Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veinticuatro
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Capítulo Veinticuatro

El espejo

Jerez de la Frontera.

Dos meses antes.

Para entonces, Irene ya no era una visita.

Era una costumbre de la casa, tan fija como la luz de la cocina o el ruido del frigorífico.

Había empezado, a principios de primavera, con dos tardes por semana.

Después tres. Para entonces, en mayo, sin que nadie hubiera decidido formalmente nada, Irene llegaba ya casi cada mañana a las nueve y media, con el pretexto siempre distinto y siempre razonable —que si le pillaba de camino, que si tenía la mañana libre, que si había pensado que a Vega le vendría bien el paseo de las once—, y se marchaba bien entrada la noche, cuando ya había ayudado con el baño, con la cena, con la ropa tendida, con todo lo que una casa con un bebé de meses necesitaba y más.

Claudia se lo agradecía cada día. A veces varias veces al día.

—No sé qué haría sin ti —le decía, y lo decía en serio—. De verdad, Irene. No tienes ni idea de lo que significa para mí no tener que hacerlo todo sola.

—No digas tonterías. —Irene siempre restaba importancia con la misma media sonrisa, la misma modestia impecable—. Para eso están las amigas. Y para mí no es ningún sacrificio, cariño, si eso es lo que te preocupa. Es un placer.

Y sin embargo, algunas tardes, cuando oía la cancela y sabía que era ella otra vez, a Claudia le costaba levantarse del sofá para abrirle.

No porque no la quisiera ver. La quería ver, casi siempre la alegraba verla.

Era otra cosa, más pequeña y más vergonzosa, algo que no le había confesado a nadie ni pensaba confesarlo: que a veces, muy de vez en cuando, lo que sentía al oír la cancela no era alivio sino un cansancio distinto, difícil de explicar, el cansancio de saber que la tarde entera iba a tener compañía, que no iba a haber un solo hueco para estar sola con Vega, sola con sus propios pensamientos, sola sin más.

Y en cuanto ese cansancio le asomaba, se avergonzaba de él con una rapidez casi automática.

Qué clase de persona se cansa de que la ayuden tanto.

Qué clase de madre desagradecida piensa eso de la única persona que la está sosteniendo.

Así que se levantaba, y abría la puerta, y sonreía de verdad, porque en el fondo se alegraba, y guardaba el otro cansancio en el mismo sitio donde guardaba todo lo demás que no sabía nombrar del todo.

Los jueves, desde marzo, tenían además una arquitectura propia.

A las cinco menos cuarto, Claudia cerraba la puerta del dormitorio —la única habitación de la casa con pestillo, un detalle que en su día le había parecido gracioso y que ahora agradecía sin saber muy bien por qué— y abría el portátil sobre la cama, con los auriculares puestos y una manta doblada en el respaldo de la silla por si el aire acondicionado se pasaba de frío.

La doctora Beltrán aparecía en la pantalla a las cinco en punto, siempre puntual, siempre con ese fondo neutro de su despacho de Jerez que Claudia había llegado a conocer mejor que muchas habitaciones de su propia casa: una estantería con libros que nunca alcanzaba a leer los títulos, una planta que parecía sobrevivir a base de negligencia benigna, la esquina de un cuadro que nunca terminaba de entrar en cuadro.

Aquel jueves, como todos, Irene se había quedado con Vega en el salón.

—Vosotras tranquilas —había dicho Irene al llegar, quitándole importancia con esa media sonrisa suya—, que yo aquí me entretengo. Anda, ve.

Claudia se lo agradeció, como cada jueves, con la gratitud automática de quien ya no recuerda cómo sonaba su propia vida sin esa clase de ayuda.

Cerró la puerta. Se sentó en la cama, con las piernas cruzadas y el portátil sobre el regazo, y durante los primeros minutos, mientras la doctora Beltrán le preguntaba cómo había ido la semana, notó lo de siempre: el alivio de hablar en una habitación cerrada, con pestillo, con alguien que no formaba parte de su vida y que por eso mismo podía escuchar sin juzgar y sin necesitar nada a cambio.

—La semana ha sido rara —dijo Claudia, jugueteando con el borde de la manta—. Bien, en general. Pero rara.

—¿Rara cómo?

—No sé explicarlo bien. —Se quedó un momento callada, buscando la forma—. A veces tengo la sensación de que alguien sabe cosas de mí que yo no le he contado. Cosas pequeñas. Tonterías, seguramente. Pero se me acumulan.

—¿Puedes darme un ejemplo?

Claudia lo pensó, y en ese pensarlo, como le pasaba cada vez más a menudo últimamente, empezó a dudar de si el ejemplo que tenía en la cabeza era un ejemplo real o una impresión sin base, de las que una fabrica cuando está cansada.

Al final no llegó a contestar del todo, porque en ese momento, al otro lado de la puerta, oyó un ruido: el chirrido concreto de la tercera tabla del pasillo, la que siempre crujía, seguido de un silencio demasiado cuidadoso para ser casual.

—Perdona —dijo, bajando la voz—. Un segundo.

Se levantó, fue hasta la puerta y la abrió. El pasillo estaba vacío. Desde el salón le llegó, casi de inmediato, la voz de Irene, cantándole algo a Vega con esa entonación exagerada que se usa con los bebés, como si llevara ahí sentada todo ese rato sin moverse.

Claudia volvió a cerrar la puerta, se sentó de nuevo, y le restó importancia a la doctora Beltrán con una disculpa breve.

