Capítulo Treinta
Corazonadas
El Puerto de Santa María.
Llevaba dos días sin noticias de Parra, lo cual, en sí mismo, ya era una noticia.
Harper tenía puesta, bajo, casi de fondo, una lista que se había ido formando sola en los últimos días, la clase de música que últimamente le sostenía la cabeza mejor que el silencio, y cuando marcó el número de Parra desde el estudio, con la ventana entornada y el calor de la mañana pegándose ya a los cristales, sonaba Ghost Division , de Sabaton, con esa marcha implacable de tambores que avanzan sin mirar atrás, sin plantearse siquiera la posibilidad de detenerse.
Le pareció, sin poder evitarlo, la música exacta para lo que estaba a punto de decir.
Esperó tres tonos antes de que Parra descolgara con la voz cansada de quien lleva toda la mañana pasando de un problema al siguiente sin respiro entre medias.
—Dime que tienes algo —dijo Harper, sin preámbulo.
—Te digo que tengo agosto, Harper, que no es lo mismo.
—Parra soltó el aire, ese resoplido suyo que llevaba treinta años administrando la misma cantidad exacta de paciencia—.
La UDEV está a media plantilla. El laboratorio de Sevilla que nos tiene que confirmar lo del rastreo de la tarjeta está cerrado hasta el dieciocho.
Y Sergio, que es el único que me queda tirando del hilo con ganas, se ha cogido esta semana libre para llevar a su mujer a la playa, y no se lo voy a reprochar, que buena falta le hace.
—¿Y la doctora Beltrán? ¿Y la psicóloga nueva?
—Con la nueva he hablado yo mismo, brevemente.
Confirma la reserva, confirma la hora, confirma que nunca llegó a hablar con Claudia más allá del formulario online.
No añade nada que no supiéramos ya. Con Beltrán todavía no he podido, está de vacaciones hasta finales de mes, como todo el mundo en este país en agosto, Harper, incluido tú, que deberías estar en una playa y no llamándome a las diez de la mañana un jueves.
—Ya estaré en una playa.
—Eso espero. —Un silencio breve, del tipo que Parra usaba para anunciar que venía algo incómodo—. Oye. El otro día me llamó Fidel.
Harper no dijo nada. Esperó, con esa paciencia entrenada que aplicaba a los testigos y que ahora, sin darse cuenta, aplicaba también a sus propios policías.
—Me preguntó por el estado del expediente Serrano —continuó Parra—.
Le dije lo que hay: incongruencias, sin sospechoso, sin nada que se sostenga todavía delante de un tribunal.
Y me recordó la fecha, Harper. El uno de septiembre.
Me lo dijo como quien no quiere la cosa, pero me lo dijo.
Quiere que estés preparado para firmar si para entonces seguimos igual.
—No vamos a seguir igual.
—Puede que sí. Con la mitad de los departamentos de vacaciones y los informes que necesitas durmiendo en un cajón de Sevilla hasta el dieciocho, puede que en tres semanas sigamos exactamente donde estamos ahora, Harper, con una intuición muy buena y cero papel que la sostenga.
—Entonces pediré una prórroga.
—Fidel no te va a dar una prórroga porque a ti no te guste el calendario.
—Fidel es el fiscal, Parra. No el que instruye.
—Harper lo dijo despacio, sin alzar la voz, con la firmeza tranquila de quien ha repetido la misma frase mentalmente tantas veces que ya le sale sin esfuerzo—.
Fidel pide. Yo resuelvo. Y no pienso resolver este expediente el uno de septiembre solo porque sea el uno de septiembre.
Lo resolveré cuando tenga lo que necesito para resolverlo bien, y si eso es el dos de septiembre, o el quince, o el treinta, que Fidel se las arregle con su calendario. Yo me las arreglaré con el mío.
Se hizo un silencio en la línea, y Harper, mientras esperaba, sintió una punzada incómoda de la que no se sentía especialmente orgulloso: la sospecha de estar sonando como un hombre que se cree por encima de todos, y la rabia sorda de saber que no lo era, que no se sentía superior a nadie, que lo único que quería era que nadie le pusiera palos en la rueda de algo que sabía, con la misma certeza con la que sabía respirar, que estaba a punto de romperse en las manos correctas si le daban el tiempo necesario.
No era soberbia. O eso quería creer. Era, simplemente, no estar dispuesto a que un calendario decidiera lo que él llevaba tres semanas peleándose por entender.
—Vale —dijo Parra, al fin, con la voz de quien ha decidido no pelear una batalla que ya sabe perdida—.
Tú verás cómo se lo explicas a Fidel cuando llegue el momento.
Yo mientras tanto sigo tirando de lo poco que tengo.
En cuanto vuelva alguien de vacaciones en cualquiera de los sitios que necesito, te llamo.
—Gracias, Parra.
—No me las des todavía. Dámelas cuando esto se resuelva de verdad, y ojalá sea pronto, porque llevo tres semanas durmiendo peor que tú, y eso ya es decir mucho.
Colgaron. Harper se quedó de pie junto a la ventana un rato largo, con el teléfono todavía en la mano, mirando las viñas de los vecinos cocerse despacio bajo el sol de las diez y media, y repasó la conversación entera buscando la grieta, la debilidad, el punto exacto en el que su propia determinación pudiera estar convirtiéndose en algo menos noble que la justicia.
