Capítulo Siete
Todo y nada
Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Cádiz.
Servicio de Patología Forense.
Cádiz
A las nueve y cuarenta y cinco de la mañana Cádiz ya había decidido que aquel iba a ser un día caluroso.
No era todavía el calor brutal de las primeras horas de la tarde, pero sí esa fase previa en la que el aire empieza a perder cualquier intención de resultar agradable.
El asfalto del aparcamiento devolvía reflejos blancos bajo el sol de julio y los edificios administrativos parecían irradiar una claridad cansina que obligaba a entornar los ojos incluso a quienes llevaban años entrando y saliendo de ellos.
Funcionarios con carpetas bajo el brazo atravesaban la explanada en todas direcciones.
Un celador fumaba junto a una zona sombreada.
Dos vehículos policiales ocupaban varias plazas cercanas a la entrada principal. Nada llamaba especialmente la atención.
Como ocurría casi siempre alrededor de la muerte.
Harper apagó el motor del Kona y permaneció unos segundos sentado en el asiento antes de salir. La mayoría de la gente imaginaba los institutos anatómicos forenses como lugares sombríos. Fríos. Inquietantes. Casi teatrales. La realidad era mucho más decepcionante. Y mucho más burocrática.
La muerte, una vez atravesada la tragedia inicial, acababa convertida en formularios, informes, firmas, sellos, protocolos y expedientes administrativos que circulaban entre despachos con la misma normalidad que cualquier otro documento público.
Los cadáveres llegaban. Los forenses trabajaban.
Los funcionarios tramitaban. Los jueces firmaban.
Y el sistema seguía avanzando. Era eficiente.
Incluso necesario. Pero también tenía algo profundamente extraño.
Porque las personas desaparecían muy deprisa.
Los nombres se convertían en números. Las vidas en procedimientos. Y las preguntas en carpetas archivadas.
Harper cerró la puerta del coche y comenzó a caminar hacia la entrada.
El aire acondicionado del interior desapareció inmediatamente.
El calor le golpeó la cara acompañado por el olor lejano del alquitrán caliente.
Frente a él, las puertas automáticas del edificio se abrían y cerraban constantemente al paso de trabajadores, policías, abogados y personal sanitario. Una rutina perfectamente normal.
Dos días. Solo habían pasado dos días desde el hallazgo de Claudia Serrano junto a las vías. Y sin embargo ya empezaba a percibir cómo la investigación se desplazaba lentamente hacia una conclusión cómoda.
Suicidio.
Era una palabra sencilla. Ordenada. Tranquilizadora. Explicaba la escena. La autopsia preliminar. La ausencia de violencia. La ausencia de terceros. Prácticamente todo.
Y ese era precisamente el problema.
Todo.
Harper atravesó las puertas automáticas.
El cambio de temperatura fue inmediato. También el olor.
Desinfectante. Papel. Aire acondicionado.
Café mediocre. La mezcla habitual de cualquier edificio público donde las personas pasan más tiempo trabajando que viviendo.
Los fluorescentes iluminaban los pasillos con una luz uniforme y sin personalidad.
Varias conversaciones se desarrollaban a media voz junto a una ventanilla administrativa.
Un funcionario arrastraba un carro cargado de archivadores.
Al fondo, alguien discutía por teléfono sobre un informe pericial.
La normalidad absoluta. La muerte convertida en jornada laboral.
Harper avanzó por el pasillo principal. No estaba pensando en el cadáver.
Ni siquiera en la autopsia. Pensaba en las fotografías.
En la posición del cuerpo. En la sensación incómoda que seguía sin desaparecer.
No había encontrado una sola prueba que contradijera la hipótesis del suicidio.
Ni una. Y quizá por eso seguía allí. Porque una parte de él empezaba a sospechar que, si existía algo, no iba a encontrarlo buscando pruebas.
Tendría que encontrarlo buscando otra cosa. Algo que todavía no sabía nombrar.
Giró la esquina final del pasillo. Y entonces vio a Parra.
El inspector estaba apoyado junto a una máquina de café con un vaso de plástico en la mano y una expresión que sugería que el contenido no estaba cumpliendo las expectativas mínimas exigibles a una bebida.
—Por tu cara, deduzco que sigue intentando matarte.
Parra levantó el vaso.
—Esto no es café .
—Lo llevo diciendo años.
—Esto es una agresión química.
Harper observó el líquido oscuro durante un segundo.
—He visto diligencias penales por menos.
Parra sonrió. Y señaló hacia una puerta situada unos metros más allá.
—Pedro nos espera. Y ya sabes cómo es.
Harper asintió. Al otro lado de aquella puerta estaba el informe. Dos días de trabajo. Horas de laboratorio. Autopsia. Toxicología. Fotografías. Análisis. Todo.
Y, probablemente, nada.
Porque algo le decía que iba a salir de allí exactamente igual que había entrado. Con más respuestas. Y con la misma pregunta.
