Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Once #3
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Capítulo Once #3

—Un día antes, fíjate qué desastre de madre, la niña vacunadísima con veinticuatro horas de antelación.

—Irene puso los ojos en blanco y Claudia se rio sin querer—.

Claudia. Mírame. Estás criando a un ser humano con dos horas de sueño seguidas como máximo.

No estás perdiendo nada. Estás agotada. Son dos cosas distintas y hazme el favor de no confundirlas.

La canción terminó y empezó otra, y otra después, todas hechas de la misma agua.

Vega se removió en el carrito, chasqueó los labios en sueños, volvió a hundirse.

Irene retomó el balanceo con el pie sin mirar siquiera, un metrónomo paciente, y a Claudia le pasó por dentro una gratitud tan grande que casi dolía.

—¿Sabes qué hago yo cuando tengo épocas de mucho lío?

—dijo Irene, con tono de ocurrencia repentina—.

Apuntarlo todo. Todo, todo. Tonterías incluidas.

Apagado el horno. Echada la llave. Coche en planta dos.

Al principio te sientes ridícula, no te voy a engañar.

Pero es mano de santo, porque dejas de gastar cabeza en comprobar y en dudar.

Lo apuntas, y si luego te viene la duda, miras la nota y ya está.

Es como… externalizar la memoria, ¿no? Que trabaje el móvil, que para eso está.

—¿Tú haces eso?

—Desde hace años. —Irene se encogió de hombros, quitándole importancia—. Yo es que soy muy de listas. Pero para ti ahora mismo sería perfecto. Pruébalo esta semana y me cuentas. Cada vez que hagas algo de esas cosas que luego te bailan, nota al móvil. Dos segundos. Y a dormir tranquila.

Claudia lo pensó. Tenía sentido. Tenía todo el sentido del mundo, como casi todo lo que decía Irene, que era la única persona de su vida que le ofrecía soluciones en lugar de ánimos.

Su madre le decía eso pasa siempre, hija.

Álvaro le decía no te agobies. Irene le decía haz esto.

Y esa diferencia, a las cinco de la tarde de un febrero sin dormir, valía más que todo el amor del mundo.

Sacó el móvil y creó una nota nueva. Escribió: 22 feb — esterilizador APAGADO (comprobado 17:55). Se sintió ridícula exactamente como Irene había prometido. Y también, por primera vez en semanas, un poco menos a la deriva.

—Ya está. Primera nota de la mujer que apunta cosas.

—Bienvenida al club. —Irene levantó su taza en un brindis—. Verás qué paz.

Hablaron de otras cosas. Del trabajo de Irene, que contaba siempre en anécdotas pequeñas y sin nombres propios, quitándose importancia.

De la vuelta de Claudia a la oficina en mayo, que le daba un vértigo del que solo hablaba a media voz.

De la madre de Claudia, que había vuelto a decirle que en sus tiempos las mujeres criaban a cuatro sin tanta historia, y a la que Irene, sin faltarle nunca al respeto, sabía desactivar con una sola ceja levantada.

En algún momento Vega se despertó y no lloró: abrió los ojos al techo, muy seria, escuchando la música con el gesto concentrado de quien intenta recordar de qué le suena el mar.

—Trae —dijo Irene—, que tú te tomes el café caliente por una vez.

La cogió del carrito con una soltura que a Claudia siempre le llamaba la atención, la soltura de quien ha sostenido muchos bebés o de quien ha nacido sabiendo, y se la acomodó contra el pecho.

Vega la miró desde muy cerca con esa fijeza sin educar de los bebés.

Irene le devolvió la mirada y le dijo algo en voz demasiado baja para que Claudia lo oyera, algo breve, y la niña hizo una pompa de saliva que en el idioma de los cuatro meses debía de ser una respuesta.

—Le gustas —dijo Claudia.

—Es que yo a los Serrano os camelo en general. Es mi único talento.

La luz se fue poniendo más baja y dorada.

En algún momento habría que tender la lavadora, y preparar el baño de Vega, y pensar la cena, y sobrevivir a la noche, que era la parte del día que Claudia había aprendido a mirar de reojo, como se mira una cuesta desde abajo.

Pero todavía no. Todavía quedaba media taza de café y dos canciones y una amiga con el pie en el carrito.

—Oye —dijo Claudia, de pronto, sin saber muy bien por qué lo decía—. Gracias.

—¿Por el pan? Estaba de oferta.

—Por los jueves.

Irene tardó un segundo en contestar. Miró a la niña que tenía en brazos, luego a Claudia, y sonrió de una manera que a Claudia le pareció, en aquel momento, la definición exacta de la ternura.

—Los jueves —dijo— son el mejor plan de mi semana. No me des las gracias por venir a lo que quiero venir.

Fuera empezaba a anochecer. Dentro, la voz de Enya seguía preguntando, en su idioma de niebla, quién puede saber las cosas que nadie sabe: hacia dónde va el corazón de cada uno, cuánto dura lo que dura, quién se queda y quién se va.

Claudia apuró el café con Vega ya de vuelta en su regazo, tibia y pesada como un pan recién hecho, y pensó que a lo mejor su madre tenía razón y estaba haciendo un mundo de todo, y que las cosas, en el fondo, no iban tan mal.

Tenía una hija sana. Un marido bueno. Una amiga que aparecía los jueves.

Solo estaba cansada.

Todo el mundo se lo decía.