Capítulo Nueve #3
El informe médico convivía sin esfuerzo con el resto de la investigación. Encajaba con las declaraciones. Con las amigas. Con la madre. Con la suegra. Con los vecinos. Con la escena. Con la autopsia. Con todo .
Harper apoyó lentamente ambas manos sobre la carpeta.
Había aprendido hacía mucho tiempo que las investigaciones no siempre fracasan por falta de información.
A veces fracasan por exceso de coherencia.
Cuando cada pieza encuentra su sitio con demasiada facilidad, el cerebro deja de buscar alternativas.
Porque la explicación más sencilla resulta extraordinariamente seductora. Y aquella lo era. Demasiado.
Levantó la vista hacia Parra.
—Es un buen informe.
—Sí.
—Está bien fundamentado.
—También.
Harper hizo una breve pausa antes de añadir, casi para sí mismo:
—Y eso es exactamente lo que me preocupa.
Parra no respondió. Ya no intentaba convencerlo de que aceptara la conclusión.
Conocía demasiado bien a Aeris Harper. Sabía que no desconfiaba del médico.
Ni del forense. Ni de los investigadores.
Desconfiaba de algo mucho más difícil de combatir.
De las historias que parecen cerrarse solas.
Y la de Claudia Serrano empezaba a hacerlo con una elegancia inquietante.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Las carpetas permanecían abiertas sobre la mesa, formando un mosaico de declaraciones, informes médicos, diligencias policiales y fotografías que, vistas en conjunto, parecían contar exactamente la misma historia desde ángulos diferentes.
Parra dejó escapar el aire despacio. Llevaba demasiado tiempo trabajando con Harper para saber cuándo insistir y cuándo limitarse a esperar. Al final optó por lo segundo.
—¿Sigues igual?
Harper no respondió inmediatamente. Volvió a recorrer con la mirada los documentos.
La declaración de la madre. La de la suegra.
Las amigas. El informe del médico. La autopsia.
Las fotografías. Todo estaba allí. Todo hablaba el mismo idioma.
Cuando por fin habló, lo hizo sin apartar la vista de la mesa.
—Peor.
Parra frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Harper apoyó una mano sobre el borde de la carpeta principal. Sus dedos descansaron unos segundos sobre la fotografía de Claudia junto a las vías. Después levantó lentamente la vista.
—Porque ya no tengo una escena.
Hizo una pausa. Muy breve .
—Tengo una historia.
Parra siguió mirándolo sin comprender del todo. Harper continuó.
—Las escenas son agradecidas. Mienten poco. Tienen límites. Puedes medirlas, fotografiarlas, analizarlas. Los hechos siempre terminan imponiendo cierta disciplina.
Deslizó la mirada hacia el resto de los informes.
—Las historias funcionan de otra manera.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
—Cuando una historia está bien contada, empieza a ordenar los hechos en lugar de dejar que los hechos construyan la historia.
Parra permanecía inmóvil. Escuchando.
—Y las historias bien contadas son mucho más difíciles de discutir que los hechos.
Ninguno dijo nada más. Fuera, el juzgado seguía despertando. Dentro del despacho, Claudia Serrano acababa de convertirse en algo mucho más peligroso que un cadáver. En un relato que empezaba a convencer incluso a quienes todavía dudaban de él.
El silencio permanecía todavía suspendido entre ambos cuando el teléfono móvil de Parra vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó apenas unos segundos. Parra la miró. Frunció ligeramente el ceño. Y contestó.
—Parra.
Escuchó sin interrumpir. Durante casi un minuto no dijo absolutamente nada. Solo asentía de vez en cuando mientras sus ojos se perdían en un punto indeterminado del despacho. Finalmente respondió con la misma serenidad con la que había atendido la llamada.
—De acuerdo.
Una breve pausa.
—Sí. No se preocupe —continuó—, ahora nos ponemos en contacto con usted.
Colgó. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Harper seguía observándolo. Esperando.
—Ha llamado Irene Salvatierra.
Harper levantó lentamente la vista. Parra apoyó los antebrazos sobre el escritorio. No parecía especialmente alterado. Más bien intrigado.
—Dice que esta noche no ha dejado de darle vueltas a una conversación que tuvo con Claudia unas semanas antes de morir.
El despacho volvió a quedarse en silencio. Fuera, alguien pasó junto a la puerta hablando por teléfono. Un funcionario llamó a otra oficina desde el pasillo. La mañana seguía avanzando con absoluta normalidad.
—¿Y ?
Parra sostuvo la mirada de Harper.
—Dice que entonces no le dio importancia.
Hizo una pausa breve.
—Pero ahora cree que deberíamos escucharla.
Harper no respondió. Simplemente volvió la vista hacia la carpeta abierta sobre la mesa. La historia seguía pareciendo completa. Perfectamente ordenada. Y, sin embargo, acababa de aparecer una persona que creía haber recordado algo.
No una prueba. No una contradicción. Solo un recuerdo.
A veces era suficiente para cambiar una investigación. A veces no cambiaba absolutamente nada.
Había una única forma de averiguarlo.
Escuchándola.