Capítulo Veintisiete
Luz de gas
El Puerto de Santa María.
La luz del dormitorio seguía encendida cuando Harper metió el coche en el camino de albero, y por un segundo, antes de apagar el motor, se permitió creer que era una luz cualquiera, olvidada por descuido, y no lo que en el fondo ya sabía que era.
Subió despacio, todavía con el pulso alto del encuentro en la gasolinera, ensayando sin querer la cara que iba a poner, las palabras que no iba a decir todavía, el orden en que se lo contaría a Nya cuando encontrara el momento, si es que existía un momento bueno para contarle a alguien que el hombre que la había roto durante años seguía tan cerca como para describirle la ropa que llevaba puesta esa misma tarde.
No hizo falta que ensayara nada.
La encontró sentada en el borde de la cama, con las piernas recogidas contra el pecho y los brazos rodeándolas, mirando un punto de la pared que no contenía nada.
La lámpara de la mesilla proyectaba una luz baja y amarilla que le dejaba media cara en sombra, y Harper, desde el umbral, reconoció la escena entera antes de dar un solo paso más: los ojos fijos que no parpadeaban al ritmo normal, la respiración corta que se quedaba en la parte alta del pecho sin bajar, el cuerpo presente y la persona en otro sitio.
No dijo su nombre todavía. Se quitó los zapatos en silencio, dejó las llaves en el bolsillo en vez de en el cuenco de la entrada para no hacer ruido bajando después, y cruzó la habitación despacio, con el mismo sigilo con el que había aprendido a moverse por aquella casa en dos años de querer a aquella mujer sin asustarla nunca.
Se sentó en el suelo, junto a la cama, a su altura, sin tocarla todavía.
Nya estaba en otro sitio, y el otro sitio, como siempre, no tenía fecha exacta ni orden cronológico: era una habitación con demasiados espejos y una voz que nunca subía de tono, y dentro de esa habitación, fragmentos sueltos que llegaban sin permiso, como diapositivas mal barajadas de un álbum que llevaba años queriendo quemar entero.
—Eso no ocurrió así.
—Sí ocurrió. Yo estaba ahí. Yo lo dije.
—No lo dijiste. Y si de verdad crees que lo dijiste, quizá deberíamos preocuparnos por lo que te está pasando en la cabeza últimamente.
El recuerdo no tenía cara. Nunca la tenía.
Pero tenía la certeza física de una mano abriéndose paso entre lo que ella sabía que había pasado y lo que él insistía en que había pasado, hasta que las dos versiones se le mezclaban en la boca del estómago y ya no sabía cuál escupir.
Había discutido con él una vez —solo una, al principio, cuando todavía creía que discutir era un derecho que conservaba— por una promesa incumplida, una hora en la que él había dicho que llegaría y no llegó, y él le había sostenido la mirada con esa calma insoportable y le había dicho que ella lo había entendido mal, que nunca prometió esa hora, que quizá debería empezar a apuntar las cosas si tanto le costaba recordarlas bien.
Apuntar las cosas.
La frase le atravesó el recuerdo con una nitidez que no tenía nada que ver con Lucian y todo que ver con una mujer que ella nunca había conocido en vida, muerta ya, con un móvil lleno de notas y una letra pequeña y apretada en el margen de cada hora del día.
Apuntar las cosas para no dudar de una misma.
Apuntar las cosas porque alguien, en algún momento, decidió que tu memoria ya no era de fiar, y tú le creíste antes de creerte a ti.
Otro fragmento, sin transición: una tarde entera que ella recordaba de una manera y que él, semanas después, le devolvió completamente distinta, con detalles que ella no reconocía y que sin embargo, contados con aquella seguridad total, empezaron a sonarle posibles, y luego probables, y luego, en algún momento que no sabía señalar, verdaderos.
Así, sin ruido, sin gritos, sin una sola mano levantada, Lucian le había ido vaciando la casa de su propia memoria, habitación por habitación, hasta dejarla viviendo casi entera en la versión de él.
Harper esperó.
No la llamó por su nombre una segunda vez.
No le preguntó qué recordaba, ni si estaba bien, ni ninguna de las preguntas que cualquier persona bien intencionada haría y que él, en dos años de aprender aquel idioma a fuerza de equivocarse y acertar, sabía que solo servían para empujarla más adentro.
