Capítulo Veinte #2
Selene encima de ella, con las rodillas clavadas en los muslos.
La bofetada. El corte sucio junto al pómulo, el sabor metálico en la boca.
Y después, lo que nunca conseguía explicarle a nadie sin que sonara a delirio: Selene sacando su propio cuchillo, llevándoselo a la cara sin pestañear, y abriéndose la misma herida, en el mismo sitio exacto, con un gemido que no era de dolor.
«Ahora sí somos iguales. Ahora sí… el espejo está completo. »
Nya se estremeció, allí, sola, en el estudio, con el papel de Antonio todavía en la mano.
No había sido violencia, aquel gesto. Selene no buscaba hacerle daño con aquel corte propio.
Buscaba simetría. Devoción enferma, la había llamado ella misma después, durante meses de terapia que apenas la habían ayudado a nombrarlo: una necesidad de reflejo tan profunda que ni siquiera el propio dolor importaba, con tal de que las dos caras volvieran a coincidir.
Y después, el cuchillo en su propia mano.
El de Nya. Alzado sobre Selene, vencida en el suelo, invitándola a terminar.
Vamos, mátame. Será nuestro gran final. Nya recordaba con una claridad que no le concedía a casi nada más de aquellos años la tentación exacta de aquel segundo: lo fácil que habría sido.
Lo mucho que lo había deseado. Y recordaba, sobre todo, la voz de Aeris rompiendo aquel infierno como un disparo.
No eres una asesina, Nya. No la dejes ganar, convirtiéndote en lo que ella quiere que seas.
Habían pasado más de un año y todavía, algunas noches, se preguntaba lo mismo: si de verdad había sido Selene quien quería verla cruzar esa línea, o si detrás de aquel deseo, como detrás de todo lo demás en la vida de su hermana, había estado la mano paciente de Lucian, esperando en la sombra a que Nya se convirtiera, de una vez por todas, en el último y mejor de sus experimentos.
Un asesinato de más habría bastado para arruinarle la vida entera.
Aeris lo había sabido, quizás sin pensarlo del todo en ese momento, con la misma claridad instintiva con la que hacía casi todo.
Y por eso había gritado. Y por eso ella, con el cuchillo temblando en la mano y la sangre tibia bajándole por el brazo, había conseguido bajarlo.
No convertirse en lo que Selene quería.
O en lo que quizá, en realidad, había querido Lucian desde el principio.
Dejó el papel sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, como quien se despierta de algo.
El asco le subió, de refilón, con la voz que nunca conseguía recordar del todo y que sin embargo ahora, un instante, le pareció escuchar bajo el eco de la de Selene aquella noche. Cerró los ojos un segundo. Los abrió.
No se detuvo a pensarlo más de la cuenta. Todavía no.
El telefonillo sonó a las seis menos cinco.
Nya se sobresaltó —no del todo, no como se sobresaltaba de madrugada, pero sí con ese respingo pequeño y automático que el cuerpo le regalaba siempre a los sonidos inesperados— y miró la pantalla del aparato antes de descolgar.
Un hombre. De unos cuarenta y tantos, con una bolsa de deporte al hombro y la seguridad tranquila de quien ha llamado a aquella puerta con la certeza de que le esperaban, aunque a Nya nadie le hubiera dicho nada de que esperase a nadie .
Descolgó.
—¿Sí?
—Hola, buenas. —La voz sonaba amigable, casi festiva—. Vengo a ver a Aeris. Bueno, a Nya, en realidad. Soy Alex.
Nya frunció el ceño, sin soltar el telefonillo.
—Aeris ha ido a hacer la compra.
—Lo sé. Por eso vengo ahora.
Colgó el aparato con más curiosidad que alarma —la casa tenía cámaras, la cancela tenía cerrojo, y aquel hombre, fuera quien fuera, no tenía pinta de urgencia ni de amenaza, sino de alguien completamente cómodo esperando de pie con una bolsa de deporte a las puertas de una casa ajena— y bajó a abrir.
Cuando descorrió el cerrojo y se encontró con él de frente, con su media sonrisa y su bolsa colgada del hombro como quien la lleva colgada desde hace veinte años, Nya se cruzó de brazos en el vano de la puerta.
—¿Y tú quién eres?
Alex apretó los labios, se le escapó una risa corta por la nariz, y meneó la cabeza con la resignación de quien acaba de confirmar una sospecha que ya tenía.
—No te ha dicho nada el huevos gordos de Aeris, ¿a que no?
Nya parpadeó.
—¿Perdón?
—Nada, nada, es cariñoso, te lo prometo, llevo veintiséis años llamándolo así.
—Alex se pasó la mano por la cara, entre divertido y resignado—.
Vale. Empiezo de cero. Me llamo Alex Villa.
Soy médico, internista, del hospital de Puerto Real, y soy amigo de Aeris desde que teníamos catorce años y él todavía no sabía cubrirse la derecha.
Hace unos días estuvo en mi gimnasio, en Rota, y me pidió un favor.
Y por lo que veo en tu cara, el favor no te lo ha contado.
—No me ha contado absolutamente nada.
—Cómo no. —Alex suspiró, con un cariño que a Nya, contra todo pronóstico, le llegó antes que la irritación—.
Es tan de él. Capaz de organizarte medio verano y olvidársele el detalle de avisarte.
A ver, a ver. —Dejó la bolsa en el suelo, junto a sus pies, con el gesto de quien se prepara para una explicación larga—.
Vengo a entrenarte. Boxeo. Un par de veces por semana, si a ti te parece bien, que es lo primero que debería haberte preguntado alguien antes de plantarse en tu puerta con una bolsa de guantes, y que por lo visto a Aeris no se le ocurrió.
Nya se quedó mirándolo un momento, procesando la información con la misma velocidad metódica con que procesaba todo lo que la sorprendía sin avisar.
—¿Boxeo?