Capítulo Veinte #3
—Boxeo. — Alex se encogió de hombros, sin perder la sonrisa, pero bajando el tono un grado, hacia algo más honesto—.
Mira, te lo cuento tal cual, porque prefiero que lo sepas por mí y con claridad a que te llegue por trozos.
Aeris vino a verme el domingo. Me contó que tienes ansiedad de la fuerte, que últimamente ha visto cosas que le preocupan, y me pidió que viniera a enseñarte lo que a él le enseñaron de crío, en el mismo gimnasio donde entrenamos juntos toda la vida.
No como terapia, que quede claro, que yo de eso no entiendo ni falta que hace, sino como...
—buscó la palabra— como válvula. Un sitio para soltar lo que sea que llevas dentro sin hacerte daño ni hacérselo a nadie.
Y antes de que te enfades con él, que seguro que te vienen ganas, te digo lo que le dije yo a él: me pareció una idea cojonuda, con perdón.
Lo que hizo mal fue no consultártelo antes de venir a mi puerta a organizarte la vida.
Eso sí es muy suyo. Y en eso te doy la razón por adelantado, si quieres agarrarte a algo para el enfado.
Nya se quedó en silencio un momento, con los brazos todavía cruzados, mirando a aquel hombre desconocido que hablaba de Aeris con la soltura de veintiséis años de confianza y que acababa de resumir, sin proponérselo, media vida suya en dos frases dichas por otro.
Tiene ansiedad de la fuerte. Ha visto cosas que le preocupan.
No sintió la rabia que había esperado sentir.
Sintió, más bien, algo parecido al vértigo de descubrir que alguien la había estado observando con más atención de la que ella misma se dedicaba, y que ese alguien, en vez de guardárselo, había ido a buscarle ayuda a la única persona del mundo, además de ella, en la que confiaba sin condiciones.
Y sintió también, con una claridad que le sorprendió, que si aquello no le hubiera apetecido lo más mínimo, se lo habría dicho a aquel desconocido en la cara sin ningún pudor, y a Aeris esa misma noche con menos pudor todavía.
Que la idea le gustara no era casualidad. Era, simplemente, que le gustaba.
—Debería estar enfadada —dijo, al fin.
—Deberías, sí.
—Pero no lo estoy del todo.
—Ya. —Alex sonrió, con una calidez distinta, más sencilla—. Eso también es muy de él. Consigue que le perdones las cosas antes incluso de terminar de reprochárselas. Lleva haciéndomelo veintiséis años y todavía no he encontrado la manera de evitarlo.
Nya se descruzó de brazos, despacio, y miró la bolsa de deporte en el suelo, y luego, por encima del hombro de Alex, la puerta que llevaba al ala vieja, donde el saco colgaba de su viga desde hacía un año esperando, sin saberlo, a que alguien más además de Aeris lo usara alguna vez.
—Va a tener que explicarme muchas cosas cuando llegue a casa —dijo.
—Seguro. —Alex recogió la bolsa del suelo—.
Pero mientras tanto, si te apetece, tenemos una hora antes de que vuelva.
Y te prometo que no voy a preguntarte nada de lo que sea que te preocupa.
Solo vamos a vendarte las manos, y a que le des a algo que no puede devolverte el golpe.
Lo demás, si algún día te apetece contarlo, ya vendrá solo.
Nya lo miró un momento más. Después, sin decir nada todavía, se echó a un lado del vano de la puerta y le dejó pasar.
—El gimnasio está al fondo —dijo—. Pero como me hagas daño de verdad, el enfadado con Aeris vas a ser tú.
Alex se rio, un sonido franco y sin trampa, y cruzó el umbral con la bolsa al hombro, dejando atrás la última tarde de julio que empezaba a espesarse contra las persianas, y a su espalda, sobre la mesa del estudio, una caja de documentos a medio guardar y un papel con un solo nombre escrito, subrayado dos veces: Clínica Cielo. Benaocaz. Eso es todo lo que tengo.
-*.*-
Carretera del polígono. 18:05 h.
Harper conducía de vuelta a casa con las ventanillas bajadas y el calor de la tarde entrando espeso por ellas, sin saber exactamente qué se estaría diciendo en aquel momento en el vano de su propia puerta, y sin querer saberlo tampoco, no todavía.
Confiaba en Alex para la parte técnica y confiaba en Nya para todo lo demás, que era, con diferencia, la parte que más le importaba.
Si a la vuelta encontraba el gimnasio ocupado, con las manos de Nya vendadas y el saco recibiendo sus primeros golpes torpes, sabría que había hecho bien.
Y si encontraba la bolsa de Alex todavía en la puerta y a Nya esperándolo con los brazos cruzados y una lista de reproches perfectamente ordenada, también sabría, con la misma certeza tranquila, que había hecho bien: que ella había decidido, sin nadie al lado empujando la balanza, y que fuera cual fuera lo que hubiera decidido, era exactamente lo que él más quería para ella.
Metió el coche en el camino de albero, vio las dos plantas de La Bodega recortadas contra el último atardecer de julio, y pensó, por enésima vez aquellos días, en la reserva que acababa de confirmar, en el mes que estaba a punto de empezar rumbo a septiembre, y en la carpeta con las cinco declaraciones que seguía esperando, paciente, en el cajón de su cabeza.
Agosto, decidió, iba a tener sitio para todo aquello. Tendría que tenerlo.