Capítulo Catorce
El viudo
Jerez de la Frontera.
Fue Irene Salvatierra quien abrió la puerta.
—Inspector. Señoría. —Ni un parpadeo de más. Se hizo a un lado—. Pasen, pasen. Álvaro está en el salón. Les habría dicho que avisaran, pero total, aquí estamos siempre igual, así que…
—Sentimos presentarnos así —dijo Parra.
—No lo sientan. —Bajó la voz, ya en el recibidor, con un cabeceo hacia el interior—. Le vendrá bien. Se pasa el día esperando que pase algo, lo que sea, y no pasa nada. Eso es lo peor de estas cosas, ¿verdad? Que no pasa nada.
Vega los miraba desde la cadera de Irene con la seriedad total de sus siete meses, un puño cerrado en torno al cuello del trapo de cocina como quien sujeta la brida de un caballo.
Tenía los ojos oscuros y el pelo levantado en remolinos, y durante un segundo, mientras cruzaban el recibidor, sostuvo la mirada de Harper con esa fijeza sin educar de los bebés, la que todavía no ha aprendido que mirar así a un desconocido es hacerle una pregunta.
La casa olía a café y a limpio.
Eso también lo registró Harper sin saber para qué.
Una casa con un muerto de once días y un bebé de siete meses no huele a limpio.
Huele a visitas, a comida que traen y nadie come, a ropa que se acumula, a duelo.
Aquella olía a suelo fregado esa misma mañana.
Sobre el aparador del pasillo, los juguetes de la niña esperaban dentro de una cesta de mimbre, ordenados; en la cocina, entrevista al pasar, los cacharros escurrían alineados junto al fregadero, y en la puerta de la nevera, sujeta con un imán, la tarjeta de la próxima cita del pediatra tenía la fecha reescrita con una letra redonda y firme que no era la letra pequeña y apretada del anexo IV.
Alguien sostenía aquella casa. La sostenía entera, cada día, con las dos manos.
Álvaro Ortiz estaba en el salón, y lo primero que pensó Harper al verlo fue que las fotografías del expediente mentían.
En ellas —el DNI, la foto de la reseña— había un hombre de treinta y muchos, ancho, de cara amable y barba cuidada.
Lo que se levantó del sofá para recibirlos era el resultado de pasar ese hombre por once días de centrifugado: la barba comida por el descuido, la camiseta con el cuello dado de sí, los ojos hundidos en dos cercos del color de la ceniza.
Se había afeitado a medias, o hacía días, o las dos cosas.
Les tendió una mano que no sabía si estrechar o pedir auxilio.
—¿Hay… —empezó, y se le quedó la palabra atascada; carraspeó y volvió a intentarlo—. ¿Hay alguna novedad?
—Ninguna mala —dijo Parra, con ese oficio suyo para las frases que no significan nada y calman mucho—. Queríamos hacerle unas preguntas más. Cosas de rutina, para completar el expediente. ¿Le viene bien ahora?
—Sí. Claro. Ahora, luego… —Hizo un gesto vago que abarcaba el salón, la casa, el tiempo—. Yo ya no tengo horas, inspector. Tengo todo el día y no tengo nada.
—Os traigo café —dijo Irene, y desapareció hacia la cocina con la niña, sin preguntar si querían, porque las personas que sostienen casas ajenas saben que el café no se ofrece, se pone.
Se sentaron. Álvaro en el borde del sofá, con los antebrazos en las rodillas y las manos colgando entre ellas, y Harper, mientras Parra abría la carpeta con parsimonia calculada, hizo lo que había ido a hacer: mirar.
Las manos, primero. Grandes, de trabajo, con el anillo de casado girado hacia dentro, la alianza rozada de dársele vueltas.
Temblaban un poco, un temblor fino, de fondo, de motor mal calado.
Después la casa desde el asiento: el hueco.
Toda casa con un muerto tiene un hueco y los huecos hablan.
Aquí era una butaca junto al ventanal, con una mantita de algodón doblada en el brazo y una revista de hacía un mes debajo, intactas las dos, en una sala por lo demás ordenada al milímetro.
Nadie había tocado la butaca de Claudia.
Alguien limpiaba alrededor de ella como se limpia alrededor de un altar.
—Señor Ortiz —empezó Parra—, ¿usted sabía que su mujer tomaba notas en el móvil?
Álvaro parpadeó. De todas las preguntas que esperaba, no era ninguna.
—¿Notas?
—Apuntes. Recordatorios. Cosas del día a día.
—Claudia apuntaba todo, sí. —Casi sonrió; le duró un cuarto de segundo y le costó un mundo—.
Era… organizadísima. Yo siempre le decía que tenía la cabeza mejor amueblada que yo la vida entera.
Listas de la compra, las cosas de la niña, las tomas…
Sobre todo, desde que nació Vega, apuntaba mucho lo de la niña. Me parecía normal. ¿No es normal?
—¿Le enseñó alguna vez las notas? ¿Hablaron de ellas?
—No. O sea… no como algo de hablar. Alguna vez la veía con el móvil y le preguntaba qué hacía y me decía "apuntar una cosa, ahora voy". No era… —Se frotó las manos, despacio—. ¿Por qué me preguntan esto?
