Capítulo Trece
Memoria externa
Jerez de la Frontera.
La máquina de café de la segunda planta seguía sin dar vasos.
Llevaba así desde marzo, según la nota manuscrita pegada con celo al frontal — AVERIADA.
NO ECHAR MONEDAS. (EN SERIO) —, y sin embargo alguien acababa de echar monedas, porque cuando Harper llegó al pasillo de la Brigada un agente joven miraba la ranura con la fe inútil de quien todavía cree que las cosas funcionan porque deben.
Harper pasó de largo. Conocía aquel pasillo mejor que algunos de sus propios recuerdos: el linóleo levantado junto al extintor, los corchos con circulares que nadie leía, el rumor de teléfonos y teclados de todas las comisarías del mundo a las nueve menos veinte de la mañana.
Parra levantó la vista de la pantalla antes de que llamara al marco de la puerta. Tenía esa virtud de los policías viejos: detectaba la llegada de los problemas por el desplazamiento del aire.
—Señoría. —Se echó hacia atrás en la silla, que protestó—. ¿Tú no tienes un juzgado?
—Me pilla de camino.
—Te pilla en dirección contraria.
—Depende de dónde salgas.
Parra lo estudió un segundo con los ojos entornados, hizo el cálculo —lo hizo entero, se le vio hacerlo— y señaló la silla de confidentes con la barbilla.
—El móvil —dijo. No era una pregunta.
—El móvil.
—Ayer no habías firmado el sobreseimiento y hoy vienes a las ocho y media a preguntarme por el terminal de la Serrano.
—Parra suspiró, abrió el cajón del medio, sacó una carpeta de gomas con el lomo rotulado a bolígrafo y la dejó sobre la mesa sin empujarla todavía hacia él—.
Que conste una cosa. Yo esto lo tenía para mandártelo la semana que viene con el resto de diligencias, tranquilamente, por el conducto ordinario, como Dios manda.
—Que conste.
—Y que conste otra. —Puso la mano encima de la carpeta, plana, sin apretar—.
Aquí dentro no hay nada, Harper. Te lo digo antes de que lo abras para que luego no digas que no te lo dije.
Científica volcó el terminal la primera semana.
Sin borrados sospechosos, sin aplicaciones raras, sin conversaciones que no cuadren.
La UDEV le echó un vistazo por rutina y lo devolvió con un folio de resumen.
Lo único que tiene ese teléfono es lo que te va a poner los pelos de punta, y no por lo que tú crees.
—¿Por qué, entonces?
—Porque da pena. —Parra retiró la mano—. Ábrelo y verás.
El informe tenía el grosor administrativo de las cosas que nadie espera que se lean enteras: un oficio de remisión, el acta de volcado, el análisis de comunicaciones —llamadas normales, mensajes normales, una vida normal— y luego, ocupando más de la mitad de la carpeta, el anexo IV.
Extracción de la aplicación de notas del terminal.
Ciento y pico folios a dos columnas, letra pequeña, con la fecha y la hora de creación de cada entrada en el margen.
Harper empezó a leer.
8 mar — 20:12 — cafetera apagada (foto)
8 mar — 20:31 — puerta patio cerrada
8 mar — 22:13 — puerta calle CON LLAVE (foto)
9 mar — 07:40 — toma V. 07:15–07:35, bien
9 mar — 09:22 — coche planta −2, fila C, junto columna pintada
9 mar — 11:40 — llamé a mamá, 12 min, quedamos domingo
9 mar — 13:05 — pañales talla 2, quedan 14
9 mar — 16:50 — esterilizador APAGADO, comprobado, foto
9 mar — 21:47 — llaves en el cuenco de la entrada (foto)
En esa se detuvo medio segundo de más. Pensó, sin venir a cuento, en el cuenco de cerámica de la entrada de La Bodega. En por qué las llaves iban siempre al cuenco. No terminó el pensamiento; lo dejó donde estaba, en ese margen sin fecha que él también llevaba dentro, y siguió leyendo.
Pasó la página. Y otra. Y otra. La letra del margen no cambiaba nunca porque no era letra, era tipografía, pero Harper había leído suficientes diarios incautados, suficientes agendas de víctimas y de verdugos, como para oír la voz debajo del formato.
Y la voz era metódica, exhausta y educada.
Una voz que no se quejaba jamás. Una voz que apuntaba .
14 abr — 03:22 — toma V. 03:10–03:35. Se durmió enseguida. Yo no.
17 abr — 10:15 — cita pediatra JUEVES 25 a las 9. JUEVES. No miércoles. Confirmado por teléfono.
2 may — 18:03 — café con I. Dice que quedamos el jueves pasado, no el viernes. Yo habría jurado que viernes. APUNTAR SIEMPRE.
