Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Treinta y Seis #2
76%

Capítulo Treinta y Seis #2

Harper se apartó lo justo para mirarla a los ojos, y Nya vio en su cara algo que no le había visto nunca: el miedo de un hombre a punto de soltar algo que sabe que no se puede retirar después.

—El sábado antes de irnos a Zahara, parando a repostar de noche, se me acercó un hombre —dijo, sin soltarle las manos, como si necesitara aquel punto de contacto para atreverse a seguir—. No me dejó girarme. No hizo falta que me dijera su nombre, porque en cuanto habló supe quién era. Lucian.

El mundo se quedó quieto un segundo entero.

—¿Qué? —La voz de Nya salió apenas como un hilo—. ¿Lucian estuvo... contigo? ¿Ahí?

—A un metro de mi espalda. —Harper apretó la mandíbula, obligándose a seguir aunque cada palabra le costara—.

Me dijo que sabía que estoy investigando lo de los niños robados, lo de Antonio, por mi cuenta.

Y me dijo que sabía dónde habías pasado tú la tarde, Nya.

Con quién. Qué llevabas puesto. Me lo describió con un detalle que no tenía ninguna manera de tener a menos que te estuviera vigilando de cerca.

Nya retrocedió un paso, soltándose de sus manos, con la cara descompuesta por una mezcla de terror y de una rabia nueva que Harper no supo, en ese momento, hacia quién iba dirigida del todo.

—¿Y no me dijiste nada? ¿Llevas semanas sabiendo que ese hombre me está vigilando y no me dijiste NADA?

—Quería protegerte de saberlo mientras...

—¡No puedes protegerme de algo ocultándome que existe, Aeris! —La voz de Nya subió, esta vez sin ningún freno, con el terror convertido ya en furia pura—. ¡Eso no es protección, es dejarme caminar por el mundo ciega mientras él me mira desde algún sitio que ni siquiera puedo imaginar!

—Lo sé. Lo sé, y me he dado cuenta hoy de lo mal que estaba esa decisión, porque hoy me ha llamado él, Nya.

Esta tarde. Sabía que habías estado en Botafuegos antes de que yo lo supiera.

Me lo dijo como quien comenta el tiempo, para que entendiera que te estaba vigilando en tiempo real, hoy mismo, mientras estabas con tu hermana.

Nya se llevó las manos a la cara, y por un momento Harper pensó que iba a derrumbarse ahí mismo, en medio de la cocina, pero cuando las apartó no había derrumbe: había una determinación fría que a Harper le recordó, con un escalofrío, a la mujer que una vez había sido Lady Black.

—Cuéntamelo todo —dijo, con la voz ya sin temblar, aunque las manos le siguieran temblando a los costados—.

Todo, Aeris. Palabra por palabra. Lo que te dijo, cómo lo dijo, qué cara tenía si le llegaste a ver algo, todo.

No me dejes ni un detalle fuera, porque llevo media vida sobreviviendo precisamente a base de saberlo todo, y no pienso volver a dejar que nadie, ni siquiera tú, decida por mí cuánta verdad puedo soportar.

Y Harper, con la voz cada vez más firme a medida que hablaba, como si contarlo en voz alta le devolviera parte del control que llevaba días sintiendo perdido, se lo contó todo: la gasolinera, la petición de Lucian de que no se girara, la advertencia sobre los niños robados, la mención al O'Donoghue's y a los vaqueros claros y a la camiseta sencilla, la conversación sobre Selene y sobre cómo la mente humana era fácil de doblar, la confesión sobre Lady Black como el juego más delicioso que Lucian había jugado nunca, la llamada de esa misma tarde, la petición extraoficial a Parra de que alguien vigilara a Nya de cerca sin que ella lo supiera.

Cuando terminó, la cocina se quedó en un silencio distinto a todos los anteriores de aquella noche: no un silencio de pelea contenida, sino el silencio de dos personas que acaban de vaciar, por fin, todo lo que tenían dentro.

—Llevas una semana con alguien siguiéndome sin decírmelo —dijo Nya, al fin, ya sin rastro de grito, solo cansancio—. Y una semana viviendo con esto tú solo.

—Sí.

—Eso también es mentira, Aeris. Aunque la llames protección.

—Lo sé. —Harper no intentó defenderse—. Y lo siento. No por haber tenido miedo. Por haber decidido yo solo qué hacer con ese miedo, en vez de decidirlo contigo.

