Capítulo Dieciséis
Lady Black
El Puerto de Santa María.
A esa hora, con el horario de verano todavía regalándoles una hora de luz robada al reloj, el atardecer se tomaba su tiempo para morir.
Desde la terraza superior de La Bodega, construida sobre lo que antes fue un secadero y que Harper había techado con una pérgola de cañizo el primer verano en la casa, se veía el Guadalete trazar su curva perezosa entre las marismas, y más allá, difuminada por la calima dorada que dejaba julio al retirarse, la bahía de Cádiz entera, con la ciudad puesta en el horizonte como una hilera de dientes blancos.
Nya había puesto la mesa con la vajilla de diario y dos velas que no hacían ninguna falta pero que encendía siempre, por costumbre o por ceremonia, no sabía distinguirlo ya.
El altavoz pequeño, apoyado en el poyete de piedra, dejaba correr un disco de Loreena McKennitt que había descubierto meses atrás y que se le había quedado pegado como se quedan pegadas ciertas voces: Kecharitomene , con su arranque de acordeón y timbales flotando por encima de un tapiz de cuerdas que sonaba a monasterio y a desierto al mismo tiempo.
No era una música alegre. Tampoco era triste.
Era, sobre todo, honda, y a Nya le gustaba tenerla de fondo en las noches de verano porque le daba a la conversación una gravedad que el calor de julio, por sí solo, no conseguía.
—Esto no tiene precio —dijo Harper, con la copa en la mano, mirando la bahía—. Quince años haciendo autopsias de expedientes en un despacho sin ventana y ahora resulta que tengo esto en el patio de atrás.
—Lo dices cada verano.
—Cada verano es verdad.
Cenaron despacio, con esa lentitud que solo se permitían los sábados: pescado a la plancha, tomates de la huerta de la vecina, el vino blanco que Harper insistía en mantener siempre un grado más frío de lo aconsejable.
Hablaron de cosas pequeñas al principio —de la reforma pendiente del ala este, de si merecía la pena arreglar el aljibe o dejarlo como estaba, de una prima de Nya que llevaba semanas amenazando con visitarlos y no llegaba nunca— y fue solo cuando la segunda copa ya estaba servida, y la luz había bajado un tono más hacia el cobre, cuando Harper, sin premeditación, dejó que el trabajo se le colara en la mesa, como se le colaba casi siempre, tarde o temprano, en cualquier conversación de sobremesa que durase más de media hora.
—He estado en el entierro de la mujer del caso. Ayer.
—¿Del que no quieres cerrar?
—Del que no quiero cerrar. —Sonrió a medias—. Ya me conoces.
—Te conozco. —Nya se recostó en la silla, con la copa entre las manos, dejando que la brisa de la tarde, tibia y cargada de sal de río, le moviera el pelo—. Cuéntame.
Y Harper contó. No con el detalle de un atestado —eso lo dejaba siempre fuera de casa, era una de las pocas fronteras que respetaba con disciplina de monje—, pero sí con la libertad de quien piensa en voz alta delante de la única persona del mundo ante la que no necesitaba parecer seguro.
Le habló de Claudia Serrano, de las notas del móvil, de un marido deshecho que no encajaba con ningún guion de sospechoso, y le habló, por fin, de Irene Salvatierra: de cómo la había visto en el despacho, impecable, incapaz de acusar a su amiga muerta de nada; de cómo la había visto en el funeral, siempre un paso antes de que hiciera falta, sosteniendo a una madre, a una hermana, a un duelo entero que en rigor no le pertenecía.
—Es la mejor amiga del mundo —dijo Harper, mirando el vino—. Es probable que lo sea. Y aun así no me la quito de la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque nunca dice nada que se pueda usar contra ella.
—Harper buscó las palabras con el cuidado de quien intenta nombrar algo que todavía no tiene nombre del todo—.
Todo lo que sale de su boca es defensa. Defiende a Claudia mientras, sin querer, la entierra un poco más.
«Estaba agotada, pero qué madre no.» «Se olvidaba de cosas, pero quién no.
» Cada frase suya tiene esa forma. Un abrazo por fuera y algo distinto por dentro.
Y lo hace tan bien que ni ella misma parece saber que lo hace.
Nya, que hasta ese momento había escuchado con la atención cómoda de quien oye una historia ajena, sintió que algo se le movía por dentro, un desplazamiento mínimo, casi geológico, como cuando una piedra que llevaba siglos quieta se corre un milímetro y nadie sabe todavía que ha empezado un desprendimiento.