6 may — 21:58 — cena hecha, vitro apagada (foto), lavadora tendida
11 may — 08:20 — el chupete verde estaba en el cajón de los trapos. Yo no lo dejé ahí. ¿Lo dejé ahí?
11 may — 08:24 — da igual. Apuntado.
Parra lo observaba leer con los brazos cruzados, balanceándose apenas en la silla, en ese silencio suyo de hombre que ya ha pasado por donde tú estás pasando y te espera al otro lado.
—Mil ciento cuarenta y siete —dijo al fin—.
Notas. En cinco meses. Las conté porque me dio por contarlas, y luego me arrepentí de haberlas contado, porque los números a veces te cuentan el cuento entero y te estropean el libro.
Mil ciento cuarenta y siete. Casi ocho al día.
Con sus fotos: la cerradura, la vitro, la cafetera.
Hay ciento y pico fotos de la misma cerradura, Harper.
La misma. Desde el mismo ángulo. A distintas horas de la noche.
Harper no contestó. Había llegado a mayo y la voz de debajo del formato estaba cambiando, no en el tono —el tono no se lo permitía ni a sí misma— sino en el contenido, como un dique que no se rompe pero empieza a rezumar por las juntas.
19 may — 23:40 — Á. dice que anoche le dije que la niña había comido a las 8. Fue a las 7. Lo tengo apuntado. A las 7. ¿Le dije a las 8?
26 may — 17:12 — perdí veinte minutos buscando el coche. Planta −1. SIEMPRE aparco en la −2. ¿Por qué aparqué en la −1?
26 may — 17:14 — o no lo aparqué yo. Qué tontería. Bórralo.
26 may — 17:14 — no lo borro. Apuntado.
3 jun — 04:05 — despierta. Todo cerrado. Todo apagado. Lo sé porque lo estoy mirando. Foto, foto, foto. Volver a la cama.
9 jun — 12:30 — I. me ha traído magdalenas. Dice que las magdalenas lo curan todo. Ojalá.
15 jun — 22:50 — Á. trabaja. Casa en orden. Niña dormida. Yo bien.
15 jun — 22:51 — yo bien.
—¿Lo has leído entero? —preguntó Harper sin levantar la vista.
—Dos veces. —Parra dejó de balancearse—. La primera como policía. La segunda no sé como qué.
—¿Y?
—Y es lo que te dije ayer que era, solo que peor.
—Se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos en la mesa—.
Esto es el informe psicológico que nadie le hizo en vida, Harper.
Esto es una mujer con un trastorno obsesivo como un piano, agravado por un postparto, comprobándolo todo, fotografiándolo todo, desconfiando de su propia cabeza por escrito, con sello de fecha y hora, durante cinco meses.
El de la UDEV que lo revisó me dijo: jefe, esto en el juicio no haría falta ni leerlo, bastaría con pesarlo.
Y el forense de guardia, cuando le enseñamos una muestra, dijo lo que era obvio: conducta de comprobación compulsiva, ansiedad de intensidad creciente, deterioro progresivo.
Ahí lo tienes, negro sobre blanco, el famoso deterioro que contaban la madre, las compañeras, la amiga.
Todos con las mismas palabras, decías tú anoche.
Pues aquí están las palabras de ella, y son peores.
Harper llegó a julio.
4 jul — 23:55 — puerta CON LLAVE (foto). Cafetera OK (foto). Vitro OK (foto). Ventana cocina OK. Ya está. Ya está. A dormir.
8 jul — 16:20 — llamada de mamá, 9 min. Bien.
10 jul — 18:44 — merienda con I. en casa. Trajo fruta. V. se rió muchísimo con ella. Apuntar cosas buenas también, dice I. Apuntado: hoy fue un día bueno.
12 jul — 21:30 — baño V. 21:00. Toma 21:20. Dormida 21:26.
12 jul — 22:41 — puerta CON LLAVE (foto).
Y después, nada.
Ese era el final del anexo IV: una cerradura fotografiada a las 22:41 del viernes y ciento cuarenta folios de silencio comprimidos en un centímetro de margen blanco.
Harper se quedó mirando la última entrada más tiempo del que ninguna entrada merecía.
Puerta CON LLAVE. La rutina completa, ejecutada entera, hasta el final, con su foto.
Una mujer que asegura la casa. Que deja constancia.
Que archiva la prueba de que esa noche, como todas las noches, hizo todo lo que había que hacer.
—La última nota es de las 22:41 —dijo.
—Lo sé.
—Y es idéntica a las otras cien de la misma cerradura.
—Lo sé. —Parra se pasó la mano por la cara—.
Y sé lo que estás haciendo, porque lo hice yo antes que tú.
Estás buscando la nota que falta. La despedida, el desahogo, el algo.
