Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veintiuno #3
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Capítulo Veintiuno #3

—Estoy pensando que un chat que se autodestruye a las pocas horas de leerse es una medida de seguridad muy concreta, Parra.

No es paranoia genérica. Es la clase de precaución que toma alguien que sabe, con certeza, que sus mensajes pueden estar siendo leídos por otra persona.

Y esa clase de certeza no sale de la nada.

—Voy a pedírselo a Sergio ahora mismo.

—Hay algo más. —Harper dudó un segundo, ordenando la idea antes de soltarla—. Cuando Sergio pidió el código de desbloqueo del móvil de Claudia, ¿se lo dio Álvaro ?

—Sí, el primer día. Dijo que se lo sabía de memoria, que lo compartían para las fotos de la niña o yo qué sé. Un código de cuatro dígitos.

—¿Funcionó?

Parra se quedó callado un segundo de más.

—No —dijo al fin, despacio, como si acabara de caer en algo que llevaba tres semanas delante de sus narices—.

No funcionó. Sergio tuvo que pasarlo por la UDEV, con la orden correspondiente, para el volcado.

Y ahora que lo dices... tampoco coincidía la clave del ordenador de casa, la que Álvaro también nos dio de memoria.

Lo apuntamos como un despiste sin más, un marido que ya no se acordaba bien de una clave que usaba poco. Pero si es de las dos cosas a la vez...

—Claudia había cambiado las dos claves. El móvil y el ordenador. Sin decírselo a su propio marido.

—Y sin decírselo a Irene, si hacemos caso a lo de la consulta.

—Sin decírselo a nadie de su entorno conocido —dijo Harper—. Excepto, quizá, a un tal Óscar.

Parra soltó un silbido bajo, casi inaudible, del tipo que se le escapa a un policía viejo cuando el expediente que creía cerrado le acaba de crecer tres cabezas nuevas en un solo minuto.

—Menuda noche de miércoles nos espera —dijo—. Dime qué más quieres que haga.

—Ponlo todo por escrito —dijo Harper—. El correo, la reserva, el pago, la hora exacta, las sesiones de mensajería, las claves.

Todo. Y quiero hablar con la psicóloga nueva, la de la cita de urgencia.

Si Claudia llegó a tener algún contacto previo con ella, aunque fuera una llamada de diez segundos para confirmar el horario, quiero saber qué dijo, cómo sonaba, si mencionó a alguien.

Y quiero también una palabra con la doctora Beltrán, la de las sesiones de marzo a mayo.

Quiero saber por qué se cortaron, y quién lo decidió.

—Ya le he pedido a Sergio que localice el teléfono de la consulta. Te lo tendré el lunes.

—Y Parra. —Harper dudó un segundo antes de decirlo, pero lo dijo—. Dile a Sergio que ha hecho un buen trabajo. Esto no lo vio nadie en tres semanas, y él lo ha visto haciendo la limpieza de un expediente que todo el mundo daba ya por cerrado.

—Se lo diré. Le va a hacer ilusión, el crío, aunque disimule.

—Parra soltó un resoplido cansado, mitad risa, mitad otra cosa—.

Oye, Harper. Llevo treinta años en esto y hace tres semanas te habría dicho que este caso no tenía ni una arruga.

Ahora tengo un anexo de mil ciento cuarenta y siete notas que da repelús, y tengo una mujer que reservó y pagó una cita de psicología una hora antes de morir.

Empiezo a pensar que tenías razón desde el principio y que a mí me ha podido la costumbre.

—No te ha podido nada. Este caso estaba muy bien vestido, Parra. Eso no es lo mismo que estar limpio.

Colgaron. Harper se quedó con el teléfono en la mano, apoyado contra la encimera, con el pescado todavía sin tocar sobre la tabla de cortar y el ruido de la ducha de Nya llegando amortiguado desde arriba, y pensó en Claudia Serrano, sola, en algún punto de aquel puente o muy cerca de él, con el teléfono en la mano, poco antes de la medianoche del viernes doce de julio, buscando entre varias psicólogas, comparando horarios, decidiéndose por una desconocida en vez de por la que «le recomendaba» quien fuera, y consiguiendo, con una tarjeta que no era la suya, pagar treinta euros por un futuro que solo ella, en ese momento, parecía estar dispuesta a construir.

No era una prueba de nada. Un buen abogado defensor diría que la señal quedó pagada y olvidada, que la gente reserva cosas que después no cumple, que no hay ley que obligue a los planes a significar lo que a un instructor cansado le apetezca que signifiquen a las siete de la tarde de un miércoles de julio con la cena a medio hacer.

Harper lo sabía, y no se engañaba respecto a ello.

Pero por primera vez desde que se había abierto el expediente, tenía algo tan simple que hasta un jurado lego lo entendería sin necesidad de que nadie se lo explicara dos veces: nadie que ya ha decidido morir se molesta en reservar una cita para seguir viviendo.

Puso el pescado en la nevera —la cena, decidió, podía esperar diez minutos más— y cruzó descalzo hasta el estudio, donde la carpeta llevaba semanas viviendo sobre la mesa.

Cogió el rotulador rosa, buscó la declaración de Irene, y subrayó, por segunda vez en aquel expediente, la misma frase de siempre.

Le decía: en cuanto la niña durmiera mejor.

Debajo, con la misma letra apretada de siempre, escribió una fecha y una hora.

13 de julio. 9:30. No llegó.