Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veintirés
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Capítulo Veintirés

El amigo del instituto

El Puerto de Santa María.

Óscar Reyes llegó con cinco minutos de retraso y la cara de alguien que ha estado despierto discutiendo consigo mismo desde antes de que sonara el despertador.

Harper lo reconoció antes de que se acercara a la mesa que Parra había elegido a propósito, en un rincón de la terraza exterior, medio tapada por una jardinera de adelfas: un hombre de unos treinta y cinco años, complexión media, con una camiseta que le quedaba un poco grande y la clase de barba de tres días que no es estilo, es simple abandono.

Miró hacia la calle dos veces antes de sentarse, como quien comprueba que nadie lo ha seguido, aunque no supiera muy bien de quién estaría huyendo.

—Gracias por venir —dijo Parra, con ese tono suyo que sabía bajar un grado cuando hacía falta—. Este es Aeris Harper, el juez que instruye el caso. Nada de esto es una declaración formal, si no quieres que lo sea. Hablamos y ya está.

—¿Y si prefiero que no quede nada por escrito?

—Entonces no queda nada por escrito. —Harper lo dijo con calma, dejando las manos abiertas sobre la mesa, sin libreta, sin grabadora visible—. Pero necesito entender qué le pasaba a Claudia. Y por lo que me ha contado Parra, tú eres la única persona que puede ayudarme a hacerlo.

Óscar asintió, sin llegar a relajarse del todo, y pidió un café solo al camarero con la voz de quien pide algo solo por tener las manos ocupadas con la taza.

Harper esperó a que el camarero se alejara antes de seguir, y en ese silencio breve se permitió, como hacía siempre al principio de cualquier conversación que importaba, mirar sin preguntar: las manos de Óscar, que no paraban quietas sobre el mantel de papel, doblando la esquina una y otra vez hasta deshilacharla; el reloj que se le escapaba de la muñeca cada dos por tres y que él volvía a subirse sin darse cuenta; los ojos, que evitaban el contacto directo no por evasión sino por vergüenza, la vergüenza concreta de quien va a contar algo que debería haber contado hace semanas.

—Llevas mucho tiempo dándole vueltas a esto tú solo —dijo Harper, no como pregunta.

—Desde que murió. —Óscar levantó la vista por fin—.

Antes también, si le soy sincero, pero desde que murió no he dormido una noche entera pensando en si podía haber hecho algo distinto.

Cuando le presté la tarjeta esa última vez, cuando vi la notificación del banco de que se había hecho el cargo, pensé: bien, al menos esto sí lo va a hacer.

Al menos esto. Y a la mañana siguiente me enteré de que no llegó a la cita.

Pidió el café solo que no llegó a tocar en los siguientes veinte minutos.

De fondo, la cafetería dejaba correr una lista instrumental a volumen bajo, la clase de música que los sitios ponen para llenar silencios sin imponerse, y en algún momento de la conversación, sin que nadie reparara en el cambio, sonó algo con más cuerda y más tambor que el resto de la lista: Wolf King , de Two Steps From Hell, una música que no pegaba nada con el ruido de las cucharillas y las sombrillas de la terraza, y que sin embargo a Harper le pareció, después, la banda sonora exacta de lo que estaba a punto de escuchar.

—Claudia y yo nos conocemos desde el instituto —empezó Óscar, con la vista fija en la taza—.

Desde los quince años. Ha habido épocas de vernos más y épocas de vernos menos, como pasa siempre, pero nunca dejamos de escribirnos.

Nunca. Ni cuando ella se casó, ni cuando nació Vega.

Y en los últimos meses… —se detuvo, buscando por dónde empezar sin que sonara a exageración—.

En los últimos meses cambió la forma de escribirme.

—¿Puedes darme un ejemplo? De esos mensajes raros, quiero decir. Algo concreto, si lo recuerdas.

Óscar se quedó pensando, con la vista fija en un punto de la mesa, rebuscando entre meses de conversaciones que probablemente había repasado ya cien veces por su cuenta, de madrugada, buscando la señal que se le hubiera escapado.

—Hay uno que no se me va a olvidar en la vida.

—Tragó saliva—. Era un domingo, a media tarde.

Yo le había escrito una tontería, un meme, lo de siempre entre nosotros.

Y ella me contestó, de la nada, sin venir a cuento de lo que yo le había mandado: «¿Tú crees que es normal que alguien sepa siempre, sin que yo se lo diga, con quién he quedado?

» Así, seco, sin explicar más. Le pregunté qué quería decir, y me contestó dos minutos después: «Nada, olvídalo, es una tontería mía.

» Y el mensaje, el primero, el de la pregunta, había desaparecido ya cuando yo intenté volver a leerlo.

Borrado. Los dos, en menos de tres minutos.

—¿Y no volvió a mencionarlo?

