Capítulo Ocho
Los que quedan
Comisaría de la Policía Nacional
Jerez de la Frontera
Dos días podían parecer poco tiempo cuando se medían en calendarios. Dos días podían parecer una eternidad cuando se medían en horas sin dormir. Álvaro Ortiz tenía el aspecto de alguien que había descubierto esa diferencia por las malas.
La camisa que llevaba estaba limpia, pero arrugada.
La barba había empezado a crecer sin orden.
Las ojeras parecían más profundas que durante la comunicación del fallecimiento y había algo extraño en su forma de sentarse, como si todavía no hubiera conseguido acostumbrarse al peso de su propio cuerpo.
No parecía una persona rota. Las personas rotas dejan de funcionar.
Álvaro seguía funcionando. Y precisamente ese era el problema.
Funcionaba porque tenía una hija de pocos meses.
Porque había documentos que firmar. Porque había llamadas que hacer.
Porque había familiares a los que atender.
Porque había un entierro que organizar. Funcionaba porque alguien tenía que hacerlo.
Parra ocupaba la silla situada frente a él. Sergio tomaba notas. Harper permanecía ligeramente apartado, observando. Escuchando. Como hacía casi siempre.
La sala de entrevistas estaba en silencio salvo por el ruido lejano de la actividad habitual de la comisaría filtrándose a través de las paredes. Teléfonos. Puertas. Conversaciones apagadas. La vida administrativa continuando mientras una familia intentaba comprender una tragedia.
—Háblame de Claudia —dijo Parra.
No de la muerte. De Claudia.
Álvaro tardó unos segundos en responder. No porque no supiera qué decir. Porque probablemente no sabía por dónde empezar.
—Era maestra .
La respuesta salió acompañada de una pequeña sonrisa cansada. La primera desde que había entrado.
—Bueno… todavía no. Terminó Magisterio, pero luego empezó a trabajar en otras cosas. Siempre decía que acabaría presentándose a las oposiciones algún día.
Parra asintió.
—¿Cómo os conocisteis?
Aquella sonrisa regresó brevemente. Más auténtica esta vez.
—En la biblioteca.
Sergio levantó la vista del cuaderno.
—¿En serio?
—Sí.
Álvaro se pasó una mano por la cara.
—Ella estudiaba Magisterio. Yo estaba preparando las oposiciones para bombero. Coincidíamos casi todos los días. Durante meses. Creo que tardamos medio año en hablarnos.
—¿Medio año?
—Era muy tímida.
—¿Y tú?
—Yo también.
Por primera vez desde que comenzó la entrevista, los tres policías sonrieron. Álvaro también. Solo un instante. Lo suficiente.
—Un día me pidió un subrayador.
—¿Y funcionó?
—Llevamos doce años juntos.
El silencio posterior resultó extrañamente amable. Porque durante unos segundos Claudia dejó de ser un informe. Volvió a convertirse en una persona.
Parra continuó avanzando despacio. Preguntó por el embarazo. Por el nacimiento de la niña. Por los últimos meses. Álvaro respondió a todo. Con honestidad. Sin intentar construir una imagen perfecta.
—Lo pasó mal después del parto.
Harper levantó ligeramente la vista. Aquella era la primera afirmación relevante de la mañana.
—¿En qué sentido? —preguntó Parra.
—Estaba agotada. Muy agotada. La niña dormía fatal. Apenas descansábamos ninguno de los dos. Había días buenos y días malos.
—¿Llegó a recibir tratamiento?
—No.
—¿Psicólogo?
—No.
Álvaro negó con la cabeza.
—Habló con su médico de cabecera. Le dijeron que era relativamente normal. Que muchas madres pasan por algo parecido durante los primeros meses.
—¿Y tú cómo la veías?
La pregunta quedó suspendida unos segundos. Álvaro bajó la mirada.
—Cansada.
La respuesta llegó en voz baja.
—Muy cansada.
Se quedó pensando. Buscando las palabras adecuadas.
—A veces lloraba sin motivo aparente. O eso decía ella. Otras veces se enfadaba consigo misma porque pensaba que no estaba siendo una buena madre. Pero luego se le pasaba. Había días malos. Como los tiene todo el mundo.
Harper observó cómo pronunciaba aquella última frase. No parecía estar ocultando nada. No parecía minimizar. Simplemente estaba intentando ser justo.
—¿Habló alguna vez de hacerse daño?
—Nunca.
La respuesta fue inmediata. Instintiva.
—¿De suicidarse?
—Nunca.
El silencio regresó a la sala. Sergio continuó escribiendo. Parra observó unos segundos sus notas. Y Harper permaneció inmóvil.
Porque aquello era precisamente lo incómodo.
Todo seguía encajando. La depresión posparto estaba ahí.
El agotamiento estaba ahí. La presión emocional estaba ahí.
