Capítulo Diecisiete
Lo que se hereda
El Puerto de Santa María.
Harper se despertó por el hueco.
No fue un ruido, ni una luz, ni nada que pudiera describirse en un atestado.
Fue, simplemente, la ausencia de un peso que su cuerpo había aprendido a esperar durante dos años de dormir al lado de aquella mujer: el hueco tibio donde debería haber estado Nya, y que ya no lo estaba.
Abrió los ojos en la oscuridad completa de las tres y cuarenta, con esa lucidez instantánea y sin transición que solo da la costumbre de vivir alerta, y se quedó un momento inmóvil, escuchando la casa.
La encontró por el olor antes que por el sonido.
Tabaco, tenue, filtrándose desde algún punto de la planta baja, mezclado con el aire de la noche que entraba por una puerta entornada.
Nya no fumaba. Llevaba dos años sin fumar, y guardaba, en el cajón de la cómoda del vestidor, un paquete a medio empezar que Harper sabía que existía y que había decidido, hacía tiempo, no mencionar jamás, de la misma manera en que uno no menciona un extintor mientras no haya fuego.
Bajó descalzo, sin encender luces, con el mismo sigilo que había aprendido de ella sin proponérselo, y la encontró en el patio interior, sentada en el poyete de piedra bajo el naranjo, con las rodillas recogidas contra el pecho y un cigarro consumiéndose entre dos dedos, casi entero, como si lo hubiera encendido hacía rato para sostenerlo más que para fumarlo.
La luna, casi llena, le blanqueaba el perfil.
No lloraba. Estaba, simplemente, muy despierta, mirando un punto de la oscuridad que no era ningún punto del patio.
No dijo su nombre esta vez. Cruzó el espacio descalzo, sin prisa, y se sentó a su lado en el poyete, con el hombro casi rozando el suyo, dejándole el margen entero para decidir cuánto quería o no quería compartir aquel silencio.
—No hace falta que lo apagues —dijo, al cabo de un rato, cuando ella hizo el gesto de aplastarlo contra la piedra.
Nya se detuvo a media distancia, sorprendida, y lo dejó consumirse solo, entre los dedos, sin llevárselo más a la boca.
—Llevaba dos años en ese cajón —dijo ella, con la voz rasposa de quien acaba de fumar sin costumbre—. Me daba miedo tirarlo. Como si tirarlo fuera decir que ya no lo iba a necesitar nunca. Y no quería mentirme.
—No pasa nada.
—No he podido dormir.
—Lo sé.
Se quedaron así un rato, sin hablar, con el naranjo dejando caer un olor dulce y espeso sobre el patio, y la luna trazando un rectángulo pálido sobre las losas.
Harper no le preguntó nada. Había aprendido, en dos años, que con Nya las preguntas llegaban siempre demasiado pronto o no llegaban nunca, y que la única manera de hacer que las cosas salieran era dejar de empujar la puerta y sentarse, simplemente, a esperar a que ella decidiera abrirla desde dentro.
—Ven —dijo al final, levantándose—. Vamos a la cocina.
No era una orden. Era una oferta, formulada con la misma tranquilidad con que se ofrece una manta, y Nya la aceptó levantándose despacio, con el cigarro ya apagado en un macetero, y siguiéndolo adentro con los pies descalzos sobre la losa fría.
Harper preparó el café sin decir nada. Molió los granos, llenó la cafetera, la puso al fuego, sacó dos tazas del armario —las de siempre, las que usaban de madrugada, distintas de las del día— con la lentitud deliberada de quien sabe que el ritual importa tanto como el resultado.
Nya se sentó a la mesa de la cocina, envuelta en la camiseta de él que se había puesto sin pensarlo, y lo observó moverse en la penumbra con la única luz encendida, la pequeña bajo la campana extractora, que dejaba la cocina entera bañada en un ámbar de madrugada.
Cuando el café estuvo listo, Harper se sentó frente a ella, empujó una taza hacia sus manos, y esperó.
—Era una frase muy pequeña —dijo Nya, mirando el vapor subir de la taza—.
Eso es lo que más rabia me da. Que fuera tan pequeña.
«No puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato.
» Cualquiera te la puede decir con cariño, Aeris.
Mi madre me la podría haber dicho. Tú me la podrías decir. Y sonaría a cuidado.
—Pero.
—Pero cuando te la dice la persona adecuada, en el momento adecuado, después de mucho tiempo preparando el terreno para que llegue a ese momento…
—Se llevó las manos alrededor de la taza, buscando el calor—.
Deja de ser cuidado. Se convierte en permiso.
El permiso para dejar de decidir. Y una vez que dejas de decidir tú, decide otro.
Y al principio ese otro decide bien. Decide mejor que tú, incluso.
Y tardas mucho, muchísimo, en darte cuenta de que ya no recuerdas la última vez que decidiste algo tú sola.
Harper la escuchaba sin moverse, con las dos manos alrededor de su propia taza, dejando que el silencio hiciera su trabajo entre frase y frase.
—Se llamaba Lady Black —dijo Nya, y fue la primera vez en dos años que pronunciaba aquel nombre en voz alta delante de él, aunque los dos sabían, desde hacía mucho, que no hacía falta pronunciarlo para que estuviera presente—.
Y durante mucho tiempo fue más real que yo.
Lucian no me creó de la nada, ¿sabes? Eso es lo más retorcido de todo.
