Capítulo Treinta y Cuatro
Vigilancia
El Puerto de Santa María.
Harper había salido después de comer con el Kona rumbo al concesionario de Jerez, donde llevaba semanas posponiendo la revisión anual que el coche llevaba pidiendo a gritos desde antes de Zahara, y había aprovechado para quedar de paso con un excompañero de carrera al que hacía meses que no veía más que por wasap, a tomar un café mientras esperaba a que el taller terminara.
Por la noche, además, tenían plan: Alex los había invitado a los dos a una barbacoa en su casa de Rota, con su mujer y sus tres hijos, «para que Nya conozca de una vez a la familia, que ya está bien de que solo la vea yo dos veces por semana en un sótano».
Harper se había ofrecido a llevar el vino y algo de postre.
«A las nueve en casa de Alex», le había dicho a Nya antes de irse, con esa sonrisa que a ella todavía le sorprendía encontrarse encima de la mesa del desayuno cada mañana.
Nya se lo había agradecido con un beso, un poco nerviosa por la idea de conocer por fin a la mujer y a los hijos de aquel hombre que llevaba semanas enseñándole a pegar sin miedo, sin sospechar todavía que la tarde, antes de llegar a esa barbacoa, le iba a exigir mucho más de lo que ninguno de los dos había previsto.
Así que la casa era solo suya, y de Alex, que había llegado a las cinco y media con la bolsa de siempre y la costumbre, ya asentada en las últimas semanas, de sentarse primero un rato en la cocina antes de bajar al sótano.
—Necesito el café antes de que me des de comer al saco —había dicho la primera vez, medio en broma, y desde entonces se había convertido en ritual: quince minutos de charla ligera, con las manos todavía sin vendar, antes de que empezara la parte seria.
Aquella tarde hablaban de nada en particular. Alex contaba una batalla campal con su hijo mediano por el mando de la consola, Nya se reía de verdad, con la taza entre las manos, sentada de cara a la ventana que daba al camino de albero.
Y entonces lo vio.
El coche pasó despacio, gris, con la matrícula que terminaba en los mismos cuatro dígitos que llevaba semanas sin apuntar en ningún sitio porque se había prometido a sí misma que no iba a volver a hacerlo. Pasó una vez, frenó casi imperceptiblemente a la altura de la cancela, y siguió.
—¿Nya?
Ella no contestó. Tenía la vista clavada en la ventana, en el punto exacto donde el coche había desaparecido ya, y la taza, entre sus manos, había dejado de estar quieta: le temblaba lo justo para que un poco de café se derramara por el borde sin que ella pareciera notarlo.
—Nya. —Alex se levantó, con la voz de médico que se le activaba sola en momentos así, sin perder ni un ápice de calidez—. ¿Qué has visto?
Nada. Todo. Un coche gris que podía ser cualquier cosa —un vecino despistado, un repartidor, una pareja buscando una finca en venta— y que su cuerpo, sin embargo, ya había decidido que era la única cosa que de verdad importaba en el mundo.
El corazón se le disparó de golpe, sin escalada, sin aviso, directamente al galope, y el aire se le quedó atascado a medio camino entre la garganta y el pecho, negándose a bajar del todo.
—Nya, suelta la taza. Despacio.
Ella no la soltó. No podía. Las manos ya no le respondían del todo, y una parte de su cabeza, la parte entrenada durante años para no fallar nunca, para sostenerlo todo sin que se le cayera nada, se aferró a aquella taza como si soltarla fuera admitir que había perdido también el control de aquello.
—Nya. Mírame.
Alex se la quitó de las manos con suavidad, la dejó sobre la mesa sin ruido, y se puso en cuclillas frente a ella, buscándole los ojos con una insistencia que no era invasión, era ancla.
—Mírame a mí. No al coche, no a la ventana. A mí.
Nya lo miró, o lo intentó, porque los ojos se le iban solos hacia la ventana una y otra vez, como si una parte de ella necesitara seguir vigilando aunque el resto se estuviera cayendo a pedazos.
La respiración se le había subido del todo al pecho, corta, alta, desesperada, y empezó a temblar de una manera que Alex reconoció al instante, con esa parte de él que era médico antes que amigo: hiperventilación franca, taquicardia visible en el cuello, las manos ya agarrotadas en una postura que no era voluntaria.
