Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

Las mismas palabras

El Puerto de Santa María.

La casa dormía. Nya se había acostado hacía dos horas, agotada de una tarde entera peleándose con el tema dieciséis, y Harper había subido con ella, había apagado la luz, había esperado a que la respiración se le hiciera larga y honda, y había bajado después descalzo, sin más ropa que un pantalón de pijama, con esa sensación tan suya de estar robándole horas a la noche para dárselas a los muertos.

El teléfono vibró sobre la mesa del estudio antes de que hubiera sacado el primer folio de la carpeta.

Fidel. A las once y cuarto de la noche, lo cual ya era, de por sí, una declaración de intenciones.

—Dime.

—Sé que es tarde, perdona. —La voz del fiscal sonaba a despacho vacío, a corbata aflojada, a alguien que también le estaba robando horas al sueño por otras razones—.

Quería pillarte antes de que empezaras la semana con la cabeza en otra cosa.

He registrado esta tarde la petición de sobreseimiento provisional del caso Serrano.

Autopsia cerrada, atestado cerrado, testificales completas.

No hay nada que sostenga una imputación, Aeris, y cuanto antes lo cerremos, antes deja esa familia de tener un expediente abierto sobre la cabeza.

Harper se quedó mirando la carpeta extendida sobre la mesa, las cinco declaraciones todavía sin desplegar, y sintió, con una claridad que casi le sorprendió a él mismo, la ausencia total de sorpresa.

—No lo voy a firmar, Fidel.

Un silencio breve al otro lado.

—¿Perdona?

—Que no lo voy a firmar. No todavía. —Harper se sentó, apoyó los codos en la mesa, y habló con la calma de quien ha tomado una decisión mucho antes de que se la pidieran formalmente—.

Estamos a 30 de julio. Agosto es inhábil para toda actuación que no sea urgente, y esto, seamos sinceros los dos, no lo es: el cuerpo ya está entregado, no hay ningún riesgo de fuga ni de destrucción de pruebas pendiente, no hay nadie en prisión esperando una resolución.

Así que voy a tomarme el mes para releer el expediente entero, línea a línea, sin la presión de septiembre encima.

Y lo resolveré en septiembre. Con todo mirado. No antes.

—Aeris, el fiscal soy yo, y te estoy diciendo que no hay causa.

—Y yo te estoy diciendo que todavía no he terminado de mirar.

—Lo dijo sin acritud, con la cordialidad seca de dos profesionales que llevaban años discutiendo sin dejar nunca que la discusión se convirtiera en otra cosa—.

Si en septiembre sigo sin encontrar nada, firmo tu sobreseimiento yo mismo y no me tiembla el pulso.

Pero no lo voy a firmar en agosto solo porque agosto sea más cómodo para todos.

Esa familia ha esperado once días para enterrarla.

Puede esperar treinta más para que alguien mire bien antes de cerrar la puerta del todo.

Fidel resopló, no de enfado, sino de la resignación particular de quien conoce a Harper desde hace demasiado tiempo como para pelear una batalla que ya sabe perdida.

—Septiembre —dijo—. Te lo apunto. Pero como en septiembre no tengas nada nuevo sobre la mesa, firmas el mismo día uno, Aeris. Sin dilaciones de las tuyas.

—El mismo día uno. Te lo firmo yo a ti si hace falta.

Colgaron. Harper se quedó un momento con el teléfono en la mano, pensando en la funcionaria de la sala de registro, aquella mujer menuda y silenciosa, siempre la última en irse, que se encargaría de sellar la entrada de la petición de Fidel al día siguiente y de anotar en el sistema, con la misma indiferencia burocrática de cada expediente, que el titular del juzgado había decidido no resolver todavía.

Un trámite más, invisible, de los miles que cruzaban aquella mesa cada mes sin que nadie reparara jamás en quién los tecleaba.

Harper nunca le había prestado más atención que la cortesía exigía. No tenía motivo alguno para hacerlo.

Dejó el teléfono boca abajo y extendió el expediente entero sobre la mesa.

