Capítulo Veintiocho
La sustituta
Jerez de la Frontera.
Nya se había ido a la playa con Carmen desde primera hora, con la bolsa de las toallas todavía húmeda del día anterior y la promesa de volver «cuando el sol empiece a doler», y Harper, con la casa entera para él solo y esa clase de mañana libre que ya no sabía muy bien qué hacer consigo mismo, decidió que era buen momento para cerrar un cabo que llevaba días pendiente: las claves.
Tenía una razón de peso para presentarse sin avisar demasiado.
El desliz de Álvaro con los códigos —el móvil, el ordenador, ambos cambiados sin que él lo supiera— era exactamente la clase de detalle que un instructor no dejaba enfriarse, y Harper, antes de encargarle la gestión a Parra o a Sergio, quería hacer la pregunta él mismo, mirando la cara del hombre mientras la respondía.
Llamó una hora antes, breve y formal, para avisar de que pasaría a hacerle unas preguntas de rutina sobre el volcado del terminal.
Álvaro le dijo que sí, que por supuesto, que cuándo quisiera.
No mencionó que sospechaba de nadie. No era el momento, y probablemente no lo sería nunca del todo, no con las pruebas que tenía, que eran ninguna, solo una intuición cada vez más pesada.
Abrió la puerta Irene.
Harper ya no se sorprendió. Llevaba semanas sin sorprenderse de aquello, y esa misma falta de sorpresa era, a su manera, un dato más que iba anotando en la carpeta invisible que llevaba siempre consigo.
—Señoría. Qué alegría. —Le sonrió con la misma calidez de siempre, secándose las manos en un trapo de cocina—. Álvaro está en el patio con Vega. Pase, pase, no se quede en la puerta con este calor.
La casa, en agosto, tenía un ritmo distinto al de julio.
Había un ventilador nuevo en el salón que Harper no recordaba de la vez anterior, y una trona distinta para Vega, más grande, de otro color, con un cojín a juego con las cortinas que tampoco recordaba.
Sobre la nevera, la tarjeta del pediatra seguía en su sitio, pero ahora compartía espacio con un calendario semanal escrito con rotulador, en esa misma letra redonda y firme que Harper ya había registrado en su primera visita: comidas, siestas, un recordatorio para renovar el pasaporte de la niña, otro para una revisión dental de Álvaro.
Toda la logística de una familia entera, sostenida en el aire por una mano que no era la de ningún miembro de esa familia.
—He cambiado un poco las cosas del salón —dijo Irene, siguiendo la mirada de Harper sin que él hubiera dicho nada—.
Espero que Álvaro no se lo tome a mal cuando se dé cuenta, aunque lleva ya un tiempo sin darse cuenta de casi nada, el pobre.
La trona vieja se le había quedado pequeña a Vega, y de paso aproveché para pintar de otro color el rincón, que estaba muy triste. Nada importante. Cosas de casa.
—Es muy generoso, lo que hace por ellos.
—No es generosidad, señoría. —Irene lo dijo con esa modestia que, a Harper, cada vez que la oía, le producía una punzada distinta de la que producía al principio: ya no le sonaba a virtud.
Le sonaba a guion ensayado—. Es lo mínimo.
Álvaro y Vega son mi familia ya, para todos los efectos.
No concibo la vida sin venir aquí cada día.
Salieron al patio. Álvaro estaba sentado en una silla de plástico, con Vega en el regazo, más recuperado que la última vez que Harper lo había visto —la barba arreglada, la ropa limpia, los ojos todavía cansados pero ya no rotos— y sin embargo había algo en su forma de sostener a la niña, un poco rígido, un poco espectador de su propia vida, que a Harper le recordó a un hombre que ha entrado en su propia casa y ha encontrado los muebles cambiados de sitio sin que nadie le avisara.
—Señoría. —Se levantó a medias para saludarlo—. Gracias por venir. Aunque no sé muy bien para qué.
—Un par de preguntas sobre el móvil y el ordenador. No le va a robar mucho tiempo.
Se sentaron. Irene se quedó de pie, cerca, con Vega ya en sus brazos —el traspaso se hizo sin que nadie lo pidiera ni lo comentara, un gesto tan fluido que Harper no llegó a ver el momento exacto en que la niña pasó de un regazo a otro— meciéndola despacio mientras los dos hombres hablaban.
—Cuando Sergio le pidió el código de desbloqueo del móvil de Claudia, usted se lo dio de memoria. Y no funcionó. Lo mismo con el ordenador. ¿Tiene idea de cuándo pudo cambiarlos, o por qué no se lo dijo?
Álvaro se quedó pensando, con esa lentitud de quien todavía revisa cada pregunta sobre su mujer como quien palpa una herida para ver si sigue doliendo igual.
—No tengo ni idea, señoría. De verdad. Yo usaba esos códigos desde hace años, los dos los sabíamos de memoria, era una tontería que teníamos, para las fotos de la niña, para lo que hiciera falta. Si los cambió, no me dijo nada. Y no se me ocurre por qué querría…
—Quizá quería un poco de intimidad, Álvaro. —Irene lo dijo con suavidad, sin apartar la vista de Vega, en un tono tan natural que casi pareció que la frase se le hubiera escapado sin querer—. Todas necesitamos, a veces, un rincón que sea solo nuestro. No tiene por qué significar nada malo.
Harper la miró un instante. La frase, en sí misma, era razonable, incluso amable.
Y sin embargo llegaba tan rápido, tan bien puesta, cerrando la pregunta de Harper antes de que Álvaro tuviera tiempo de seguir dándole vueltas, que a Harper le pareció, no por primera vez, que estaba presenciando algo ensayado sin ensayo, la clase de reflejo que solo se adquiere repitiendo un gesto miles de veces hasta que deja de parecer un gesto.