La sesión siguió su curso. Hablaron del cansancio, de Vega, de una discusión tonta con Álvaro por una toma mal entendida.

Cuarenta y cinco minutos después, Claudia cerró el portátil con esa sensación de ligereza que siempre le dejaban las sesiones, como si hubiera soltado, durante un rato, un peso que llevaba cargando sin darse cuenta.

Salió del dormitorio. Irene estaba en el sofá, con Vega adormilada contra el pecho, meciéndola con ese balanceo hipnótico de siempre.

—¿Qué tal? —preguntó Irene, sin levantar mucho la voz, por la niña—. ¿Bien la sesión?

—Bien. Rara, pero bien.

—Me alegro. —Irene sonrió, y luego, con la misma naturalidad con la que habría comentado el tiempo, añadió—: Oye, no te tomes esto a mal, pero creo que deberías comentarle lo del cansancio con lo de dormir.

Lo de que últimamente sueñas cosas raras y no sabes distinguir bien si pasaron o no.

Eso también es importante que lo sepa ella, ¿no?

Claudia se quedó quieta un segundo, con la mano todavía en el marco de la puerta del dormitorio.

—¿Te dije yo eso?

—Claro. —Irene la miró con una ternura tranquila, sin ninguna sombra de duda—.

La semana pasada, tomando café. Me dijiste que a veces no sabías si un recuerdo era de verdad o si te lo habías inventado durmiendo mal.

Yo me quedé preocupada, la verdad. Por eso te lo digo, para que se lo cuentes a ella, que para eso está.

Claudia buscó el recuerdo. Lo buscó de verdad, con esa concentración incómoda de quien revisa una carpeta y no encuentra el documento que juraría haber archivado ahí.

Tenía la sensación —vaga, pero presente— de haber hablado con Irene de su cansancio, de sus dudas, de un millón de cosas pequeñas en las últimas semanas.

¿Había dicho exactamente eso? ¿Con esas palabras?

No estaba segura. Y no estar segura, últimamente, empezaba a darle más miedo que estar segura de algo malo.

—No me acuerdo de habértelo dicho así —dijo, despacio—. Pero puede ser. Últimamente se me olvidan muchas cosas.

—Ya ves. —Irene le dedicó una sonrisa compasiva, sin un gramo de triunfo, solo cuidado—.

Por eso te lo comento, cariño. No para agobiarte.

Para que no cargues tú sola con acordarte de todo lo que hay que contarle a la doctora.

Para eso estoy yo, ¿no? Para acordarme yo de las cosas que a ti se te escapan.

Claudia asintió, sin saber muy bien por qué asentía, y se sentó en el sofá junto a ella, cogiendo a Vega en brazos con ese gesto que nunca le fallaba, el único gesto de todos los que hacía cada día que le seguía saliendo entero, sin fisuras, sin dudas.

—Por cierto —dijo Irene, un rato después, cuando Vega ya dormía del todo y la tarde se aplanaba hacia el final—, el otro día, cuando se te colgó el ordenador antes de una de las sesiones, ¿al final conseguiste arreglarlo tú sola, o llamaste a alguien?

—Lo arreglaste tú. —Claudia lo dijo con total naturalidad, como quien recuerda algo obvio—. Reiniciaste el router, y luego entraste en el ordenador para actualizar no sé qué del micrófono, porque a mí no me dejaba.

—Ah, es verdad. —Irene sonrió, como quien acaba de encontrar algo que había perdido en un cajón—. Se me había olvidado que fui yo. Últimamente yo también ando con la cabeza en las nubes. Menos mal que nos tenemos la una a la otra para acordarnos de lo que la otra olvida.

Claudia se rio, un poco, sin ganas del todo, y miró hacia la ventana, donde la luz de mayo empezaba a ponerse dorada sobre las persianas medio bajadas.

En algún rincón de su cabeza, muy al fondo, en un sitio al que todavía no se atrevía a bajar del todo, algo le decía que aquella conversación tenía una forma extraña, aunque no supiera nombrar cuál.

Que las piezas encajaban demasiado bien, y al mismo tiempo, de una manera que no sabía explicar, no encajaban en absoluto.

Pero Irene tenía razón en una cosa, y esa certeza se impuso sobre la otra, más pequeña, más incómoda: menos mal que se tenían la una a la otra. Porque sin Irene, ¿quién se iba a acordar de todo lo que a ella, últimamente, se le escapaba entre los dedos como agua?

Esa noche, después de acostar a Vega, Claudia se quedó un momento delante del espejo del baño, con el cepillo de dientes a medio camino, mirándose la cara como quien busca algo que ha perdido y no recuerda dónde.

Se preguntó, sin decirlo en voz alta, sin atreverse siquiera a pensarlo con todas sus letras, si de verdad le había contado a Irene lo de los sueños y los recuerdos confusos.

No encontró la respuesta en el espejo.

Y por primera vez, aunque todavía no supiera ponerle nombre a lo que sentía, la palabra que le vino a la cabeza no fue «cansada».

Fue «vigilada» .

La apartó enseguida, avergonzada de sí misma por pensarla, y se metió en la cama junto a Álvaro, que dormía ya de espaldas, ajeno del todo, respirando el sueño tranquilo de un hombre que no tenía ningún motivo para no confiar en la mujer que llevaba meses entrando y saliendo de su casa como si fuera la suya propia.