Capítulo Dieciocho
El único cuerpo a cuerpo limpio
Sonaba Sabaton en el coche. Long Live the King , con esos metales marciales abriendo paso a la voz como quien abre una puerta a cañonazos, un himno entero construido sobre la idea de que hay reyes que prefieren morir de pie a reinar de rodillas.
A Harper le hacía gracia, sin decírselo nunca a nadie, que fuera precisamente esa clase de música la que le vaciara la cabeza antes de pedir un favor: nada de calma chicha, nada de piano de ascensor.
Percusión de guerra, para ir a hablar de las guerras que no se libran con puños.
Dejó atrás las marismas y la línea blanca de las salinas, con Rota apareciendo al fondo como una acuarela de casas bajas y palmeras contra el azul saturado de julio, y aparcó frente a un local sin más cartel que un rótulo descolorido sobre la persiana metálica — BOXEO.
EL RINCÓN — y una campanilla de bicicleta atada a la puerta que hacía las veces de timbre.
Aquella campanilla era, en realidad, la misma que había sonado durante años en otro local, en otra ciudad, y que Alex se había llevado consigo el día que cerró el gimnasio original de Jerez, como quien se lleva la única reliquia que de verdad importa de una vida entera.
El local olía como habían olido siempre los gimnasios de barrio: a linimento, a cuero viejo, a sudor que ninguna ventilación del mundo consigue del todo sacar de las paredes.
El ring, en el centro, tenía las cuerdas amarillentas de sol y de años —las mismas cuerdas, físicamente, que Alex había desmontado y vuelto a montar con sus propias manos al mudarse—, y en un rincón, bajo un ventilador industrial que giraba más ruido que aire, Alex Villa golpeaba un saco con la camiseta empapada y la concentración absoluta de un hombre que ha decidido, esa mañana de domingo, no pensar en nada que no fuera el siguiente golpe.
Harper apagó la música a medio estribillo, se apoyó en el marco de la puerta y esperó, con la misma paciencia con que esperaba a que un testigo terminara de mentirse a sí mismo antes de empezar a decir la verdad.
—Llevas ahí un minuto largo —dijo Alex, sin volverse, sin dejar de golpear—. Se te oye respirar hasta con el ventilador puesto.
—Te iba a saludar cuando terminaras la serie.
—Ya la he terminado. —Alex se enderezó, se pasó el antebrazo por la frente, y solo entonces se giró—. Lo que pasa es que contigo en la puerta ya no me sale ni una serie limpia. Es como entrenar con un juez de instrucción vigilando. Ah, espera. Que sí.
Se rieron los dos, con esa risa fácil y sin trabajo que solo existe entre dos personas que se conocen desde antes de tener nada que demostrarse.
No se veían con frecuencia —los dos llevaban vidas que no dejaban mucho hueco libre, y semanas, a veces meses, podían pasar sin que se llamaran más que para un wasap suelto o una foto de un combate viejo que a alguno le daba por desenterrar—, pero eso nunca había significado distancia.
Era, más bien, la clase de amistad que no necesita mantenimiento diario porque está hecha de un material que no se oxida: más de veinte años, contados desde Jerez, donde los Harper mantenían una de tantas propiedades de la red familiar —una casa que a Aeris, de niño, le parecía menos jaula que la de Madrid, aunque solo fuera un poco menos— y donde el joven Aeris pasaba temporadas largas, lejos del protocolo exacto de la embajada, mientras su padre cerraba negocios y su madre organizaba recepciones.
Fue allí, en un gimnasio de barrio con la pintura desconchada y un entrenador que llevaba ya quince años muerto, donde un Aeris de catorce años, todavía sin nombre para lo que le pasaba por dentro, coincidió con un Alex de la misma edad que vivía a cuatro calles de distancia, en una casa que no podía parecerse menos a la suya: ruidosa, pobre y cálida, con un padre que iba y venía con dinero que nadie preguntaba de dónde salía.
Habían empezado a boxear juntos por la misma razón exacta, aunque tardaran años en decírselo el uno al otro: porque era el único sitio del mundo donde a ninguno de los dos le hacía falta fingir nada.
Alex huía allí de un padre que lo utilizaba como coartada.
Harper huía de un padre que llevaba ya un par de años, desde que Aeris tenía doce, quizá trece, convencido de que un hijo bisexual era una enfermedad que corregir a golpes, y que se lo había dejado escrito en el cuerpo, aquellos días y muchos más, con una claridad que ningún despacho de Jerez, por muy lejos que estuviera, conseguía borrarle del todo.
El ring no preguntaba de dónde venías ni a quién decías querer por las noches.
El ring solo preguntaba si sabías cubrirte.
Alex lo supo entonces, sin que Aeris tuviera que explicárselo con palabras —los moratones, en aquella época, hablaban solos—, y nunca, ni esa vez ni ninguna después, le hizo falta un solo comentario de más.
