Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Diez
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Capítulo Diez

La amiga perfecta

Despacho de Aeris Harper.

Irene Salvatierra llegó siete minutos antes de la hora acordada.

Harper lo supo porque el funcionario de la puerta se lo comunicó con esa mezcla de eficiencia y aburrimiento con la que se anuncian las visitas que no van a cambiar nada, y porque cuando salió a recibirla la encontró de pie junto a la ventana del pasillo, con las manos cruzadas sobre un bolso sencillo y la mirada puesta en la calle, sin teléfono, sin impaciencia, sin ninguno de esos gestos pequeños con los que la gente suele defenderse de las esperas en los edificios judiciales.

La mayoría de las personas que pisan un juzgado por primera vez desarrollan una incomodidad física inmediata.

Miran los carteles. Tocan cosas. Comprueban el móvil cada treinta segundos.

Irene simplemente esperaba. Como si esperar fuera una actividad que dominara desde hacía años.

—Señora Salvatierra.

Ella se volvió. Sonrió apenas. Una sonrisa educada, contenida, exactamente del tamaño que las circunstancias permitían.

—Irene, por favor.

—Gracias por venir.

—Gracias a ustedes por recibirme.

Harper la invitó a pasar al despacho. No era una declaración formal.

No había citación, ni acta, ni obligación de ninguna clase.

Irene había llamado un rato antes ofreciéndose a hablar, si en algo podía ayudar, y Harper aprovechó la oportunidad con la misma naturalidad con la que se aceptan las cosas que no parecen importantes.

La instrucción caminaba sin sobresaltos hacia el archivo.

Fidel esperaba el atestado definitivo. Nadie necesitaba a Irene Salvatierra.

Y sin embargo allí estaba .

Parra ya ocupaba una de las sillas laterales cuando entraron.

No se había ido de aquel despacho desde que aquella chica llamó.

Estaba con la naturalidad de quien lleva años quedándose, el cuaderno sobre la rodilla y ese aire suyo de policía que ha escuchado tantas declaraciones que ya solo le interesan las que se salen del guion. Se levantó lo justo para el saludo.

—Inspector Parra. Dirijo la investigación policial, en coordinación con su señoría.

—Lo sé. —Irene le estrechó la mano—. Álvaro me habló de usted. Me dijo que fueron muy humanos con él. Se lo agradezco. Yo no tuve oportunidad de atenderlos, porque, en fin, estaba con Vega mientras Álvaro hablaba con ustedes.

Parra encajó el agradecimiento con un gesto vago, entre la cortesía y la incomodidad.

Los policías nunca saben del todo qué hacer con la gratitud.

Irene tampoco la alargó. Se sentó en la silla que Harper le indicó, dejó el bolso sobre las rodillas y paseó una mirada breve por el despacho.

No una mirada curiosa. Una mirada de reconocimiento, casi doméstica, la de alguien que se orienta en los espacios ajenos con facilidad.

Sus ojos pasaron sobre las carpetas, sobre los códigos alineados, sobre la ventana, y no se detuvieron en nada.

Tampoco en el pequeño marco de madera junto al archivador.

—Sé que probablemente no sirva de mucho —empezó, con las manos quietas sobre el bolso—. Pero llevo días dándole vueltas y pensé que… no sé. Que quizá debía contarlo. Aunque no cambie nada.

—Todo sirve —dijo Harper—. Aunque no cambie nada.

Ella asintió despacio. Bajó la vista un instante, como quien ordena por dónde empezar, y Harper aprovechó ese segundo para observarla con la atención tranquila que aplicaba a todo el mundo.

Treinta y pocos, cerca de los cuarenta, quizá alguno menos.

Ropa correcta sin ser estudiada. Sin joyas llamativas.

Sin maquillaje de más. Una mujer que habría podido cruzarse con cualquiera por la calle Larga sin dejar recuerdo, y que, sin embargo, de cerca, producía una sensación difícil de nombrar.

Solidez, quizá. La solidez discreta de las personas que resuelven cosas.

—Claudia y yo nos conocíamos desde niñas —dijo al fin—. Desde el inicio de la ESO, en el instituto donde entramos. Era de esas personas con las que una se entiende rápido.

—¿Se veían con frecuencia? —preguntó Parra.

—Cada semana. A veces más. Sobre todo, desde que nació Vega —Hizo una pausa muy pequeña—. Mi pelusita .

—Lo sabemos.

—Claro —Sonrió con disculpa—. Es que todavía me cuesta hablar de todo esto en pasado .

Harper no dijo nada. Había aprendido que los silencios correctos hacían mejor trabajo que las preguntas correctas. Irene sostuvo el silencio sin incomodidad, mirándose las manos, y cuando volvió a hablar lo hizo con un tono distinto. Más bajo. Más cuidadoso.

—Quiero que entiendan una cosa antes de que les cuente nada.

Claudia era la mejor persona que he conocido.

No lo digo por decir. No lo digo porque haya muerto.

Era buena de una manera que casi molestaba, ¿saben?

