Capítulo Veinte
Lo que no se dice en las listas
El Puerto de Santa María.
Normalmente pedían la compra por internet, un domingo cualquiera, con la aplicación abierta en la tablet de la cocina y Nya dictando en voz alta lo que iba faltando mientras Harper, sentado a la mesa con el portátil del trabajo abierto en otra pestaña, iba tecleando sin demasiada atención: leche, huevos, el café de siempre, algo de fruta, y esa negociación eterna sobre si el queso curado que él compraba «de más» era en realidad de más o simplemente la cantidad correcta que Nya se empeñaba en llamar exceso.
Funcionaba bien. Era rápido, cómodo, y les ahorraba a los dos veinte minutos de pasillos y carritos que ninguno echaba especialmente de menos.
Aquella tarde, sin embargo, Harper había cogido las llaves del coche después de comer y le había dicho a Nya, casi de pasada, que se acercaba al Mercadona del polígono, que le apetecía caminar un rato entre estanterías. No era del todo mentira. Tampoco era del todo verdad.
Sabía perfectamente que Alex llegaría a La Bodega a las seis en punto.
Alex era así, puntual hasta en su propio entierro, una de esas personas que consideraban la impuntualidad una forma menor de mentira, y Harper llevaba toda la tarde con esa hora rondándole la cabeza con la misma insistencia con que rondaba el expediente.
No había ido al supermercado por miedo a un enfado de Nya.
Eso no era, ni de lejos, lo que le preocupaba.
Un enfado de Nya, si llegaba, era una cosa limpia, sin trampa, de las que se decían a la cara y se resolvían con tiempo y con vino, no con evasivas.
Lo que Harper quería, lo único que de verdad le había hecho coger las llaves del coche a esa hora, era otra cosa, más difícil de explicar sin que sonara raro: quería que Nya decidiera sola.
No con él delante, no con su presencia inclinando la balanza aunque fuera sin querer, aunque fuera solo por la fuerza silenciosa que tiene cualquier persona cuando está de pie al lado de otra esperando una respuesta.
Porque si algo le encantaba de Nya —y era mucho lo que le encantaba, pero esto en particular le parecía casi sagrado— era que sabía mandar a tomar por culo a quien hiciera falta, incluido él, si de verdad no le apetecía algo.
Nunca había sido de las que decían que sí por no incomodar.
Lo había aprendido de la peor manera posible, en otra vida, con otra gente, y precisamente por eso, ahora, su sí y su no valían lo que valían: exactamente lo que decían, sin descuento.
Si Harper se hubiera quedado en casa aquella tarde, presente en la conversación entre Nya y Alex, aunque fuera callado en una esquina, aquel sí, si llegaba, habría tenido siempre una sombra de duda pegada, un quizás lo dijo por mí.
Harper no quería ese sí. Quería el otro.
El que ella diría con la puerta cerrada y sin nadie mirando, para sí misma antes que para nadie más.
Así que se había ido a comprar tomates que no necesitaban, y ahora, empujando el carrito por el pasillo de la fruta con la misma parsimonia con que hojeaba un atestado que ya se sabía de memoria, dejaba que la cabeza, casi sola, se le fuera hacia otro asunto que llevaba días macerando.
Agosto empezaba en dos días, y con él, la cuenta atrás real hasta el uno de septiembre: la fecha que Fidel le había marcado, a regañadientes, como una piedra tallada de antemano.
Harper llevaba desde aquella llamada dándole vueltas a cómo repartir el mes que estaba a punto de empezar: cuánto para el expediente de Claudia Serrano, y cuánto —porque también hacía falta un cuánto— para Nya.
Para los dos. Para lo que llevaban meses postergando entre oposiciones, instrucciones y la vida entera que se les acumulaba encima sin que ninguno encontrara el hueco de parar.
Quería llevarla a algún sitio. No muy lejos —unos días, algo con mar y con silencio, lejos de Jerez y de sus vías de tren y de la voz templada de Irene Salvatierra repitiéndose en su cabeza como una canción que no lograba quitarse—, y llevaba días dándole vueltas a los sitios posibles con la misma dedicación metódica con la que llevaba el expediente, comparando casas rurales, calas sin gente, la posibilidad remota de convencer a Nya de un par de días en Lisboa que ella llevaba meses mencionando sin insistir nunca del todo.
Quería hacerlo bien. Quería, sobre todo, que fuera una sorpresa completa, para que a ella, que llevaba media vida organizándolo todo por necesidad y no por gusto, le tocara por una vez no tener que decidir nada.
Y sin embargo, empujando el carrito hacia la sección de conservas, tuvo la honestidad de reconocerse una cosa: Nya ya lo sabía.
No los detalles. No el destino, ni las fechas exactas, ni la reserva que llevaba noches mirando en el móvil después de que ella se durmiera.
Pero sabía, con esa claridad tranquila con la que sabía casi todo lo importante de él sin que hiciera falta explicárselo, cuál iba a ser el verdadero plato fuerte de aquellas vacaciones.
