Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

Incongruencias

El Puerto de Santa María.

Harper entró por la puerta de la cocina con las bolsas de la compra colgadas de los dos brazos, sudando ya solo de haberlas subido desde el coche con el calor de las siete de la tarde todavía pegado al aire, y las fue dejando sobre la encimera con ese cuidado desordenado de quien tiene prisa por vaciarlas pero no prisa ninguna por hacerlo bien.

Acababa de sacar el queso —el mismo que Nya llamaría de más, sin falta— cuando oyó voces y pasos viniendo del ala vieja, y un segundo después aparecieron los dos en el pasillo: Nya con las manos todavía vendadas hasta la muñeca, el pelo pegado a la nuca y una camiseta empapada que se le pegaba a la espalda, y Alex detrás, con la bolsa de deporte al hombro y la cara satisfecha de un hombre que ha pasado la hora exactamente como quería pasarla.

—Mira quién ha vuelto justo a tiempo de perderse lo bueno —dijo Alex, dejando la bolsa junto a la puerta—.

Llevamos una hora ahí abajo. Posiciones, sobre todo.

Pies, piernas, cómo repartir el peso, cómo no regalar la mandíbula.

Manos, luego. Y al final, con las manos ya vendadas de verdad, le he dejado que le pegue al saco.

—¿Y qué tal?

—Que tal nada, que muy bien. —Alex sonrió, con ese entusiasmo de entrenador que no se guarda para sí mismo—.

Un gancho de derecha que si llega a tener seis meses más de práctica no me hace ninguna gracia recibir.

Pies quietos, cadera girando, todo lo que se enseña en dos años a la gente y ella lo ha clavado a la tercera vez que lo ha intentado.

Nya, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y la respiración todavía un poco alta, se removió incómoda, y a Harper no le hizo falta ninguna luz especial para verle subir el color a las mejillas, ya de por sí encendidas por el esfuerzo.

Se le daba mal recibir elogios. Siempre se le había dado mal, con cualquier cosa, desde que Harper la conocía: cualquier alabanza parecía incomodarla más que un reproche, como si no supiera dónde meter el cuerpo cuando alguien señalaba en voz alta algo bueno que había hecho.

—Ha sido un gancho de casualidad —dijo, mirando al suelo.

—Ha sido un gancho de casualidad tres veces seguidas, que es más o menos la definición de no ser casualidad.

—Alex se rio, cogió la bolsa del suelo y se la colgó al hombro—.

Bueno, gente. Yo me voy, que llego tarde a mi propia cena y mi mujer ya tiene el santo puesto de boca.

El jueves de la semana que viene, misma hora, si os va bien.

—Nos va bien —dijo Harper.

—Genial. —Alex le dio a Nya un par de palmaditas en el hombro, del tipo entrenador-a-alumna, sin ceremonia—. Lo has hecho de coña, en serio. Con dos sesiones más ya no te dejo elegir el lado del saco que prefieras. Descansa esa mano derecha.

Se despidió con la mano en alto y salió por la puerta de la cocina hacia el camino de albero, silbando algo que Harper no llegó a reconocer, y el sonido de su coche arrancando se fue perdiendo hacia la cancela mientras Nya seguía apoyada en el marco, todavía con las manos vendadas, mirando a Harper con una expresión que él no supo leer del todo hasta que ella habló.

—Gracias —dijo, sin más preámbulo—. Por esto. Por Alex, por el saco, por... —hizo un gesto vago con la mano vendada, abarcando la casa entera, o quizás las últimas semanas enteras— por cuidarme sin que se note tanto que lo estás haciendo.

Harper dejó la lechuga que tenía en la mano sobre la encimera y se apoyó de espaldas contra ella, mirándola.

—Es mi forma de cuidar —dijo—. Observando. Nunca se me han dado bien las otras.

Nya cruzó la cocina descalza, dejando pisadas húmedas y tibias sobre el suelo, y se abrazó a él sin decir nada más, con la cabeza contra su pecho y los brazos vendados rodeándole la espalda, sin importarle que la camiseta empapada de sudor le manchara la camisa a él, y Harper la abrazó de vuelta, con una mano en su nuca y la otra en la espalda, dejando que aquel abrazo durara lo que tuviera que durar, sin prisa por soltarlo, con el queso todavía a medio guardar sobre la encimera y las bolsas de la compra esperando.

—Anda —dijo al fin, separándose lo justo para mirarla—. Ve a ducharte, que apestas a saco de boxeo con perdón, y yo preparo algo de cenar mientras tanto.

—Qué fino te has vuelto criticando olores, para el que llevaba dos días sin afeitarse .

—Una cosa no quita la otra.

Nya sonrió, le dio un beso corto antes de darse la vuelta, y subió la escalera dejando un rastro de pisadas húmedas que Harper decidió no mencionar hasta después de cenar.