No el resumen. No los folios sueltos que había ido acumulando durante tres semanas de instrucción dispersa, sino todo junto, por primera vez, como un mapa desplegado: la declaración de la madre de Claudia, tomada el primer día, temblorosa e incompleta.

Las dos declaraciones de las compañeras de la oficina donde Claudia iba a reincorporarse en septiembre.

La ampliatoria de Álvaro, recién llegada de manos de Parra.

Y la de Irene Salvatierra, la que él mismo había tomado, transcrita palabra por palabra por la funcionaria de sala con esa fidelidad notarial que a veces era una bendición y a veces una condena.

Puso música. No buscaba silencio de fondo, sino algo que le sostuviera el pulso mientras trabajaba, y encontró, en una lista que llevaba semanas sin tocar, Shadows , de Sam Tinnesz y Tommee Profitt: un bajo que latía como un pulso enfermo, una voz que hablaba de cargar con lo que uno lleva escondido y de dejar de huir de la propia sombra, coros que subían desde algún sótano del pecho, un crescendo construido para la gente que necesita convertir la oscuridad en algo con ritmo, en lugar de simplemente sufrirla.

Le pareció, sin poder explicarlo del todo, la canción exacta para lo que estaba a punto de hacer: sacar a la luz algo que llevaba semanas viviendo, cómodo, entre las sombras de un expediente perfecto.

La dejó sonando, ni alta ni baja, y se sentó con un rotulador fluorescente en cada mano —uno amarillo, uno rosa— y una libreta en blanco al lado, como quien se prepara para un examen que lleva media vida temiendo.

Empezó por la madre.

«Claudia siempre fue muy exigente consigo misma. Desde pequeña. Todo tenía que estar perfecto. Últimamente la notaba muy cansada, muy apagada. Decía que no llegaba a todo.»

Subrayó en amarillo: no llegaba a todo.

Pasó a la primera compañera de la oficina, una mujer que apenas había tratado a Claudia en los últimos meses, que la había visto solo dos veces desde que empezó la baja de maternidad.

«La verdad es que la vi muy poco últimamente, pero cuando hablábamos siempre me decía que estaba agotada, que sentía que no llegaba a todo, que la maternidad la había desbordado más de lo que esperaba.»

Subrayó en amarillo, otra vez: no llegaba a todo.

Segunda compañera:

«Era una currante, la Claudia. Perfeccionista total. Cuando nos vimos en mayo me dijo que últimamente sentía que no llegaba a todo, que estaba muy cansada. Yo lo achaqué al bebé, claro.»

Harper dejó el rotulador un momento sobre la mesa y se pasó la mano por la cara.

La misma frase, tres veces, en boca de tres mujeres que apenas se conocían entre sí, que en algunos casos ni siquiera habían coincidido en los últimos meses de vida de Claudia.

Podía ser casualidad. El idioma tiene sus muletillas, sus fórmulas hechas; no llegar a todo era la clase de expresión que cualquier español pronunciaba sin pensar, gastada de tanto uso, como estoy hasta arriba o no doy abasto .

Un instructor cansado, o uno que quisiera encontrar un patrón donde solo había lenguaje común, podía convencerse de eso y dormir tranquilo .

Harper no era ese instructor. Siguió.

Álvaro:

«Claudia se exigía muchísimo. Ella siempre decía que no llegaba a todo, y yo le decía que sí llegaba, que llegaba a todo y más, pero ella no se lo creía.»

Subrayó. Cuatro.

Y entonces, con una precisión que casi le dolió por lo limpia que resultaba, llegó a la declaración de Irene.

«Todo tenía que estar bien. Todo tenía que estar controlado […] Y cuando algo se le escapaba, aunque fuera una tontería, se lo llevaba a un sitio muy hondo […] Yo se lo decía. Le decía: Claudia, no puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato.»

La frase de Irene no repetía no llegaba a todo con esas palabras exactas.

Era más elaborada, más suya, con firma propia.

Y sin embargo, en cuanto Harper la puso al lado de las otras cuatro, entendió algo que llevaba tres semanas rozando sin nombrar: no eran cinco personas describiendo el mismo síntoma con las palabras que cada una tenía a mano.