Sabía que por muchas playas que Harper reservara, el expediente de Claudia Serrano viajaría con ellos en el maletero, invisible, ocupando el asiento de atrás con la misma insistencia con que ocupaba ya su cabeza cada noche a las tres y pico.
Lo sabía porque lo conocía. Y no se lo reprochaba.
Ese era, quizá, el detalle que más conmovía a Harper cuando se paraba a pensarlo: que Nya no solo lo entendía, sino que lo admiraba.
Se lo había dicho una vez, hacía meses, en otro caso, con esa media sonrisa suya que aparecía tan pocas veces entera: «Eres el hombre más cabezón que he conocido, Aeris.
Y me alegro de que lo seas.» No se lo había dicho como un reproche disfrazado de piropo.
Se lo había dicho como quien constata un hecho que le da seguridad, no inquietud.
Como quien ha vivido de cerca lo contrario —gente que sí dejaba las cosas a medias, que sí archivaba lo incómodo con tal de no mirarlo— y sabía, mejor que nadie, la diferencia exacta entre un hombre tenaz y un hombre que simplemente no sabe soltar.
Los dos sabían no soltar. Ese era, quizás, el idioma común más silencioso que compartían.
Terminó la compra sin ninguna prisa, y en la cola de la caja sacó el móvil y buscó, por enésima vez, la misma página de una casa con vistas al mar cerca de Zahara, con un patio interior parecido, salvando las distancias, al de La Bodega.
Noches libres a partir del nueve de agosto.
Suficientes para el mar y el silencio que quería regalarle.
Pulsó «reservar» antes de arrepentirse, y miró el reloj del móvil. Las seis menos cuatro.
Alex ya estaría llamando al telefonillo.
-*.*-
La Bodega. 17:45 h.
La caja llevaba desde febrero en el altillo del armario del vestidor —desde que terminaron la reforma, cuando todavía olía a pintura fresca en cada habitación y Nya, sin saber muy bien dónde meter aquello, había decidido que el altillo era un sitio tan bueno como cualquiera para no tener que mirarlo cada día—, y esa tarde la había bajado sin anunciárselo a nadie, ni siquiera a sí misma del todo, con la excusa floja de «voy a ordenar un poco» que se había dicho al subir la escalera de mano y que se le había desmontado en cuanto abrió la tapa y encontró, otra vez, el mismo olor a papel viejo y a tinta de fotocopiadora de hacía una década.
Documentos de Antonio Palacios.
No todos, y desde luego no los que de verdad le habrían servido de algo.
Escrituras de la finca, un poder notarial caducado, correspondencia con un despacho de abogados de Sevilla que llevaba años sin actividad, alguna factura vieja.
Papeles de un hombre, no papeles de una niña.
Porque de eso, de ella misma, de cómo había llegado al mundo, apenas tenía nada que se sostuviera en un juzgado.
Un nombre, sí —eso Antonio se lo había dado, la única vez que se lo había dado de verdad, borracho y cruel, la noche en que le confesó sin pestañear que la había recogido en sus brazos en la Clínica Cielo, en Benaocaz, como quien recoge un paquete—.
Pero un nombre no era una prueba. La clínica llevaba cerrada más de veinte años, hundida entre zarzas y ruina en la carretera de la sierra, y ni un solo papel de los que Nya había podido reunir mencionaba jamás partos, ni comadronas, ni un historial que confirmara nada de lo que Antonio había soltado aquella noche entre trago y trago.
Solo su palabra. Y la palabra de Antonio Palacios, Nya lo sabía mejor que nadie en el mundo, no valía ni el papel en que no estaba escrita.
Sabía tan poco. Sabía que había nacido en algún sitio junto a una gemela, Selene, y que a las dos las habían separado antes de que ninguna pudiera recordar la cara de la otra, en la clase de operación que no aparece en ningún registro oficial porque está diseñada, desde el primer papel que nunca llegó a existir, para no dejar jamás un rastro que seguir.
Y sabía, sobre todo, lo único que de verdad le quitaba el sueño cuando se permitía pensarlo con calma: que detrás de Selene, sosteniéndola, moldeándola, señalando con el dedo cada crimen que su hermana acabaría cometiendo, había estado Lucian Fauden.
El autor intelectual de todo. Y que en los meses que siguieron a la caída de Selene, Nya había revuelto papeles, había tirado de cada hilo que se le ocurrió, y no había encontrado ni una sola prueba que pudiera llevarla hasta él por un camino que un juzgado reconociera como tal.
Se llevó, sin darse cuenta, dos dedos a la cicatriz del pómulo.
Era un gesto viejo, automático, que hacía sin querer cada vez que la cabeza se le iba hacia Benaocaz, y en cuanto lo notó, como cada vez, ya era tarde para impedir que el recuerdo llegara entero, sin permiso, con el mismo olor a cloro podrido y a lluvia de aquella noche.