Capítulo Diez #2
—No. —La respuesta llegó rápida, firme, casi ofendida—.
Jamás. Y les voy a ser sincera: cuando me dijeron dónde había aparecido, lo primero que pensé fue que era imposible.
Que se habían equivocado de persona. Claudia jamás habría dejado a Vega.
Jamás. Se lo digo yo, que la he visto levantarse con cuarenta de fiebre para no saltarse una toma. Por eso no entiendo…
Se interrumpió. Apretó los labios. Los ojos se le humedecieron sin desbordarse, con una contención que parecía más dolorosa que el llanto.
—Perdón.
—No se disculpe.
—Es que es eso lo que no me deja dormir. —Su voz bajó hasta casi romperse—. Que no lo vi venir. Que estaba con ella casi a diario y no lo vi venir. Y no dejo de repasar conversaciones, y de buscar el momento en que debí darme cuenta, y…
Sacó un pañuelo del bolso. Se secó el borde de los ojos con dos toques precisos y volvió a guardarlo. Todo el gesto duró cuatro segundos y no descompuso nada.
—Los últimos meses —continuó, ya recompuesta—, sí que la notaba distinta.
Más apagada no es la palabra. Más… lejos.
Se olvidaba de cosas. Cosas pequeñas. Quedábamos y se confundía de día.
Un día la encontré en el aparcamiento del centro de salud, dentro del coche, parada, sin arrancar.
Llevaba allí no sé cuánto tiempo. Cuando le pregunté me dijo que se había quedado pensando.
Nada más. Que se había quedado pensando.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Parra.
—¿Finales de mayo? No sabría decirle el día. —Sonrió con tristeza—. Ojalá lo hubiera apuntado. Ahora apuntaría cada minuto que pasé con ella.
Parra pasó una hoja del cuaderno con el pulgar, sin mirarla.
—¿Y con Álvaro? ¿Cómo estaban? Discusiones, tensiones, dinero…
—Bien. —Irene no dudó, pero tampoco se apresuró—.
Normales. Como cualquier pareja con un bebé y con él trabajando de noche.
Se cruzaban mucho, dormían poco, discutían tonterías de cansados.
Nada más. Álvaro la adoraba. La adora. —Se corrigió sola, con una mueca de dolor—.
Ven, esto es lo que decía antes. El pasado. Todavía no me sale.
—¿Otras personas? —siguió Parra, con la neutralidad rutinaria de las preguntas que hay que hacer—. ¿Alguien nuevo en su vida, alguien que la incomodara, algún problema con alguien?
—No. Claudia no tenía enemigos, inspector. Claudia era la persona a la que llamabas cuando tenías un problema, no la que los creaba —Irene se permitió una sonrisa pequeña, húmeda—. Si están buscando a alguien que le quisiera mal, pierden el tiempo.
—Es nuestro trabajo buscar mucho tiempo.
—Y se lo agradezco. De verdad. —Miró a Parra, luego a Harper—. Preferiría mil veces que encontraran algo. Cualquier cosa. Alguien a quien odiar. Sería más fácil que esto.
Harper la dejó continuar. Irene habló durante casi veinte minutos más, y lo hizo de una forma que él iba a recordar después, aunque en aquel momento no supiera todavía por qué.
No acusó a Claudia de nada. No pronunció la palabra depresión.
No pronunció la palabra suicidio. Cada vez que se acercaba a una conclusión, retrocedía.
Cada vez que un detalle podía sonar a juicio, lo envolvía en una defensa.
Claudia era fuerte, pero se exigía demasiado.
Claudia estaba cansada, pero como cualquier madre.
Claudia se olvidaba de cosas, pero quién no.
Claudia salía a caminar sola de noche últimamente, para despejarse, decía, y eso a Irene siempre le había parecido incluso sano; caminaba mucho, por zonas tranquilas, por donde no hubiera gente, porque decía que la gente le pedía cosas y el campo no.
Y sin embargo, al final de cada frase, Claudia quedaba un poco más muerta que al principio.
Hacia el final, cuando la conversación ya languidecía y Parra había cerrado el cuaderno, Irene se quedó mirando el borde de la mesa y dijo, sin que nadie le hubiera preguntado nada:
—Hay una cosa que no le he contado a Álvaro.
Harper y Parra esperaron.
—No se la he contado porque no serviría de nada y porque le haría un daño espantoso.
Y llevo días peleándome conmigo misma por si contárselo a ustedes es traicionarla o es ayudarla —Levantó la vista.
Le brillaban los ojos—. La penúltima vez que la vi, tomando café en su cocina, con la niña dormida en el carro, me dijo una cosa.
Me dijo: « A veces pienso que lo hago todo tan mal que Vega estaría mejor aprendiendo de otra persona ».
Así. Con esas palabras. Y yo le dije que no dijera barbaridades, que era la mejor madre que conocía, y ella se rio y me dijo que no me pusiera intensa, que era una tontería de cansada.
Y lo dejamos ahí. Lo dejé ahí. —Se le quebró la voz por primera vez, una grieta fina y perfectamente humana—.
Lo dejé ahí porque parecía una tontería de madre cansada.
El silencio que siguió tuvo peso físico.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Harper.
