Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

El piano

El Puerto de Santa María.

Había pasado el día entero dándole vueltas a lo que vio en casa de Álvaro, sin encontrar ni una sola forma de convertir aquella incomodidad en algo que se pudiera escribir en un folio, y para cuando llegó la tarde, Harper ya había repasado la escena del patio tantas veces que había empezado a perder los bordes: la trona nueva, el calendario en la nevera, los brazos de Vega buscando el cuello equivocado.

Nada de aquello demostraba nada. Todo aquello le pesaba igual.

Por eso, cuando el coche de Carmen entró por el camino de albero un poco antes de las nueve, con Nya bajando del asiento del copiloto, morena de sol y con la bolsa de playa colgada de un hombro, Harper sintió un alivio que no había sabido que estaba esperando hasta que lo sintió entero, de golpe, como quien suelta un peso que llevaba cargando sin darse cuenta de cuánto pesaba.

—Hueles a protector solar y a cerveza de chiringuito —le dijo, abrazándola en la puerta.

—Hueles a preocupación. —Nya se apartó lo justo para mirarlo a la cara—. ¿Qué te pasa?

—Nada. Que te he echado de menos.

Ella no le creyó del todo, Harper lo notó en cómo entrecerró un poco los ojos, pero no insistió, y él se lo agradeció en silencio, porque no tenía todavía ni las palabras ni el valor para contarle lo de Álvaro, lo de Irene, lo del abrazo de Vega que llevaba todo el día clavado en algún sitio entre el pecho y la garganta.

Cenaron algo ligero en la cocina, hablando de la playa, de Carmen, de una tontería que había dicho un socorrista sobre las medusas que las había tenido riéndose media hora.

Nya bostezaba entre frase y frase, con esa clase de cansancio bueno, de sol y de sal, que no dejaba sitio para la hipervigilancia de otras noches, y cuando Harper le propuso acostarse pronto, ella aceptó sin discutir, casi agradecida, y se durmió en minutos, con la respiración larga y honda pegada a su hombro.

Harper se quedó despierto un rato más, como casi siempre, escuchando la casa, y en algún momento, sin darse cuenta, también él cayó.

Se despertó por el hueco.

No hizo falta más que eso, la ausencia de un peso en el colchón, para que los ojos se le abrieran de golpe en la oscuridad, con esa lucidez instantánea que ya era puro reflejo después de tantas noches iguales.

Miró el móvil: las cuatro menos diez. Escuchó la casa, atento, esperando el crujido de la tercera pisada, el ruido del pestillo, los pasos descalzos de una ronda de comprobaciones.

No llegó ninguno de esos sonidos.

Llegó, en cambio, algo que tardó un segundo en identificar porque llevaba tanto tiempo sin oírlo que casi lo había olvidado: una nota.

Y luego otra. Y luego una tercera que se apoyaba sobre las dos primeras con una delicadeza que no parecía casual, aunque tampoco sonaba del todo perfecta, con esos pequeños titubeos de quien toca de memoria y no de partitura, reconstruyendo un camino que conoce más con los dedos que con la cabeza.

El piano.

Harper se levantó despacio, sin encender ninguna luz, y bajó descalzo por el borde de las losas, con el mismo sigilo que había aprendido de ella sin proponérselo, hasta el estudio.

La puerta estaba entreabierta. Por la rendija salía una luz muy tenue, la de la lamparita de mesa que Nya debía de haber encendido al mínimo, y las notas, más claras ahora, se derramaban por el pasillo con una lentitud casi líquida.

Harper se detuvo antes de llegar al umbral, y se quedó ahí, fuera del alcance de la luz, mirando.

La sábana blanca ya no estaba.

La había dejado doblada, con un cuidado casi ceremonial, sobre el respaldo de una silla, y el piano, un instrumento de cola media que llevaba un año entero acumulando polvo bajo aquella tela como un fantasma paciente, brillaba débilmente bajo la lámpara, con la madera oscura reflejando la luz en manchas pequeñas y doradas.

