Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

La llamada

El Puerto de Santa María.

Era el primer día oficial de vacaciones, y lo estaban celebrando de la única manera que ambos sabían celebrar de verdad las cosas: sin hacer nada especial.

Dos tumbonas en la terraza superior, un altavoz pequeño dejando correr algo instrumental y sin prisa, y cada uno con un libro que llevaba semanas esperando turno en la mesilla.

La bahía se apagaba despacio al fondo, ese azul de agosto que tarda en decidirse a oscurecer, y el aire olía a la sal que subía del Guadalete mezclada con el jazmín que Nya había plantado en primavera junto a la barandilla.

Harper llevaba veinte minutos en la misma página.

No era que leyera despacio. Era que leía y dejaba de leer, y volvía a empezar el párrafo, con esa cabeza suya que nunca conseguía del todo cerrar la puerta del despacho aunque el cuerpo estuviera en pantalón corto y chanclas.

Nya lo observaba de reojo desde su tumbona, con su propio libro apoyado boca abajo sobre el pecho, y llevaba un rato disfrutando de algo que nunca le decía en voz alta porque sabía que a él le hacía gracia que se lo dijera y por eso mismo se lo decía.

—Ya estás otra vez.

—¿El qué?

—Frunciendo el ceño como si el libro te debiera dinero.

—Nya giró la cabeza hacia él, con esa media sonrisa que reservaba para las bromas que de verdad le hacían gracia—.

Llevas media hora en la misma página, y cada dos líneas se te arruga toda la frente, como si estuvieras montando la escena en tu cabeza con actores y todo.

¿Qué estás leyendo, una novela o un atestado?

—Es una novela.

—Pues como sigas leyéndola con esa cara, el protagonista va a acabar detenido.

Harper levantó la vista del libro, la miró por encima de las gafas de sol que ya no necesitaba con la luz que quedaba pero que no se había quitado por pura pereza, y se rindió con una sonrisa que le salió entera, sin filtro, de las que solo le salían con ella.

—Es una deformación profesional. Leo un asesinato y necesito reconstruirlo. No puedo evitarlo.

—Es tu primer día de vacaciones, Aeris.

—Lo sé.

—Llevamos ocho horas de vacaciones y ya tienes cara de estar instruyendo una causa contra un personaje de ficción.

—En mi defensa, el personaje se lo está buscando. —Se quitó las gafas del todo y se las dejó colgando del cuello de la camiseta—. Pero tienes razón. Voy a intentarlo otra vez. Sin ceño.

Volvió al libro con una determinación casi cómica, la clase de determinación que dura exactamente hasta que el cerebro encuentra otra cosa en la que fijarse, y Nya, satisfecha con su pequeña victoria, volvió también al suyo, y durante unos minutos los dos leyeron de verdad, en un silencio bueno, del tipo que solo existe entre personas que ya no necesitan llenarlo.

El teléfono de Harper, sobre la mesita de mimbre entre las dos tumbonas, vibró contra la madera con un zumbido seco.

Parra.

Harper lo cogió sin incorporarse del todo, todavía medio tumbado, con esa reacción que ya era puro reflejo.

—Dime.

—Óscar me ha llamado a mí. —La voz de Parra sonaba distinta, apresurada, sin ninguno de sus rodeos habituales—.

Hace diez minutos. Número oculto, como sospechábamos que haría si volvía a aparecer.

Muy nervioso, Harper, hablando bajo, como si temiera que alguien lo oyera aunque estuviera solo.

Ha confirmado que fue él quien le prestó la tarjeta a Claudia esa última noche.

Dice que ella le escribió desesperada pidiéndole ayuda para pagar una cita urgente y que no quería que quedara ni rastro en su propia cuenta.

—¿Ha dado algo más? ¿Apellido, dirección, dónde trabaja?

—Nada. No ha querido. Pero antes de colgar ha dicho una cosa, Harper, y te la repito tal cual porque no me la puedo quitar de la cabeza desde entonces: que Claudia no tenía intimidad en su propia casa desde hacía meses.

Harper se incorporó despacio en la tumbona, con el libro resbalándole del regazo hasta la piedra del suelo sin que le importara lo más mínimo, y notó, con esa sensación física tan suya, tan conocida ya después de quince años de oficio, cómo algo en su cabeza volvía a ponerse en marcha, engranaje a engranaje, con el sonido casi audible de una maquinaria que llevaba unas horas descansando y que no había olvidado ni un solo movimiento.

—¿Eso es literal o es una forma de hablar?

