Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Dieciocho #2
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Capítulo Dieciocho #2

—No es el tabaco. —Harper hizo girar la botella entre los dedos—.

Es cómo fuma cuando no puede dormir. La otra noche bajé y la encontré en el patio, con un cigarro entero consumiéndose entre los dedos, sin apenas llevárselo a la boca, y la mirada perdida en un punto que no era ningún punto del patio.

Ausente del todo. Como si el cuerpo se hubiera quedado allí sentado solo para guardarle el sitio a otra cosa que estaba pasando en otro lado.

Eso es lo que no me deja dormir a mí, Alex. No el cigarro. La mirada.

—¿Está en tratamiento? ¿Ve a alguien?

—No.

—¿Se lo has propuesto?

—No. —Harper lo dijo sin dudar, y al ver la ceja que levantaba Alex, se explicó antes de que hiciera falta preguntar—: Y no es porque no lo haya pensado cien veces, ni porque me dé miedo el tema.

Es que la conozco. Si se lo propongo yo, aunque sea con el cuidado del mundo, se convierte en una exigencia más, en una prueba más que superar para no decepcionarme, y ella lleva media vida superando pruebas para no decepcionar a alguien.

El día que pida ayuda tiene que ser porque lo decide ella, desde dentro, sin que nadie se lo sugiera desde fuera con cara de preocupación.

Yo puedo esperar a ese día. Lo que no puedo es quedarme de brazos cruzados mientras llega.

Alex se quedó pensando, con los codos en las rodillas y la botella de agua colgando entre las manos, en ese silencio de consulta que Harper conocía bien de otras veces.

—¿Sabes qué es lo primero que pienso, como amigo y no como médico?

—dijo al fin—. Que lo que describes no suena solo a miedo, Aeris.

El miedo hace que la gente se encoja. Comprobar cerraduras, apuntar matrículas, eso es vigilancia, sí, pero yo llevo veinte años viendo pacientes y esto que cuentas tiene otra capa debajo.

Una persona que ha vivido lo que tú dices que ha vivido, y que ha sobrevivido a ello, casi nunca sale al otro lado con solo miedo.

Sale con rabia. Muchísima rabia, acumulada durante años, que no ha tenido nunca dónde ir, porque probablemente durante mucho tiempo expresarla habría sido peligroso, o directamente imposible.

Y esa rabia no desaparece porque la situación termine.

Se queda. Cambia de forma. Se convierte en vigilancia, en control, en ansiedad, en esos flashes que me cuentas, en esa mirada perdida con el cigarro en la mano.

Pero sigue siendo rabia, en el fondo. Rabia sin sitio adonde ir.

Harper se quedó mirando el ring vacío, las cuerdas amarillentas balanceándose apenas con el aire del ventilador.

—¿Y qué se hace con una rabia así?

—Depende de la persona. A unos les sirve hablarlo. A otros, escribirlo. Y a otros, Aeris —Alex lo miró con una media sonrisa que ya sabía adónde iba la conversación—, les sirve pegarle a algo que no puede pegarles de vuelta.

Harper no dijo nada durante un momento. Cuando habló, lo hizo con la franqueza que solo se permitía en aquel gimnasio, delante de aquel hombre.

—Por eso he venido. Tenemos un cuarto en la casa, en el ala vieja, que monté yo hace un año, con un saco y lo justo, nada más, ni espejos ni máquinas.

Voy allí cuando necesito ordenar la cabeza, y últimamente lo necesito más que nunca, con este caso que tengo entre manos.

Nya me ha visto entrenar alguna vez, desde el pasillo, sin decir nada, y he pensado…

—Se frotó la nuca—. He pensado que necesita eso.

No conmigo, o no solo conmigo, porque conmigo hay demasiada historia de por medio, demasiado cuidado, y a veces lo que hace falta es alguien que no forme parte de la historia.

Alguien con manos y con paciencia y con la cabeza bien puesta para saber cuándo parar.

Te lo pido a ti, Alex. Ven un par de veces por semana.

Enséñale lo que nos enseñaron a nosotros.

Dale un sitio donde pueda pegar sin miedo a romper nada que le importe.

Porque la veo sobrepasada, tío. Entre las oposiciones y lo que sea que lleva dentro y no se atreve a contarme del todo, la veo al borde de algo, y no sé de qué, y eso es lo que más miedo me da.

Que un día de estos, sin avisar, todo eso pete.

Alex se quedó mirándolo largo rato, con esa seriedad de médico que sabe pesar una petición antes de aceptarla.

—¿Ella sabe que estás aquí pidiéndome esto?

—Todavía no. Quería saber primero si tú dirías que sí, antes de proponérselo y quedar como un idiota si me dices que no tienes tiempo.

—Tengo tres hijos adolescentes, una consulta con lista de espera hasta octubre y una mujer que me recuerda cada domingo que ya no tengo veinte años. —Alex sonrió—. Claro que tengo tiempo. Para esto, siempre.

—Gracias.

—No me las des todavía. Primero que ella diga que sí.

—Se puso serio de nuevo—. Y otra cosa, Aeris, y te lo digo como amigo, no como médico esta vez: no le pidas esto de entrenamiento como quien pone un parche.

El boxeo no cura nada por sí solo. Lo que hace es abrir una válvula.

Y una válvula que llevaba mucho tiempo cerrada, cuando se abre, a veces sale con más fuerza de la que uno espera.

Que esté yo delante cuando eso pase. No tú solo, sin saber qué hacer.

Harper asintió, despacio, con el peso exacto de esa advertencia instalándose donde debía.

—Lo sé.

—Bien. —Alex se levantó, recogió la toalla, y de pronto, mientras enrollaba las vendas con las manos ya en marcha hacia la siguiente serie, le salió una sonrisa distinta, más ancha, la de un amigo de toda la vida que acaba de atar cabos—. Oye. Un año, ¿no? Poco más.

—Poco más.

—Y ya montándole un profesor de boxeo, defendiéndola delante de un investigador judicial sin que ella lo sepa, levantándote de madrugada a hacerle café cuando no puede dormir…

—Movió la cabeza, con una risa corta y genuina—.

Mira que me alegro, tío. En serio. Después de todo lo que ha llovido, que por fin hayas se ntado la cabeza.

Harper se quedó mirando las cuerdas del ring un momento, y cuando contestó lo hizo sin ironía, con esa media sonrisa suya que solo salía entera delante de dos personas en el mundo.

—La cabeza la tengo sentada desde hace tiempo, Alex. Lo que no tenía, hasta ella, es que dejara de sentirla solo.

Alex dejó de vendarse las manos un segundo. Lo miró, y por debajo de la broma, algo en su cara se ablandó del todo.

—Eso —dijo— ha sido casi poético para venir de un tipo que se pasa la vida redactando autos.

—Algo se pega, con los años.

—Algo se pega. —Alex volvió a las vendas, ya sonriendo otra vez, y de camino al ring, sin volverse del todo, añadió—: Dile que el martes a las seis le viene bien.

Y dile también que no se preocupe. No voy a enseñarle a pegar fuerte, Aeris.

Voy a enseñarle a saber cuándo ha pegado suficiente.

Que para eso hace falta más cabeza que puño, y por lo que me cuentas, cabeza le sobra.

Harper se levantó, le dio un apretón de manos que se alargó un segundo más de lo protocolario, y salió del gimnasio a la luz blanca de julio, con la campanilla de bicicleta sonando a su espalda como llevaba sonando toda una vida, y con la sensación, rara y buena, de haber hecho por fin algo por Nya que no dependía únicamente de sus propias manos.