Nya estaba sentada frente a él, de espaldas a la puerta, en camiseta y con el pelo suelto todavía revuelto de la almohada, y tocaba con los ojos cerrados, sin mirar las teclas, dejando que las manos encontraran solas el camino que la cabeza ya no necesitaba pensar.

Harper la conocía. Conocía su espalda, su forma de sentarse, el gesto que hacía con el cuello cuando algo la conmovía y no quería que se le notara en la cara.

Y sin embargo, en aquel momento, con la música llenando el estudio entero, tuvo la sensación extraña y hermosa de estar viendo, por primera vez, una parte entera de ella que llevaba dos años ahí, guardada, esperando su turno.

Reconoció la pieza a los pocos compases.

Clair de Lune. La había oído alguna vez, en algún anuncio, en alguna película, sin prestarle nunca demasiada atención, y ahora, saliendo de las manos de Nya en la quietud de las cuatro de la madrugada, le pareció una de las cosas más bonitas que había escuchado en su vida.

No era una interpretación perfecta. Se le notaban los huecos, los compases que reconstruía a tientas, alguna nota que llegaba un pelín tarde o un pelín pronto.

Pero tenía algo que ninguna versión perfecta habría tenido nunca: la verdad completa de una persona tocando para nadie, sin público, sin necesidad de estar bien, solo de estar ahí.

Nya pensaba que dormía.

Harper lo entendió con una certeza absoluta, casi física, en la manera en que ella se dejaba ir sobre las teclas, sin la contención de siempre, sin ese control minucioso que aplicaba a cada gesto de cada día como quien administra una vida entera en dosis seguras.

Tocaba con los hombros bajados, con la cabeza ladeada, con una libertad que Harper no le había visto nunca en ninguna otra circunstancia, ni siquiera en las más íntimas, ni siquiera en las más felices.

Era la libertad de quien se cree completamente sola.

Y Harper, en el umbral, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo, o quizá nunca del todo, con nadie: un amor tan grande que casi dolía, no por lo que Nya le daba a él, sino por lo que era ella cuando nadie miraba.

Por esa mujer que comprobaba cerraduras de madrugada y boxeaba para no explotar y llevaba media vida sin fiarse de casi nada, y que sin embargo, sola, a las cuatro de la mañana, delante de un piano heredado de la única infancia buena que había tenido, se permitía ser exactamente esto: alguien que tocaba mal a propósito, sin corregirse, sin pedir perdón por los huecos, solo por el placer terco de terminar la pieza.

Se dio cuenta, ahí de pie, de que la quería de una manera que nunca sabría explicarle del todo con palabras, porque las palabras se quedaban siempre un paso por detrás de lo que sentía cuando la veía así, sin guardia, sin cuenco de llaves ni rondas nocturnas, solo una mujer y una música que la sostenía por dentro.

Sabía que si entraba ahora, si le decía lo que estaba pensando, ella se cerraría un poco, avergonzada de que la hubiera visto sin la armadura puesta.

Así que no dijo nada. No hizo ruido. Se quedó en el umbral, invisible, dejándole ese último minuto de libertad completa, porque dárselo era, a su manera, la forma más honesta que tenía de decirle que la quería.

La pieza terminó con esa última nota que se queda flotando más tiempo del que debería, y Nya se quedó quieta un momento, con las manos todavía sobre las teclas, respirando despacio, como quien acaba de salir de un sitio muy hondo y necesita un segundo para volver a la superficie.

Harper retrocedió en silencio, sin que ella lo notara, y volvió a la habitación antes de que Nya recogiera la sábana o apagara la lámpara.

Se metió en la cama, se colocó del lado de siempre, y cerró los ojos justo a tiempo, con el corazón todavía acelerado por algo que no tenía nada que ver con el miedo.

Cuando Nya volvió, minutos después, y se coló bajo las sábanas con el sigilo de quien no quiere despertar a nadie, Harper fingió el sueño más convincente de su vida, dejando que ella le pasara un brazo por encima con esa confianza tranquila de las noches buenas, sin saber jamás —porque él nunca se lo diría, no esa noche, quizás no nunca— que la había visto entera, sin guardia, sin armadura, y que la quería, si acaso, un poco más por ello.