No lo juzgó cuando lo supo con catorce años.
No lo juzgó cuando, ya adultos, supo también lo de La Quinta Piel, el club de Sevilla donde Aeris iba a descansar de sí mismo antes de que existiera Lucian, antes incluso de que existiera Nya.
Alex era, sencillamente, la única persona en el mundo entero delante de la cual Harper nunca había tenido que decidir qué versión de sí mismo enseñar.
El gimnasio de Jerez cerró cuando el entrenador murió y nadie más quiso hacerse cargo del local.
Alex, para entonces ya médico, con la plaza recién conseguida y la primera hija en camino, se llevó de allí lo único que le pareció insustituible —la campanilla de la puerta, dos pares de guantes, la memoria entera de aquellas tardes— y años después, cuando la familia se instaló en Rota por el trabajo de su mujer, alquiló un local con persiana metálica y volvió a montarlo todo, cuerdas incluidas, como quien traslada un altar sin permitirse perder ni una reliquia por el camino.
Y luego estaba lo otro. Lo que nunca hacía falta nombrar entre ellos, pero que los dos sabían que estaba ahí, como una segunda cimentación bajo la amistad: el día en que Harper, todavía verde en el juzgado, con la toga recién estrenada y el nombre de su padre pesándole en el escritorio como una losa, se había encontrado sobre la mesa un atestado con el apellido Villa manchado por una causa que no era suya.
El padre de Alex, en un movimiento de superviviente que no le tembló, había dejado a su propio hijo como puerta trasera de una operación de la que Alex nunca supo nada hasta que ya estaba dentro.
Harper había leído el expediente dos veces, había hablado con quien tenía que hablar, y había hecho lo que un instructor honesto hace cuando ve que la verdad y el papel no coinciden: sobreseer para Alex, dejarlo fuera, limpio, mientras el resto de aquella familia se hundía sin él.
Nunca lo habían hablado en voz alta más de una vez.
No hacía falta. Algunas deudas se pagan solas, con el tiempo, en forma de gimnasio abierto un domingo y una puerta que siempre está descerrajada para el otro quiera lo que quiera cuando lo necesite, aunque pasen meses de silencio entre medias.
—¿Café, agua, o directamente me vas a soltar lo que sea que has venido a soltarme? —preguntó Alex, cogiendo una toalla del banco.
—Las tres cosas, en ese orden.
—Serio, entonces.
—Serio.
Se sentaron en el banco de madera pegado a la pared, bajo un cartel descolorido de un combate de hacía treinta años, y Alex le pasó una botella de agua sin preguntar, porque llevaba treinta años sin necesitar preguntar.
Era médico de medicina interna en el hospital de Puerto Real, con una consulta que se le llenaba de listas de espera y una casa que se le llenaba de tres hijos adolescentes y una mujer que lo quería con la paciencia de quien ha entendido, hace mucho, que un hombre que boxea los domingos por la mañana es un hombre que necesita boxear los domingos por la mañana, y que discutírselo sale más caro que dejarlo ir al gimnasio.
—¿Sabes lo que pienso siempre que entro aquí? —dijo Harper, mirando el ring vacío—. Que este ha sido el único sitio de mi vida donde nunca tuve que ser juez.
—Aquí eras solo Aeris que no sabía cubrirse la derecha.
—Sigo sin saber cubrirme la derecha.
—Lo sé. Por eso te la sigo metiendo. —Alex sonrió, y luego la sonrisa se le fue apagando despacio, con esa intuición de médico y de amigo que sabía distinguir el silencio que precede a una broma del silencio que precede a otra cosa—. Va. Suéltalo.
Harper tardó un momento. No porque no supiera qué decir, sino porque llevaba dos días ensayando la manera de decirlo sin traicionar nada que no le correspondiera traicionar.
—Es Nya —dijo al fin—. Tiene ansiedad. De la de verdad, Alex. La he visto tener un ataque hace dos noches, en la terraza, de la nada, en medio de una cena. Y no es la primera vez, solo que esta vez lo vi entero, de principio a fin, y llevo desde entonces sin poder quitármelo de la cabeza.
Alex asintió despacio, sin la premura de médico que interrumpe para diagnosticar. Dejó que Harper siguiera.
—Viene de atrás —continuó Harper—. De mucho antes de mí.
No te voy a contar los detalles, porque no son míos para contar, pero es gordo, Alex.
Es de esas cosas que dejan a una persona con el cuerpo entrenado para la guerra aunque ya no haya guerra.
Comprueba cerraduras de madrugada. Apunta matrículas sin darse cuenta de que lo está haciendo.
Se despierta a las tres de la mañana como si tuviera una alarma puesta en el cuerpo. Y luego está lo del cigarro.
—Los dos fumáis como carreteros, eso ya lo sé —dijo Alex, sin darle importancia—. No me vengas ahora con el sermón del tabaco, que peor fumador que tú no conozco.