Capítulo Seis #2
Durante un instante permanecieron simplemente así, observándose en silencio mientras la canción avanzaba alrededor de ellos.
Harper levantó la otra mano y apartó un mechón de cabello de su rostro.
Un gesto pequeño. Sencillo. Pero Nya conocía bien aquella forma de tocar.
La delicadeza casi obsesiva con la que él trataba todo aquello que consideraba valioso.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Mentira.
Una sombra de sonrisa apareció en la comisura de los labios de Harper.
—Te has reído más hoy.
La respuesta la tomó por sorpresa. Porque era exactamente el tipo de observación que él hacía. Las que nadie más parecía registrar. Nya sostuvo su mirada unos segundos. Y después fue ella quien acortó la distancia.
El beso llegó despacio. Sin urgencia. Sin necesidad de demostrar nada.
La clase de beso que solo existe cuando dos personas ya conocen todos los caminos posibles para llegar hasta el otro.
El calor de julio permanecía suspendido en la habitación.
La música seguía sonando. El incienso continuaba consumiéndose lentamente.
Y por primera vez en mucho tiempo Nya sintió cómo algo dentro de ella dejaba de resistirse.
No al deseo. A la calma. A la posibilidad de descansar.
Harper apoyó la frente contra la suya. La respiración de ambos terminó encontrando el mismo ritmo.
La mano de Harper descendió por la curva de su espalda, deteniéndose en la cintura como si quisiera memorizarla una vez más.
El roce era lento. Tranquilo. Sin urgencia.
Como casi todo lo importante entre ellos.
Nya apoyó una mano sobre su pecho. Sentía los latidos bajo la tela ligera de la camisa.
Regulares. Firmes. Extrañamente tranquilizadores.
La música continuaba llenando la habitación mientras el humo del incienso ascendía en espirales perezosas hacia el techo.
El aire olía a sándalo. A verano. A noche abierta sobre el río.
Harper volvió a besarla. Y después otra vez. Sin hambre. Sin precipitación. Como si el objetivo no fuera llegar a ninguna parte. Como si el propio camino fuese suficiente.
Aquello era algo que Nya había tardado meses en comprender de él. Harper no parecía vivir el amor como una conquista. Ni como una necesidad. Ni como una batalla. Lo vivía como observación. Como presencia. Como una forma extraordinariamente atenta de permanecer junto a alguien.
La atrajo hacia sí. Sus frentes se rozaron. Sus respiraciones terminaron mezclándose. Y durante unos segundos permanecieron simplemente así, escuchando la canción, el ventilador girando sobre sus cabezas y el rumor lejano del Guadalete al otro lado de las ventanas.
Harper cerró los ojos. No porque quisiera dejar de verla. Porque precisamente estaba sintiendo algo que pocas veces se permitía sentir.
Paz.
Una paz sencilla. Doméstica. Profundamente humana.
La misma que encontraba algunas mañanas cuando despertaba antes que ella y descubría que había conseguido dormir una noche entera.
La misma que aparecía cuando la escuchaba reírse de algo absurdo.
La misma que sentía cada vez que Nya olvidaba durante unos minutos que el mundo podía ser un lugar hostil.
Porque esa era la verdad que nunca decía en voz alta. El placer no estaba únicamente en la cercanía. Ni siquiera en el deseo. Estaba en verla descansar. En verla segura. En verla dejar de luchar.
Nya apoyó la cabeza contra su hombro. Y Harper comprendió que llevaba todo el día intentando apartar a Claudia Serrano de su cabeza.
Las vías. La sensación incómoda. La ecuación mal resuelta.
Todo seguía allí. Esperándolo. Pero en aquel instante, mientras el humo del incienso continuaba elevándose lentamente y Cinnamon Girl se derramaba por la habitación, decidió permitirse unas horas de tregua. Solo unas horas.
Porque había aprendido algo durante el último año.
Hay personas que llegan a tu vida y la cambian.
Y después están las pocas capaces de convertirla en hogar.
Nya pertenecía a la segunda categoría. Y quizá por eso Harper la abrazó un poco más fuerte.
No para retenerla. Para agradecer que estuviera allí.
Fuera, el Guadalete seguía avanzando hacia la noche. Dentro de la habitación, el mundo parecía haberse reducido a aquella luz tenue, a aquella canción y a la certeza sencilla de que ninguno de los dos necesitaba ser otra persona para quedarse. Y, durante unas horas, eso fue suficiente.