—No lo sé, Harper. Ha colgado antes de que le pudiera preguntar.

—Parra soltó el aire, frustrado—. Pero le he insistido, antes de que colgara, en que teníamos que hablar en persona, con calma, sin prisas de teléfono a las nueve y media de la noche.

Y ha aceptado. Mañana. Cafetería Las Terrazas, en Valdelagrana, a las diez de la mañana.

Terreno neutral, dice él, nada de comisarías.

Le da miedo, Harper. Se le nota en la voz.

—Allí estaré.

—Es tu primer día de vacaciones de verdad.

—Ya lo sé, Parra. Allí estaré igual.

Colgaron. Harper se quedó con el teléfono en la mano, la vista perdida en la bahía que ya se había tragado casi del todo la última luz, y Nya, que llevaba toda la llamada fingiendo seguir leyendo sin leer una sola palabra, bajó por fin el libro del todo.

—¿Qué pasa?

Harper entrecerró los ojos, no por el sol, que ya casi no molestaba, sino por ese gesto suyo de cuando una pieza encaja antes de que él mismo termine de entender del todo por qué encaja.

—El chico del chat. Óscar. —Dejó el teléfono sobre la mesita, boca abajo—.

Ha llamado a Parra. Confirma que le prestó la tarjeta a Claudia esa noche.

Y ha dicho algo antes de colgar, algo que no debería quitarme el sueño y que ya sé que me lo va a quitar: que Claudia no tenía intimidad en su propia casa desde hacía meses.

Nya se incorporó un poco en la tumbona, con las piernas cruzadas, atenta del todo ya, con el libro definitivamente olvidado sobre el regazo.

—¿Y eso qué significa?

—Todavía no lo sé. —Harper se pasó una mano por la cara, y cuando volvió a hablar lo hizo despacio, casi pensando en voz alta, con esa cadencia suya de cuando construía una idea delante de alguien en vez de contársela ya terminada—.

Pero hay algo que me ronda desde hace días, Nya, desde el funeral, en realidad, aunque entonces no supiera todavía ponerle nombre.

Y esto de esta noche se lo acaba de poner.

Hay una diferencia, muy fina, casi invisible si no se busca a propósito, entre ayudar a alguien e invadirle la vida entera.

Las dos cosas, desde fuera, se parecen muchísimo.

Las dos tienen la misma cara amable, la misma disponibilidad total, la misma persona apareciendo justo cuando hace falta.

Pero una deja espacio para que la otra persona respire, y la otra ocupa ese espacio poco a poco, con tanto cuidado que quien lo pierde ni siquiera se da cuenta de en qué momento dejó de tener aire propio.

Se quedó callado un segundo, mirando hacia la oscuridad que ya cubría del todo el río.

—Con carácter presunto, que quede claro —añadió, con la media sonrisa cansada de quien lleva quince años cuidándose de no condenar a nadie antes de tiempo, ni siquiera en la intimidad de su propia terraza—.

Pero algo me dice, Nya, que a Claudia Serrano llevaban meses invadiéndole la casa disfrazado de ayudarla.

Y que ella, en algún momento de esas últimas semanas, empezó a darse cuenta.

Nya no dijo nada durante un momento. Se quedó mirándolo, con esa atención suya que sabía calibrar exactamente cuándo una pregunta ayudaba y cuándo sobraba, y al final solo alargó la mano por encima de la mesita de mimbre y la dejó sobre la de él, sin apretar, sin necesitar más palabras.

Detrás de ellos, el altavoz pequeño había pasado, sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta del cambio, a una canción distinta: una voz de mujer entrando despacio sobre un piano, preguntando algo que no llegaba a formularse del todo, y otra voz, más rota, respondiéndole desde algún sitio más hondo.

What Have You Done. Nya la había puesto sin pensar, buscando algo para la sobremesa, y ahora, con el teléfono de Harper todavía boca abajo sobre la mesita y la bahía completamente a oscuras, la canción parecía haber estado esperando ese momento exacto para sonar.

Harper no dijo nada más. Se quedó con la mano de Nya sobre la suya, mirando la oscuridad donde antes estaba el río, y por primera vez desde que había cogido el teléfono aquella noche, dejó que la pregunta que de verdad importaba se quedara sin verbalizar, flotando entre los dos, tan clara que no hacía falta decirla en voz alta.

¿Quién le quitó a Claudia Serrano el aire de su propia casa?

Mañana, a las diez, en una cafetería de Valdelagrana, alguien iba a empezar a contestarle.