Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

La madre que no pudo

Despacho de Aeris Harper.

A las ocho y media de la mañana el edificio todavía no había alcanzado el nivel de ruido habitual.

Los pasillos comenzaban a poblarse lentamente de funcionarios que caminaban con carpetas bajo el brazo y vasos de café en la mano, mientras las primeras conversaciones del día se mezclaban con el sonido metálico de los ascensores, el zumbido lejano de una fotocopiadora y el inconfundible traqueteo de los carros cargados de expedientes.

Los juzgados siempre tenían la extraña capacidad de despertar poco a poco, como si incluso la burocracia necesitara desperezarse antes de empezar a devorar horas.

El despacho de Aeris Harper permanecía en silencio.

Sobre la mesa principal se acumulaban varias carpetas abiertas, un portátil, dos códigos cuidadosamente alineados y una taza de café que ya empezaba a perder temperatura.

Junto a uno de los archivadores, casi escondido entre un pequeño montón de resoluciones pendientes de firma, descansaba un marco de madera oscura que cualquiera habría pasado por alto de no fijarse con atención.

La fotografía no tenía nada de especial.

Nya aparecía de perfil, sentada en el patio de la bodega con un libro abierto sobre las piernas.

No miraba a la cámara. Ni siquiera parecía saber que alguien la estaba fotografiando.

Una ligera brisa le apartaba parte del cabello del rostro mientras el sol de última hora de la tarde iluminaba las pecas de su mejilla con una suavidad que ninguna fotografía preparada habría conseguido reproducir.

No sonreía. Tampoco estaba seria. Simplemente existía.

Harper nunca le había enseñado aquella fotografía. Ni le había dicho que la conservaba allí. No hacía falta.

Volvió la vista hacia la carpeta abierta frente a él.

Durante la última semana el caso de Claudia Serrano había seguido exactamente el camino que cualquier investigación semejante debía recorrer.

Habían llegado oficios. Declaraciones. Informes médicos.

Diligencias policiales. Llamadas. Actas de comparecencia.

Documentación remitida por el centro de salud.

Notas de seguimiento. Entrevistas con familiares, vecinos y compañeros de trabajo.

Cada nuevo documento añadía una pieza más a un puzle que, lejos de complicarse, parecía empeñado en simplificarse.

Parra le había ido dejando copias de todo.

Nunca de manera oficial. Nunca formando parte de ningún encargo procesal.

Simplemente aparecían sobre su mesa al comienzo de la jornada o al terminarla, como si ambos hubieran asumido sin necesidad de hablarlo que Harper iba a seguir pensando en Claudia Serrano hasta el final del procedimiento.

La investigación policial todavía no había concluido.

Faltaban algunas diligencias menores. Alguna ampliación de declaraciones.

Poco más. Pero los dos sabían perfectamente cuál iba a ser el desenlace.

En cuanto el atestado llegara a Fiscalía, Fidel solicitaría el sobreseimiento provisional por ausencia de indicios de criminalidad.

Y, siendo honestos, tendría motivos para hacerlo.

Harper pasó otra página. La madre hablaba de agotamiento.

La suegra describía noches interminables sin dormir.

El médico de atención primaria recogía un cuadro compatible con depresión posparto leve, sin ideación autolítica, sin criterios de ingreso, con seguimiento ambulatorio y recomendaciones habituales.

Las amigas repetían casi las mismas palabras.

Cansancio. Culpa. Ansiedad. Llantos ocasionales.

Miedo a no estar siendo una buena madre.

Los vecinos recordaban haberla visto cada vez más apagada durante los últimos meses.

Nadie hablaba de violencia. Nadie hablaba de amenazas.

Nadie hablaba de conflictos graves. Todo componía un relato perfectamente coherente.

Tan coherente que empezaba a incomodarlo.

Harper dejó el informe sobre la mesa y entrelazó las manos frente a la boca.

No era la primera vez que una investigación terminaba apuntando hacia el suicidio.

Tampoco sería la última. Había firmado demasiados levantamientos de cadáver como para convertir cada intuición en una cruzada personal.

No funcionaba así. Nunca había funcionado.

Las corazonadas carecen de valor jurídico.

No existen en la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

No aparecen en las resoluciones. No sostienen una medida cautelar. No justifican una imputación.

Pero también había aprendido algo durante los años suficientes para desconfiar de las certezas demasiado cómodas.

Los hechos son tercos. Los relatos, en cambio, tienen una extraordinaria facilidad para organizar los hechos hasta hacerlos parecer inevitables.

Y el de Claudia Serrano empezaba a convertirse exactamente en eso.

En un relato. Uno impecablemente construido.

Uno que convencía a todo el mundo. Incluso a él .

Cerró la carpeta despacio. Después levantó la vista hacia la ventana.