—El miércoles antes. El miércoles diez. Lo sé porque era el día que yo salía antes del trabajo y me pasaba por su casa —Se secó los ojos otra vez, dos toques, el pañuelo de vuelta al bolso—. ¿Ven por qué no se lo he contado a Álvaro? ¿Qué hace un padre con esa frase el resto de su vida?
Nadie respondió. No había respuesta.
Cuando Irene se marchó, cerca de la una y media, les estrechó la mano con una firmeza tranquila, volvió a agradecerles el tiempo y pidió, casi en la puerta, una última cosa: que si en algún momento la familia necesitaba hacer algún trámite, alguna gestión, cualquier papel de esos que nadie sabe dónde se piden, no dudaran en llamarla a ella.
Álvaro no estaba en condiciones y la madre de Claudia, menos.
—Alguien tiene que sostener la parte aburrida —dijo, con una media sonrisa de disculpa—. Y a mí la parte aburrida se me da bien.
Harper la vio alejarse por el pasillo con paso sereno, sorteando a un funcionario cargado de expedientes con una leve inclinación de cabeza. Cuando la puerta del fondo se cerró, Parra estiró las piernas y dejó escapar el aire despacio.
—Bueno —dijo—. Pues ya está.
Harper volvió a su silla sin responder.
—Es la declaración más completa que tenemos —continuó Parra—.
Y la más creíble. Sin morbo, sin adornos, sin protagonismo.
¿Te has fijado en que es la única que no ha venido a contarnos una película?
La madre nos contó a una santa. Las compañeras del trabajo, a una mártir. Esta nos ha contado a una persona.
—Sí.
—Y la frase del final lo cierra todo —Parra golpeó el cuaderno cerrado contra la rodilla, suave, dos veces—. No quería ni decirla. Has visto cómo le ha costado. Eso no se actúa, Harper. Llevo treinta años viendo actuar a gente en esa silla y eso no se actúa.
—Ya.
Parra lo miró. Lo conocía demasiado.
—Suéltalo.
—No hay nada que soltar —Harper abrió la carpeta, la miró sin leerla, volvió a cerrarla—. Ha estado impecable.
—¿Y?
—Que ha estado impecable.
Parra resopló, entre la risa y el cansancio.
—No me jodas. ¿Ahora el problema es que los testigos declaren bien?
—El problema es que no tengo problema —Harper se pasó una mano por la cara—.
Llevo una hora buscándole el ángulo y no lo tiene.
No ha exagerado. No se ha contradicho. No ha pedido nada.
Ha defendido a la muerta mejor que su propia familia.
Es la primera persona desde que levanté el cadáver de Claudia que ha dicho en voz alta que jamás habría dejado a la niña.
—Que es verdad.
—Que es exactamente lo que yo pienso. —Harper miró la ventana—. Y aun así ha conseguido que esa frase sirva para lo contrario.
Parra tardó un segundo en seguirle. Luego negó con la cabeza.
—O simplemente es lo que parece: la única amiga adulta en un funeral lleno de gente rota.
Alguien tiene que sostener la parte aburrida, ¿no?
—Se puso en pie, recogió sus oficios—. Harper, te lo digo con cariño.
Fidel va a pedir el sobreseimiento con esto y con todo lo demás, y va a tener razón.
Y tú vas a firmar lo que tengas que firmar.
Y dentro de un mes ni te acordarás del apellido Salvatierra. Ni mucho menos el apellido Serrano.
« Los cojones », pensó Harper.
—Probablemente.
—Probablemente —repitió Parra, camino de la puerta, con una media sonrisa—. Treinta años, y todavía no te he oído decir que sí a nada.
La puerta se cerró.
Harper se quedó de pie junto a la ventana un rato largo. En la calle, el calor deformaba el aire sobre los coches aparcados. Un grupo de abogados discutía algo a la sombra escasa de un naranjo. La ciudad seguía funcionando con su indiferencia de siempre.
Repasó mentalmente la conversación. Buscó el ángulo.
Lo buscó con método, como hacía con todo, revisando frase a frase igual que revisaba los folios de una causa.
Y no encontró nada. Ni una contradicción.
Ni una exageración. Ni un solo momento en que Irene Salvatierra hubiera dicho de Claudia algo que Claudia no pudiera haber sido.
Al contrario. Había sido la primera persona en toda la instrucción que se había negado a entregarle una Claudia simplificada.
Una amiga de verdad. Probablemente la única.
Volvió a la mesa, abrió la carpeta y añadió una nota breve al margen de sus apuntes personales. Tres palabras. Nada más.
Coincide con todos.
Se quedó mirándolas unos segundos, sin saber muy bien por qué las había escrito así y no de otra manera. Coincidir con todos era lo esperable. Era lo lógico. Era lo que ocurría cuando la verdad era sencilla y todo el mundo la contaba desde su esquina.
Cerró la carpeta .
Al otro lado de la ventana, Jerez seguía derritiéndose bajo el mediodía.
Y en algún punto de la ciudad, una mujer de solidez discreta conducía de vuelta a casa de Álvaro Serrano, donde una niña de meses acababa de despertarse de la siesta matutina y buscaba, con los ojos todavía hinchados de sueño, una cara conocida.
La encontró.