Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Once
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Capítulo Once

Lo que recuerdas

Cinco meses antes.

Jerez de la Frontera.

La casa olía a café recién hecho y a esa mezcla de colonia infantil y ropa limpia que lo impregnaba todo desde diciembre.

Claudia había puesto a Enya porque Enya era lo único que funcionaba.

Lo había descubierto por accidente una madrugada de enero, con Vega llorando contra su hombro y el salón a oscuras, probando canciones en el móvil como quien prueba llaves en una cerradura.

Nanas, ruido blanco, Bach, el secador. Nada.

Y entonces, por el azar de una lista de reproducción, empezó a sonar Only Time, con aquella voz que no parecía cantar sino respirar, y Vega se quedó quieta.

No dormida. Quieta. Como si alguien hubiera bajado el oleaje dentro de aquel cuerpo diminuto.

Desde entonces sonaba cada tarde. A Álvaro le hacía gracia. Decía que su hija iba a crecer creyendo que el mundo tenía niebla y acantilados. A Claudia le daba igual. La canción también le bajaba el oleaje a ella, y esa era una información que no le había dado a nadie.

—Esta mujer lleva treinta años sacando el mismo disco y aquí seguimos todas —dijo Irene desde el sofá, meciendo apenas el carrito con el pie, un movimiento mínimo, constante, hipnótico—. Mi madre planchaba con esto puesto. Me acabas de devolver a 1995.

—¿Ves? Es ciencia.

—Es brujería celta, que es mejor que la ciencia.

Claudia se rio y algo se le aflojó en el pecho al reírse, como cada jueves.

Los jueves Irene salía antes del trabajo y aparecía a media tarde con cualquier excusa: unas naranjas, una barra de pan, un me pillaba de camino.

Nunca avisaba con mucha antelación y nunca hacía falta.

Entraba, ponía la cafetera como si fuera su propia cocina, y durante dos horas la casa dejaba de ser una trinchera.

Claudia no sabía en qué momento exacto los jueves se habían convertido en lo que eran. Solo sabía que los esperaba.

—Siéntate —dijo Irene, palmeando el sofá—. Te lo digo en serio. Llevas de pie desde que he llegado. La lavadora no se va a escapar.

—Es que si no la tiendo ahora…

—Si no la tiendes ahora, la tiendes luego, y el planeta seguirá girando. —Irene la miró por encima de la taza, con una severidad de mentira—. Siéntate, anda. Cinco minutos. Te los receto yo.

Claudia se sentó. La música llenaba los huecos de la conversación sin pedir permiso, capas y capas de voz sobre voz, ese sonido de catedral sumergida.

Por la ventana, la luz de febrero empezaba a ponerse naranja sobre los tejados.

Vega dormía con los puños cerrados a la altura de las orejas, como un boxeador diminuto que hubiera perdido todos los asaltos del día.

—¿Cómo has dormido?

—Bien.

Irene ladeó la cabeza.

—Claudia.

—A ratos. —Sonrió, vencida—. Se despertó a la una y media y luego a las cinco menos algo. Pero la toma de la una fue rápida.

—¿Y tú? Después de la de las cinco, ¿te volviste a dormir?

—Más o menos.

—Más o menos no. —Irene dejó la taza en la mesa—. Ya te lo he dicho: el problema no es la niña, la niña duerme lo que duermen los bebés. El problema es que tú te quedas de guardia. Te quedas escuchando por si respira. Y así no hay cuerpo que aguante, cariño.

Era verdad. Claudia se quedaba escuchando por si respiraba.

No se lo había contado a nadie, tampoco a Irene, y sin embargo Irene lo sabía, igual que sabía todo lo demás, con esa manera suya de adivinar cansancios que Claudia todavía no había aprendido a nombrarse.

A veces le parecía que su amiga la leía con una facilidad casi indecente.

Otras veces le parecía simplemente que eso era la amistad, y que había tenido suerte.

—Es que ayer… —empezó Claudia, y se detuvo.

—¿Qué?

—Nada. Una tontería.

—Mis favoritas.

Claudia giró la taza entre las manos.

—El esterilizador. Ayer por la noche lo dejé puesto.

O sea… yo juraría que lo apagué. Me acuerdo de apagarlo.

Me acuerdo del clic. Y esta mañana estaba encendido, con el agua consumida, oliendo a plástico caliente.

—Se miró los dedos—. Álvaro no fue, estaba trabajando.

Y no me acuerdo de haberlo dejado. Pero lo dejé, claro. ¿Quién si no?

Irene no dijo nada enseguida. Alargó la mano y le apartó a Claudia un mechón de la cara, un gesto pequeño, de hermana mayor.

—¿Sabes cuántas veces me he dejado yo el horno encendido?

—dijo al fin—. Y no tengo un bebé que me despierta cada tres horas.

Tengo una vida aburridísima y aun así me pasa.

El cerebro sin dormir hace esas cosas. Registra que has hecho algo porque lo haces todos los días, y luego resulta que ese día no lo hiciste.

Se llama memoria de guion o algo así, lo leí en algún sitio.