Encontró algo que ya estaba ahí —el control, la necesidad de controlarlo todo porque de pequeña no controlé nada— y le puso un nombre, un vestuario, una liturgia.
Me dijo que aquello era poder. Que la que sometía a otros nunca podía ser sometida por nadie.
Y durante años me lo creí, porque necesitaba creérmelo más de lo que necesitaba respirar.
—¿Y era mentira?
—Era la mentira más elegante que he conocido.
—Nya sonrió, sin alegría—. Porque tenía una parte de verdad.
Sí sentía poder. Sí lo tenía, en esa habitación, sobre esas personas.
Lo que Lucian nunca me dijo, lo que tardé años en entender yo sola, es que él tenía poder sobre mí en todas las habitaciones, incluida esa.
Que Lady Black no era mi armadura. Era su marioneta más perfecta.
La que se creía más libre de todas era, con diferencia, la más atada.
Harper bebió un sorbo de café, despacio, y cuando habló lo hizo con la voz de quien lleva mucho tiempo cargando una confesión y ha decidido, esa madrugada, que ya no tiene sentido seguir cargándola solo.
—Yo estuve con ella —dijo—. Con Lady Black. Antes de saber quién eras. Antes de todo esto.
Nya levantó la vista de la taza.
—Lo sé —dijo, sin sobresalto—. Lo supe hace tiempo. No hacía falta que me lo dijeras.
—Lo sé que lo sabías. —Harper hizo girar la taza sobre la mesa, un cuarto de vuelta, sin necesidad—. Pero nunca hablamos de ello. Ni de eso, ni de lo otro.
—¿Lo otro?
—De por qué estaba allí.
Se quedó callado un momento, buscando la manera de decir algo que llevaba veinte años sin decirle a nadie con esas palabras exactas, ni siquiera a sí mismo en según qué noches .
—Yo también cedía el control con Lucian —dijo al fin—.
Antes de que existiera Lady Black. Antes de conocerte a ti siquiera.
Iba a él, o a lo que él representaba, porque había una parte de mí que llevaba desde los dieciocho años en guerra consigo misma, y esa parte necesitaba, de vez en cuando, dejar de pelear.
—Miró el ámbar de la luz de la campana, no a ella—.
Nunca he tenido problema en desear a un hombre, Nya.
El problema nunca fue el deseo. El problema fue todo lo que aprendí antes de los veinte sobre lo que un hombre como yo tenía permitido desear, y quién tenía derecho a juzgarlo, y lo que costaba, en mi mundo, en mi época, en mi casa, admitir en voz alta que el deseo no entendía de líneas tan claras como a mí me habían enseñado que debía entender.
Y durante años la única manera que encontré de descansar de esa guerra fue entregarle a otro la munición entera.
Que alguien decidiera por mí, aunque solo fuera durante una hora, en una habitación con la puerta cerrada, para no tener que decidir yo si tenía derecho a ser quien era.
Nya no dijo nada. Alargó la mano por encima de la mesa y la dejó, simplemente, sobre la de él, sin apretar, del mismo modo exacto en que él se la había puesto a ella en el antebrazo unas horas antes, en la terraza.
—Lucian sabe hacer eso —continuó Harper—.
Encontrar la guerra de cada uno y ofrecerse como tregua.
Contigo fue el control. Conmigo fue la vergüenza.
Y en los dos casos hizo lo mismo: convertirse en la única salida de un problema que él mismo se encargaba de mantener abierto.
Yo salí. Tú también saliste, a tu manera, aunque a un precio que a mí ni me rozó.
Pero los dos entendemos, mejor que nadie en esta provincia, cómo funciona un hombre así por dentro.
Y por eso, cuando veo a Irene Salvatierra hacerle a una mujer viva la misma jugada que Lucian nos hizo a los dos por separado, sin necesitar ni una habitación cerrada ni un vestuario ni una liturgia, con dos frases y un café...
—No puedes dejarlo pasar.
—No puedo dejarlo pasar.
Se quedaron en silencio, con las manos todavía unidas sobre la mesa, mientras la cafetera terminaba de enfriarse en el fuego apagado y la luz de la campana seguía tiñendo la cocina de ese ámbar íntimo de las conversaciones que solo existen a esa hora.
Fuera, el naranjo del patio dejaba caer, de vez en cuando, alguna hoja vieja sobre las losas, y el mundo entero, la casa entera, parecía sostener la respiración con ellos.
—Nunca te he dado las gracias —dijo Nya, al cabo de un rato— por no preguntarme nunca lo que no estaba lista para contarte.
—No hacía falta que me las dieras.
—Lo sé. —Apretó un poco la mano sobre la suya—. Te las doy igual .
Harper le devolvió el apretón, breve, sin dramatismo, y se levantó a apagar la luz de la campana, dejando que la cocina se hundiera en la oscuridad azul que precede al amanecer.
Antes de volver a subir, se detuvo un momento en el umbral y la miró: Nya, sentada aún a la mesa, con las manos alrededor de una taza ya fría, más ligera de lo que la había encontrado en el patio, aunque todavía muy lejos de estar del todo bien.
—Vamos a dormir un poco —dijo—. Aunque solo sean dos horas.
—Vamos.
Subieron juntos, de la mano, por la escalera a oscuras, y esta vez, cuando Nya se metió en la cama, no dejó ningún hueco entre los dos.