—. Aunque me pregunto si esos principios tan elegantes te van a servir de consuelo el día que a Nya le pase algo por ir sola a sitios donde la gente equivocada puede estar esperándola.
—¿Es una amenaza?
—Ya hablamos de esto la otra noche, Aeris.
Las amenazas son para quien necesita convencer.
Yo solo te estoy diciendo lo que veo. Y lo que veo, hoy, es a una mujer entrando sola en una prisión de máxima seguridad, sin que nadie que la quiera supiera exactamente dónde estaba, mientras el hombre que se supone que la protege se queda tranquilamente en su despacho revisando papeles de otro caso.
—Una pausa, calculada, cruel—. No te preocupes.
Yo sí sabía dónde estaba. Alguien tenía que saberlo .