El sol comenzaba a colarse entre los edificios del otro lado de la calle, inundando parcialmente el despacho con una luz blanca y limpia que contrastaba con el peso de los documentos extendidos sobre la mesa.

Durante un instante desvió la mirada hacia el pequeño marco de madera.

Apenas un segundo. El tiempo suficiente para recordar que existían lugares donde las preguntas podían esperar unas horas.

Después volvió al expediente de Claudia Serrano.

Porque aquella seguía sin hacerlo.

Parra llamó dos veces con los nudillos antes de abrir la puerta.

No esperaba respuesta. Nunca la esperaba.

Después de tantos años compartiendo investigaciones había terminado aprendiendo cuáles eran los silencios de Harper y cuáles merecía la pena interrumpir.

Aquél pertenecía a la segunda categoría.

Entró con otra carpeta bajo el brazo. Más delgada que las anteriores. Pero lo suficientemente gruesa como para anunciar que la semana todavía no había terminado para Claudia Serrano.

—Buenos días.

Harper levantó apenas la vista.

—Has madrugado.

—Tú también.

—Yo tengo despacho.

—Y yo tengo escaleras. No te quejes.

Dejó la carpeta sobre la mesa. No se sentó inmediatamente. Primero se acercó a la cafetera que Harper mantenía en una esquina del despacho desde hacía años. Sirvió dos cafés sin preguntar. Uno quedó junto a Harper. El otro se lo llevó consigo antes de ocupar la silla situada frente al escritorio.

Ninguno habló durante unos segundos. No era un silencio incómodo. Era el tiempo que ambos necesitaban para colocarse mentalmente dentro del caso.

Parra abrió la carpeta.

—He terminado prácticamente todas las declaraciones.

Harper no respondió. Esperó. Sabía que Parra tenía una forma muy concreta de ordenar las investigaciones. Nunca empezaba por las conclusiones. Primero dejaba que las piezas respiraran por sí solas.

—La madre dice que llevaba meses agotada.

Pasó una hoja.

—La suegra habla de noches enteras sin dormir.

Otra.

—Los vecinos recuerdan que últimamente salía mucho menos de casa .

Otra más.

—Las compañeras de trabajo coinciden en que estaba más apagada.

Harper permanecía inmóvil. Los ojos fijos en los documentos. Las manos cruzadas delante de la boca. Parra continuó.

—El médico de cabecera mantiene el mismo criterio. Depresión posparto leve. Sin riesgo suicida objetivable. Sin necesidad de tratamiento farmacológico. Seguimiento habitual.

Volvió a pasar una página.

—Y las amigas…

Se detuvo un instante.

—Las amigas utilizan palabras casi idénticas.

Leyó directamente de varias declaraciones.

—«Últimamente estaba muy cansada».

Otra.

—«No descansaba nunca».

Otra.

—«Sentía que no llegaba a todo».

Otra.

—«Lloraba por cualquier cosa».

Otra más.

—«Decía que no estaba siendo una buena madre».

La carpeta volvió a cerrarse lentamente. El despacho quedó en silencio. No era un silencio vacío. Era el tipo de silencio que aparece cuando las palabras empiezan a formar un dibujo reconocible.

Harper tomó una de las declaraciones. Después otra.

No estaba buscando contradicciones. Buscaba repeticiones.

Y las encontró enseguida. No exactamente en los hechos.

En el lenguaje. Cansada. Agotada. Superada.

Lloraba. No dormía. Se culpaba. Las mismas palabras.

Una y otra vez. Como si personas que apenas se conocían hubieran terminado describiendo exactamente a la misma mujer.

Aquello tenía sentido. Las personas cercanas suelen coincidir cuando hablan de alguien.

Era lógico. Era incluso tranquilizador. Y, sin embargo, Harper sintió de nuevo aquella incomodidad que llevaba acompañándolo desde las vías.

No porque las declaraciones fueran falsas.

No había nada que indicara eso. Al contrario.

Todas parecían sinceras. Precisamente ese era el problema.

Cada nueva declaración reforzaba la anterior.

Cada recuerdo encontraba apoyo en otro recuerdo.

Cada testimonio consolidaba el siguiente.

Sin que nadie pareciera proponérselo, todos estaban construyendo la misma historia.

Una mujer joven. Una madre reciente. Agotada.

Consumida por la falta de sueño. Sobrepasada por una maternidad que amaba y que, al mismo tiempo, parecía exigirle más de lo que podía dar.

Una historia perfectamente posible. Perfectamente humana. Perfectamente creíble.

Harper cerró la última declaración. No dijo nada.

Parra tampoco esperaba que lo hiciera. Llevaba demasiado tiempo trabajando con él para saber que, cuando Harper permanecía callado de aquella manera, no era porque estuviera buscando una respuesta.

Era porque todavía estaba intentando formular la pregunta correcta.