Capítulo Veintiséis
El coche negro
Entre Rota y El Puerto de Santa María.
La cena con Alex se había alargado más de lo previsto, entre dos botellas de vino que ninguno de los dos había planeado beber enteras y una sobremesa de risas fáciles sobre los años del instituto, y Harper conducía de vuelta a casa por la carretera de Rota con las ventanillas bajadas y esa clase de cansancio bueno que solo dejan los días bien empleados.
En la radio sonaba, bajito, Ordinary , de Alex Warren, esa balada sencilla sobre no necesitar nada extraordinario, solo a alguien con quien lo corriente ya baste, y Harper había subido un poco el volumen sin darse cuenta, pensando en Nya, en Zahara, en lo fácil que de pronto le resultaba querer una vida sin sobresaltos.
Nya le había escrito un rato antes, dos líneas y un corazón, contándole que ella y Carmen habían acabado la tarde en el O'Donoghue's, tomándose un gin-tonic de más en la terraza de la calle Misericordia, entre risas y planes de playa para el día siguiente.
Harper había sonreído solo, con el teléfono apoyado en el salpicadero, pensando que aquel había sido, sencillamente, un buen sábado para los dos.
El piloto de la reserva llevaba encendido más kilómetros de los que a Harper le gustaba admitir, así que entró en la gasolinera de la carretera, la que abría toda la noche, con el depósito casi seco y la radio baja.
No reparó en el coche negro hasta que ya estaba de pie junto al surtidor.
Llevaba detrás de él, se daría cuenta después, revisando el hilo de la memoria con esa precisión retrospectiva que solo llega cuando ya es tarde para servir de algo, desde la rotonda de salida de Rota.
Un Audi negro, de esos modelos grandes y silenciosos que no necesitan levantar la voz para dejar clara su categoría, sin matrícula que hubiera memorizado, circulando siempre a la distancia justa para no resultar sospechoso y siempre demasiado constante para ser casualidad.
Se había dicho a sí mismo, en algún momento del trayecto, que era la copa de más hablando, la clase de paranoia inofensiva que a veces se le pegaba del oficio incluso en las noches libres.
No era paranoia.
El coche se detuvo dos surtidores más allá, con el motor todavía encendido, y durante un instante no pasó nada.
Harper metió la manguera en el depósito, activó el gatillo automático, y fue entonces, con la mirada puesta en los números que subían despacio en la pantalla del surtidor, cuando oyó la puerta del Audi abrirse y cerrarse con un chasquido discreto, casi educado, ese sonido caro y bien engrasado que solo tienen las puertas de los coches que cuestan más que un piso.
Pasos. Tranquilos. Ni rápidos ni sigilosos, la clase de paso que no necesita disimular porque no teme a nada de lo que pueda encontrarse.
—No te gires —dijo una voz a su espalda.
Harper no se giró.
No porque la voz se lo hubiera ordenado, sino porque algo en su propio cuerpo, algo mucho más viejo que cualquier instrucción judicial, reconoció aquel timbre antes de que la cabeza terminara de procesarlo: grave, mesurado, sin una sola aspereza, la clase de voz que nunca ha necesitado subir de volumen para conseguir que la obedezcan.
La había oído en una sala con espejos y terciopelo negro de un club de Sevilla que no aparecía en ningún mapa, «La Quinta Piel», donde durante un tiempo había ido a buscar, con el cuerpo antes que con las palabras, la manera de silenciar algo que su padre le había enseñado a odiar en sí mismo mucho antes de que él supiera que tenía derecho a no odiarlo.
Y la había oído, más reciente y más dolorosa, en el relato entrecortado de una mujer que amaba, contándole de madrugada, en una cocina, lo que aquella misma voz le había hecho durante años.
Lo que Lucian nunca llegó a entender del todo, lo que Harper había tardado el resto de su vida en entender él mismo, era que aquellas noches en La Quinta Piel nunca lo habían sanado.
Solo lo habían anestesiado un rato, entre correas y control cedido, antes de devolverlo intacto a la misma guerra de la que había huido.
Lo que de verdad lo había sanado —lo que le había enseñado que no había nada en él que corregir, ni con golpes ni con sumisión ni con ninguna otra liturgia ajena— había llegado después, sin buscarlo, en una terraza sobre el Guadalete, de la mano de una mujer que jamás le había pedido que se arrodillara para quererlo.
Nya no le debía nada a Lucian. Y Harper, esa noche junto al surtidor, se alegró más que nunca de que fuera así.
—Lucian —dijo, sin volverse, con la mano todavía en el gatillo del surtidor, la voz tan firme como pudo sostenerla.
—Veo que la memoria no te falla. —Un asomo de satisfacción, casi cortesía—.
Aunque supongo que sería difícil que te fallara, después de todo lo que compartimos.