La canción había terminado hacía tiempo.
El incienso se consumía lentamente en el inciensario de piedra, reducido ya a una línea fina de ceniza gris que amenazaba con derrumbarse sobre sí misma en cualquier momento.
El ventilador seguía girando sobre sus cabezas con la misma constancia tranquila de siempre.
Fuera, el Guadalete avanzaba en la oscuridad.
Invisible desde la cama. Presente de todos modos.
La habitación estaba casi a oscuras. Solo quedaba encendida una de las lámparas de la mesilla. La suficiente para dibujar sombras suaves sobre las paredes y convertir la estancia en algo parecido a un refugio.
Nya dormía. De verdad. No medio dormida.
No fingiendo descansar. No tumbada con los ojos cerrados mientras su cabeza seguía funcionando a una velocidad absurda.
Dormida. Profundamente dormida. Apoyada contra él.
Con una mano descansando sobre su pecho.
La respiración lenta. Regular. Sin sobresaltos.
Sin tensión. Sin esa inquietud silenciosa que a veces aparecía incluso cuando conseguía conciliar el sueño.
Harper observó el techo durante unos segundos.
Después bajó la vista hacia ella. Y permaneció así.
Sin hacer nada. Simplemente observándola.
No porque estuviera preocupado. No aquella noche.
No porque temiera que fuera a desaparecer en cuanto apartara los ojos.
Aquello habría sido propio de otra persona.
Harper solo estaba contemplando algo que sabía extraordinariamente raro.
Paz.
Porque la conocía. Había aprendido a conocerla mejor de lo que probablemente Nya imaginaba.
Sabía cuándo había dormido mal aunque insistiera en negarlo.
Sabía cuándo estaba agotada. Sabía cuándo llevaba demasiado tiempo estudiando.
Sabía cuándo estaba fingiendo encontrarse mejor de lo que realmente estaba.
Sabía cuándo las pesadillas habían regresado.
Y sabía que noches como aquella ocurrían pocas veces.
Por eso las apreciaba. No como quien contempla algo frágil. Sino como quien comprende el valor real de algo difícil de conseguir.
Harper deslizó una mano sobre su cabello.
Despacio. Sin despertarla. Nya emitió un pequeño sonido ininteligible y se acomodó un poco más contra él.
La reacción hizo aparecer una sonrisa mínima en la comisura de sus labios.
Apenas visible. La clase de sonrisa que nadie veía nunca. Porque casi nunca había nadie mirando.
Pensó en Claudia Serrano. Pensó en las vías. Pensó en aquella sensación persistente que seguía sin abandonarlo del todo. La ecuación mal resuelta. La piedra dentro del zapato. La pregunta sin formular. Todo seguía allí. Esperándolo. Y seguiría allí por la mañana.
Pero también sabía otra cosa. Las investigaciones terminaban.
Los casos terminaban. Las guardias terminaban.
Los expedientes terminaban. Incluso los peores días acababan convirtiéndose en recuerdos.
Lo único que realmente le importaba conservar estaba allí.
Dormido entre sus brazos. Respirando acompasadamente contra su pecho.
Harper nunca había sido especialmente bueno poniendo nombre a determinadas emociones.
La mayoría de las personas necesitaban pronunciarlas.
Él no. Le bastaba con reconocerlas. Y reconocía perfectamente aquella.
No era pasión. No era deseo. No era siquiera felicidad.
Era algo mucho más profundo. La necesidad tranquila de que alguien esté bien.
De que tenga una vida larga. De que encuentre motivos para reírse más veces.
De que algún día consiga dormir sin luchar contra sus propios recuerdos.
Y si para conseguirlo hacían falta meses, los tendría. Si hacían falta años, también. Y si hacía falta una vida entera, Harper descubrió que tampoco le parecía un precio especialmente alto.
La habitación permaneció en silencio. El incienso terminó consumiéndose. La última lámpara siguió proyectando una luz cálida sobre las paredes. Y mientras la noche avanzaba lentamente sobre el río, Aeris Harper comprendió que había cosas que ya no estaba dispuesto a perder.
Nya era una de ellas.
Y quizá la más importante.
Por primera vez en todo el día, la sensación de Claudia Serrano desapareció completamente. Solo durante unos minutos. Solo aquella noche. Pero fue suficiente.