Pedro los recibió exactamente igual que llevaba recibiéndolos los últimos diez años: con un café en una mano, una carpeta en la otra y el aspecto de alguien que dormía menos horas de las recomendables por motivos estrictamente profesionales.
—Buenos días, criaturas.
—No nos llames criaturas —respondió Parra.
—Entonces dejad de comportaros como tales.
Pedro les hizo un gesto para que entraran.
El despacho era funcional hasta la ofensa.
Un escritorio, varias estanterías llenas de informes, un ordenador, dos archivadores metálicos y una ventana que permitía contemplar una cantidad sorprendentemente deprimente de aparcamiento para tratarse de Cádiz.
Harper tomó asiento. Parra ocupó la silla de al lado.
Pedro dejó la carpeta sobre la mesa y se acomodó detrás del escritorio.
No había tensión. Ni solemnidad. Ni necesidad de teatralizar nada.
Llevaban demasiados años trabajando juntos.
Habían compartido suficientes madrugadas, suficientes cadáveres y cafés malos como para necesitar formalidades.
—Bueno —dijo Pedro abriendo el expediente—. Vamos a decepcionarte.
—Eso suena prometedor.
—Lo es para mí. Menos trabajo.
Parra apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Dispara.
Pedro consultó varias páginas. Después empezó. Sin dramatismo. Sin construir suspense donde no lo había. Simplemente exponiendo hechos.
—Muerte compatible con suicidio.
La frase cayó sobre la mesa con la misma naturalidad que cualquier otra observación clínica. Pedro continuó.
—Ausencia de lesiones defensivas. Ausencia de signos de lucha. Ausencia de indicios de inmovilización. Ausencia de participación de terceros apreciable en la exploración externa o interna.
Pasó una página.
—Toxicología preliminar negativa. Nada relevante. Ni alcohol en cantidades significativas. Ni benzodiacepinas. Ni sustancias recreativas. Ni medicación incompatible con el contexto.
Otra página.
—Cronología compatible con la reconstrucción inicial. Intervalo post mortem coherente con el hallazgo. Nada especialmente llamativo.
Silencio.
Pedro cerró parcialmente la carpeta.
—Y antes de que lo preguntes, tampoco he encontrado ninguna lesión antigua que sugiera violencia doméstica reciente.
Parra asintió despacio. Todo era razonable.
Todo era coherente. Todo encajaba. Otra vez.
Harper observó la carpeta durante unos segundos.
Después levantó la vista. Pedro ya lo estaba mirando.
Y aquello no le sorprendió. Los forenses desarrollan una capacidad especial para leer expresiones.
Pasan demasiadas horas observando cuerpos como para no terminar observando también personas.
—No te gusta.
Harper apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.
—No.
Pedro bebió café.
—¿Por qué?
Harper tardó unos segundos en responder. No porque estuviera escogiendo las palabras. Porque la respuesta era frustrantemente sencilla.
—Todavía no lo sé.
El silencio que siguió fue breve. Pero auténtico. Porque ninguno de los tres necesitaba fingir que aquello era una teoría. No lo era. Tampoco era una prueba. Ni una intuición especialmente brillante. Era exactamente lo que Harper había dicho.
No lo sabía.
Pedro apoyó el vaso sobre la mesa. Parra cruzó los brazos.
Y durante unos segundos los tres permanecieron observando la carpeta abierta.
La muerte de Claudia Serrano estaba perfectamente explicada.
Autopsia. Cronología. Toxicología. Exploración.
Todo cuadraba. Todo encontraba su lugar.
Todo permitía cerrar el expediente con una tranquilidad casi ofensiva.
Y quizá por eso Harper seguía incómodo. Porque la experiencia le había enseñado algo que rara vez aparecía en los manuales. Las mentiras suelen dejar grietas. Los errores dejan grietas. Las prisas dejan grietas. Lo verdaderamente peligroso son las historias que parecen no tener ninguna.
Pedro fue el primero en romper el silencio.
—Odio cuando haces eso.
—¿El qué?
—Esa cara.
—¿Qué tiene mi cara?
—Que normalmente significa que voy a acabar trabajando más.
Parra soltó una risa breve.
—En eso tiene razón.
Harper apoyó la espalda contra la silla.
—No he dicho nada.
—Precisamente —respondió Pedro.
Y por primera vez desde que había comenzado la reunión, los tres sonrieron. Porque también llevaban demasiados años trabajando juntos para ignorar lo evidente. Cuando algo no dejaba tranquilo a Aeris Harper, normalmente tampoco dejaba tranquilo al resto durante mucho tiempo.
La reunión debería haber terminado allí.
El informe estaba completo. Las conclusiones eran claras.
Las preguntas razonables habían recibido respuesta.
No quedaba nada más que decir. Y sin embargo nadie se levantó.
Pedro permaneció detrás del escritorio. Parra seguía sentado.