Sigue mirando al frente, Aeris. Es lo único que te voy a pedir esta noche, y es una petición razonable, ¿no te parece? Dadas las circunstancias.
Harper calculó, en el medio segundo que tardó en contestar, la geometría exacta de la situación: una gasolinera vacía a las doce menos veinte de un sábado de agosto, un solo empleado dentro del edificio, probablemente absorto en el móvil o en la caja, y él mismo con las dos manos ocupadas y ninguna posibilidad real de reaccionar a nada que no fuera hablar.
No sintió, sin embargo, el miedo físico que aquella escena debería haberle provocado a cualquier hombre razonable.
Sintió otra cosa, más fría y más útil: la certeza absoluta de que Lucian Fauden no había ido hasta allí para hacerle daño esa noche.
Había ido a hablar. Y un hombre que solo quiere hablar no necesita esconderse detrás de nadie.
—¿Qué quieres?
—Charlar un momento. Como dos hombres civilizados que, por casualidades de la vida, han terminado compartiendo más de lo que a ninguno de los dos nos gustaría admitir en una cena con amigos.
—Una pausa breve, calculada—. Sé que estás investigando lo de los niños robados, Aeris.
Por tu cuenta, al margen de cualquier expediente oficial, tirando del hilo de Antonio Palacios en tus ratos libres, esos poquísimos ratos libres que te vas dejando entre un caso y otro.
Y he venido a decirte, con todo el afecto del que soy capaz, que hay tumbas que es mejor no desenterrar.
No porque yo te lo pida como un favor. Porque tú, Aeris Harper, no eres indestructible.
Y a veces se me olvida a la gente que sí lo cree.
—¿Es una amenaza?
—Es una observación. —La voz sonó, si acaso, divertida por la pregunta—.
Las amenazas son para la gente que necesita convencer a alguien de algo.
Yo no necesito convencerte de nada. Solo necesito que sepas que te veo.
Que veo lo que investigas, aunque lo hagas de noche, con la excusa de un expediente que no tiene nada que ver.
Que sé qué carretera coges cuando vuelves de cenar con tu amigo el médico, y a qué hora sueles pararte a repostar cuando se te olvida mirar el depósito hasta que ya es tarde.
Los datos, Aeris. Ya sabes cómo soy con los datos.
Harper apretó la mandíbula, sin apartar la vista del surtidor, donde los números seguían subiendo con una indiferencia casi ofensiva.
—Y sé también —continuó Lucian, bajando apenas el tono, con la cadencia de quien reserva lo mejor para el final— que Nya ha pasado la tarde en el O'Donoghue's.
Vaqueros claros, una camiseta sencilla, el pelo recogido de cualquier manera, y aun así preciosa, como siempre lo ha sido, incluso cuando cree que nadie la mira.
Riéndose con su amiga Carmen de algo que no llegué a oír.
Un gin-tonic cada una, quizá dos. Parecía feliz, Aeris. Me alegro por ella. De verdad que sí.
Algo en el pecho de Harper se tensó de una forma que no tenía nada que ver con el miedo por sí mismo. Fue miedo del otro, del bueno, del que se siente por quien se quiere, y le costó un esfuerzo consciente mantener la voz templada cuando volvió a hablar.
—Como te acerques a ella…
—No me voy a acercar a ella. —Lucian lo cortó, sin alterarse lo más mínimo, casi con dulzura—.
Eso te lo puedo prometer sin ningún esfuerzo, porque no me hace ninguna falta acercarme.
Ya estoy más cerca de lo que te gustaría saber, Aeris, y llevo así mucho tiempo.
Solo quería que entendieras el alcance de lo que dices cuando me amenazas a mí en una gasolinera vacía, con las manos ocupadas y sin poder ni girarte a mirarme.
No tienes ninguna baza que jugar esta noche.
Ninguna. Y aun así aquí estás, calculando cómo protegerla, sin una sola gota de miedo por ti mismo.
Es admirable, la verdad. Ella tuvo mucho ojo contigo.
El surtidor emitió el chasquido final del depósito lleno. Harper colgó la manguera despacio, con un cuidado casi ceremonial, ganando los segundos que necesitaba para que la voz no le temblara.
—¿Por qué Selene? —preguntó, al fin.
—¿Perdón?
—El libro que dejaste detrás. Selene. Por qué ella. Por qué años induciéndola a hacer lo que hizo, los crímenes, todo el montaje. Qué buscabas.
Se hizo un silencio distinto detrás de él, más largo, casi saboreado, y cuando Lucian volvió a hablar lo hizo con una calidez perversa, la de un hombre que por fin puede hablar de su obra maestra ante alguien capaz de apreciarla.
