Capítulo Doce
Hipervigilancia
El Puerto de Santa María.
El coche gris pasó dos veces.
Otra vez.
Se quedó mirando la anotación como se mira una mancha de humedad que ha vuelto a salir en una pared recién pintada.
Llevaba tres semanas sin apuntar matrículas.
Veintidós días, para ser exactos, porque también contaba eso, también llevaba esa contabilidad absurda de sus propias recaídas, como si la vigilancia de sí misma fuera la única vigilancia que se permitía cuestionar.
Veintidós días de mirar los coches como mira los coches la gente normal: sin leerlos.
Se levantó. Fue a la cocina. Bebió agua directamente de la botella, de pie ante el fregadero, y por la ventana comprobó que el camino estaba vacío, que la luz de la sobremesa caía blanca y vertical sobre las viñas de los vecinos, que el mundo era exactamente el lugar tranquilo que aparentaba ser.
Un coche gris que pasa dos veces es un vecino que ha olvidado algo.
Un repartidor que no encuentra una dirección.
Una pareja mirando casas. Un coche gris que pasa dos veces no es nada.
Lucian nunca había tenido un coche gris.
Ahí estaba. Ese era el problema, la falla geológica sobre la que llevaba dos años construyendo su vida: que todos los razonamientos, absolutamente todos, terminaban en él.
Podía empezar pensando en matrículas, en el tema catorce, en la lista de la compra, en el queso que Aeris compraba siempre de más, y el pensamiento, lo dejaras donde lo dejaras, rodaba solo cuesta abajo hasta la misma puerta.
Los psicólogos tenían una palabra para eso.
Los psicólogos tenían palabras para todo.
Hipervigilancia, le habían dicho, como quien entrega un diagnóstico envuelto en papel de regalo, y ella había asentido y había pensado que llamarlo así era como llamar brisa a un levante de cincuenta nudos: técnicamente correcto y absolutamente inútil.
Porque la palabra no contaba lo que era.
No contaba que el cerebro se le había quedado organizado como una garita.
Que podía estar riéndose —de verdad, con una risa real, de las que no se fabrican— y al mismo tiempo, por debajo, en una sala de máquinas que no descansaba nunca, algo suyo estaba contando las salidas de la habitación, catalogando los sonidos de la casa, midiendo cuánto tardaba un coche en pasar de largo.
No contaba que había aprendido a distinguir el ruido de la cancela según quién la abriera.
Que sabía que la tercera pisada del pasillo crujía y las demás no, y que ese crujido era su sistema de alarma más fiable, mejor que las cámaras que Aeris había instalado, porque las cámaras podían fallar y la madera no.
No contaba que dormirse seguía siendo, cada noche, un acto de fe.
Volvió al estudio. El tema catorce la esperaba con su prosa administrativa y hostil, procedimientos, plazos, recursos, un idioma diseñado por gente que jamás había tenido prisa.
Estudiaba porque estudiar era el plan. El plan era bueno.
El plan tenía la forma de una vida: unas oposiciones, un temario, un calendario en la pared con los días tachados, una casa enorme que olía a madera vieja y a vino evaporado hacía décadas, un hombre que volvía todas las tardes.
El plan era todo lo que había querido cuando no le estaba permitido querer nada.
Solo que los planes no saben nada de las salas de máquinas.
Leyó el mismo párrafo tres veces. A la cuarta se rindió, cerró el temario y se quedó mirando el estudio en la luz espesa de la siesta, filtrada por las persianas medio echadas contra el calor: las estanterías a medio llenar, las cajas que aún no habían abierto desde la mudanza, y al fondo, contra la pared del rincón, el piano cubierto con una sábana blanca.
El piano de la finca. No lo había tocado desde que los operarios lo dejaron allí, sudando y maldiciendo, preguntándose en voz alta quién demonios se muda un piano de cola media sin saber tocar.
Nadie les había corregido. La sábana acumulaba polvo con una paciencia de fantasma doméstico, y Nya pasaba por delante cada día y cada día decidía no levantarla, con esa disciplina suya de no abrir puertas cuyo contenido conocía demasiado bien .
Fuera sonó la cancela.
Dos tiempos: el chasquido del mando y el arrastre del hierro.
La cadencia de Aeris. Nya lo supo antes de ver el coche, lo supo por el cuerpo, porque el cuerpo aflojó un cuarto de vuelta esa tuerca que llevaba apretada desde las 14:37, y esa era otra de las cosas que la palabra hipervigilancia no contaba: que el alivio también estaba automatizado.
Que su sistema nervioso había aprendido a Aeris Harper igual que había aprendido el crujido de la tercera pisada, y lo archivaba en la única carpeta que tenía con la etiqueta de seguro .
A veces se preguntaba qué habría sido de ella si esa carpeta no existiera.
-*.*-
Harper entró en la cocina con la americana colgada de un dedo, el nudo de la corbata a media asta y la cara de los días largos.
Dejó las llaves en el cuenco de cerámica —siempre en el cuenco; había aprendido rápido que las llaves en cualquier otro sitio eran, para Nya, un pequeño incendio—, abrió la nevera, la cerró sin coger nada y se apoyó en la encimera.