Parra miró a Harper. Harper asintió. Y Parra giró la carpeta sobre la mesa baja, abierta por el anexo, y la empujó suavemente hacia el hombre.
Harper le vio las manos.
Vio cómo Álvaro cogía los folios con la torpeza reverente de quien recibe algo de la persona muerta, cómo leía las primeras entradas con el ceño de no entender — cafetera apagada (foto), puerta CON LLAVE (foto), coche planta −2 —, cómo pasaba una página, y otra, cada vez más despacio, y cómo el no entender se le iba convirtiendo en otra cosa, una cosa que le empezó en las manos, en un temblor ya no fino, y le subió por los brazos hasta la cara.
Se detuvo en algún punto de mayo. Harper supo exactamente en cuál porque le vio los ojos recorrer la misma línea tres veces.
—"¿Le dije a las ocho?" —leyó Álvaro en voz alta, muy bajito, como se lee un idioma extranjero—.
Esto… esto es por una noche que discutimos por una tontería.
Por la hora de una toma. Yo le dije que me había dicho una cosa y ella que no, que otra, y yo…
—Levantó la vista. Tenía la cara desencajada—.
Yo me reí. Me reí y le dije "cariño, estás fatal", así, de broma, como se dice, y ella se quedó…
Dios. —Volvió a los folios. Pasó páginas hacia delante, hacia atrás, buscando algo y temiéndolo—. ¿Cuántas hay?
—Mil ciento cuarenta y siete —dijo Parra.
Álvaro repitió el número con los labios, sin voz.
Miró la última página, la del margen blanco, y luego el salón entero, la butaca del ventanal, la puerta de la cocina donde se oía a Irene hablarle a la niña en murmullos, y Harper comprendió que el hombre estaba haciendo la cuenta más terrible que puede hacer un viudo: cuántas de aquellas mil ciento cuarenta y siete notas se habían escrito a dos metros de él.
Mientras él dormía de día con los tapones puestos.
Mientras él estaba en el parque de noche.
Mientras él se reía y decía cariño, estás fatal.
—¿Esto lo hacía por las noches? —preguntó, y la voz se le rompió en la última palabra—. ¿Sola? ¿Fotografiando la puerta de su casa… para creerse que la había cerrado?
Nadie contestó. Álvaro dejó los folios en la mesa con un cuidado desmesurado, como si pesaran, o como si aún pudieran romperse más, y se tapó la cara con las dos manos.
No lloró como lloran los hombres en las películas, con lágrimas fotogénicas y mandíbula apretada.
Lloró como lloran los hombres de verdad cuando ya no les queda vergüenza que administrar: mal, a sacudidas, con un ruido húmedo y feo, pidiendo perdón entre hipo e hipo sin saber a quién.
Irene apareció en la puerta de la cocina con Vega en brazos.
No entró. Miró la escena un momento —Harper le vio la mirada: una pasada limpia, panorámica, que lo abarcó todo, los folios, el hombre roto, ellos dos— y se retiró sin ruido, murmurándole algo a la niña, ven, bonita, vamos a ver los pajaritos del patio, con la sensatez impecable de quien sabe cuándo sobra.
Parra le acercó a Álvaro el vaso de agua que nadie había pedido y que Irene, por supuesto, había dejado en la mesa junto al café.
Tardó en poder hablar. Cuando pudo, lo hizo mirando al suelo.
—Ustedes creen que yo tenía que haberlo visto.
—Nadie ha dicho eso —dijo Parra.
—Lo digo yo. —Se pasó el dorso de la mano por la cara, sin pudor ya—.
Llevo once días diciéndomelo. Once días, todas las horas.
Que si yo trabajara de día. Que si yo hubiera preguntado más.
Ella me lo ponía todo tan fácil, ¿saben?
Tan en orden. Llegabas a esta casa y todo funcionaba, la niña bañada, la cena hecha, ella con su sonrisa de «todo bien»…
—Se le volvió a quebrar—. Y yo me lo creí.
Esa es mi culpa, señoría. Que me lo creí.
Me creí el «todo bien» porque era más cómodo, porque venía reventado del parque, porque…
porque uno se cree lo que necesita creerse.
Y mientras tanto mi mujer estaba… —señaló los folios sin mirarlos— …
estaba ahí dentro. Sola. Haciéndose fotos de las cerraduras.
Harper escuchaba. Llevaba veinte años escuchando declaraciones y conocía de memoria todas las músicas de la culpa: la culpa coartada, que se exhibe para tapar otra cosa; la culpa teatral, que pide público; la culpa administrativa, que negocia.
La de aquel hombre no era ninguna. Era la culpa perro, la que no quiere nada, la que no negocia, la que simplemente se echa encima de su dueño y no se levanta.
No había en Álvaro Ortiz una sola grieta por donde metiera la mano un instructor: ni una contradicción, ni una prisa, ni un interés.
Estaba donde decía que estaba la noche del doce —turno completo, veinte testigos, el registro de guardia del parque—, no ganaba nada con la muerte de su mujer y lo había perdido todo con ella.
No era un sospechoso. Era un escombro.