Vamos, que no te ha fallado la cabeza. Te ha fallado el sueño.

—Ya. —Claudia asintió despacio—. Ya, si lo sé. Pero es que es la tercera vez este mes que me pasa algo así. Lo del coche en el centro comercial, que estuve veinte minutos buscándolo en la planta que no era. Lo de la cita del pediatra, que me presenté un día antes…

—Un día antes, fíjate qué desastre de madre, la niña vacunadísima con veinticuatro horas de antelación.

—Irene puso los ojos en blanco y Claudia se rio sin querer—.

Claudia. Mírame. Estás criando a un ser humano con dos horas de sueño seguidas como máximo.

No estás perdiendo nada. Estás agotada. Son dos cosas distintas y hazme el favor de no confundirlas.

La canción terminó y empezó otra, y otra después, todas hechas de la misma agua.

Vega se removió en el carrito, chasqueó los labios en sueños, volvió a hundirse.

Irene retomó el balanceo con el pie sin mirar siquiera, un metrónomo paciente, y a Claudia le pasó por dentro una gratitud tan grande que casi dolía.

—¿Sabes qué hago yo cuando tengo épocas de mucho lío?

—dijo Irene, con tono de ocurrencia repentina—.

Apuntarlo todo. Todo, todo. Tonterías incluidas.

Apagado el horno. Echada la llave. Coche en planta dos.

Al principio te sientes ridícula, no te voy a engañar.

Pero es mano de santo, porque dejas de gastar cabeza en comprobar y en dudar.

Lo apuntas, y si luego te viene la duda, miras la nota y ya está.

Es como… externalizar la memoria, ¿no? Que trabaje el móvil, que para eso está.

—¿Tú haces eso?

—Desde hace años. —Irene se encogió de hombros, quitándole importancia—. Yo es que soy muy de listas. Pero para ti ahora mismo sería perfecto. Pruébalo esta semana y me cuentas. Cada vez que hagas algo de esas cosas que luego te bailan, nota al móvil. Dos segundos. Y a dormir tranquila.

Claudia lo pensó. Tenía sentido. Tenía todo el sentido del mundo, como casi todo lo que decía Irene, que era la única persona de su vida que le ofrecía soluciones en lugar de ánimos.

Su madre le decía eso pasa siempre, hija.

Álvaro le decía no te agobies. Irene le decía haz esto.

Y esa diferencia, a las cinco de la tarde de un febrero sin dormir, valía más que todo el amor del mundo.

Sacó el móvil y creó una nota nueva. Escribió: 22 feb — esterilizador APAGADO (comprobado 17:55). Se sintió ridícula exactamente como Irene había prometido. Y también, por primera vez en semanas, un poco menos a la deriva.

—Ya está. Primera nota de la mujer que apunta cosas.

—Bienvenida al club. —Irene levantó su taza en un brindis—. Verás qué paz.

Hablaron de otras cosas. Del trabajo de Irene, que contaba siempre en anécdotas pequeñas y sin nombres propios, quitándose importancia.

De la vuelta de Claudia a la oficina en mayo, que le daba un vértigo del que solo hablaba a media voz.

De la madre de Claudia, que había vuelto a decirle que en sus tiempos las mujeres criaban a cuatro sin tanta historia, y a la que Irene, sin faltarle nunca al respeto, sabía desactivar con una sola ceja levantada.

En algún momento Vega se despertó y no lloró: abrió los ojos al techo, muy seria, escuchando la música con el gesto concentrado de quien intenta recordar de qué le suena el mar.

—Trae —dijo Irene—, que tú te tomes el café caliente por una vez.

La cogió del carrito con una soltura que a Claudia siempre le llamaba la atención, la soltura de quien ha sostenido muchos bebés o de quien ha nacido sabiendo, y se la acomodó contra el pecho.

Vega la miró desde muy cerca con esa fijeza sin educar de los bebés.

Irene le devolvió la mirada y le dijo algo en voz demasiado baja para que Claudia lo oyera, algo breve, y la niña hizo una pompa de saliva que en el idioma de los cuatro meses debía de ser una respuesta.

—Le gustas —dijo Claudia.

—Es que yo a los Serrano os camelo en general. Es mi único talento.

La luz se fue poniendo más baja y más dorada.

En algún momento habría que tender la lavadora, y preparar el baño de Vega, y pensar la cena, y sobrevivir a la noche, que era la parte del día que Claudia había aprendido a mirar de reojo, como se mira una cuesta desde abajo.

Pero todavía no. Todavía quedaba media taza de café y dos canciones y una amiga con el pie en el carrito.

—Oye —dijo Claudia, de pronto, sin saber muy bien por qué lo decía—. Gracias.

—¿Por el pan? Estaba de oferta.

—Por los jueves.

Irene tardó un segundo en contestar. Miró a la niña que tenía en brazos, luego a Claudia, y sonrió de una manera que a Claudia le pareció, en aquel momento, la definición exacta de la ternura.

—Los jueves —dijo— son el mejor plan de mi semana. No me des las gracias por venir a lo que quiero venir.