Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veinticinco
58%

Capítulo Veinticinco

Carmen

El Puerto de Santa María.

Carmen apareció con dos cafés de máquina de la cafetera nueva de Mercadona —muy bueno, dicho sea de paso—, unas gafas de sol que le costaron cinco euros el martes anterior en el mercadillo de los gitanos , y la firme decisión de que aquella mañana Nya iba a salir de casa aunque tuviera que sacarla ella misma a rastras.

—Levanta el culo, merimoco —había dicho, plantándose en la cocina de La Bodega a las diez menos cuarto, sin avisar, con las llaves de su coche todavía en la mano—.

Nada de oposiciones. Nada de expedientes de nadie.

La Muralla, que sé que es tu favorita, café del que te gusta, y tú me vas a contar qué tal esa clase de boxeo que te ha montado Aeris, que me lo contaste por encima y no me diste detalles.

Habían aparcado cerca de Puerto Sherry, por la Avenida de la Libertad, y bajado a pie hasta la cala por la pasarela que la remodelación había dejado nueva y cómoda, con la marina deportiva a un lado, coloreada de pastel, y al otro, cerrando la playa como un abrazo, las ruinas del viejo castillo de Santa Catalina, con sus piedras de siglos comidas por el salitre.

Era la playa favorita de Nya en todo El Puerto, y no por casualidad: pequeña, resguardada, de arena fina y dorada que no se hundía apenas bajo los pies, protegida del levante por el acantilado, con un agua tan mansa que parecía otro mar distinto al de las playas abiertas de más allá.

Le gustaba, sobre todo, la sensación de estar dentro de algo, enmarcada entre la muralla vieja y la marina nueva, como si el tiempo allí se hubiera dado por vencido y hubiera decidido convivir consigo mismo en dos versiones a la vez.

Así que ahí estaban, sentadas sobre una toalla demasiado pequeña para las dos, con los pies en la arena todavía fresca de la mañana y La Muralla empezando a llenarse del ruido de siempre: críos gritando cerca de la orilla mansa, el motor lejano de alguna embarcación saliendo de la marina, el ir y venir constante de bañistas que preferían aquella cala tranquila a la agitación de otras playas más grandes.

—En serio —insistió Carmen, dándole un codazo suave—, ¿qué te está enseñando ese hombre? Porque me dijiste que el otro día estuviste ahí abajo una hora entera y que casi todo fue postura, ¿no? A ver si te la está dando con queso y en realidad solo quiere verte mover las caderas un rato.

—A lo mejor es exactamente lo que quiere.

—Con esa cara de póker no sé nunca si hablas en broma o si tengo que preocuparme.

Nya se rio, de verdad, con una risa entera que le salió sin pensarla, y Carmen la miró de reojo con esa satisfacción silenciosa de quien ha conseguido exactamente lo que había ido a buscar aquella mañana: sacarla de la cabeza, aunque solo fuera un rato.

—Alex es bueno —dijo Nya, al fin, con más sinceridad de la que había planeado—.

Estricto, pero bueno. Solo he tenido una sesión, el miércoles, y casi toda la hora fue postura: pies, cadera, cómo repartir el peso, cómo no regalar la mandíbula.

Al final, con las manos ya vendadas, me dejó un par de minutos con el saco, pero solo para comprobar que el golpe salía de la postura y no del brazo suelto.

Nada de soltarme a pegar en serio todavía.

Yo quería más, la verdad, pero entendí por qué no.

Dice que quien no sabe plantarse bien, cuando por fin golpea de verdad, se hace más daño a sí mismo que al saco.

—¿Y qué se siente?

Nya se quedó pensando la respuesta más tiempo del que la pregunta, en teoría, merecía.

—Se siente como vaciar algo —dijo, al fin—. No sé explicarlo mejor. Como si hubiera un cajón que llevo toda la vida cerrado con demasiadas cosas dentro, y ahí abajo, en el saco, alguien me hubiera dado permiso, por fin, para abrirlo un poco cada vez. Sin que se desborde todo de golpe.

Se quedó un momento callada, mirando cómo Carmen se untaba crema en los hombros sin mucho cuidado, dejándose churretones que luego tendría que arreglar, y aprovechó la pausa para devolverle, sin solemnidad, algo del interés que ella misma acababa de recibir.

—¿Y tú? —preguntó—. Últimamente hablamos siempre de mí. ¿Cómo va todo con Raúl?

Carmen se encogió de hombros, sin dejar de untarse la crema, con ese gesto suyo de quitarle importancia a las cosas que en realidad sí la tenían.

—Bien. Ya sabes. Tiene sus cosas .

—¿Qué cosas?

—Lo de siempre. —Carmen se puso las gafas de nuevo, y aunque la voz le siguió sonando ligera, algo en la forma de escoger las palabras se volvió más cuidadosa, más medida—.

Raúl siempre ha sido muy mujeriego, desde que lo conozco, eso no es ninguna sorpresa ni ningún secreto.

Pero siempre vuelve a casa, Nya. Al final del día, vuelve. Eso para mí cuenta.

Nya la miró un momento, sin decir nada, dejando que la frase se asentara en el aire de la mañana con todo su peso.

—¿Y a ti te parece suficiente? Que vuelva.

