Capítulo Treinta y Tres
No estás bien
Jerez de la Frontera.
Álvaro tenía la noche libre, algo que ya no ocurría casi nunca, y Claudia llevaba desde por la mañana guardando aquel dato como quien guarda una moneda de oro en el bolsillo: esta noche sí, esta noche le voy a contar lo que llevo semanas sin saber cómo decir.
No tenía ni siquiera las palabras exactas todavía.
Solo tenía la sensación, cada vez más pesada, de que algo en su cabeza no estaba funcionando como debería, y la necesidad urgente de decírselo a alguien que la conociera de verdad, que la hubiera conocido de antes de todo esto, antes de las notas, antes de los sueños que ya no sabía distinguir de los recuerdos.
Álvaro. Tenía que ser Álvaro. Necesitaba que él la mirara y le dijera que no, que no estaba loca, o que sí, que fuera lo que fuera, con tal de que alguien más lo supiera y ella dejara de cargarlo sola.
Esperó a que Vega se durmiera. Esperó a que la cena estuviera hecha, la cocina recogida, el día entero cumplido en su lista invisible de obligaciones, porque solo así, con todo lo demás en orden, sentía que tenía derecho a sentarse a hablar de sí misma sin que fuera un capricho.
—Álvaro —dijo, sentándose junto a él en el sofá, con las manos entre las rodillas—. Necesito contarte una cosa. Llevo tiempo queriendo…
El timbre sonó.
Álvaro se levantó a abrir casi por reflejo, y Claudia se quedó a medio camino de la frase, con las palabras todavía calientes en la boca, viendo entrar a Irene con una bolsa de tela colgada del brazo y esa sonrisa suya que siempre parecía llegar en el momento exacto.
—Perdonad que me presente sin avisar —dijo, dejando la bolsa sobre la mesa—.
Pasaba cerca y me acordé de que hoy le tocaba a Vega la crema nueva del pediatra, y como sé que a veces se os olvida con el lío de todos los días, os la he traído yo.
Ya que estoy, ¿os importa si me quedo un rato?
Traigo también el postre de mi madre, el de siempre.
—Claro que no —dijo Álvaro, ya sentándose de nuevo, ya con la atención puesta en otra parte—. Qué detalle.
Claudia sonrió, porque sonreír era lo que tocaba, y guardó la frase que había empezado sin terminar en el mismo cajón donde guardaba todo lo que no encontraba el momento de decir.
No lo intentó otra vez esa noche. Irene se quedó hasta las once, hablando de mil cosas, ayudando a recoger, jugando un rato con Vega antes de que se durmiera del todo, y cuando por fin se marchó, Álvaro ya bostezaba delante de la televisión, agotado, y el momento, la moneda de oro que Claudia había guardado todo el día, se había gastado en nada.
-*.*-
Miércoles, 10 de julio de 2024. 21:30 h.
Lo intentó de nuevo dos días después.
Esta vez esperó a que Irene se marchara —se había quedado toda la tarde, como cada vez más tardes últimamente, ayudando con una tontería tras otra hasta que la tarde entera se convertía en noche sin que nadie lo decidiera— y en cuanto oyó la cancela cerrarse, se giró hacia Álvaro con una determinación que le costó reunir entera.
—Álvaro. En serio. Necesito hablar contigo de algo importante.
—Dime. —Él la miró, y por un segundo, un segundo real, pareció que iba a poder ser así de simple.
Sonó el teléfono de Álvaro.
—Perdona, es del trabajo, tengo que cogerlo, dame un segundo.
—Se levantó, se fue al pasillo, y Claudia se quedó sentada en el sofá, con la frase otra vez a medio camino, escuchando fragmentos de una conversación sobre turnos y sustituciones que se alargó doce minutos, y cuando Álvaro volvió, ya no era el mismo hombre que la había mirado un segundo antes con la disposición entera de escuchar.
Volvía con la cabeza en el parque , en el turno de mañana, en un compañero que se había puesto enfermo.
—¿Qué me querías contar?
Claudia lo miró, y sintió, con una claridad que le dolió más que cualquier otra cosa de aquella noche, que el momento ya no estaba.
Que se le había escapado entre los dedos exactamente igual que se le escapaban tantas otras cosas últimamente, y que empezar de cero, después de aquella interrupción, le exigía una energía que ya no tenía.
—Nada. Una tontería. Ya no me acuerdo.
Álvaro no insistió. No porque no le importara, sino porque no tenía manera de saber que aquella frase, dicha con tanta naturalidad, escondía la segunda vez en tres días que su mujer intentaba pedir ayuda y se quedaba a medias.
-*.*-
Viernes, 12 de julio de 2024. 09:20 h.