Y Harper continuaba observando la carpeta abierta frente a él.
Durante unos segundos el único sonido de la habitación fue el zumbido constante del aire acondicionado. Después Parra suspiró. Abrió de nuevo el expediente. Y sacó varias fotografías. Las dejó sobre la mesa.
Ninguno comentó nada. No hacía falta.
Harper tomó la primera. La observó. Después la segunda.
Luego la tercera. Sin prisa. Como si estuviera leyendo un idioma que todavía no comprendía del todo.
La posición del cuerpo. La distancia a las vías.
La inclinación de una pierna. El bolso. La ropa.
La vegetación cercana. La grava. Los raíles.
Las marcas de humedad sobre el terreno. La luz azulada de las primeras horas de la mañana. Todo. Y nada.
No buscaba una prueba. Ni una huella. Ni una evidencia olvidada por los técnicos.
No era ese el motivo. Buscaba otra cosa.
Una sensación. Una contradicción. Un pequeño error.
La clase de detalle que obliga a replantearse una escena entera.
Pero las fotografías seguían devolviéndole exactamente la misma respuesta.
Nada. Todo estaba donde debía estar. Todo parecía coherente. Todo encontraba explicación .
Y precisamente eso era lo que empezaba a resultar incómodo.
Porque la perfección rara vez existe.
Harper dejó una fotografía sobre la mesa y tomó otra. Las vías aparecían extendiéndose hacia el horizonte bajo la luz gris de la madrugada. El cuerpo permanecía inmóvil a varios metros. Sereno. Ordenado. Casi demasiado.
Pedro observó la escena desde detrás del escritorio. No dijo nada. Parra tampoco. Los dos habían aprendido hacía años que interrumpir a Harper en momentos así era una pérdida de tiempo. Si encontraba algo, hablaría. Y si no encontraba nada, también. La diferencia estaba en cuánto tardaba.
Finalmente fue Parra quien rompió el silencio.
—Vamos a citar al marido esta tarde.
Harper seguía observando una fotografía.
—¿Álvaro?
—Sí.
—¿Para reconstruir contexto?
—Exacto.
Parra se encogió ligeramente de hombros.
—Familia. Amigos. Trabajo. Estado emocional. Rutinas. Lo habitual.
Harper asintió. La lógica era impecable. El siguiente paso siempre era el mismo. Reconstruir la vida. Porque los muertos rara vez explican nada. Los vivos sí. O al menos lo intentan.
Volvió a mirar la fotografía. La misma. Las vías.
La distancia. La composición casi artificial de toda la escena.
Como si alguien hubiera ordenado cuidadosamente cada elemento antes de marcharse.
Y sin embargo sabía que aquello era absurdo.
No existía ninguna prueba que apoyara semejante pensamiento.
Ninguna. Solo una sensación. Y las sensaciones no aparecen en los informes.
Parra terminó de recoger algunas hojas. Después añadió:
—Si quieres venir…
La propuesta quedó suspendida unos segundos en el aire.
Pedro ni siquiera levantó la vista. Porque conocía la respuesta.
Parra también. No le estaba ofreciendo participar porque fuera necesario.
Ni porque el caso dependiera de ello. Le estaba ofreciendo participar porque sabía perfectamente cómo funcionaba Aeris Harper.
Sabía que seguiría pensando en Claudia Serrano durante días.
Quizá semanas. Aunque lo apartaran formalmente de la investigación.
Harper observó una última vez la fotografía. Las vías. El cuerpo. La calma extraña de toda aquella escena. Y finalmente dejó la imagen sobre la mesa .
—Sí.
Parra sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi satisfecha. Como quien ve confirmada una teoría sencilla.
—Lo imaginaba.
Se puso en pie. Comenzó a recoger el expediente.
—El café lo pongo yo.
Harper cerró la carpeta.
—Pero no el de la máquina de comisaría.
Pedro soltó una carcajada. Parra negó con la cabeza.
—Algún día vais a superar esto.
—No.
—¿Por qué?
Harper se levantó.
—Porque eso no es café.
Pedro seguía riéndose.
—Exagerado.
—He visto delitos menos graves.
—Algún día vas a denunciar una cafetera.
—Si sigue funcionando, me lo plantearé.
Los tres abandonaron el despacho entre sonrisas. La conversación continuó unos metros más por el pasillo. Después derivó hacia otras cosas. Hacia otros asuntos. Hacia otras obligaciones. Como ocurría siempre.
Pero mientras caminaba hacia la salida del Instituto de Medicina Legal, Harper comprendió algo que no le gustó especialmente. No tenía pruebas. No tenía indicios. No tenía teorías. Ni siquiera tenía una pregunta formulada correctamente. Solo tenía una sensación.
Y aun así acababa de decidir implicarse.
Porque había algo en Claudia Serrano que seguía negándose a quedarse dentro de un expediente.
Y todavía no sabía por qué.