Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Treinta y Dos
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Capítulo Treinta y Dos

Los nombres

Jerez de la Frontera.

Volver de Zahara había tenido, como todas las vueltas, ese sabor agridulce de recuperar por unas horas una rutina que hacía diez días parecía haberse quedado pequeña.

Agosto seguía siendo inhábil, el mismo agosto que Harper se había ganado a pulso frente a Fidel, y nada de lo que hiciera esa semana tenía obligación de plazo ni urgencia procesal.

Pero un juzgado nunca está vacío del todo, ni siquiera en pleno agosto: siempre hay algún funcionario de guardia tramitando lo mínimo indispensable, algún oficio que no puede esperar, alguien contestando al teléfono aunque el cartel de la puerta diga que el registro reabre en septiembre.

Y Harper, con la piel todavía morena y la cabeza, por una vez, más ligera de lo que la había tenido en meses, decidió acercarse igualmente aquella mañana, sin cita ni aviso previo, solo porque necesitaba comprobar algo con sus propios ojos y no quería esperar tres semanas más para hacerlo.

No fue el expediente de Claudia Serrano lo primero que quiso mirar.

Fue el otro.

Desde la noche de la gasolinera, desde que Lucian le había dejado caer, con esa cortesía suya que dolía más que un grito, que sabía perfectamente que Harper andaba tirando del hilo de los niños robados por su cuenta, aquella investigación había dejado de ser un asunto personal que llevaba en paralelo, casi en secreto, por Nya.

Se había convertido en algo urgente. Si Lucian sabía de su existencia, si le importaba lo suficiente como para mencionarla en una advertencia, entonces esa investigación tocaba algo que a Lucian le dolía o le convenía vigilar, y eso, para Harper, la elevaba de golpe de curiosidad privada a prioridad.

Por eso, nada más entrar, preguntó si había novedades en la causa de Antonio Palacios de las dos semanas que había estado fuera .

Sobre la mesa lo esperaba, con la paciencia muda de los expedientes, la carpeta que llevaba semanas engordando en paralelo a la de Claudia Serrano.

No era una causa suya. No de instrucción formal, al menos, no todavía; era más bien el resultado de tirar de hilos administrativos en los pocos ratos libres que un instructor con dos expedientes activos y una vida propia podía permitirse, apoyándose en favores pequeños, en peticiones de información que no necesitaban justificarse del todo porque técnicamente entraban dentro de otra causa mucho más antigua, la de fraude patrimonial y falsedad documental que se había abierto contra Antonio Palacios hacía más de un año y que nadie, desde entonces, había conseguido cerrar por la sencilla razón de que nadie conseguía localizar al investigado.

Desde el veintiuno de abril de 2023.

Harper conocía la fecha de memoria, y no por los papeles del juzgado, sino porque la había vivido de cerca, en la distancia prudente de quien acompaña sin invadir: el día en que Nya entró en la Finca La Negra con una carpeta llena de mentiras oficiales apiladas encima de la mesa de un hombre que se creía intocable, y salió de allí con la certeza definitiva de que su vida entera había sido una transacción.

Antonio Palacios, después de aquella tarde, no había vuelto a dar señales de vida.

Ni una comparecencia, ni un movimiento bancario a su nombre, ni una sola fotografía, ni un testigo que lo hubiera visto en Jerez, en Cádiz, ni en ningún sitio del mapa.

La Finca La Negra seguía en pie, vacía a efectos prácticos, mantenida por un administrador de fincas que cobraba religiosamente de una cuenta que nadie sabía explicar del todo.

Un hombre no desaparece así porque sí. No un hombre como Antonio Palacios, acostumbrado a que el mundo entero se organizara alrededor de su comodidad.

Harper se disponía a llamar a Parra cuando, desde el pasillo, con dos golpes discretos en el marco de la puerta, entró la funcionaria de la sala de registro, la misma de siempre, menuda y silenciosa, con una carpeta fina bajo el brazo.

—Señoría, disculpe. Ha llegado esto de la Fiscalía de Delitos Económicos, para adjuntar a la causa de Palacios. Me han dicho que se lo suba directamente, que es urgente.

—Gracias.

Ella asintió, dejó la carpeta sobre la mesa con la misma discreción con la que dejaba cualquier otro papel de cualquier otro expediente, y se marchó sin más comentario, cerrando la puerta tras de sí.

Harper ni siquiera levantó la vista del todo para verla salir.