—Álvaro —dijo Harper, decidiendo tirar del hilo que llevaba preparando desde el coche—, ¿alguna vez tuvo la sensación de que Claudia le escondía cosas?
No hablo de una aventura, ni de nada por el estilo.
Hablo de si notó, en los últimos meses, que hubiera partes de su vida que ella prefería mantener aparte. Cosas pequeñas, quizá.
La pregunta cayó en el patio con un peso distinto al que Harper había calculado. Álvaro palideció un poco, y por un momento pareció que iba a decir algo importante, algo que llevaba semanas masticando sin atreverse a escupirlo del todo.
—Yo… —empezó—. La verdad es que sí. Últimamente sí. No sabría decirle qué, pero sí, había cosas que…
—Álvaro lleva unos días agotado —interrumpió Irene, con una sonrisa de disculpa dirigida a Harper, meciendo a Vega un poco más deprisa de lo necesario—.
No creo que sea el momento de hacerle recordar cosas así, señoría, con lo mal que lo está pasando.
Si tiene preguntas muy concretas, quizá sería mejor por escrito, para que él pueda pensarlas con calma, sin la presión de contestar aquí, delante de todos.
—No pasa nada —dijo Álvaro, aunque la interrupción ya había hecho su trabajo: el hilo que sostenía, fuera cual fuera, se le había escapado entre los dedos, y cuando volvió a hablar lo hizo con menos convicción, ya reconducido hacia el terreno seguro de la generalidad—.
Es que estaba muy cansada, últimamente. Todas las madres primerizas lo están, ¿no? No creo que fuera nada más que eso.
Harper no insistió. No hacía falta. Ya tenía lo que había ido a buscar, y no era la respuesta de Álvaro.
Era el reflejo de Irene.
-*.* -
Se quedó veinte minutos más, los justos para no parecer que se marchaba corriendo, hablando de generalidades, del calor, de la vuelta al colegio de Vega en la guardería el año siguiente, de nada que importara.
Y fue al despedirse, ya de pie en la puerta del patio, cuando ocurrió lo que Harper llevaría semanas sin poder quitarse de la cabeza.
Álvaro se había levantado a buscar algo dentro de la casa —un papel, una gestión del banco de la que quería hablarle a Harper de pasada, sin relación con el caso— y durante ese medio minuto en que padre e hija quedaron separados por la distancia de dos habitaciones, Vega, que había estado tranquila en brazos de Irene todo ese rato, empezó a removerse, incómoda, buscando algo con la cabeza vuelta hacia la puerta de la casa.
Álvaro reapareció en el umbral.
Y Vega, en vez de estirar los brazos hacia su padre —el gesto reflejo, instintivo, que Harper había visto hacer a cientos de niños en cientos de situaciones distintas a lo largo de su vida—, se giró hacia Irene, hundió la cara en su cuello, y se quedó ahí, aferrada, con esa seguridad total y sin condiciones que solo tienen los bebés cuando han decidido, sin que nadie se lo enseñe, quién es su persona.
Álvaro se rio, sin ninguna sombra de tristeza en el gesto, con el cariño simple de un padre agotado que agradece cualquier ayuda.
—Es que la tiene enamorada —dijo, acercándose para darle un beso en la cabeza a su hija sin que ella se apartara de Irene ni un centímetro—. Menos mal que está ella, con lo que yo trabajo de noche. No sé qué haríamos sin ti, de verdad.
—No digas tonterías. —Irene sonrió, acomodando mejor a la niña contra su hombro, con un gesto de una ternura tan perfecta, tan exacta, que a Harper, por primera vez desde que había empezado aquella instrucción, no le pareció sospechosa.
Le pareció, simplemente, repugnante.
No fue una sospecha profesional lo que sintió en ese momento, junto a la puerta, viendo a aquella mujer mecer con adoración perfecta a la hija de su amiga muerta.
Fue algo mucho más antiguo, más físico, más difícil de justificar en un auto judicial: la incomodidad pura, casi animal, de ver a alguien ocupar un espacio con tanta naturalidad que ya nadie a su alrededor recordaba que ese espacio, en su día, había pertenecido a otra persona.
No sabía qué significaba aquello. Todavía no.
Puede que no significara nada más que lo que parecía: una mujer generosa, cansada quizá de serlo tanto, cuidando de una familia rota porque nadie más lo hacía.
Harper llevaba quince años de oficio aprendiendo a desconfiar de sus propias corazonadas cuando llegaban sin pruebas detrás, y aquella, por fuerte que fuera, seguía sin tener una sola detrás.
Se despidió con la cortesía de siempre, estrechó la mano de Álvaro, le dijo a Irene que había sido un placer verla, y caminó hasta el coche con una calma que le costó cada uno de los pasos.
Dentro del coche, antes de arrancar, se quedó mirando la casa un momento: la ventana del salón con la trona nueva, el ventilador que no conocía, el calendario en la nevera con la letra que no era de Claudia.
Una casa que se había ido rellenando, poco a poco, alrededor de un hueco que nadie más parecía notar ya.
Y una niña de siete meses que, algún día, no recordaría que había tenido otra madre antes de esta.
Harper arrancó el coche y condujo de vuelta a casa en silencio, sin poner la radio, dándole vueltas a una pregunta que no se atrevía todavía a formular del todo, ni siquiera para sí mismo, porque formularla significaba admitir que llevaba semanas construyendo un caso contra alguien sin ni un solo hecho que lo sostuviera ante nadie más que él.
No sabía quién era Irene Salvatierra.
Pero por primera vez, esa mañana, había dejado de gustarle la pregunta.