—Qué pregunta tan honesta, Aeris. Te la voy a contestar, porque te la has ganado, y porque de todas formas nunca vas a poder demostrar ni una palabra de lo que te diga esta noche.
—Una pausa, saboreando el momento—. La mente humana es asombrosamente fácil de doblar.
Eso lo aprendí muy joven, y desde entonces me ha aburrido más de lo que te imaginas, porque casi todos ceden igual, con las mismas palancas, con el mismo ritmo, como si compartieran un manual invisible que nadie les ha enseñado a leer pero que todos obedecen.
Selene fue fácil desde el primer día. Encontré su rabia, se la nombré, le di un propósito, y ella hizo el resto sola, con un entusiasmo casi conmovedor.
No hubo mérito en ello, Aeris. Ninguno. Fue, como mucho, entretenido.
—¿Y Nya?
La palabra salió sola, casi sin que Harper la autorizara, y notó, incluso sin verle la cara, que algo en el silencio posterior había cambiado de textura.
—Nya. —Lucian pronunció el nombre despacio, como quien paladea algo que todavía le produce placer años después—.
Nya es la excepción que confirma todo lo demás, y por eso, Aeris, por eso nunca la he soltado del todo, ni siquiera ahora, ni siquiera con océanos de tiempo y de silencio de por medio.
Llevo años trabajándola, ¿sabes? Años. Con una paciencia que jamás gasté con nadie más, porque con nadie más hizo falta.
La doblé, sí, la doblé durante mucho tiempo, la convertí en Lady Black, le hice creer que aquello era poder, que dominar a otros en aquella habitación era la prueba de que ella jamás volvería a estar debajo de nadie.
Un juego precioso, si me permites la inmodestia.
Porque mientras ella se creía la dueña de aquel altar, seguía siendo, en todas las habitaciones que de verdad importaban, mía.
Sometida a mí. Y lo mejor de todo, Aeris, lo verdaderamente delicioso, es que ella lucha.
Todavía lucha. La siento luchar incluso desde aquí, incluso a través de ti, cada vez que se despierta de madrugada, cada vez que aprieta los puños sin darse cuenta.
Y sabes lo que he aprendido, en todos estos años de mirar a la gente doblarse: que la lucha no cambia el final.
Solo lo hace más largo. Y más hermoso de contemplar.
—Te equivocas —dijo Harper, con una firmeza que le salió de un sitio mucho más hondo que la rabia—. Ella no va a caer.
—Todos caen, Aeris. —La voz sonó, por primera vez esa noche, con algo parecido a la ternura, lo cual resultaba mucho peor que cualquier crueldad abierta—.
Tú caíste. Yo mismo estuve ahí para sostenerte cuando lo hiciste, ¿recuerdas?
La única diferencia con Nya es el tiempo que tarda cada uno en encontrar el punto exacto de su propio peso.
Algunos tardan una noche. Ella lleva tardando años.
Pero el peso, Aeris, siempre gana. Es la única ley de la física en la que de verdad creo.
Harper se giró.
Lo hizo despacio, sabiendo que rompía la única condición que Lucian le había puesto, sin que le importara ya lo más mínimo, con la mandíbula tensa y los puños cerrados a los costados.
Pero cuando terminó de girarse, el espacio detrás de él ya estaba vacío.
El Audi negro se alejaba por la carretera hacia Rota, con las luces traseras encogiéndose despacio en la oscuridad, sin prisa, sin necesidad de huir de nada ni de nadie, y Harper se quedó de pie junto al surtidor, con el corazón latiéndole fuerte por primera vez en toda la conversación, mirando cómo la noche se tragaba las luces rojas hasta que no quedó nada.
Entró a pagar con las manos todavía temblando, algo que no le había pasado ni una sola vez en quince años de instrucciones, y condujo de vuelta a casa por una carretera que de pronto le pareció mucho más oscura de lo que recordaba, repasando cada palabra de Lucian con el mismo método con el que repasaba un atestado, buscando el ángulo, la grieta, el error .
La radio seguía encendida, en la misma emisora de antes, y en algún momento del trayecto volvió a sonar Ordinary , la misma canción de una hora atrás, con su promesa sencilla de que a veces basta con lo corriente.
Harper alargó la mano y la apagó sin miramientos, incapaz de escuchar ni un verso más de una canción que, media hora antes, todavía se había permitido creerse.
No encontró ningún error en las palabras de Lucian.
Solo encontró, cuando por fin entró en el camino de albero de La Bodega y vio la luz encendida en la ventana del dormitorio, una certeza nueva y pesada que no supo si algún día podría contarle a Nya sin destrozarla: que el hombre que la había roto durante años seguía, de alguna manera que Harper todavía no comprendía, absolutamente cerca.
Y que la próxima vez que alguien le preguntara si tenía miedo, la respuesta, por primera vez en su vida adulta, iba a ser que sí.