—¿Qué más decía? —preguntó, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de más lejos de lo habitual.
—Que Claudia salía a caminar sola de noche, para despejarse. Que a ella siempre le pareció sano. —Harper se encogió de hombros—. Que no llegaba a todo. Que se exigía demasiado. Que ella se lo decía siempre: no puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato.
No puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato.
La frase entró en Nya como entra el agua fría en una herida que se creía cerrada: no dolió al principio, dolió después, con un retardo cruel de medio segundo, y en ese medio segundo algo en su cabeza dejó de estar en la terraza de La Bodega, dejó de estar en 2024, dejó de estar en ningún sitio con fecha.
No puedes cargar tú con todo, Nya. Yo solo quiero aliviarte.
Es amor. Lo que hacemos aquí es amor. El amor de verdad exige que alguien se ocupe de todo lo demás para que tú solo tengas que ocuparte de esto.
¿Ves como estás mejor cuando dejas de decidir? Mírate. Estás en paz.
Las voces no llegaban en orden. Llegaban como llegan siempre los recuerdos que uno ha pasado años clasificando como cerrados: por fogonazos, sin cronología, con la crueldad añadida de traer consigo, intacto, el aroma exacto de aquella habitación —madera encerada, incienso de sándalo, algo metálico debajo de todo, siempre— y la temperatura exacta de aquella piel, y la voz que nunca subía de tono porque no necesitaba subir de tono para doblar una voluntad entera como se dobla un papel.
Lady Black. Así la habían llamado. Así había llegado a llamarse ella misma, durante demasiado tiempo, con una naturalidad que ahora, desde la terraza, con el Guadalete brillando abajo como una cinta de cobre fundido, le producía una náusea física y retrasada.
No puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato.
Era la misma frase. No parecida. La misma arquitectura, el mismo movimiento de tenaza: primero el reconocimiento del esfuerzo ajeno, después el permiso amoroso para que ese esfuerzo dejara de ser tuyo.
Irene se lo había dicho a Claudia con un café en la mano y una música de Enya de fondo, y a Nya se lo habían dicho en una habitación sin ventanas, con otra música y otra excusa, y el resultado en ambos casos había sido idéntico: una mujer que dejaba, poco a poco, sin darse cuenta, de fiarse de su propio criterio, porque alguien más amable, más fuerte, más sereno, se ofrecía a cargar con la parte que dolía.
—¿Nya?
La voz de Harper le llegó de muy lejos, como llega el sonido a través de agua.
Harper la había visto irse. No de golpe —Nya nunca se iba de golpe, ese era justamente el problema, que lo hacía con la misma discreción con la que hacía todo—, sino en una sucesión de detalles diminutos que él, a fuerza de dos años observándola sin decírselo, sabía leer como se lee una escena del crimen: los ojos, que seguían fijos en un punto de la mesa, en la vela, en nada, pero que habían dejado de parpadear al ritmo normal; la mano derecha, que sujetaba la copa sin sujetarla, con los dedos abiertos más de lo natural, como si el cristal pesara de pronto mucho más; la respiración, que se le había vuelto corta y alta, quedándose en la parte de arriba del pecho, sin bajar.
Un minuto antes estaba allí, entera, riéndose de la prima que nunca llegaba.
Ahora estaba en otro sitio, y su cuerpo, sentado a la mesa, era solo la parte que se había quedado a guardar el sitio.
—Nya.
Repitió su nombre, esta vez más cerca, sin alzar la voz, con ese tono que había aprendido a usar sin que ella se lo hubiera enseñado nunca con palabras, solo enseñándoselo con el cuerpo, noche tras noche, la primera vez que la vio así y no supo qué hacer y las siguientes veces en que fue aprendiendo, a fuerza de acertar y equivocarse, lo que sí funcionaba.
Nunca la había visto por sorpresa un extraño en aquel estado. Solo él. Y solo en esta casa.
Nya no contestó. Tenía la vista fija en la mesa, en la llama de la vela que temblaba con la brisa del río, y por dentro estaba en otra habitación, con otra luz, incapaz de encontrar la salida de una frase que se repetía sola: no puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato, no puedes ser el pilar, no puedes.
Harper no la llamó una tercera vez.
Se levantó despacio, sin ruido de silla arrastrada, rodeó la mesa y se puso en cuclillas junto a ella, a su altura, no delante, no invadiendo el campo de visión que ella tenía fijo en la vela, sino a un lado, al alcance de su hombro.