Era, como llevaba siéndolo meses, sin que a nadie le llamara la atención, una pieza más del engranaje silencioso que sostenía aquel juzgado, invisible por definición, indispensable por la misma razón .

Dentro de la carpeta, el informe de la UDEF llevaba semanas de trabajo condensado en veinte folios.

Harper leyó despacio, con el mismo método que aplicaba a cualquier atestado, y lo que fue encontrando le hizo revisar, sin darse cuenta, la imagen entera que tenía de Antonio Palacios.

No era solo un patriarca cruel que había comprado una hija para no ver morir un apellido.

Era, además, el titular en la sombra de al menos seis sociedades pantalla registradas entre Cádiz, Gibraltar y Sevilla, con administradores de paja, sin actividad económica real que justificara los movimientos de capital que pasaban por sus cuentas, en cantidades que Harper tuvo que releer dos veces para creerse.

Dinero que entraba y salía sin dejar más rastro que el estrictamente necesario para no llamar la atención de nadie que no supiera exactamente dónde mirar.

Facturas cruzadas entre empresas que compartían el mismo administrador de papel y ninguna sede real.

Una red que llevaba, según la UDEF, más de una década funcionando, y que la desaparición de Antonio, lejos de detener, parecía haber dejado sencillamente en piloto automático, como una maquinaria diseñada para no necesitar la presencia física de su dueño.

Antonio Palacios no era solo un hombre que había comprado un bebé una vez, hacía veinticuatro años, en un momento de vanidad y desesperación por un heredero.

Era un hombre metido en algo mucho más grande, sostenido en el tiempo, demasiado organizado para ser obra de un solo patriarca arrogante actuando solo.

Harper se recostó en la silla, con el informe entero desplegado sobre la mesa, y pensó, no por primera vez, en la clase de miedo que hace falta para conseguir que un hombre desaparezca del mapa durante más de un año sin que nadie, ni la policía, ni sus propios administradores, sepa decir con certeza si seguía vivo.

Un hombre que se esconde de la justicia se esconde en un sitio concreto.

Un hombre que se esconde de otra cosa, de alguien mucho peor que la justicia, se esconde de una manera que no deja ni rastro.

Marcó el número de Parra.

—Dime que traes buenas noticias, para variar —contestó Parra, con la voz de quien acababa de sentarse a desayunar y no pensaba disimularlo.

—Traigo el informe de la UDEF sobre Palacios. Léetelo cuando puedas, pero adelántate a la conclusión: Antonio Palacios no es un fugitivo cualquiera, Parra. Es la cabeza, o lo era, de una red de sociedades que sigue moviendo dinero sin que él dé la cara desde hace dieciséis meses.

Un silencio breve al otro lado .

—¿Y sigue sin aparecer?

—Sigue sin aparecer. Ni un solo movimiento a su nombre, ni una foto, ni un testigo. La Guardia Civil de Jerez ya llevaba meses con diligencias abiertas para localizarlo, sin resultado. Es hora de dejar de esperar a que aparezca solo.

—¿Qué quieres hacer?

Harper se quedó un momento en silencio, mirando el informe, la fotografía antigua de Antonio Palacios grapada en la primera página —el gesto de suficiencia, el traje impecable, los ojos de un gris sucio que Nya había heredado de nadie, porque nada en aquella cara era suyo por sangre— y tomó la decisión con la misma firmeza tranquila con la que tomaba todas las que de verdad importaban.

—Voy a dictar la orden de busca y captura. Nacional, con difusión a Interpol si hace falta. Se acabó esperar a que un hombre con una red de sociedades pantalla y dieciséis meses de ventaja decida aparecer cuando le convenga.

—Vale. —Parra ya no sonaba a desayuno—. Te lo tramito hoy mismo. ¿Se lo vas a decir a Nya?

—Hay algo más, antes de eso. —Harper se levantó, con el teléfono todavía pegado a la oreja, y se acercó a la ventana, bajando un poco la voz, aunque estuviera solo en el despacho—.

Quiero que pidas también la intervención de las líneas y cuentas de mensajería que puedan seguir activas a nombre de Antonio Palacios, o de cualquiera de sus sociedades pantalla.

Y quiero que Sergio cruce cualquier comunicación que aparezca, por antigua que sea, con un nombre concreto: Lucian Fauden.

Se hizo un silencio distinto en la línea.

—¿Quién?

