Capítulo Veintiuno #2
—Eso es exactamente lo que tengo yo delante, sí.
—Parra se quedó callado un momento—. Y no sé si es la persona que puede explicarnos todo esto, o si es una pieza más del rompecabezas que todavía no sabemos dónde encaja.
Pero alguien, Harper, ayudó a esa mujer a hacer algo sin que quedara ni rastro en sus propias cuentas.
Y en mis treinta años de oficio, la gente no esconde sus propios gestos de autocuidado.
Los esconde cuando sabe que alguien más los está mirando.
—Eso contradice la declaración de Irene —dijo Harper, casi para sí mismo.
—Contradice exactamente la parte que a mí más se me quedó grabada de aquella declaración.
—La voz de Parra sonó, por primera vez en la llamada, incómoda de verdad—.
«Yo le insistía en que pidiera ayuda de verdad.
Me decía que sí, que en cuanto la niña durmiera mejor.
» Eso dijo Irene, Harper. Un «en cuanto» eterno, de esos que nunca llegan.
Y resulta que el «en cuanto» había llegado, con urgencia además, la última noche de su vida.
Claudia lo había hecho sola, calladamente, sin pedirle permiso ni acompañamiento a la persona que según todos era su apoyo más cercano, y sin decírselo, por lo visto, a nadie más tampoco.
Harper se quedó en silencio un momento, mirando por la ventana de la cocina, donde ya caía la última luz de un miércoles de julio sobre las viñas de los vecinos, y bajando la voz para que no llegara escaleras arriba, hacia el ruido de la ducha que corría en el piso de encima.
—Dime lo que estás pensando tú, Parra. Sin filtrar.
—Estoy pensando que ninguna persona que va a quitarse la vida en menos de una hora pide cita de urgencia con una psicóloga para la mañana siguiente.
—Lo dijo despacio, como si él mismo necesitara oírselo decir en voz alta para creérselo del todo—.
Yo llevo treinta años en esto, Harper, y he visto de todo.
Pero hay un patrón que se repite más de lo que a nadie le gusta admitir: la gente que de verdad ha tomado la decisión de acabar con su vida, en las horas previas, no suele hacer planes de futuro.
No agenda revisiones del coche. No pide hora en el dentista para la semana que viene.
El cerebro que ya ha decidido irse deja de invertir en el después, porque para esa cabeza ya no hay después.
Y aquí tenemos justo lo contrario: una mujer que, en los minutos previos a subir a ese puente, según todo lo que sabemos, busca ayuda de urgencia, la encuentra, y hace lo que haga falta para conseguir esa cita a primera hora del día siguiente.
Un día siguiente en el que pensaba estar viva y sentada en una consulta a las nueve y media de la mañana.
—¿Puede ser que la reservara sin intención real de ir? Un gesto vacío, para tranquilizar a alguien, o para tranquilizarse a sí misma sin creérselo del todo.
—Un gesto vacío no se pide de urgencia a las once y media de la noche, Harper.
Un gesto vacío se apunta en una lista, como hacía con todo lo demás, y se olvida.
Esto es otra cosa. Es buscar, encontrar, insistir en que fuera al día siguiente y no la semana que viene, y conseguir que alguien pague por ella para que el hueco quedara asegurado.
Eso no es un gesto vacío. Eso es una mujer pidiendo auxilio con la última energía que le quedaba esa noche.
Harper cerró los ojos un momento, dejando que la pregunta simple, la única pregunta que de verdad importaba, se asentara del todo.
Qué suicida pide cita de urgencia para el día siguiente si va a matarse esa misma noche.
—¿Y por qué no se lo dijo a Irene? —preguntó al fin—.
Si de verdad se estaba abriendo, si de verdad estaba pidiendo ayuda con esa urgencia, Irene era la persona con la que hablaba de todo.
La que la acompañaba al centro de salud.
La que sabía hasta lo del esterilizador. ¿Por qué esconderle precisamente esto?
—Esa es la pregunta que me ha quitado el sueño a mí esta tarde, Harper, y no tengo respuesta buena.
—Parra bajó la voz—. Se me ocurren dos. Una es inocente: que Claudia quisiera ir primero sola, sin la opinión de nadie encima, ni siquiera la de su mejor amiga, para que la consulta fuera solo suya antes de compartirla.
La otra no es tan inocente, y no me gusta nada decirla en voz alta.
—Dila.
—Que no se lo dijo a Irene porque, por alguna razón que todavía no entendemos, no quería que Irene lo supiera.
Harper se quedó callado un momento, con la vista fija en la nevera todavía abierta, y cuando habló lo hizo más despacio, con la cadencia de quien está construyendo una orden mientras la dice.
—Quiero que Sergio revise las sesiones abiertas en WhatsApp Web, en Telegram Web, y en cualquier otra aplicación de Claudia que tenga versión de escritorio.
Si hay alguna sesión activa ahora mismo, quiero saber desde cuándo lleva abierta y desde qué dispositivo se inició.
Y si no hay ninguna abierta, quiero el historial completo: cuántas ha habido, cuándo se abrieron, cuándo se cerraron, y si alguna se cerró justo antes de morir ella.
Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea.
—¿Estás pensando lo que creo que estás pensando?