El viernes por la mañana, antes de todo lo demás, se cruzó con Irene en la cocina, y esta le apartó un mechón de la cara con esa ternura suya de siempre, mirándola con una preocupación que a Claudia le pareció, como todas las veces anteriores, absolutamente genuina.
—Cariño, te veo agotada. De verdad. No estás bien, ¿sabes? Y no pasa nada por reconocerlo. Todo el mundo necesita ayuda a veces.
Claudia asintió, sin darle mayor peso en aquel momento, una frase de cariño más entre tantas otras. No sabía todavía que aquellas tres palabras — no estás bien — iban a volver esa misma noche con un peso muy distinto.
17:00 h.
Dos días antes del final, Claudia decidió que no iba a esperar a la noche.
Aprovechó una tarde en que Álvaro estaba en casa, con Vega dormida y la casa en calma, y se sentó frente a él en la cocina con la determinación de alguien que ya no puede permitirse otra interrupción.
—Álvaro, esto no puede esperar más. Necesito decirte algo y necesito que me escuches sin que suene el teléfono, sin que llame nadie a la puerta, sin nada. Solo tú y yo.
Álvaro dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, con un gesto casi solemne, como si entendiera, por fin, que aquello iba en serio.
—Te escucho.
Claudia respiró hondo. Y entonces, justo entonces, oyó el motor de un coche entrando por el camino de albero, y el corazón se le cayó al suelo antes incluso de escuchar el timbre.
—No puede ser ella otra vez —susurró, casi para sí misma, con una desesperación que no había sentido nunca hasta entonces.
Era ella.
—Perdonad, sé que es viernes y seguro que queríais tranquilidad —dijo Irene desde la puerta, con la voz de siempre, cálida, incapaz de sospechar que interrumpía nada—, pero es que se me ha ocurrido una cosa para el cumpleaños de Vega el mes que viene, y quería comentárosla antes de que se me olvidara, que ya sabéis cómo tengo la cabeza últimamente…
Álvaro se levantó, casi aliviado, como quien recibe una prórroga sin saber que la está recibiendo, y se sentó con Irene en el salón a hablar de globos y de tartas, y Claudia se quedó de pie en la cocina, con las palabras que llevaba días intentando decir muriéndose otra vez en la garganta, mirando a su marido reírse de algo que Irene acababa de decir, y sintió, por primera vez con toda la crudeza, una certeza que no se atrevía a nombrar del todo ni siquiera para sí misma.
No es casualidad.
Siempre es ella. Siempre, exactamente cuando estoy a punto de decir algo.
El pensamiento le duró apenas un segundo antes de que la vergüenza lo aplastara.
Qué clase de persona pensaba eso de la mujer que le llevaba la crema del pediatra a su hija, que le traía el postre de su madre, que llevaba meses sosteniendo lo que ella ya no podía sostener sola.
Irene no tenía la culpa de que el teléfono sonara, ni de que a Álvaro le entraran ganas de hablar de cumpleaños.
Era ella, Claudia, la que estaba mal. La que no conseguía terminar ni una sola conversación importante.
La que empezaba a ver intención donde solo había casualidad.
Esa noche, ya en la cama, con Álvaro dormido a su lado, se quedó despierta un rato largo, repasando el día entero, buscando el momento exacto en que las cosas habían dejado de estar bajo su control.
No encontró ningún nombre al que señalar.
Solo encontró, una vez más, la misma conclusión de siempre, la única que su cabeza, ya agotada de dudar de todo lo demás, seguía dispuesta a aceptar sin pelear.
Algo va mal en mí.
No algo va mal en la casa. No algo va mal con Irene.
Ni siquiera lo escribió, esta vez; se limitó a cerrar los ojos con esa idea instalada donde ya se instalaban todas las demás, y más tarde, mucho más tarde esa misma noche, cuando se levantó una última vez a comprobar que todo estuviera en su sitio, sacaría el móvil por costumbre y anotaría, con la misma letra pequeña y apretada de siempre, la única clase de nota que todavía se permitía: la puerta, la cerradura, la foto.
Lo de siempre. Lo único de lo que aún se sentía capaz de dar fe.
Las palabras de Irene aquella mañana — no estás bien — volvieron entonces, en la oscuridad, con un peso que no habían tenido a las nueve y veinte, cuando solo eran una frase de cariño más.
Ahora, de madrugada, dejaron de sonarle a diagnóstico ajeno y empezaron a sonarle a la única verdad que le quedaba.
No sabía que llevaba tres intentos fallidos de hablar con su marido, tres semanas de una amiga que aparecía siempre en el segundo exacto, tres meses de una vigilancia tan bien disfrazada de cariño que ni la propia víctima conseguía verla.
Solo sabía, o creía saber, lo único que alguien se había encargado, con mucha paciencia, de que creyera:
Que el problema, como siempre, estaba en ella.