Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

Nya asintió. No preguntó a qué. En La Bodega, bajar solo significaba una cosa.

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La sala estaba en el ala vieja, donde el suelo todavía era de losa hidráulica y las paredes conservaban el encalado grueso de cuando allí dormían las botas de vino.

Era una nave pequeña, de techo alto, con dos ventanucos enrejados por los que la luz de la tarde entraba en diagonal, encendiendo el polvo en suspensión.

Cuando compraron la casa, aquel espacio era un cementerio de duelas y telarañas.

Harper lo vació él mismo, un fin de semana entero de escombros y de no hablar de por qué lo hacía, y luego trajo lo esencial con la sobriedad de quien monta una capilla: un saco pesado colgado de una viga con cadena nueva, una esterilla, una comba, un banco, un pequeño altavoz sobre una repisa.

Nada más. Ni espejos, ni máquinas, ni pantallas. Un hombre, un saco y una deuda.

Se vendó las manos sentado en el banco, con el ritual lento de siempre, cada vuelta de venda en su sitio, el pulgar, la muñeca, los nudillos, y mientras lo hacía notó cómo el día entero se le iba acumulando en la superficie de la piel, buscando salida: la sala de vistas con el aire acondicionado agonizando, los oficios pendientes, la sonrisa exacta de Irene Salvatierra, el pañuelo con sus dos toques precisos, coincide con todos , la voz de Parra, treinta años y todavía no te he oído decir que sí a nada, el expediente sin una sola arruga esperando su firma como espera un animal paciente.

Hubo un tiempo en que todo esto lo sacaba en otro sitio.

Otro ritual, otras paredes, otra liturgia de control y entrega donde un hombre podía dejar el peso en la puerta con otro nombre colgado del cuello.

Aquello se acabó cuando se acabó, y no lo echaba de menos exactamente; echaba de menos lo que hacía por él, que no era placer sino orden.

El boxeo había sido anterior a todo —un gimnasio de Jerez, catorce años, un entrenador que olía a linimento y le decía que la rabia sin técnica es solo miedo dando vueltas—, y había vuelto a él como se vuelve a un idioma materno: con torpeza dos semanas y de golpe, una tarde, con toda la gramática intacta.

Puso la música.

Monster , de Willyecho. La había encontrado por casualidad en una de esas listas que el algoritmo fabrica para hombres de su edad que corren de noche, y se había quedado con ella por razones que prefería no examinar: el arranque contenido, casi en sordina, como algo respirando detrás de una puerta; los tambores que entraban después, tribales, de fondo de caverna; y esa voz rota que iba subiendo hasta admitir a gritos lo que todo el mundo se pasa la vida negando con educación.

Una canción sobre el bicho que uno lleva dentro.

Le parecía honrada. La mayoría de la gente decoraba a su bicho, lo vestía de estrés, de carácter, de genio del sur.

La canción, por lo menos, lo llamaba por su nombre.

Empezó suave. Jab, jab, desplazamiento. La cadena tintineó arriba, en la viga, marcando el compás.

Uno-dos. Uno-dos-esquiva. El saco recibía y devolvía con su física elemental, la única física completamente honesta que Harper conocía: le das exactamente lo que tienes y te devuelve exactamente lo que le has dado.

Sin retórica. Sin atestados. Sin sonrisas del tamaño exacto de las circunstancias.

La música creció y él creció con ella.

Y como siempre, en algún punto entre el segundo y el tercer asalto contra nadie, la cabeza hizo lo que solo hacía allí: se ordenó.

No era que dejara de pensar; era que por fin pensaba en fila.

Los golpes funcionaban como el carro de una vieja máquina de escribir, cada impacto una tecla, y sobre el papel en blanco del cansancio las piezas del día fueron cayendo una a una, alineadas, legibles.

Claudia Serrano, treinta y cinco años, madre reciente, muerta donde mueren los trenes.

Golpe. Un expediente perfecto avanzando hacia el archivo con la mansedumbre de un animal bien adiestrado.

Golpe. Una amiga impecable que defendía a la muerta mejor que su propia familia y que, defendiéndola, la enterraba.

Golpe. Jamás habría dejado a la niña. Golpe.

Todos con las mismas palabras. Golpe. Las mismas. Golpe. Palabras.

Se detuvo con los brazos ardiendo y el corazón en las orejas, abrazado al saco como a un contrincante querido, y ahí, en el silencio relativo entre canción y canción, con el sudor cayéndole por el canal de la espalda, lo vio con una claridad que ninguna sala de vistas le había dado nunca:

No le molestaba que todos dijeran lo mismo.

Le molestaba que lo dijeran igual .

Que el relato no tuviera versiones sino copias.

Que la madre, las compañeras, los vecinos y la amiga no hubieran contado la misma historia, sino recitado el mismo texto, cada uno con su acento, como coristas de un tema que ninguno había compuesto.

Y los textos, eso lo sabía cualquier instructor viejo, los textos no crecen solos en la boca de la gente.

Los textos se escriben.

La segunda canción entró con su tambor de caverna y Harper volvió al saco.

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