Y no está, y te parece raro. Pues te digo lo que me dijo el forense: no es raro.
Es lo más documentado del mundo. Muchísima gente no deja nada.
Y la gente muy controladora, menos todavía, porque lo último que controlan es la imagen que dejan.
—Hizo una pausa y bajó la voz un grado, sin querer—.
No busques en esos folios lo que te haga falta a ti, Harper.
Ahí dentro solo hay una mujer agotada peleándose con su cabeza. Y perdiendo .
Harper cerró la carpeta despacio. Se quedó con las manos sobre las gomas, en silencio, y durante unos segundos, en el despacho, solo existió el rumor del pasillo y la vibración menuda del fluorescente.
Parra tenía razón. Ese era el problema. Parra tenía razón folio a folio, y la UDEV tenía razón, y el forense tenía razón, y Fidel, cuando le llegara aquel anexo, tendría más razón que nadie, porque aquellas mil ciento cuarenta y siete notas eran exactamente lo que parecían: el registro clínico de una obsesión.
La prueba definitiva. El caso entero, cerrándose solo, con la mansedumbre de siempre.
Y sin embargo.
Había algo en aquellos folios que Harper no sabía nombrar todavía, y que no era una nota, ni una fecha, ni una foto, sino una sensación de lectura, de las que no se pueden llevar a un auto.
Las notas de Claudia Serrano no parecían preguntas de una mente rota.
Parecían respuestas . Cada entrada contestaba algo.
Apagada. Cerrada. Con llave. A las 7, lo tengo apuntado.
Uno no acumula mil respuestas si nadie le está haciendo preguntas.
Y en ciento cuarenta folios de margen fechado, con la vida entera de una mujer pasada a limpio, no aparecía por ninguna parte quién se las hacía.
Se levantó. Se guardó el pensamiento donde guardaba los que aún no sabían andar.
—Quiero copia del volcado completo —dijo—. No del resumen. Del anexo entero, con los metadatos.
—Está pedido el sobreseimiento para agosto, Harper.
—Pedido no es firmado. —Cuadró la carpeta con el borde de la mesa sin darse cuenta de que lo hacía—. Y quiero hablar con Álvaro.
Parra levantó una ceja.
—¿Del anexo?
—De las notas. —Harper tocó la cartulina con dos dedos—.
Vivía con ella, Parra. Dormía al otro lado de esa puerta que su mujer fotografiaba cada noche.
En mil ciento cuarenta y siete notas, el marido aparece tres veces y por inicial.
Quiero saber qué sabía. Si la vio apuntar.
Si le preguntó alguna vez por qué. Si ella le contestó.
Una mujer no lleva cinco meses de contabilidad de su propia vida sin que el hombre de la casa se dé cuenta o sin que se esfuerce mucho en que no se dé cuenta. Y las dos respuestas me interesan.
Parra lo pensó. Asintió despacio, primero para sí, luego para los dos.
—De acuerdo. Tiene sentido. —Alcanzó su libreta, apuntó algo—. Me acerco esta semana a la casa, le tomo una ampliatoria con las notas delante y te mando el acta antes de …
—Una mierda.
Parra levantó la vista.
—¿Perdona?
—Que una mierda, Parra. —Harper se colgó la carpeta bajo el brazo—.
Voy contigo. Necesito escucharlo y necesito verlo.
La cara que pone cuando abras el anexo. Si le sorprende o si le duele, que no es lo mismo.
Cuánto tarda en contestar. A un acta no le ves las manos.
Y a este caso, te lo digo yo, hay que verle las manos.
—Esto no es muy ortodoxo, señoría.
—Tampoco lo es una instrucción sin una sola arruga.
Parra se quedó mirándolo un momento largo. Y entonces le cruzó por la cara ese gesto suyo, el que no gastaba casi nunca, mezcla de fastidio reglamentario y admiración torera, el gesto sin palabras que en cualquier tabanco de Jerez se traduciría solo: ole tus huevos .
—Está bien. —Se levantó, descolgó la americana del respaldo y se la echó al hombro—. Pero conduzco yo, que tú conduces como instruyes: despacio y mirándolo todo.
Salieron juntos al pasillo. En la máquina de café, el agente joven seguía peleándose con la ranura; Parra, al pasar, le arrancó la moneda de los dedos con una colleja afectuosa y un que no eches monedas, criatura, que lo pone en el papel .
Bajaron las escaleras, cruzaron el control, empujaron la puerta y el calor blanco de la explanada les salió al encuentro como un perro grande.
El expediente de Claudia Serrano llevaba tres semanas cerrándose solo, con la mansedumbre de un animal bien adiestrado.
Aquella mañana, por primera vez, dos hombres salieron de una comisaría a abrirlo.