—Lucian Fauden —Harper lo repitió despacio, dándose cuenta, al oír la pregunta de Parra, de que iba a tener que explicar algo que llevaba meses guardándose casi entero para sí mismo, pero por el momento soltaría lo estrictamente necesario—.

No te suena porque no está en ningún sitio de la instrucción de Selene, Parra.

Nunca lo metí en el expediente porque no tenía nada que meter: al final de aquel caso llegó un mensaje sin remitente identificable, y desde entonces ese nombre ha sido para mí una conjetura, nada más.

Nunca lo hice oficial porque nunca tuve una sola línea que lo sostuviera.

—¿Y ahora sí?

—Ahora tengo algo más que una conjetura.

—Harper respiró hondo, buscando por dónde empezar algo que llevaba días sin decirle a nadie salvo, a medias, a la propia Nya—.

El sábado antes de irnos a Zahara, parando a repostar de noche, se me acercó un hombre.

No dio la cara del todo, no me dejó girarme.

Lucian Fauden. Yo… digamos que lo conozco de otros aspectos de mi vida que nada tienen que ver en esto, pero sabía que era él.

Sabía que estoy investigando lo de Antonio por mi cuenta.

Sabía qu é carretera había cogido esa noche, y sabía, Parra, dónde había pasado la tarde Nya y con quién.

Con detalles que no tenía por qué saber nadie que no la estuviera vigilando de cerca.

Un silencio largo, esta vez de verdad incómodo.

—Joder, Harper. ¿Por qué no me has llamado esa misma noche?

—Porque no había nada que hacer esa noche, y porque necesitaba pensarlo antes de convertirlo en un problema de todos.

—Harper se pasó la mano por la cara—. No sé todavía, con detalle, qué es exactamente lo que ese hombre le hizo a Nya en el pasado.

Sé lo que ella me ha contado, que ya es suficiente para no querer que se le acerque ni a un kilómetro, pero no tengo el cuadro completo, ni falta que me hace para saber que es peligroso de verdad.

Y por eso te llamo, Parra, y por eso te pido esto fuera de cualquier canal oficial: necesito que busques a alguien de confianza que pueda vigilar a Nya de cerca.

Discreto. Que no la agobie, que ella ni siquiera lo note si puede ser, pero que esté cerca si algo pasa.

—¿Y tú?

—Yo me cuido solo, Parra. Llevo toda la vida haciéndolo.

—Lo dijo sin dramatismo, con la firmeza tranquila de quien no necesita que le repitan una obviedad—.

Nya es la prioridad. Siempre. Si ese hombre quiere jugar conmigo, que juegue.

Pero como se acerque a ella, quiero que haya alguien entre los dos antes de que yo pueda llegar.

—Me preocupas, Harper. Los dos, mejor dicho.

—Parra ya no disimulaba nada parecido al desayuno—.

Voy a hacer un par de llamadas. Conozco a alguien que se dedica a esto, discreto de verdad, de los que no dejan tarjeta.

Pero necesito que me sigas contando, según vaya pasando, cualquier cosa que ese hombre haga o diga.

No me puedes llamar solo cuando ya ha pasado.

—Te lo prometo.

—¿Se lo vas a decir a Nya? Lo de la orden de busca, digo.

Harper se quedó un instante callado, con la vista perdida en la calle donde el calor de finales de agosto todavía pegaba fuerte, y pensó en cómo darle aquella noticia a una mujer que llevaba veinticuatro años sin un solo nombre propio en ningún papel, y que ahora, de pronto, iba a tener que enfrentarse a la posibilidad de que el hombre que la compró como quien compra una propiedad apareciera, tarde o temprano, esposado delante de ella.

—Se lo voy a decir esta noche.

—¿Cómo crees que se lo va a tomar?

—No lo sé. —Harper cerró la carpeta despacio—. Pero prefiero que se entere por mí, con calma, a que se entere por un titular de prensa dentro de tres semanas .

Colgaron. Harper se quedó un rato más con la carpeta cerrada bajo la mano, pensando en los nombres: en el de Antonio, en el de Claudia, en el de Lucian Fauden, que quizás ni siquiera fuera un nombre de verdad, en el de una mujer sin partida de nacimiento que se llamaba Nya Palacios solo porque alguien, hacía veinticuatro años, decidió ponerle ese apellido encima como quien pone una etiqueta a una mercancía.

Todos los nombres de aquel expediente, pensó, tenían algo en común.

Ninguno de ellos había sido elegido por la persona que lo llevaba.