—Lo mencioné yo, unos días después, con cuidado.

Y ella me dijo que no sabía por qué me había escrito eso, que llevaba una mala tarde, que se le había ido la cabeza un momento.

—Se frotó los ojos con el índice y el pulgar, despacio—.

Otra vez, otro día, me contó que había cambiado la contraseña del correo del banco tres veces en un mes, porque tenía la sensación de que alguien entraba y miraba los movimientos.

Yo le dije que eso era fácil de comprobar, que mirara los registros de acceso, y me dijo que sí, que lo había mirado, y que no salía nada raro.

Pero que ella sabía que algo no cuadraba, aunque el papel dijera lo contrario.

Esa era la frase que más repetía, señoría.

«El papel dice una cosa, pero yo sé otra. »

—¿Te dijo alguna vez de quién tenía miedo? ¿Un nombre, aunque fuera de pasada?

Óscar negó con la cabeza, despacio, con la sinceridad incómoda de quien sabe que su respuesta va a decepcionar y aun así no puede inventarse otra.

—No. Nunca me dio un nombre. Nunca me dijo «es que fulano hace esto» o «es que fulana hace lo otro».

Eso es lo que más rabia me da ahora, si le soy sincero.

Que le pregunté. Se lo pregunté varias veces, cada vez con más insistencia, y ella siempre se cerraba en lo mismo: que no podía respirar en su propia casa.

Esa frase, exacta, me la dijo más de una vez.

«No puedo respirar aquí, Óscar.» Y cuando yo le preguntaba por qué, o quién se lo hacía, cambiaba de tema, o me decía que no era nada, que estaba muy cansada, que no le hiciera caso.

—¿Cuándo empezó a prestarle dinero, o la tarjeta, para que no quedara constancia?

—Antes de lo de la psicóloga, sí. Un par de meses antes, más o menos.

La primera vez fue una tontería, de verdad: un libro, creo, o una suscripción de esas que se renuevan solas y no se acuerda una de darse de baja.

Me dijo que prefería que se lo cargara yo a que apareciera en su cuenta, porque «luego hay que dar explicaciones de todo, hasta de un libro de siete euros».

Yo entonces no até nada. Pensé que era una manía, como la de la gente que no quiere que su pareja vea cuánto gasta en caprichos.

Con el tiempo hubo dos o tres cosas más, siempre pequeñas, siempre con la misma excusa.

Y luego, la última noche, me escribió a las once y pico, muy alterada, pidiéndome la tarjeta para pagar algo urgente, sin decirme qué era.

Se lo di sin preguntar. Ya me había acostumbrado a no preguntar. Ojalá esa noche hubiera preguntado.

Harper dejó que el silencio hiciera su trabajo un momento, con la misma paciencia que aplicaba a cualquier declaración, aunque por dentro la cabeza le fuera ya tres frases por delante.

—Dijiste por teléfono que creías que la estaban vigilando.

—No lo dije yo. —Óscar levantó la vista por primera vez—.

Lo dijo ella. Y esa es la parte que de verdad no sé qué hacer con ella, señoría, porque es la parte que suena más a locura y es, al mismo tiempo, la que más me convence de que algo pasaba de verdad.

Me dijo, un par de veces, que creía que alguien le estaba mirando el WhatsApp.

Y el Telegram. Y hasta el correo. Que notaba cosas raras: mensajes marcados como leídos que ella no recordaba haber abierto, una sesión de WhatsApp Web que se activaba y ella no la había activado, ese tipo de cosas.

Por eso empezó a escribirme por una aplicación con mensajes que se borran solos.

—¿Y tú qué pensabas de todo eso?

Óscar se pasó las dos manos por la cara, despacio, en un gesto que a Harper le recordó, sin poder evitarlo, al de Álvaro leyendo el anexo de las notas.

—Pensaba que estaba agotada y que el agotamiento le estaba jugando malas pasadas.

—La voz se le quebró un poco, no de dramatismo, sino de la fatiga real de alguien que lleva semanas rumiando lo mismo—.

Y se lo dije. Dios, ojalá no se lo hubiera dicho así, pero se lo dije: Claudia, eso suena un poco paranoico, ¿no estarás durmiendo fatal y viendo fantasmas donde no hay nada?

Y ella se quedó callada un momento, y luego me dijo una cosa que no se me va a ir de la cabeza en la vida.

Me dijo: «Puede que tengas razón. Puede que me esté volviendo loca de verdad.

» Así, sin más. Sin defenderse. Como si ya no supiera ella misma qué parte de lo que sentía era real y qué parte se la estaba inventando.

Harper se quedó muy quieto.

—¿Cuándo te dijo eso?

—No sabría darle una fecha exacta. Julio, seguro. Dos o tres semanas antes de… —No terminó la frase. No hacía falta.

—¿Y tú qué le contestaste?