No la tocó todavía. Esperó, con la paciencia de quien ha aprendido que en aquel territorio el tiempo lo marcaba ella, no él, y solo cuando notó que la respiración de Nya empezaba a acelerarse de verdad, a subir de frecuencia, a convertirse en ese jadeo corto y desesperado que precedía siempre al peor tramo, apoyó la mano, plana, cálida, firme, sobre su antebrazo.
Sin apretar. Sin sacudir. Solo presente.
—Estoy aquí —dijo, en voz muy baja, casi al nivel del propio río—. No tienes que hacer nada. Solo respirar. Yo te espero.
Nya sintió el peso de aquella mano como quien siente, de pronto, que alguien le ha lanzado una cuerda a un pozo del que ni siquiera sabía que estaba cayendo.
El corazón le iba a golpes desordenados contra las costillas, el aire se le quedaba a mitad de camino sin llegar a ningún sitio, y una parte antigua de ella, la parte entrenada durante años para no mostrar nunca aquello, quiso disculparse, quiso decir estoy bien, quiso hacer lo de siempre.
Pero el peso de la mano de Aeris no le pedía nada de eso.
No le pedía que estuviera bien. Solo estaba ahí .
—No pasa nada —dijo él, sin moverse, sin acercar más el cuerpo del necesario, dejando que fuera ella quien decidiera cuánta distancia quería cerrar—. Sea lo que sea. No pasa nada. Estás en la terraza. Está el río. Estoy yo.
Fue nombrando el mundo despacio, sin prisa, con la misma cadencia con que se nombran las cosas a alguien que se ha despertado en un sitio que no reconoce: el cañizo de la pérgola, el sonido del agua contra el murete de piedra dos plantas más abajo, la música que seguía sonando, ahora en un pasaje de cuerdas que subía y bajaba como una respiración lenta y ajena que Nya podía, poco a poco, empezar a tomar prestada para la suya propia.
No le preguntó qué había pasado. No le preguntó en qué estaba pensando.
Sabía, por las veces anteriores, que las preguntas eran ventanas que se abrían demasiado pronto, y que lo único que en ese momento servía de algo era la certeza física, indiscutible, de un cuerpo cálido a su lado que no exigía nada de ella salvo que siguiera respirando.
Poco a poco, el aire empezó a bajarle más abajo en el pecho.
Los dedos, que habían estado abiertos alrededor de la copa como garras aferradas al aire, se relajaron.
Los ojos, que habían mirado la vela sin verla durante lo que a Harper le pareció mucho más de un minuto, aunque el reloj, después, dijera que habían sido menos de dos, parpadearon por fin, despacio, y volvieron —Harper lo vio, ese regreso siempre se veía, era como ver a alguien salir de debajo del agua— a la terraza, al río, a él.
—Aquí estás —dijo Harper, en el mismo tono bajo, sin soltarle el brazo todavía.
Nya tragó saliva. Le costó un momento encontrar la voz.
—Perdón.
—No.
—Aeris…
—No pidas perdón. —Lo dijo sin dureza, pero sin dejar tampoco resquicio para la discusión, la única firmeza que se permitía con ella en momentos así—. Nunca. Aquí no.
Nya asintió, despacio, y dejó que el peso de aquella mano siguiera un rato más donde estaba, ancla y no reproche, mientras el corazón le iba encontrando de nuevo su ritmo antiguo y el mundo recuperaba sus bordes: la mesa, las velas, el disco que seguía girando su latín de monasterio, la bahía de Cádiz encendiéndose a lo lejos con las primeras luces de la noche que empezaba, por fin, a ganarle la partida al horario de verano.
—¿Qué ha sido? —preguntó Harper al cabo de un rato, cuando la respiración de Nya volvía a ser la de siempre y su mano, ya sin necesidad, seguía de todos modos sobre el antebrazo de ella, como quien no tiene prisa por retirar un ancla que todavía puede hacer falta.
Nya miró el río. Miró la ciudad blanca al fondo, tan tranquila, tan ajena a todo lo que le acababa de pasar por dentro en menos de dos minutos.
—Una frase —dijo—. Has dicho una frase que Irene le decía a Claudia.
—«No puedes ser el pilar de todo el mundo todo el rato.»
—Esa. —Se le quebró un poco la voz—. A mí me la dijeron con otras palabras. Hace mucho tiempo. Y durante mucho tiempo también, me la creí.
Harper no dijo nada. Esperó, con la mano todavía en su brazo, a que ella decidiera si aquella noche, con el Guadalete oscureciéndose abajo y Loreena McKennitt sonando entre los dos , quería seguir hablando, o si por esa noche ya era suficiente con haber vuelto.