—No sé si me parece suficiente. —Carmen se rio, pero fue una risa corta, sin la ligereza de las anteriores—.

Me parece lo que hay, que es distinto. Llevamos casados el tiempo que llevamos, Nya.

Una no se casa esperando un cuento, se casa con una persona entera, con sus cosas buenas y con las otras. Y las suyas son esas. Podría ser peor.

—Podría ser mejor, también.

—Podría. —Carmen se quedó mirando el mar un momento, y por primera vez en toda la mañana algo en su cara se apagó un grado, algo pequeño que desapareció casi tan rápido como había aparecido—.

Pero de eso no quiero hablar hoy, si no te importa.

Hoy es tu día de playa, no el mío de terapia de pareja gratuita.

Nya no insistió. Se quedó con la pregunta sin hacer del todo —la que de verdad le rondaba, la de si «podría ser peor» era una forma de conformarse con demasiado poco, la de si aquel «siempre vuelve a casa» escondía algo que Carmen prefería no nombrar en voz alta—, y decidió, sin que le costara ningún esfuerzo especial, dejarlo estar.

No porque no le importara. Le importaba, y bastante, y se prometió a sí misma volver sobre aquello otro día, con más calma, sin la playa de por medio.

Pero Carmen tenía derecho a su propio ritmo para contar las cosas, igual que ella misma llevaba media mañana disfrutando de que nadie la empujara a hablar más rápido de lo que quería.

Escuchar sin exigir era, a veces, la única forma honesta de estar cerca de alguien.

Carmen no dijo nada enseguida. Se quitó las gafas, las limpió con el bajo de la camiseta sin necesitarlo, y las volvió a poner, en ese gesto suyo de darse tiempo antes de decir algo que le importaba de verdad.

—¿Has hecho algo más? —preguntó, con cuidado, mirando al mar y no a Nya, dejándole el espacio de no tener que sostener una mirada mientras contestaba—. Con lo de tus orígenes, digo. La última vez que hablamos me dijiste que habías bajado una caja de papeles del altillo.

—La bajé. La revisé entera. —Nya cogió un puñado de arena y lo dejó escurrir despacio entre los dedos—.

No hay nada, Carmen. Nada de nada. Es lo más raro de todo: no es que encontrara una pista pequeña o una duda.

Es que no hay ni un solo papel mío. Ni un nombre, ni una fecha, ni una clínica, ni nada que se sostenga.

Alguien se aseguró, hace veinticuatro años, de que no quedara literalmente nada.

—¿Y eso qué se siente?

—Como no tener suelo. —Lo dijo sin dramatismo, con la precisión de quien lleva mucho tiempo dándole vueltas a la misma frase hasta encontrar la exacta—.

Todo el mundo tiene un punto de partida, ¿sabes?

Aunque sea uno horrible, aunque sea un sitio del que huir con toda el alma.

Pero es un punto. Un sitio del mapa. Yo no lo tengo.

No sé de dónde vengo, no sé quién era mi madre, no sé si alguien me quiso alguna vez antes de que Antonio decidiera quedarse conmigo por la razón que fuera.

Y a veces pienso que por eso me cuesta tanto sentir que pertenezco a algún sitio de verdad, ni siquiera a La Bodega, ni siquiera con Aeris, aunque él haga todo bien, aunque yo lo quiera con toda el alma.

Porque, ¿cómo perteneces a un sitio, si ni siquiera sabes de qué sitio saliste?

—¿Has ido a ver a Selene?

La pregunta llegó despacio, sin prisa, con el mismo cuidado con que Carmen tocaba todo lo que de verdad le importaba a su amiga. No era curiosidad. Nya lo sabía distinguir perfectamente después de tantos años: Carmen no preguntaba nunca por saber. Preguntaba por estar cerca.

—Todavía no. —Nya negó con la cabeza, despacio—.

Sé que tengo que ir. Sé que ella tiene piezas que yo no tengo, aunque sea la última persona del mundo en la que debería confiar para dármelas limpias.

Pero no me siento lista. Y no sé si es porque de verdad no lo estoy, o porque una parte de mí prefiere seguir sin suelo antes que pisar uno que ella me ofrezca envenenado.

—Cuando estés lista, iré contigo si quieres. A la puerta, digo. No hace falta que entre, ni falta que me necesites ahí dentro. Pero no vas a esperar sola en un aparcamiento de prisión mientras decides si entras o no. Eso para empezar.

Nya se giró a mirarla, sorprendida por la rapidez y la firmeza de la oferta, y Carmen se encogió de hombros como si acabara de decir algo tan obvio que no merecía ni agradecimiento.

—Y para lo demás —siguió Carmen—, para lo de la caja vacía, para lo de no saber de dónde vienes, para todo eso que te tiene con esa cara de estar cargando un mueble que pesa más de lo que aparenta: no sé arreglártelo, Nya.

No tengo ni la más remota idea de cómo se soluciona algo así, y no te voy a mentir fingiendo que la tengo.

Pero te voy a decir una cosa, y quiero que me escuches bien, porque la he pensado mucho antes de decírtela, no me está saliendo así porque sí.

Se quitó las gafas del todo esta vez, y miró a Nya de frente.

—Me importa una mierda de dónde vengas.

Nya parpadeó.

—Qué manera tan bonita de decirlo.