No la encontró. O no quiso encontrarla. Sabía que la línea entre la tenacidad y la soberbia era más fina de lo que a él le habría gustado admitir, y sabía también que llevaba semanas caminando muy cerca de ella sin caerse, aunque cada día costaba un poco más mantener el equilibrio.
Fidel tenía razón en una cosa: el calendario existía, y septiembre llegaría con la misma indiferencia con la que llegaba siempre.
Pero Harper tenía razón en la otra, y no pensaba cederla: nadie, ni un fiscal, ni un mes del año, iba a decidir por él cuándo una mujer merecía que la verdad terminara de encontrarse.
Y sin embargo, debajo de todo aquello, había otra cosa que llevaba días sin dejarlo dormir del todo y que no tenía nada que ver con Claudia Serrano ni con Fidel ni con ningún calendario.
Llevaba desde la gasolinera repasando cada palabra de Lucian con el mismo método con que repasaba un atestado, y por mucho que le diera vueltas, no encontraba ni una sola manera de neutralizar lo que de verdad le había quitado el sueño: que aquel hombre sabía qué ropa llevaba Nya, en qué terraza se sentaba, a qué hora volvía a casa.
Harper no tenía miedo por sí mismo. Nunca lo había tenido, ni siquiera esa noche junto al surtidor, con las manos ocupadas y la espalda expuesta.
El miedo, el de verdad, el que le encogía algo por dentro cada vez que pensaba en ello a solas, era por ella.
Por lo cerca que Lucian parecía estar de una vida que Nya por fin empezaba a sentir como suya.
No podía protegerla de un hombre así quedándose quieto en El Puerto, esperando a ver qué hacía.
Pero sí podía, al menos, sacarla de la rutina exacta que Lucian parecía conocer al detalle: la casa, las calles, los horarios previsibles de una vida tranquila que se había vuelto, sin que ella lo supiera, perfectamente vigilable.
Diez días en otro sitio, sin patrón fijo, sin la certeza absoluta de encontrarla siempre en el mismo lugar a la misma hora, no era una solución.
Harper lo sabía. Pero era algo, y algo era mejor que la parálisis.
-*.* -
Nya subió del sótano pasadas las doce, con las manos todavía vendadas y calientes de la sesión con Alex, la camiseta pegada a la espalda y esa expresión suya de después de entrenar, entre el cansancio y la calma, que a Harper cada vez le gustaba más ver.
Lo encontró en la cocina, con la nevera abierta y la cabeza en otro sitio, y notó, con esa capacidad suya de leerlo sin que él dijera una palabra, que algo se había movido por dentro desde la mañana.
—¿Qué ha pasado?
—Nada malo. —Harper cerró la nevera, y se giró hacia ella con una decisión que llevaba fraguándose desde la llamada de Parra, aunque hasta ese momento no hubiera sabido ponerle fecha—. Haz una maleta.
Nya parpadeó.
—¿Perdona?
—Una maleta. Ropa ligera, bañador, lo justo para diez días. —Se acercó a ella, le apartó un mechón de pelo húmedo de sudor de la cara, con una ternura que contrastaba a propósito con la brusquedad de la orden—. Nos vamos.
—¿Adónde?
—¿Qué te parecen diez días en Zahara?
Nya se quedó mirándolo un momento, buscando la trampa, la broma, el matiz que no terminaba de encajar, y no lo encontró, porque no lo había.
—Aeris. ¿En serio?
—En serio. —Sonrió, un poco cansado, un poco sincero del todo—.
Lo tenía reservado desde hace días, esperando el momento.
Y hoy me he dado cuenta de que el momento no va a llegar más perfecto que este.
El caso va a tardar en moverse, con medio país de vacaciones y los informes durmiendo en un cajón hasta mediados de mes.
El correo se puede abrir desde cualquier sitio con wifi, Nya, y una playa de Zahara tiene wifi igual que este estudio.
Lo único que no tiene esta casa, últimamente, es que tú descanses de verdad.
Y eso es lo único que me importa ahora mismo.
Era verdad, cada palabra de ella. Y era, al mismo tiempo, solo la mitad de la verdad, la única mitad que podía ofrecerle esa mañana sin tener que explicarle también la otra: que llevaba días queriendo sacarla, aunque solo fuera diez días, de una rutina que otra persona parecía conocer mejor de lo que a Harper le gustaba admitir.
No se lo iba a decir. No todavía. Pero si algo podía hacer, sin necesidad de nombrar a Lucian ni de romper la paz que Nya por fin empezaba a tener, era esto: llevársela a un sitio donde nadie supiera de antemano a qué hora saldría a caminar, ni en qué terraza se sentaría a tomar un café .
Nya lo abrazó sin decir nada más, con las manos vendadas todavía rodeándole la espalda y la cara hundida en su cuello, y Harper, mientras la sostenía, sin dejar de pensar en Parra, en Fidel, en el uno de septiembre acercándose como una marea que nadie podía frenar, y en un Audi negro que podía estar en cualquier parte, se prometió a sí mismo que durante diez días, al menos, no dejaría que ninguna de esas cosas les robara ni un solo minuto más de lo estrictamente necesario.
El expediente podía esperar diez días.
Nya, no.