—Estás teniendo un ataque de pánico, Nya.
Eso es lo que es. Nada más. —Le cogió las dos manos, firmes, cálidas, sin apretar más de lo necesario—.
No te vas a morir. No te va a pasar nada.
Es tu cuerpo confundiendo un peligro viejo con uno de ahora mismo, y yo estoy aquí, contigo, y no me voy a ir a ningún sitio.
—El coche… —consiguió decir ella, con la voz rota, irreconocible—. Otra vez… el mismo…
—Puede que sea el mismo. Puede que no lo sea. Ahora mismo eso no importa, Nya, ahora mismo lo único que importa es que respires. —Alex mantuvo la voz baja, uniforme, sin un solo pico que pudiera sobresaltarla más—. Mírame. Aquí. Los ojos aquí.
Ella lo intentó. El cuerpo entero se le sacudía con pequeños espasmos que no controlaba, la vista se le nublaba en los bordes, y por un momento, un momento que a Alex le pareció eterno y que en realidad duró apenas unos segundos, Nya dejó de estar del todo en aquella cocina: estuvo en otro sitio, en una habitación con espejos que él no podía ver, con una voz que él no podía oír, y su cuerpo, sentado a la mesa, se convirtió en la única parte de ella que seguía allí, sosteniendo el sitio.
—Nya. —Alex le apretó las manos, sin soltarla, sin dejar de buscarle la mirada—. Vuelve. Aquí. Conmigo. Estás en tu cocina, es jueves, es agosto, y yo estoy aquí sujetándote las manos y no me voy a mover hasta que vuelvas del todo.
Poco a poco, muy despacio, los ojos de Nya empezaron a enfocar de verdad, a dejar de escaparse hacia la ventana, a quedarse en la cara de Alex el tiempo suficiente para reconocerla. La respiración seguía alta, pero empezaba, con una lentitud dolorosa, a bajar un grado, luego otro.
—Eso es —dijo Alex, sin soltarle las manos—. Así. Otra vez. Tú marcas el ritmo, yo solo estoy aquí.
Pasaron varios minutos así, con Alex en cuclillas frente a ella, sin prisa, sin preguntas, sosteniéndole las manos y la mirada con la misma paciencia con la que sostenía cualquier cosa importante, hasta que el cuerpo de Nya, agotado ya del propio esfuerzo de temblar, empezó a aflojarse poco a poco, con esa flacidez que sigue siempre al miedo cuando por fin decide soltar.
—Perdón —susurró ella, al fin, con la voz todavía rasposa.
—No. —Alex lo dijo con una firmeza suave, sin dureza—. Aquí no se pide perdón por esto. Nunca.
Nya asintió, y se dejó caer un poco hacia delante, con la frente casi tocando el hombro de Alex, agotada de una manera que no tenía nada que ver con el cansancio físico de los entrenamientos.
Alex se quedó quieto, dejándola apoyarse, sin decir nada más durante un buen rato, hasta que ella misma, muy despacio, se incorporó de nuevo.
—¿Mejor?
—Mejor. —Nya se pasó las manos por la cara, todavía temblorosas—. No sé qué me ha pasado.
—Yo sí lo sé, más o menos. Y por cómo ha sido esto, Nya, algo me dice que Aeris no me contó ni la mitad de lo que hay detrás de todo esto cuando vino a pedirme que te entrenara.
Ella no contestó enseguida. Se quedó mirando la mesa, la taza volcada, el charco pequeño de café ya frío extendiéndose despacio hacia el borde.
—Es complicado —dijo, al fin.
—No te estoy pidiendo que me lo cuentes.
—Alex se levantó, despacio, sin prisa, y le sirvió un vaso de agua que ella no había pedido—.
Solo te digo lo que veo, como amigo, no como médico esta vez: esto no ha sido ansiedad genérica de estudiante agobiada, ni rabia contenida buscando salida, que es lo que Aeris me contó al principio.
Esto ha sido terror concreto, Nya. Terror con nombre, aunque no me lo digas.
Y quien fuera que te enseñara a tener tanto miedo de algo tan específico, hizo un trabajo muy a conciencia.
Nya cerró los ojos un momento, con el vaso de agua entre las manos todavía inestables.
—No sé si era él —dijo, casi en un susurro—. El coche, digo. No sé si era real o si me lo estoy inventando otra vez, como tantas otras veces. Y esa es la parte que peor llevo, Alex. No saber ya ni siquiera distinguir mi propio miedo del peligro de verdad.
