Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Doce #3
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Capítulo Doce #3

Nya bajó a por agua a media tarde y oyó el ritmo desde la escalera: el compás sordo del cuero, la cadena, la música amortiguada por los muros de sesenta centímetros.

No era la primera vez. Se acercó por el pasillo del ala vieja, que a esa hora era un túnel de penumbra —la casa entera vivía en penumbra desde junio, cerrada contra el calor, y Nya la conocía a oscuras mejor que iluminada; la había aprendido a oscuras a propósito, la primera semana, habitación por habitación, porque esa era la clase de deberes que su cabeza le ponía— y se quedó en el umbral, fuera del alcance de la claridad de los ventanucos.

Aeris no la vio. Estaba de espaldas, empapado, las vendas grises de sudor, moviéndose alrededor del saco con una concentración que no se parecía a ninguna de sus concentraciones diurnas.

De día, Aeris Harper era un hombre que contenía.

Contenía en las vistas, contenía con Parra, contenía hasta cuando reía, como si llevara toda la vida administrándose a sí mismo en dosis seguras para el público.

Aquí no. Aquí había un desconocido preciso y violento que golpeaba algo que no era un saco —eso se veía desde el pasillo, se veía desde cualquier parte—, y lo asombroso, lo que la tenía clavada al umbral, era que el desconocido no daba miedo. Daba envidia.

Porque Nya conocía la rabia.

La suya no hacía ruido. Esa era la diferencia, la única.

La suya era una inquilina silenciosa que pagaba puntualmente su renta en insomnio, en matrículas apuntadas, en cerraduras comprobadas dos veces, en veintidós días contados como se cuentan los días de lluvia.

Rabia contra Lucian, que seguía sin rostro y sin condena, viviendo en su nuca como una corriente de aire.

Contra Antonio, y contra el hueco donde debería haber un padre.

Contra Selene, que era la más difícil de todas porque venía trenzada con otras cosas que no eran rabia.

Y contra sí misma, la más antigua, la de mejor caligrafía: por lo que permitió, por lo que no vio, por lo que tardó.

Nunca la había sacado. No sabía. Nadie le había enseñado y ella no había preguntado, porque preguntar habría sido admitir que estaba, y su método de toda la vida consistía exactamente en lo contrario: en un cuerpo quieto, una voz templada y una sala de máquinas trabajando a puerta cerrada.

Miró las manos de Aeris volar contra el cuero. Miró sus propias manos, pálidas en la penumbra del pasillo, cerradas —¿desde cuándo?— en dos puños pequeños y perfectos.

Los abrió despacio, dedo a dedo, como quien desactiva algo.

Después subió sin hacer ruido, pisando de memoria por el borde de las losas, evitando la tercera pisada, la que crujía.

-*.*-

A las 3:12 se despertó.

Sin sobresalto, sin pesadilla, sin motivo.

Se despertó como se despertaba siempre, con los ojos abiertos de golpe en la oscuridad y todos los sistemas encendidos a la vez, escuchando.

La respiración de Aeris a su lado, larga, honda, con ese punto de ronquido que nunca reconocería.

El motor lejano de un camión en la carretera del Portal.

El tic de la madera del techo, dilatándose, contrayéndose, hablando sola. Nada. No había nada. Nunca había nada.

Se levantó igual.

Hizo la ronda descalza, con el sigilo profesional de sus tres de la madrugada: la puerta principal, cerrada, el resbalón y la vuelta entera; la puerta del patio, cerrada; las ventanas de la planta baja, una por una, la falleba de la cocina que había que empujar con la palma; la cancela, visible desde la ventana del salón, cerrada, el camino de albero vacío y azul bajo la luna.

El coche gris no estaba. El coche gris no había vuelto.

El coche gris era un vecino, un repartidor, una pareja mirando casas.

Lo comprobó todo una vez.

Empezó a comprobarlo la segunda y se detuvo a la mitad, con la mano en la falleba de la cocina, porque de pronto se vio desde fuera —una mujer descalza, a oscuras, a las tres y cuarto, auditando cerraduras que ella misma había auditado noventa segundos antes— y en ese verse desde fuera se le apareció, sin permiso, la mujer del caso de Aeris.

La amiga, el viudo, la niña, las vías. Una mujer que, según contaban todos con las mismas palabras, lo apuntaba todo, lo comprobaba todo, no se fiaba ni de su propia memoria.

Qué agotador, pensó Nya. Qué agotador tuvo que ser su último año .

El pensamiento pasó de largo, camino de ninguna parte, como los coches grises que no son nada.

Todavía le faltaban meses para saber que acababa de rozar la verdad con la punta de los dedos, en camisón, junto a una falleba, mucho antes que ningún informe.

Soltó la ventana. Subió las escaleras por el borde de las losas.

En el dormitorio, Aeris dormía con un brazo cruzado sobre el lado de ella, en diagonal, ocupando su ausencia.

Nya levantó el brazo con cuidado de artificiero, se instaló debajo, lo devolvió a su sitio.

El peso la ancló. Era un truco que había descubierto sin buscarlo: la sala de máquinas no sabía qué hacer con ese peso, no tenía protocolo para él, y a falta de protocolo, callaba.

Cerró los ojos.

Abajo, en el ala vieja, el saco colgaba inmóvil de su viga, todavía oliendo a cuero y a sudor, guardando como un confesor todo lo que aquella casa no se decía. Aguantaría. Para eso estaba. Y en el estudio, bajo la sábana blanca, el piano siguió acumulando polvo y paciencia, esperando su capítulo.

La casa entera dormía con un ojo abierto.

Como ella.