Era una persona describiéndolo con precisión de autora, y otras cuatro repitiendo, sin saberlo, un eco de esa misma descripción, en la variante simplificada que a cada una de ellas le había llegado de segunda o tercera mano, en una conversación de pasillo, en una llamada de pésame, en un café compartido.

Cogió la libreta y trazó una línea en el centro de la página.

A la izquierda escribió los cinco testimonios, uno debajo de otro.

A la derecha, con letra pequeña, empezó a anotar fechas: cuándo había hablado cada una de esas personas con Irene por última vez antes de dar su declaración.

La madre había hablado con ella el día antes de declarar, «para consolarse mutuamente», según constaba en un aparte de la propia acta.

Las dos compañeras habían coincidido con Irene en el tanatorio, donde —Harper lo recordaba con nitidez, lo había visto con sus propios ojos— Irene había repartido pésames en la puerta durante más de una hora, hablando con cada uno de los asistentes. Álvaro la veía casi a diario.

Todos los caminos, antes de llegar al juzgado, habían pasado por la misma casa.

Puso otra vez la canción desde el principio, sin darse cuenta de que lo hacía, dejando que el bajo enfermo volviera a latir bajo sus manos mientras trazaba, en un folio en blanco, un esquema que parecía sacado de un manual de criminología con quince años de retraso: un círculo en el centro con el nombre de Irene Salvatierra, y desde ese círculo, cinco flechas hacia cinco nombres distintos, y en cada flecha, la fecha del último contacto antes de la declaración.

No era una prueba. Eso lo sabía perfectamente, y la parte de él que llevaba quince años redactando autos con el rigor exigido por la ley se lo repetía sin descanso mientras dibujaba las flechas: aquello no valdría ni cinco minutos delante de un tribunal.

La gente habla con la gente. Las viudas y las madres y las amigas de las víctimas se llaman, se consuelan, comparten penas y, sin darse cuenta, comparten también las palabras con las que nombran esas penas.

Era exactamente lo que Parra le diría si le enseñara aquel esquema, y Parra, con su media vida de instrucciones a la espalda, no estaría del todo equivocado.

Un buen abogado defensor haría trizas aquel diagrama en un solo alegato: contagio narrativo , lo llamarían, y sonaría razonable, porque lo era.

Pero Harper no estaba construyendo un alegato. Estaba, por primera vez desde que se abrió el expediente, construyendo una pregunta con forma.

Porque si todas aquellas frases venían de la misma fuente, entonces la fuente no estaba describiendo lo que había visto. Estaba fabricando lo que los demás iban a ver.

Y eso cambiaba absolutamente todo, aunque en aquel folio, a las doce y media de la noche, con la música subiendo otra vez hacia su crescendo de coros graves, siguiera sin cambiar nada que un juez pudiera firmar.

Se recostó en la silla. Miró el esquema entero, las cinco flechas convergiendo en el mismo nombre como los radios de una rueda, y pensó, sin poder evitarlo, en la sábana blanca que cubría el piano en el rincón del estudio, en Nya durmiendo dos plantas más arriba con el cuerpo todavía entrenado para una guerra que ya no existía, en Irene Salvatierra despidiéndose de ellos en la puerta de la casa de Álvaro con una niña dormida contra el hombro.

Han hecho ustedes hoy más por este hombre que todos nosotros en dos semanas.

La misma boca que decía eso era, ahora lo sabía con la certeza fría de los folios extendidos sobre la mesa, la misma boca que llevaba meses redactando, frase a frase, con paciencia de autora, el guion que toda una ciudad estaba recitando sin saber que lo hacía.

Cogió el rotulador rosa y, debajo del esquema, escribió tres palabras, las únicas que le parecieron a la altura de lo que acababa de encontrar:

El texto tiene autora.

La música terminó su último estribillo y el silencio de la casa volvió a instalarse entero, espeso, interrumpido solo por el motor lejano de la nevera y, dos plantas más arriba, por la respiración tranquila de Nya, que esa noche, por una vez, dormía sin sobresaltos mientras su hombre montaba guardia por los dos.