Alex no le dio una respuesta fácil, porque no la tenía, y porque llevaba ya lo bastante de médico encima como para no fingir certezas que no poseía.
—Pues entonces vamos a bajar al sótano —dijo, en cambio, con una suavidad nueva, distinta a la de sus otras sesiones—, y en vez de trabajar la postura, hoy vamos a trabajar solo esto: a respirar, a sentir el suelo bajo los pies, a estar en tu cuerpo aunque tu cabeza esté en otro sitio.
Lo demás, el saco, el gancho, todo eso, puede esperar a que estés lista otra vez.
Nya asintió, y se levantó de la mesa con las piernas todavía un poco temblorosas, siguiendo a Alex hacia la puerta del ala vieja.
—Esta noche vienes a mi casa, ¿te acuerdas?
—preguntó Alex, ya en el primer escalón, con un tono que buscaba aterrizarla en algo normal, en un futuro cercano y sin amenazas—.
Mi mujer lleva toda la semana preguntando cuándo por fin te conoce.
Y el pequeño, que tiene doce años y una fase de boxeo altísima desde que le conté que te entreno, no ha parado de preguntarme si le vas a enseñar el gancho ese que tanto elogio le he echado.
Nya soltó una risa pequeña, todavía temblorosa, pero risa al fin.
—¿En serio?
—En serio. Y los otros dos, que ya tienen edad de fingir que les da igual todo, llevan igualmente toda la semana preguntando por lo bajini cuándo vienes, así que no te dejes engañar por la cara de indiferencia adolescente que te van a poner en cuanto llegues.
—Alex le puso una mano breve en el hombro, de camino a los escalones—.
Y para entonces vas a estar bien. Te lo prometo.
No vamos a forzar nada ahí abajo, solo vamos a asegurarnos de que cuando llegues a mi casa esta noche, estés tú entera y no la mitad de ti que se ha quedado en esa ventana.
Nya sonrió, un poco más ya, agradecida por el ancla de un plan tan pequeño y tan concreto —un chaval de doce años deseando enseñarle sus ganas de boxear, dos adolescentes fingiendo indiferencia, una familia entera dispuesta a abrirle un hueco—, y bajó con él el resto de la escalera hacia el sótano, mientras arriba, en la cocina, la taza volcada seguía dejando escapar un hilo fino de café frío sobre la madera, y en algún punto de la carretera, quizás a un kilómetro, quizás a cien, un coche gris con la matrícula terminada en 4382 seguía su camino, indiferente, hacia ninguna parte que nadie pudiera confirmar jamás.
Pero mientras bajaba, escalón a escalón, con las piernas todavía inestables y la mano de Alex cerca de la suya por si acaso, algo se cerró dentro de Nya con un chasquido sordo, silencioso, que no tuvo nada que ver con el coche ni con el pánico ni con la barbacoa de esa noche.
Llevaba meses dándole vueltas. Llevaba, si era sincera consigo misma, mucho más que meses.
Y hasta ese momento siempre había encontrado una razón para posponerlo un poco más: que no estaba preparada, que hacía falta el momento adecuado, que primero tenía que sentirse fuerte de verdad y no solo fingir que lo estaba delante de los demás.
Pero algo en el terror de los últimos veinte minutos, en la manera en que su propio cuerpo había decidido rendirse sin pedirle permiso, le había enseñado algo que no esperaba aprender un jueves cualquiera de agosto: que la espera nunca la iba a dejar lista.
Que llevaba media vida esperando a estar preparada para cosas que no se preparaban esperando, sino haciéndolas.
No se lo dijo a Alex. No se lo iba a decir a Aeris esa noche, ni en la barbacoa, ni en la cama, ni al día siguiente por la mañana antes de salir de casa, porque sabía, con una certeza que no admitía discusión, que si lo anunciaba en voz alta alguien encontraría la manera de convencerla de esperar un poco más, de acompañarla, de organizarlo todo con el cuidado excesivo con el que la gente que la quería organizaba últimamente cada cosa que la asustaba.
Y esta, por una vez, tenía que hacerla sola. Sin avisar. Sin darle a nadie la oportunidad de prepararla ni de prepararse.
Mañana.
Iría mañana.