De las que se acuerdan de tu cumpleaños, y del cumpleaños de tu madre, y de que la semana pasada tenías una cita médica.

Así que todo lo que les diga ahora… no quiero que se use para reducirla a otra cosa. No era otra cosa. Era eso.

—Nadie va a reducirla a nada —dijo Harper, observándola con mucha atención. La postura que Harper tenía en la silla era de alguien que está más pendiente de lo que no se dice. Espalda recta en la silla, ligeramente de perfil y con el antebrazo sobre la mesa.

—Ya. —Irene lo miró un momento, valorando la respuesta—. Es que llevo días escuchando a gente que apenas la conocía hablar de ella como si la hubieran entendido. Y me revuelve un poco.

—¿Y usted la entendía?

La pregunta salió neutra. Sin filo. Irene se tomó unos segundos.

—Yo la veía —respondió—. Que no siempre es lo mismo, pero se le parece.

Parra levantó la vista del cuaderno.

—¿Y qué veía?

Irene respiró hondo. Y por primera vez desde que había entrado pareció costarle algo.

—Que no llegaba —dijo—. A todo. Que no llegaba a todo.

Dejó la frase ahí, sola, y luego movió la cabeza como arrepintiéndose de la forma.

—Dicho así suena horrible. No era… No es que fuera una madre desbordada, ni una mujer hundida, ni nada de lo que probablemente les hayan contado ya.

Era una madre normal con un cansancio normal.

Solo que Claudia se exigía de una manera que no era normal.

Todo tenía que estar bien. Todo tenía que estar controlado.

La niña, la casa, el trabajo, Álvaro, su madre…

Y cuando algo se le escapaba, aunque fuera una tontería, se lo llevaba a un sitio muy hondo.

—¿Un sitio muy hondo? —repitió Parra.

—Se castigaba —Irene levantó la vista—. Por dentro, quiero decir.

Nunca montaba un drama. Nunca lloraba delante de nadie.

Se pedía perdón a sí misma en silencio y seguía.

Un día me pidió perdón a mí porque se le había olvidado preguntarme por un análisis que me habían hecho.

Un análisis rutinario, ¿eh? Nada. Me pidió perdón tres veces.

Tres. Yo le dije: Claudia, por Dios, que tienes un bebé de meses, bastante haces con acordarte de tu nombre.

Y ella se rio, pero se le quedó esa cosa en la cara. Esa cosa de apuntárselo a la lista.

—¿Qué lista? —preguntó Harper.

Irene parpadeó, como sorprendida de su propia expresión.

—No, es una forma de hablar. La lista de cosas en las que creía estar fallando —Se detuvo un instante—.

Aunque, ahora que lo dice… apuntar, apuntaba todo.

Eso sí es literal. Tenía el móvil lleno de notas.

Se lo veía hacer constantemente: la hora de la toma, la hora de la siesta, si había comprado esto, si había llamado a tal sitio, dónde había aparcado.

Todo. Yo al principio pensaba que era cosa de madre primeriza, que todas lo hacen.

Pero lo de Claudia en los últimos meses era…

no sé cómo explicarlo sin que suene mal.

—Inténtelo —dijo Parra.

—Era como si no se fiara de sí misma —Irene lo dijo despacio, eligiendo cada palabra con un cuidado casi doloroso—.

Como si necesitara demostrarse que las cosas habían pasado.

Que las había hecho. Un día me enseñó una nota para preguntarme si me acordaba yo de una conversación que según ella habíamos tenido, porque ya no sabía si la había soñado.

Y sí, la habíamos tenido, claro. Pero me quedé con eso. Con que necesitara comprobarlo.

Harper anotó algo breve. No porque lo necesitara. Porque anotar daba a la gente la medida de lo que importaba y a veces convenía administrar esa medida.

—¿Sabía usted que estaba en terapia? —preguntó Parra—. ¿Seguimiento médico, algo?

—Sé que fue al médico de cabecera un par de veces.

Por el cansancio, por el sueño. Me lo contó ella.

No sé qué le dijeron, no soy quién para preguntar esas cosas —Hizo una pausa—.

Yo le insistía en que pidiera ayuda de verdad, ¿saben?

Un profesional. Alguien. Se lo dije muchas veces.

Hasta que finalmente me hizo caso, pero igual no le estaba sirviendo de mucho —Bajó la voz—.

Esa es otra de las cosas que no me dejan dormir.

Que a lo mejor tenía que haber insistido más.

Haberla acompañado a las terapias. No sé.

—Eso no era responsabilidad suya —dijo Parra.

—Eso dice todo el mundo. —Irene sonrió sin alegría—. Es lo que se le dice a la gente para que pueda seguir viviendo.

El despacho quedó en silencio unos segundos.

Fuera, el calor de julio aplastaba la calle contra el suelo y el rumor del tráfico llegaba amortiguado por los cristales.

Dentro, la máquina del aire mantenía esa temperatura neutra de los edificios oficiales donde las estaciones son un rumor administrativo.

—¿Le habló alguna vez de hacerse daño? ¿O de… quitarse la vi da? —preguntó Harper.