Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Treinta y Cinco
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Capítulo Treinta y Cinco

Selene

Centro Penitenciario de Algeciras — Botafuegos.

Algeciras.

Aquella mañana, había sido muy convincente.

—He quedado con Carmen, voy a pasar el día por ahí. Por la tarde tengo academia, así que no me esperes hasta la noche.

Se lo había dicho a Harper mirándolo a los ojos, con la misma naturalidad con la que le decía cualquier otra cosa cierta, y esa facilidad para mentir sin que le temblara la voz era, quizás, lo que más asco le daba de sí misma aquella mañana, mientras conducía hacia el sur con las manos demasiado firmes sobre el volante.

No le gustaba mentirle. No recordaba haberle mentido nunca, ni en cosas pequeñas, y aquella mentira, tan bien construida, tan fácil de sostener, le dejó un regusto amargo que no se le fue en todo el trayecto.

Pero sabía, con la misma certeza con la que sabía todo lo importante, que si le hubiera dicho la verdad, Harper habría encontrado la manera de acompañarla, de organizarlo, de convertirlo en un operativo con las mejores intenciones del mundo, y esta vez, por una vez, necesitaba hacerlo sola.

Sin testigos que la miraran esperando que se rompiera.

Sin nadie más cargando con el peso de verla entrar en aquel sitio.

Carmen sí sabía la verdad. Le había mandado un mensaje esa misma mañana — voy a verla, hoy, no me preguntes más, solo necesito que si Harper te llama por lo que sea, no me delates — y Carmen, que llevaba semanas esperando esa noticia sin presionarla nunca, había contestado con una sola palabra: Ve.

Sin preguntas. Sin condiciones. Exactamente lo que le había prometido en la playa.

El Centro Penitenciario de Algeciras apareció al final de la carretera del Cobre como una mole gris y horizontal, tendida sobre el terreno con la indiferencia de quien no necesita anunciarse: no había torres góticas, ni muros románticos de piedra vieja, solo hormigón, alambre de espino en capas concéntricas y una extensión tan grande que costaba abarcarla con la vista desde el aparcamiento de visitas.

Quince módulos, había leído Nya la noche anterior, sin poder dormir, repasando información sobre el centro como quien repasa el terreno antes de una batalla.

Trece para hombres. Dos para mujeres. Más de mil celdas, construidas para acoger a mil quinientos internos y llevando años acogiendo a más.

Aparcó, apagó el motor, y se quedó un momento con las manos todavía en el volante, respirando.

Había sacado el pase dos días antes, sin apenas esfuerzo, a través de RED Abogacía: colegiada como letrada desde hacía años, aunque llevara meses sin ejercer más que en la teoría de sus propios temarios, todavía conservaba el acceso profesional a los centros penitenciarios, sin listas de espera, sin los tres meses de demora que le habría exigido cualquier solicitud de comunicación familiar ordinaria.

Le había bastado con marcar la casilla correcta y esperar la confirmación automática.

Nadie le había pedido explicaciones sobre qué asunto legal la llevaba a visitar a una interna que compartía con ella algo más que un apellido de mentira.

El acceso profesional era más rápido que el de las visitas ordinarias, pero no menos minucioso: identificación, el carné colegial revisado dos veces, un arco de seguridad, una cacheadora amable pero exhaustiva, una taquilla donde dejó el móvil, las llaves, todo lo que pudiera parecerse a un objeto del mundo exterior.

Ningún trámite le llevó más de un par de minutos, y sin embargo cada uno de ellos le quitaba, a su manera, un poco más de la coraza con la que había salido de casa.

Los pasillos olían a lejía industrial y a algo más difícil de nombrar, una mezcla de sudor, de cemento húmedo y de tiempo detenido que se le pegó a la garganta desde el primer momento.

Puertas que se cerraban detrás de ella con un chasquido metálico y definitivo, cada una más pesada que la anterior, camino del locutorio de letrados, como capas de un pozo del que ya no habría vuelta rápida si algo salía mal.

Para cuando la sentaron en el locutorio de letrados —una mesa atornillada al suelo, dos sillas, un funcionario apostado junto a la puerta con la mirada perdida en algún punto neutro del techo, discreto pero presente, porque a fin de cuentas aquella no era una visita profesional de verdad— Nya tenía el pulso tan alto que podía notárselo en las sienes.

Un cristal blindado, grueso y ligeramente ahumado, partía la mesa en dos mitades exactas: la suya y la que en unos minutos ocuparía Selene.

No habría manera de tocarse, ni de estrecharse la mano, ni de repetir ningún gesto de las pocas veces que se habían visto antes de aquello.

Solo un telefonillo anclado a cada lado del cristal, con el cable corto y grueso de los que no se pueden arrancar, por el que tendrían que pasarse cualquier palabra que quisieran decirse .

Y entonces trajeron a Selene.