Incluso la posibilidad del suicidio seguía siendo razonable.
Pero la imagen que empezaba a formarse de Claudia Serrano no era la de una mujer consumida por la desesperación.
Era la de una mujer cansada. Agotada. Sobrepasada algunos días.
Como tantas otras. Una vida normal. Una familia normal.
Una historia normal. Y, por primera vez desde que comenzó la investigación, Harper tuvo la sensación de que aquello no aclaraba las cosas. Las complicaba.
La entrevista se detuvo durante unos minutos.
No porque hubiera terminado. Simplemente porque Álvaro necesitaba salir de aquella habitación.
Llevaba más de una hora hablando de Claudia.
De su vida. De sus costumbres. De sus manías.
Y había un límite para la cantidad de recuerdos que una persona puede sostener antes de necesitar respirar.
—¿Te traigo agua? —preguntó Sergio.
Álvaro asintió.
—Sí. Gracias.
Se puso en pie lentamente y abandonó la sala. La puerta se cerró detrás de él. Durante unos segundos nadie habló. Parra revisó algunas notas. Sergio consultó el móvil. Y Harper dejó que la mirada se perdiera al otro lado del cristal que daba a la sala de espera.
Fue entonces cuando la vio.
No entró. No apareció. No ocurrió nada especialmente memorable. Simplemente estaba allí. Sentada en una de las sillas de plástico situadas junto a la pared. Con la hija de Claudia en brazos.
La niña no lloraba. Tampoco dormía. Estaba entretenida sujetando uno de los dedos de la mujer con la concentración absoluta que solo poseen los bebés cuando descubren algo nuevo.
Harper observó la escena durante unos segundos.
La mujer hablaba con ella en voz baja. Sonriendo.
No como alguien que intenta resultar cariñoso. Como alguien que simplemente lo era.
Había algo extraordinariamente natural en la forma en que sostenía a la pequeña. En cómo la acomodaba cuando se movía. En cómo apartaba con cuidado una manta que empezaba a resbalar. La clase de gestos que suelen pasar desapercibidos. Precisamente porque son sinceros.
—¿Quién es? —preguntó Harper.
Parra levantó la vista. Miró hacia el cristal. Y entendió inmediatamente a quién se refería.
—Irene Salvatierra.
Sergio sonrió.
—Un santo con paciencia infinita.
—Eso mismo dijo la madre de Claudia —añadió Parra.
Harper volvió a mirar hacia fuera. Irene acababa de hacer reír a la niña por algún motivo que no alcanzó a escuchar.
La pequeña agitó los brazos. Ella respondió con otra sonrisa.
Y durante un instante resultó difícil asociar aquella escena con cualquier cosa relacionada con una investigación.
Parecía una fotografía familiar. Una de esas imágenes corrientes que nadie conserva porque asume que habrá miles más.
La puerta volvió a abrirse. Álvaro regresó. Llevaba una botella de agua en una mano. Y durante un segundo siguió la dirección de la mirada de Harper.
—Ah.
La sonrisa cansada apareció de nuevo.
—Irene.
Harper se volvió hacia él.
—¿Es familia?
Álvaro negó con la cabeza.
—No. La conozco desde primero de carrera.
Se sentó de nuevo.
—A Claudia también. Los tres estudiábamos en la misma facultad.
La sonrisa se volvió algo más cálida. Más nostálgica.
—De hecho, ella fue quien nos presentó.
—¿Sí? —preguntó Sergio.
—Sí.
Álvaro bajó la vista hacia la botella.
—Lleva doce años solucionándonos la vida.
Aquello provocó varias sonrisas. Porque sonaba exactamente a la clase de frase que se dice sobre una persona imprescindible.
—Es la madrina de Vega —continuó—. Cuando nació prácticamente se mudó a nuestra casa durante un mes.
—¿Y ahora? —preguntó Parra.
Álvaro miró de nuevo hacia la sala de espera. Irene seguía entreteniendo a la niña.
—Ahora sigue haciendo lo mismo.
Nadie respondió. No hacía falta. La escena hablaba sola.
Durante los siguientes minutos la conversación volvió a centrarse en Claudia, pero Harper se sorprendió observando varias veces el cristal de la sala de espera.
Siempre encontraba la misma imagen. Irene con la niña.
La niña tranquila. La sensación de que alguien estaba sosteniendo a aquella familia mientras el resto intentaba mantenerse en pie.
Y si alguien le hubiera preguntado en aquel momento qué impresión le producía Irene Salvatierra, probablemente habría respondido lo mismo que cualquier otra persona presente en aquella comisaría.
Que parecía buena gente. Porque era exactamente eso lo que transmitía.
Y no había una sola razón para pensar lo contrario.
