Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veinticinco #2
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Capítulo Veinticinco #2

—Cállate, que voy en serio. —Carmen no sonrió, aunque el tono siguiera siendo el suyo de siempre—.

Me importa una mierda si naciste en una clínica de la sierra o si te trajo una cigüeña un martes de lluvia.

Lo que me importa, lo único que me ha importado siempre, es quién eres tú.

Y quien eres tú, Nya, con o sin punto de partida, con o sin clínica, con o sin madre biológica encontrada, es una mujer que se levanta cada mañana y sigue adelante aunque lleve un peso que la mayoría de la gente ni se imagina.

Es alguien que estudia oposiciones a las tantas de la noche con la cabeza hecha polvo.

Es alguien que ha aprendido a boxear para no explotar.

Es mi amiga. Eso no lo determina ninguna clínica, ninguna partida de nacimiento, ningún papel que no existe.

Eso lo has construido tú, sola, con lo que tenías, que no era mucho.

Se quedó callada un momento, dejando que el mar hiciera el resto del trabajo, y luego añadió, más bajito, sin la firmeza teatral de antes, con algo mucho más simple y mucho más verdadero:

—Y seas de donde seas, y vengas de donde vengas, y aunque mañana Rafael, o Selene, o quien sea, te diga un nombre y un lugar y toda la verdad del mundo: vas a seguir siendo Nya Palacios. Mi amiga. Para los restos. Eso no lo cambia ningún papel que aparezca, ni ninguno que no aparezca nunca.

Nya sintió que se le llenaban los ojos, y no hizo nada por evitarlo, dejando que el sol de la mañana se encargara de secarle las lágrimas antes de que llegaran a caer del todo, con la misma discreción con que el mar se llevaba, ola tras ola, un poco de la orilla cada vez.

—Para los restos —repitió, en voz baja.

—Para los restos.

Se quedaron un rato calladas, mirando al mar, hasta que Carmen, con esa habilidad suya de saber exactamente cuándo un silencio ya había durado lo que tenía que durar, cambió de tercio sin soltar del todo el hilo.

—Oye, por cierto. El otro día, cuando fui a buscarte a La Bodega, vi el piano ese que tienes en el estudio, tapado con una sábana como si fuera un fantasma. Nunca te he preguntado de dónde salió. ¿Es tuyo, o era de la casa?

—Es de Rafael. —Nya lo dijo con una suavidad distinta a la de toda la conversación anterior, la voz de quien toca un recuerdo que no le duele igual que los demás—. Mi tío. El hermano de Antonio.

—No sabía que Antonio tuviera un hermano.

—Casi nadie lo sabe, o lo sabía. Rafael era mayor, y se llevaban mal desde siempre, por lo que me contaron.

Pero conmigo era distinto. —Se le dibujó, sin que ella lo notara, una sonrisa pequeña, de las que solo salen cuando el recuerdo que las provoca es de verdad bueno—.

Era el único que me llamaba «su niña» . El único que se sentaba conmigo delante de ese piano y me dejaba aporrear las teclas sin decirme que parara, aunque sonara fatal.

Me enseñó cuatro cosas, nada serio, pero se me quedaron. Toco de oído todavía, por él .

—¿Y qué fue de él?

—Murió. Cuando yo tenía diez años. —Nya lo contó con la distancia tranquila de una historia mil veces repasada, sin sospecha ninguna en la voz, sin más dolor que el de una pérdida antigua ya cicatrizada—.

Discutió con Antonio, muy fuerte, no sé por qué, nunca me lo quisieron contar del todo.

Se marchó de la finca hecho una furia, y no debía haber cogido el coche en el estado en que estaba.

Tuvo un accidente esa misma noche, en la carretera de la sierra.

Me quedé sin la única persona de aquella casa que me quería sin esperar nada a cambio.

Por eso me traje el piano cuando pude. Es lo único de él que me queda.

Carmen no dijo nada durante un momento, y algo en su cara, algo que Nya no llegó a ver del todo porque tenía la vista puesta en el mar, se quedó pensando en aquella historia con una atención que no tenía nada que ver con la simple curiosidad.

—Qué mala suerte —dijo al fin, con la voz templada, sin dejar traslucir nada más—. Justo esa noche.

—Justo esa noche. —Nya se encogió de hombros, con la resignación de quien ya ha aceptado hace años que ciertas preguntas no tienen respuesta y ha dejado de buscarla—. La vida es así de injusta a veces. Se lleva a quien no debería y deja a quien sobra.

Carmen asintió, y no dijo nada más sobre Rafael aquella mañana, aunque la pregunta — justo esa noche, justo después de discutir con Antonio — se le quedó rondando por dentro con la misma insistencia con que una piedrecita se queda dentro del zapato: pequeña, molesta, imposible de ignorar del todo por mucho que uno intente seguir caminando como si no estuviera ahí.

Llevaba meses sabiendo, por lo que la propia Nya le había contado a trozos, de qué era capaz Antonio Palacios.

Sabía lo del bebé robado, lo de la gemela, lo de veinticuatro años de mentiras sostenidas con una frialdad que a Carmen todavía le costaba encajar del todo, por mucho que la quisiera a ella y confiara en cada palabra que Nya le decía.

Y ahora resultaba que el único hombre de aquella familia que había querido bien a su amiga había muerto, muy oportunamente, la misma noche en que se había peleado con él.

—Bueno —dijo Carmen, sacudiéndose la arena imaginaria de las piernas y forzando la voz hacia algo más ligero, con esa habilidad suya de devolver una tarde al buen camino antes de que se enfriara del todo—, ya que hemos hablado de cosas profundas y hemos llorado un poco en la playa como dos primas de pueblo, ponte de pie y enséñame esa postura tan seria que dices que te ha enseñado Alex.

Quiero verla con mis propios ojos antes de creerme que una sola clase te ha cambiado tanto la cara.

—Te la enseño si prometes no reírte.

—Prometo reírme un poco.

—Serás …

Carmen le dio un empujón de broma que las tumbó a las dos sobre la toalla, entre risas, con La Muralla llenándose ya del todo de gente y de ruido a su alrededor, y por un rato, un rato bueno y sin prisa, Nya dejó de ser la mujer sin punto de partida, la mujer con la caja vacía, la mujer que boxeaba para no explotar.

Fue, simplemente, una chica riéndose en la playa con su mejor amiga.

Carmen, sin embargo, no se rio del todo por dentro.

Mientras recogían las toallas, ya pasado el mediodía, con el sol pegando fuerte y Nya todavía sonriendo por la última tontería, tomó una decisión que no compartió con nadie: iba a mirar aquel accidente por su cuenta.

Con calma, sin prometer nada, sin decirle a Nya ni una palabra hasta que tuviera algo de verdad entre las manos.

Porque una cosa había aprendido en los últimos meses, viendo lo que le había tocado vivir a su amiga: que en aquella familia, las desgracias oportunas nunca solían ser solo desgracias.