Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Catorce #2
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Capítulo Catorce #2

Y eso, pensó Harper mientras el hombre bebía agua a sorbos de niño castigado, era exactamente lo que no cuadraba.

Porque llevaba dos semanas oyendo el mismo relato —la madre agotada, la mujer que no llegaba, el deterioro, las notas—, y el relato exigía un paisaje: un matrimonio erosionado, un marido ciego o harto, una casa vuelta trinchera.

Y lo que había encontrado era un hombre que hablaba de su mujer con hambre, una butaca convertida en altar y una niña que se reía muchísimo, apuntado con fecha, cuatro días antes de que su madre apareciera muerta junto a unas vías.

10 jul: hoy fue un día bueno. La gente no muere bien, eso Harper lo sabía; la gente muere como puede, y las estadísticas estaban llenas de muertes que nadie vio venir.

Pero las estadísticas eran la respuesta de Parra.

La pregunta de Harper era otra, más vieja y más terca: no si aquella muerte era posible, sino por qué todo, absolutamente todo en aquel expediente, trabajaba tan duro para hacerla verosímil.

—Señor Ortiz —dijo—, ¿su mujer le habló alguna vez de hacerse daño?

—Jamás. —La misma palabra que Irene, el mismo cuchillo—.

Y me la he repetido tanto que ya sé lo que me van a decir: que eso no significa nada, que muchas veces no se dice.

Me lo ha explicado todo el mundo. Mi cuñado, que es enfermero.

La psicóloga a la que me está llevando Irene.

Todo el mundo me explica, señoría. —Levantó los ojos, y por primera vez en toda la mañana había en ellos algo más que ruina: había una súplica—.

Y yo asiento, y digo que sí, y por dentro hay una parte de mí que no… que no…

No terminó. Se quedó mirando la butaca del ventanal.

Fue entonces, con el café frío y las preguntas agotadas, cuando lo dijo. Sin transición, sin retórica, con la voz gastada de tanto llorar:

—Necesito enterrarla.

Harper no se movió.

—Me han explicado eso también —continuó Álvaro—.

Que el cuerpo no se entrega mientras el juzgado no autorice.

Que es lo normal cuando hay una investigación.

Que paciencia. —Tragó saliva—. Señoría, yo no le voy a pedir que me cuente qué buscan ni voy a meterme en su trabajo.

Investiguen lo que haga falta, el tiempo que haga falta, yo les abro esta casa cuando quieran, a la hora que quieran.

Pero mi mujer lleva once días en un frigorífico de Cádiz.

—Se le rompió la palabra frigorífico por la mitad y la volvió a pegar como pudo—.

Su madre me pregunta cada día cuándo. Yo no sé qué contestarle.

Y la niña… la niña no, la niña gracias a Dios no pregunta todavía, pero va a preguntar, y yo necesito poder llevarla algún día a un sitio con un nombre y unas flores, no a…

—Cerró los ojos—. Necesito enterrar a Clau dia.

No para pasar página, eso lo dice la gente que no ha perdido a nadie, las páginas estas no pasan.

Para poder empezar a estar mal del todo, señoría.

Es que ni eso puedo. Se lo pido por lo que sea que usted quiera más en el mundo. Déjeme enterrar a mi mujer.

El silencio que siguió lo llenó la casa: el frigorífico de la cocina arrancando, los murmullos de Irene en el patio, un avión muy alto. Parra miraba a Harper sin mirar, con esa quietud de los policías cuando la pelota ha salido de su tejado.

Harper miró al hombre. Miró la butaca. Miró, por la puerta entornada que daba al patio, a Irene Salvatierra paseando a Vega entre las macetas, señalándole algo en el aire, un pájaro o un cable o nada, y a la niña siguiéndole el dedo con la cabeza levantada.

La autopsia estaba hecha. Las muestras, tomadas y custodiadas.

La ciencia había dicho ya todo lo que iba a decir; retener aquel cuerpo no era prudencia, era liturgia.

Y al otro lado de la mesa había un hombre al que el Estado le estaba administrando el duelo con cuentagotas por si acaso, y el por si acaso era suyo, de Harper, de su hocico y de nadie más.

—Voy a autorizar la entrega del cuerpo —dijo—. Mañana tendrá el auto en el juzgado. Podrá organizarlo todo desde ese momento.

Álvaro se quedó muy quieto, como si la noticia necesitara espacio para aterrizar.

Después se levantó a medias, le buscó la mano, se la estrechó con las dos suyas, y dijo gracias tantas veces seguidas que la palabra perdió la forma, y Harper, que había firmado miles de autos sin que nadie le diera nunca las gracias por ninguno, encajó aquello lo mejor que supo, que fue regular.

Irene los despidió en la puerta con la niña dormida contra el hombro. Les dio las gracias también, en voz baja por Vega, y añadió, con la mano ya en el marco:

—Han hecho ustedes hoy más por este hombre que todos nosotros en dos semanas.

La puerta se cerró suave. Bajaron hasta el coche en silencio, por la acera en sombra, y no hablaron hasta que Parra hubo arrancado y la casa quedó atrás en el retrovisor.

—Has hecho bien —dijo Parra—. Que lo sepas. Sea lo que sea esto, ese hombre no tenía por qué seguir pagándolo.

—Lo sé.

—Y también sé lo que viene ahora. —Parra puso el intermitente con un suspiro de veterano—. Ahora viene cuando me dices que…

—La inhumación no implica sobreseimiento.

—Harper miraba la calle de delante, las fachadas blancas ardiendo al sol—.

Entrego el cuerpo, no el caso. Se sigue investigando, Parra.

Con más cuidado que ayer, porque desde mañana ya no habrá vuelta atrás con lo material: lo que no esté en los informes no lo vamos a poder mirar dos veces.

Así que quiero releerlo todo. Todo. Y quiero la ampliatoria de la madre, y las compañeras del trabajo otra vez, una a una.

—Lo sabía. —Parra meneó la cabeza, casi riéndose, sin ninguna gana—.

Te lo he visto en la cara ahí dentro. Estabas firmando el auto y afilando el lápiz al mismo tiempo.

—Frenó en un semáforo. Tamborileó el volante—.

¿Puedo decirte una cosa, de viejo a menos viejo?

Ahí dentro no hay nada, Harper. Hay un pobre hombre y una desgracia. He visto mil.

—Puede.

—¿Pero?

Harper tardó en contestar. En el retrovisor, la calle de Claudia Serrano se había reducido ya a una línea blanca temblando de calor.

—Pero acabo de estar en la casa de una mujer que llevaba cinco meses dejando constancia escrita de cada cosa que hacía —dijo—. Y no he encontrado ni un papel suyo. Ni una lista en la nevera, ni una nota en un corcho, ni una letra. Su letra no está, Parra. En su propia casa. Once días después.

El semáforo se puso verde.

—Alguien ha ordenado esa casa —dijo Harper—. Y ha ordenado también eso.