Nya se quedó mirándolo un largo rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, y cuando habló de nuevo lo hizo más despacio, con la voz de alguien que ha gastado ya toda la rabia que tenía y solo le queda, debajo, la verdad simple.

—Los dos hemos hecho lo mismo esta semana —dijo—. Los dos hemos decidido, por separado, que el otro no podía con la verdad entera. Y los dos nos hemos equivocado exactamente igual.

—Sí.

—No quiero que se repita.

—No se va a repetir. —Harper dio un paso hacia ella, despacio, dejándole todo el margen para detenerlo si no quería que se acercara más, y cuando vio que ella no se apartaba, la volvió a rodear con los brazos, más suave esta vez, sin la urgencia de antes—.

Te lo prometo. Lo bueno y lo malo, a partir de ahora.

Aunque duela. Aunque dé miedo. Sobre todo si da miedo.

Nya apoyó la frente contra su pecho, agotada de una manera que le llegaba hasta los huesos, y se quedaron así un rato largo, los dos de pie en medio de la cocina, con todo dicho por fin y ninguna certeza todavía de qué iban a hacer con Lucian, con Parra, con el contacto discreto que llevaba una semana vigilándola sin que ella lo supiera.

Pero por primera vez en toda la noche, el silencio entre los dos no escondía nada.

—Quédate —dijo Nya, al fin, con la voz ya muy baja, casi un susurro contra su camisa—. Esta noche no quiero estar sola con ninguna de las dos cosas. Ni con el miedo, ni con lo otro.

Se quedó un momento callada, con la mejilla todavía apoyada contra su pecho, y cuando volvió a hablar lo hizo más bajito todavía, con esa clase de sinceridad que solo sale cuando ya no queda energía para fingir nada.

—Sigo teniendo miedo, Aeris. De que un día veas todo lo que hay dentro de mí y decidas que es demasiado. Que soy demasiado.

Harper no le contestó con palabras enseguida, y ese silencio, en cualquier otro momento, la habría asustado.

Pero le levantó la barbilla con dos dedos, despacio, obligándola a mirarlo, y en su cara ya no quedaba ni rastro del miedo de hacía un minuto: solo una determinación tranquila, la de un hombre que no sabe decir te quiero con la boca casi nunca, porque nunca ha sido de los que regalan esa palabra con facilidad, pero que lleva dos años demostrándolo con las manos, con la paciencia, con cada cerradura comprobada en su nombre, con cada silencio sostenido cuando ella no podía hablar.

—No voy a perder el tiempo diciéndote que eso no va a pasar —dijo, con la voz baja y templada, aunque debajo de ella corriera algo que ya no tenía nada de tranquilo—.

Porque las palabras se te olvidan a la primera mala noche, y a mí nunca se me han dado bien de todas formas.

Así que en vez de decírtelo, Nya, te lo voy a demostrar.

Esta noche, y todas las que hagan falta, hasta que se te quite esa idea de la cabeza de una vez por todas.

A Nya se le cortó la respiración, y no fue de miedo ni de risa, sino de una necesidad tan urgente que le dolió en el pecho antes de encontrar palabras para nombrarla.

—Entonces demuéstramelo —dijo, con la voz ya rota del todo—. Ahora. No mañana, no con cuidado, no como si fuera de cristal. Necesito sentirlo, Aeris. Necesito dejar de tener esto solo en la cabeza y sentirlo en el cuerpo, aunque sea una vez.

Harper la levantó en brazos sin decir nada, sin ninguna broma que suavizara el momento, con una seriedad que a Nya le llegó más hondo que cualquier palabra de amor que él jamás fuera a pronunciar, y echó a andar hacia la escalera con ella pegada al cuerpo, la cara hundida en su cuello, sintiendo cómo la desesperación de los dos, la misma exacta, se iba trenzando en un solo impulso mientras subían.

No hablaron más hasta llegar arriba.

Y cuando por fin teniendo el umbral a su espalda, dejando fuera la cocina, la discusión, a Lucian, a Parra, al mundo entero que llevaba semanas presionándolos desde todos los lados, Harper la miró un momento en la penumbra, con una intensidad que no dejaba sitio para la duda.

—Ven aquí —dijo, y no sonó a invitación.

Sonó a la única verdad que le quedaba por decir esa noche.