-*.*-

Llevaba el pelo más corto de lo que Nya recordaba, recogido hacia atrás con una sencillez que no necesitaba adornos, y un chándal gris de algodón basto, de los que repartía el centro, que a cualquier otra interna le habría sentado como una condena más y que a ella, sin embargo, le sentaba con la misma elegancia insultante con la que le había sentado siempre cualquier cosa que se pusiera encima.

Se sentó frente a Nya con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa en la vida, cruzó las manos sobre la mesa, y sonrió.

Y ahí estaba. La cicatriz, fina y ya blanca por los años, justo debajo del pómulo izquierdo, en el mismo lugar exacto donde Nya llevaba la suya.

El mismo corte que Selene se había hecho a sí misma aquella noche en Benaocaz, con el cuchillo todavía caliente de la propia sangre de Nya, para que las dos caras volvieran a coincidir del todo.

Un espejo que ninguna de las dos podía quitarse de encima ni queriendo, tatuado en el hueso.

Era como mirarse a un espejo que hubiera decidido, hacía mucho tiempo, tomar el camino contrario en cada bifurcación.

—Vaya, vaya. —La voz de Selene sonaba idéntica a la suya, el mismo timbre, la misma cadencia natural de dos personas nacidas del mismo cuerpo, y sin embargo cada palabra que salía de ella llegaba impregnada de un frío que Nya nunca había tenido, ni siquiera en sus peores días—.

Mi hermanita. Ha tardado más de un año en decidirse. Empezaba a pensar que me tenías miedo.

—No te tengo miedo.

—Claro que no. —Selene ladeó la cabeza, estudiándola con la misma atención clínica con la que un depredador estudia a una presa que ya no reconoce como tal—.

Se te nota distinta. Más entera. Alguien te ha estado enseñando a plantarte bien, ¿verdad?

Se te ve en los hombros. En cómo has entrado en la sala sin encogerte.

Nya no contestó. Había aprendido, en otra vida, en otra habitación, que responder a cada provocación era ceder terreno antes incluso de empezar a jugar, y aquella disciplina, la que había aprendido siendo Lady Black, le vino a las manos con una naturalidad instintiva que ni ella misma esperaba encontrar tan intacta: la espalda recta sin rigidez, la mirada sostenida sin desafío, el silencio usado como arma en vez de como refugio.

Selene jugaba a desestabilizar. Nya conocía ese juego mejor que nadie en el mundo, porque durante años lo había jugado ella misma, desde el otro lado de la mesa, con otras personas .

—¿Qué quieres, Selene?

—Yo no quiero nada. Eres tú la que ha venido.

—Selene sonrió, con esa media sonrisa que compartían de nacimiento y que en ella se retorcía hacia otro sitio—.

Aunque supongo que no has venido a verme a mí, exactamente.

Has venido a preguntarme por la finca. Por Benaocaz.

Por la Clínica Cielo. Por el nombre que llevo veinticuatro años sin tener, igual que tú.

Nya sintió el nombre de la clínica clavarse en algún punto entre las costillas, pero no dejó que se le notara en la cara. Otra técnica vieja. Otro reflejo de una disciplina que creía olvidada.

—¿Sabes algo?

—Sé lo mismo que sabes tú. Nada. —Selene se encogió de hombros, con un desprecio elegante—.

Nos vendieron como se vende el ganado, hermanita.

Solo que a ti te compró alguien. A mí no me quiso nadie.

—Lo dijo sin un gramo de autocompasión, como quien recita un dato meteorológico—.

Antonio Palacios ni siquiera me miró una vez.

Quería una niña, no dos, y la otra, según cuentan, le importó más bien poco desde el primer momento.

No hizo falta que le fallara nada. Le bastó con que fuéramos dos.

Así que acabé en una inclusa de Cádiz, y de ahí a un orfanato del que no vale la pena ni que recuerde el nombre.

Ningún matrimonio me quiso en acogida, ¿sabes por qué?

Porque hasta de niña se me notaba algo que a la gente le incomodaba mirar.

Los cuidadores tenían un método muy sencillo para las que llorábamos de más por las noches.

Ya te puedes imaginar cuál. No hace falta que te dé detalles, no eres de las que necesita que le mastiquen las cosas.

—Eso no te da derecho a lo que hiciste.

—No estoy pidiendo derechos, hermanita. Estoy explicando el origen, que no es lo mismo.

—Selene ladeó la cabeza, y en sus ojos no había ni rastro de la herida que acababa de describir, solo un desprecio frío y curioso, como el de un científico observando una muestra—.

Tú saliste de esto con un piano y una casa con jardín.

Yo salí con la certeza clarísima, aprendida a golpes antes de saber hablar, de que a nadie le importa una mierda la vida de nadie.

Ni la mía, ni la tuya, ni la de esa jueza que investigaba, ni la de las mujeres que Aeris Harper cree estar protegiendo ahora mismo.

La compasión es un lujo que se permite la gente a la que nunca le ha hecho falta.

Yo no tengo ese lujo. No lo eché de menos ni un solo día.

—Tú decidiste ser esto.