Él siguió guardando la compra, colocando cada cosa en su sitio con la parsimonia de siempre, y había sacado ya la tabla de cortar y estaba pensando en si hacer algo con el pescado que había comprado o dejarlo para el día siguiente, cuando el teléfono, sobre la encimera, empezó a vibrar.

Parra, decía la pantalla.

Harper se limpió las manos en el paño de cocina y descolgó antes del segundo tono, con esa reacción casi refleja que había desarrollado hacia cualquier llamada relacionada con aquel expediente.

—Dime.

—Sé que estarás liado con la cena. —La voz de Parra sonaba distinta a la de sus conversaciones habituales, con una cautela que Harper conocía bien: la de un policía que está a punto de contarle algo que no sabe todavía si es importante o si es una tontería que le va a dar vergüenza haber llamado para decir—.

Tengo aquí a Sergio, que ha estado repasando el volcado del correo y el calendario del móvil de Claudia Serrano, cerrando cabos sueltos antes de que esto se archive de una vez.

Y ha encontrado algo. Pequeño. Pero no me lo puedo quitar de la cabeza, así que te lo paso a ti para que me digas si estoy viendo fantasmas donde no los hay.

—Te escucho.

—Claudia tenía una cita. —Parra lo dijo sin rodeos, dejando que la frase, tan simple, hiciera su propio trabajo—.

Con una psicóloga. Y no era la primera vez que iba a terapia, eso ya lo sabíamos: hay constancia de sesiones con una tal doctora Beltrán, en Jerez, entre marzo y mayo, que se cortaron de forma bastante abrupta y sin explicación en el historial.

Lo que ha encontrado Sergio es otra cosa.

Claudia había buscado a otra profesional distinta, sin ninguna relación con la doctora Beltrán, alguien a quien no había visto nunca, con la que no consta ni una llamada previa, ni un correo, ni un solo contacto anterior. Y le pidió cita de urgencia.

—¿De urgencia?

—De urgencia. No para la semana que viene, ni para dentro de unos días con calma.

Pidió, expresamente, la primera hora disponible al día siguiente.

La profesional debía de tener algún hueco de urgencias reservado para estos casos, porque se lo dio: sábado trece de julio, nueve y media de la mañana.

Pagó treinta euros de señal para asegurarse el hueco.

Harper se quedó con el bolígrafo detenido a media línea.

—¿Y a qué hora se hizo esa reserva?

—Viernes doce de julio, a las once y treinta y una de la noche.

—Parra dejó que el silencio pesara un segundo—.

Y el atestado sitúa la caída entre la medianoche y la una de la madrugada.

Sergio ha hecho la cuenta tres veces antes de decírmela a mí, y yo la he hecho otras tres antes de llamarte a ti.

Claudia Serrano pidió cita de urgencia con una psicóloga a la que no conocía de nada, para las nueve y media de esa misma mañana, entre media hora y una hora antes de caer desde ese puente.

Harper dejó el bolígrafo sobre la mesa, despacio.

—Eso ya es difícil de digerir por sí solo, Parra. Dime que no hay más.

—Hay más. —Parra soltó el aire despacio, como quien reparte las malas noticias en dosis para que no tumben de golpe—.

Sergio ha cruzado el pago con los movimientos bancarios de Claudia.

Y aquí está lo que de verdad me ha hecho llamarte esta noche en vez de esperar al informe del lunes: el cargo de los treinta euros no aparece en ninguna cuenta suya.

En ninguna. Se pagó con una tarjeta que no es de Claudia Serrano.

—¿De quién es?

—Eso todavía no lo sabemos. El dato que nos ha dado la pasarela de pago es parcial, cuatro dígitos y una entidad, nada que identifique al titular sin una orden judicial a la financiera, que ya estoy preparando.

Pero hay algo más, y esto es lo que se me ha quedado clavado, Harper: en la aplicación de mensajería del móvil de Claudia hay una conversación guardada con un contacto que figura solo como «Óscar».

Sin apellido, sin foto, sin ningún otro dato que lo enlace con nadie de su entorno conocido: ni familia, ni compañeros de trabajo, ni nadie de su lista de contactos habitual. Y esa conversación está vacía.

—¿Vacía cómo?

—Vacía de contenido, pero no de actividad.

La aplicación tenía configurados los mensajes para autodestruirse a las pocas horas de leerse, así que no queda ni una palabra de lo que se dijeron.

Lo único que ha podido rescatar Sergio son los metadatos del servidor: la frecuencia.

Y esa conversación, Harper, llevaba meses activa.

Días con quince, veinte mensajes cruzados.

Algunos a las tantas de la madrugada. Y el último registro de actividad es de esa misma noche, unas horas antes de la reserva de la cita.

Harper se pasó la mano por la cara.

—Así que alguien llamado Óscar, del que no sabemos nada, hablaba con Claudia casi a diario, sin dejar rastro de lo que se decían, y esa misma noche, con una tarjeta que no era la de ella, Claudia pagó una cita urgente a la que nunca llegó.