Se quedó ahí, en el suelo, con la espalda apoyada en el lateral de la cama y el hombro rozando su rodilla, presente sin invadir, como un ancla que no tira, que solo está.
Poco a poco, la respiración de Nya empezó a bajar de sitio, del pecho alto al vientre, y los ojos, que llevaban un rato fijos en la pared, parpadearon despacio y volvieron, como volvían siempre, desde algún lugar que Harper no podía ver pero que ya sabía reconocer en el regreso.
—Estás en casa —dijo él, en voz muy baja—. Es domingo. Es agosto. Estoy aquí.
Nya tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz sonó rasposa, como recién sacada de un sitio muy hondo.
—¿Cuándo has llegado?
—Hace un rato.
—No te he oído entrar.
—Estabas en otro sitio.
Ella asintió, despacio, sin necesitar que se lo explicara más.
Se soltó las rodillas y dejó que los pies le colgaran del borde de la cama, y Harper, todavía sentado en el suelo, le cogió una mano entre las suyas, sin apretar, dejándola ahí como quien deja una manta sobre alguien que tiene frío sin preguntarle si la quiere.
—Era Lucian —dijo Nya, al cabo de un rato, sin que él hubiera preguntado—.
Una discusión que tuvimos, hace mucho. Sobre una hora que él dijo que cumpliría y no cumplió.
Y luego me convenció de que yo lo había entendido mal, de que él nunca dijo esa hora.
—Se pasó la mano libre por la cara, despacio—.
Llevo años sin pensar en eso, Aeris. Meses, incluso.
Y esta noche ha vuelto solo, sin que nada lo llamara.
Estaba viendo la tele, tranquila, y de repente estaba otra vez ahí.
—No hacía falta que lo llamara nada. Vuelve cuando quiere. Ese es el problema de los fantasmas de verdad.
—Qué manera tan bonita de decirlo.
—La he sacado de alguien que conozco. —Harper le apretó un poco la mano, sin insistir en la broma más de lo necesario—. ¿Quieres contarme algo más, o prefieres que nos quedemos aquí sin hablar un rato?
—Sin hablar. —Nya cerró los ojos un momento—. De momento, sin hablar.
Se quedaron así, ella sentada en el borde de la cama y él en el suelo, con las manos unidas y la lámpara amarilla proyectando sombras largas sobre la pared, y Harper, mirando el perfil cansado de la mujer que amaba, tomó una decisión que no le costó ningún esfuerzo consciente, que le salió tan natural como respirar: esa noche no le iba a contar lo de la gasolinera.
No porque quisiera ocultárselo para siempre —eso no era una opción, y él lo sabía, tarde o temprano tendría que encontrar la manera de decírselo, de prepararla, de dársela en dosis que no la rompieran—, sino porque una mujer que acababa de salir de un episodio como aquel no necesitaba, esa misma noche, la confirmación física de que el hombre que se lo había provocado durante años seguía suelto, cerca, observando.
No sabía todavía cómo iba a atajar esto. No tenía un plan, ni una estrategia, ni siquiera una idea clara de por dónde empezar a protegerla de un hombre que tenía dinero suficiente para saber qué ropa llevaba puesta y ningún miedo real a nada.
Pero encontraría la forma. Se lo prometió a sí mismo con la misma terquedad silenciosa con la que llevaba quince años prometiéndose no cerrar un expediente hasta entenderlo entero.
Abajo, en algún rincón de la casa a oscuras, el altavoz que Nya había dejado encendido en el salón, sin que ninguno de los dos hubiera reparado en el detalle, seguía dejando correr una lista de música que ninguno había elegido a propósito para esa noche.
En algún momento, mientras se quedaban en silencio, sonó Human , de Sam Tinnesz, con esa voz rota preguntando, en su idioma de guitarras bajas, si al final de todo seguía quedando algo humano debajo de tanto golpe.
Harper no se levantó a apagarla. Dejó que sonara, bajito, como un tercer testigo silencioso de aquella habitación, mientras el reloj avanzaba hacia la una de la madrugada y Nya, poco a poco, apoyaba la cabeza contra su hombro, todavía despierta, todavía aquí, todavía con él.