Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veintirés #2
56%

Capítulo Veintirés #2

—Le dije que no, que yo no creía que estuviera loca, que a lo mejor solo necesitaba descansar de verdad, unos días, lo que fuera.

—Se le humedecieron los ojos, y los apretó con fuerza un segundo antes de seguir—.

Pero por dentro, señoría, se lo juro, no sabía qué pensar.

Una parte de mí pensaba que tenía razón en preocuparse.

Y otra parte, la parte de la que ahora me avergüenzo, pensaba que a lo mejor sí, que a lo mejor el cansancio y el bebé y todo lo demás le estaban jugando una mala pasada a la cabeza.

Y no hice nada con ninguna de las dos partes.

No até corto la primera ni descarté del todo la segunda.

Me quedé a medias, esperando a ver qué pasaba. Y lo que pasó fue esto.

Se hizo un silencio largo en la mesa, roto solo por el ruido de la cafetería —una cucharilla contra un plato, una conversación ajena sobre las vacaciones de alguien, la música instrumental que ya había cambiado otra vez a otra cosa sin que nadie se diera cuenta— y Harper dejó que aquel silencio se quedara ahí un rato, sin llenarlo, porque a veces el silencio era la única manera de que un testigo terminara de vaciarse del todo.

—Antes de la nueva psicóloga, la de la cita de urgencia, Claudia ya había ido a terapia. Con otra profesional, entre marzo y mayo. ¿Llegaste a saber por qué lo dejó?

Óscar asintió, casi aliviado de tener por fin una pregunta a la que podía contestar sin dudar.

—Sí, de eso sí me habló, al principio con normalidad, sin ningún misterio.

Decía que le venía bien, que la doctora esa, Beltrán, le caía genial.

Y de repente, un día, me dijo que lo dejaba.

Le pregunté por qué, porque me pareció raro, la notaba contenta con esas sesiones.

Y me dio una excusa rara, ahora que lo pienso: que se le complicaban los horarios, que siempre surgía algo justo esa tarde, una visita, un imprevisto con la niña, y que al final le salía más a cuenta dejarlo por una temporada que seguir cancelando.

Se lo dije en su momento, medio en broma: qué mala suerte tienes con los jueves, Claudia, parece que el universo no quiere que vayas a terapia.

Y ella se rio, pero fue una risa rara. De esas que se ríen para no contestar de verdad.

—¿Recuerdas qué día de la semana eran esas sesiones?

—Los jueves, sí. Se lo dije yo mismo ahora mismo sin darme cuenta, ¿verdad? —Óscar frunció el ceño, como si acabara de oírse a sí mismo por primera vez—. Los jueves por la tarde. Siempre los jueves.

Harper no dijo nada, pero algo en su cara debió de cambiar lo suficiente como para que Óscar se inclinara un poco hacia delante, incómodo.

—¿Eso significa algo?

—Todavía no lo sé —dijo Harper, con una honestidad que no siempre se permitía con los testigos—. Pero apúntamelo tú también, Parra, por si acaso: los jueves.

—Una última cosa —dijo Harper, al fin—. ¿Te dijo alguna vez si había alguien que pasara mucho tiempo en su casa? ¿Alguien de confianza, alguien que la ayudara?

Óscar lo pensó, con genuino esfuerzo, rebuscando en meses de mensajes fragmentados y a medio contar.

—Sé que tenía una amiga que la ayudaba mucho con la niña, sí.

No me dio nunca detalles, la verdad, no era de las cosas de las que hablábamos.

Yo lo que sabía es que tenía a alguien que la echaba una mano, y en su momento hasta me alegré, porque pensé que eso le quitaría presión de encima.

—Frunció el ceño, como si la pregunta le hubiera abierto una puerta en la que no había pensado—.

Nunca até esa amiga con lo de que no podía respirar en su propia casa.

Nunca até esos dos cabos, se lo juro. Hasta ahora mismo, sentado aquí, no se me había ocurrido que pudieran ser la misma historia.

Harper no dijo nada. No era su papel plantar la idea en la cabeza de un testigo; era su papel esperar a que la idea llegara sola, y acababa de llegar.

—Con carácter presunto, y sin acusar a nadie de nada —dijo al fin, escogiendo cada palabra—, ¿dirías que Claudia se sentía invadida, más que ayudada, por esa persona?

Óscar tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue con la voz de alguien que acaba de entender, demasiado tarde, algo que llevaba meses delante de sus narices.

—No lo sé, señoría. Pero ahora que usted lo dice de esa manera... creo que nunca até esos cabos, y creo que debería haberlo hecho.

Cuando Óscar se marchó, quince minutos después, con la promesa arrancada a duras penas de que estaría disponible si Sergio necesitaba algo más del volcado del chat, Parra se quedó mirando a Harper por encima de un café ya frío.

—¿Y bien?

—Y bien, tenemos a una mujer que decía no poder respirar en su propia casa, que sospechaba que la vigilaban por tres vías distintas, que dejó una terapia que le gustaba justo cuando empezó a chocar todos los jueves con algún imprevisto convenientemente puntual, y que en algún momento de julio empezó a creer que se estaba volviendo loca de verdad.

—Harper miró hacia la bahía, donde el sol de agosto ya pegaba fuerte sobre el agua—.

Y no tenemos ni una sola prueba de que nada de eso fuera cierto, Parra.

Ni una. Todo lo que tenemos es la palabra de un hombre que se siente culpable, la ausencia de un nombre, y un día de la semana que se repite demasiadas veces como para que me guste la casualidad.

—Los jueves. —Parra lo dijo despacio, paladeándolo, con la misma incomodidad de antes—. Voy a pedirle a Sergio que cruce eso con la agenda de Claudia de los últimos meses. A ver qué más pasaba los jueves en esa casa.

—Hazlo.

—¿Y eso te desanima? Lo de no tener nada sólido, digo.

—No. —Harper se levantó, dejando unas monedas sobre la mesa—. Eso es exactamente lo que se siente, en mi oficio, justo antes de encontrar el nombre.