—Ni un comentario sobre el queso —dijo.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando en voz alta.
Nya sonrió a su pesar, y durante un rato la cocina funcionó con la coreografía de costumbre: ella cortando, él encendiendo la plancha, el vino abierto, los platos, las cosas pequeñas de las que estaba hecho el tratado de paz más importante de sus vidas.
Hablaron del calor, de un funcionario que se había desmayado en la sala de vistas, de la vecina de las viñas que había vuelto a invitarlos a una zambomba en pleno julio porque la mujer vivía en un diciembre perpetuo. Cualquier cosa.
Pero Nya lo veía.
Lo veía en la manera en que Aeris cortaba el pan: demasiado parejo, demasiado atento, la precisión de un hombre que ha sacado las manos a pasear para que la cabeza se quede en casa.
Lo veía en los silencios de medio segundo antes de contestar, ese retardo mínimo de quien está escuchando dos conversaciones a la vez y solo una sucede en la cocina.
Llevaba semanas viéndolo. Desde la madrugada del teléfono, desde la mujer de las vías, Aeris Harper vivía con un inquilino en la cabeza, y esta noche el inquilino había llegado a casa antes que él.
—¿Ha declarado la amiga? —preguntó Nya.
No dijo el nombre. No hizo falta. En aquella casa, "el caso" solo podía ser uno, igual que "la amiga" solo podía ser una, porque Aeris, sin darse cuenta, había ido dejando el vocabulario del expediente por las habitaciones como quien deja calderilla: la amiga, el viudo, la niña, las vías.
—Ha declarado la amiga. —Harper sirvió el vino, le tendió una copa—. Impecable.
—¿Impecable bien o impecable mal?
—Esa es la pregunta del año. —Se quedó con la copa a medio camino, mirando un punto de la pared donde no había nada—.
Ha salido del despacho a la una y media y a las tres ya me estaba llamando Parra para decirme que es la mejor testigo de toda la instrucción.
Y tiene razón. Fidel quiere el sobreseimiento en agosto.
Y hace bien. La autopsia dice lo que dice, el escenario dice lo que dice, la familia dice lo que dice, la amiga dice lo que dicen todos.
—Bebió—. Todos dicen lo mismo, Nya. Todo el mundo. Con las mismas palabras, casi.
—¿Y eso es raro?
—Eso es lo normal. —Dejó la copa—. Cuando una cosa es verdad, todo el mundo la cuenta parecida. Es de manual.
—Pero.
—Pero no voy a firmar todavía.
Lo dijo sin énfasis, en el mismo tono con el que había pedido que le pasara la sal, y precisamente por eso sonó a lo que era: una decisión tomada hacía horas, quizá días, que solo estaba esperando ser dicha en voz alta en la única habitación del mundo donde no tenía que justificarla. Nya lo miró por encima de la copa.
—Te pica el hocico.
—Me pica el hocico.
—Aeris.
—Lo sé.
—La última vez que te picó el hocico…
—Lo sé. —Casi sonrió—. Por eso no lo he dicho en el juzgado.
Ahí abajo, cuando dices tengo una corazonada, te miran como si hubieras propuesto echar las cartas.
Aquí puedo permitirme el lujo de ser un mal jurista durante una comida.
—Hizo girar el vino en la copa, despacio—.
No hay nada, ¿entiendes? Ese es el problema.
No es que haya algo que no encaje. Es que encaja todo.
Todo. Cada pieza, cada testigo, cada informe.
Llevo veinte años instruyendo causas y no he visto nunca un expediente sin una sola arruga.
La realidad tiene arrugas, Nya. Siempre.
La gente se contradice en las horas, se equivoca en los días, recuerda mal las conversaciones. Cuando nadie se equivoca en nada…
No terminó la frase. La dejó ahí, sobre la mesa, entre el pan y el queso sobrante, y Nya sintió un frío pequeño y exacto bajarle por la nuca, porque conocía esa clase de perfección.
Había vivido dentro de una. Las realidades sin arrugas no existen: se planchan.
Y ella sabía mejor que nadie en aquella provincia cuántas manos y cuánta paciencia hacen falta para planchar la realidad de otra persona.
No lo dijo. No supo por qué no lo dijo. O sí lo supo y no quiso mirarlo: que había cosas suyas que aún no tenían traducción, que ciertas puertas, como la sábana del piano, era mejor no levantarlas en la sobremesa.
—¿Y hasta cuándo puedes no firmar? —preguntó en cambio.
—Un tiempo. Puedo pedir diligencias complementarias. Estirar plazos. Marear el expediente con elegancia. —Se encogió de hombros—. Sé hacer dos cosas en esta vida: instruir causas y marear expedientes con elegancia.
—Y comprar queso de más.
—Tres cosas.
Recogieron juntos. Y fue al cerrar el lavavajillas cuando Harper dijo, con la voz ya distinta, más baja, la voz de después de las palabras:
—Voy a bajar un rato.