Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

Fuera empezaba a anochecer. Dentro, la voz de Enya seguía flotando en aquel idioma suyo hecho de eco y de niebla, la misma melodía envolvente que llevaba toda la tarde sonando en bucle sin que ninguna de las dos sintiera la necesidad de cambiarla , y Claudia apuró el café con Vega ya de vuelta en su regazo, tibia y pesada como un pan recién hecho, y pensó que a lo mejor su madre tenía razón y estaba haciendo un mundo de todo, y que las cosas, en el fondo, no iban tan mal.

Tenía una hija sana. Un marido bueno. Una amiga que aparecía los jueves.

Solo estaba cansada.

Todo el mundo se lo decía.

R uido blanco, Bach, el secador. Nada. Y entonces, por el azar de una lista de reproducción, empezó a sonar Only Time, con aquella voz que no parecía cantar sino respirar, y Vega se quedó quieta. No dormida. Quieta. Como si alguien hubiera bajado el oleaje dentro de aquel cuerpo diminuto.

Desde entonces sonaba cada tarde. A Álvaro le hacía gracia. Decía que su hija iba a crecer creyendo que el mundo tenía niebla y acantilados. A Claudia le daba igual. La canción también le bajaba el oleaje a ella, y esa era una información que no le había dado a nadie.

—Esta mujer lleva treinta años sacando el mismo disco y aquí seguimos todas —dijo Irene desde el sofá, meciendo apenas el carrito con el pie, un movimiento mínimo, constante, hipnótico—. Mi madre planchaba con esto puesto. Me acabas de devolver a 1995.

—¿Ves? Es ciencia.

—Es brujería celta, que es mejor que la ciencia.

Claudia se rio y algo se le aflojó en el pecho al reírse, como cada jueves.

Los jueves Irene salía antes del trabajo y aparecía a media tarde con cualquier excusa: unas naranjas, una barra de pan, un me pillaba de camino.

Nunca avisaba con mucha antelación y nunca hacía falta.

Entraba, ponía la cafetera como si fuera su propia cocina, y durante dos horas la casa dejaba de ser una trinchera.

Claudia no sabía en qué momento exacto los jueves se habían convertido en lo que eran. Solo sabía que los esperaba.

—Siéntate —dijo Irene, palmeando el sofá—. Te lo digo en serio. Llevas de pie desde que he llegado. La lavadora no se va a escapar.

—Es que si no la tiendo ahora…

—Si no la tiendes ahora, la tiendes luego, y el planeta seguirá girando. —Irene la miró por encima de la taza, con una severidad de mentira—. Siéntate, anda. Cinco minutos. Te los receto yo.

Claudia se sentó. La música llenaba los huecos de la conversación sin pedir permiso, capas y capas de voz sobre voz, ese sonido de catedral sumergida.

Por la ventana, la luz de febrero empezaba a ponerse naranja sobre los tejados.

Vega dormía con los puños cerrados a la altura de las orejas, como un boxeador diminuto que hubiera perdido todos los asaltos del día.

—¿Cómo has dormido?

—Bien.

Irene ladeó la cabeza.

—Claudia.

—A ratos. —Sonrió, vencida—. Se despertó a la una y media y luego a las cinco menos algo. Pero la toma de la una fue rápida.

—¿Y tú? Después de la de las cinco, ¿te volviste a dormir?

—Más o menos.

—Más o menos no. —Irene dejó la taza en la mesa—. Ya te lo he dicho: el problema no es la niña, la niña duerme lo que duermen los bebés. El problema es que tú te quedas de guardia. Te quedas escuchando por si respira. Y así no hay cuerpo que aguante, cariño.

Era verdad. Claudia se quedaba escuchando por si respiraba.

No se lo había contado a nadie, tampoco a Irene, y sin embargo Irene lo sabía, igual que sabía todo lo demás, con esa manera suya de adivinar cansancios que Claudia todavía no había aprendido a nombrarse.

A veces le parecía que su amiga la leía con una facilidad casi indecente.

Otras veces le parecía simplemente que eso era la amistad, y que había tenido suerte.

—Es que ayer… —empezó Claudia, y se detuvo.

—¿Qué?

—Nada. Una tontería.

—Mis favoritas.

Claudia giró la taza entre las manos.

—El esterilizador. Ayer por la noche lo dejé puesto.

O sea… yo juraría que lo apagué. Me acuerdo de apagarlo.

Me acuerdo del clic. Y esta mañana estaba encendido, con el agua consumida, oliendo a plástico caliente.

—Se miró los dedos—. Álvaro no fue, estaba trabajando.

Y no me acuerdo de haberlo dejado. Pero lo dejé, claro. ¿Quién si no?

Irene no dijo nada enseguida. Alargó la mano y le apartó a Claudia un mechón de la cara, un gesto pequeño, de hermana mayor.

—¿Sabes cuántas veces me he dejado yo el horno encendido?

—dijo al fin—. Y no tengo un bebé que me despierta cada tres horas.

Tengo una vida aburridísima y aun así me pasa.

El cerebro sin dormir hace esas cosas. Registra que has hecho algo porque lo haces todos los días, y luego resulta que ese día no lo hiciste.

Se llama memoria de guion o algo así, lo leí en algún sitio.

Vamos, que no te ha fallado la cabeza. Te ha fallado el sueño.

—Ya. —Claudia asintió despacio—. Ya, si lo sé. Pero es que es la tercera vez este mes que me pasa algo así. Lo del coche en el centro comercial, que estuve veinte minutos buscándolo en la planta que no era. Lo de la cita del pediatra, que me presenté un día antes…