La entrevista terminó poco después. No porque se hubieran agotado las preguntas. Porque habían llegado a ese punto en el que seguir interrogando a alguien deja de aportar información y empieza a parecer una forma especialmente burocrática de crueldad.
Parra cerró la carpeta. Sergio guardó las notas. Álvaro permaneció sentado unos segundos más, observando la mesa vacía como si hubiera olvidado qué se suponía que debía hacer a continuación.
Aquello llamó la atención de Harper. No el dolor.
El dolor era evidente. Lo llamativo era otra cosa.
La desorientación. La forma en que las tragedias consiguen convertir las tareas más simples en problemas complejos.
Levantarse. Salir de una habitación. Responder una llamada.
Recordar una cita. Comer. Dormir. Seguir existiendo.
Álvaro acabó poniéndose en pie. Y cuando abrió la puerta, la primera persona que apareció al otro lado fue Irene.
No estaba sentada. Estaba haciendo cosas.
Harper tardó unos segundos en darse cuenta de que llevaba observándola durante toda la mañana sin verla realmente. Porque algunas personas poseen una habilidad extraña para pasar desapercibidas precisamente cuando más útiles resultan.
Irene sostenía a la niña con un brazo mientras sujetaba una carpeta con el otro. Hablaba con alguien por teléfono. Tenía una botella de agua bajo el brazo. Un bolso colgado del hombro. Y aun así parecía desenvolverse con una naturalidad insultante.
—Sí, a las cinco —la escuchó decir—. No te preocupes, yo me encargo.
Colgó. Miró a Álvaro. Le entregó la botella de agua.
Le preguntó si estaba bien. Le recordó una cita relacionada con el entierro.
Le comentó algo sobre una documentación pendiente.
Todo en menos de treinta segundos. Sin dramatismo.
Sin buscar reconocimiento. Sin convertirlo en una actuación. Simplemente ayudando.
Harper observó cómo Álvaro asentía varias veces sin necesidad de pensar demasiado.
Como si una parte de él hubiera delegado temporalmente la tarea de funcionar.
Y quizá fuera exactamente eso lo que estaba ocurriendo.
Porque las tragedias siempre generan una figura parecida.
Alguien que, de forma voluntaria o involuntaria, termina sosteniendo el peso que los demás ya no pueden cargar.
La familia de Claudia estaba rota. Álvaro estaba roto.
La madre de Claudia estaba rota. Incluso aquella niña acabaría creciendo alrededor de una ausencia imposible de explicar completamente.
Y mientras tanto Irene seguía moviéndose de un lado a otro organizando llamadas, recordando horarios, localizando documentos, respondiendo preguntas y evitando que todo terminara desmoronándose un poco más.
Sin pedir nada. Sin esperar nada. Simplemente haciéndolo. Porque alguien tenía que hacerlo.
Harper salió finalmente de la sala. El pasillo olía a café recién hecho y a producto de limpieza.
Varias voces resonaban a lo lejos. Una impresora trabajaba en algún despacho cercano.
La vida cotidiana de la comisaría continuaba desarrollándose con absoluta normalidad alrededor de aquella pequeña tragedia privada.
Parra se despidió de Álvaro. Sergio hizo lo mismo. Irene agradeció la atención de ambos con una amabilidad tranquila que parecía completamente sincera .
Y entonces ocurrió algo extraordinariamente sencillo.
La niña se quedó dormida.
No fue repentino. Simplemente dejó de moverse.
Apoyó la cabeza sobre el hombro de Irene.
Y cerró los ojos. Irene acomodó una mano sobre su espalda sin interrumpir la conversación que mantenía con Álvaro.
Un gesto automático. Instintivo. Protector.
La clase de gesto que solo aparece cuando alguien ha repetido la misma acción muchas veces.
Harper observó la escena durante unos segundos.
Después los vio alejarse por el pasillo.
Álvaro caminando a un lado. Irene al otro.
La pequeña dormida sobre su hombro. Segura.
Ajena todavía a todo lo que había ocurrido durante aquellos últimos días.
La luz blanca de los fluorescentes acompañó sus pasos hasta la salida.
Y mientras los observaba desaparecer tras una esquina, Harper descubrió que se llevaba dos cosas de aquella entrevista.
La primera seguía siendo Claudia Serrano. La sensación persistente de que algo no terminaba de encajar del todo. No una prueba. No una teoría. Ni siquiera una sospecha. Solo una incomodidad. Una pregunta que todavía no sabía formular correctamente.
La segunda era Irene Salvatierra. No como misterio. No como interés. No como posible sospechosa. Simplemente como alguien que parecía extraordinariamente buena.
Y quizá por eso, mientras regresaba lentamente hacia su despacho, pensó algo tan sencillo que ni siquiera llegó a verbalizarlo.
Al menos alguien estaba sosteniendo a aquella familia.