Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Esencias de la India

La Bodega. Casa de Aeris y Nya

El Puerto de Santa María

Cuando regresaron a la bodega, el sol ya había comenzado a esconderse detrás de los edificios del otro lado del río.

La luz que entraba por los ventanales había dejado de ser dorada para adquirir ese tono cobrizo y suave que dura apenas unos minutos antes de desaparecer por completo.

Desde el Guadalete llegaba una brisa ligera que movía las cortinas abiertas de la cocina y arrastraba el olor del agua mezclado con sal, madera húmeda y verano.

Las gaviotas seguían discutiendo sobre los tejados cercanos como si tuvieran asuntos importantes que resolver.

Nya dejó las bolsas sobre la isla de la cocina. Harper hizo lo mismo. Durante unos segundos contemplaron la compra. Nya fue la que rompió el silencio.

—Hemos comprado comida para unas seis personas.

—Hemos comprado queso.

—Eso no contradice mi argumento.

—El queso nunca sobra.

—Eso tampoco.

Harper sacó la tabla de cortar. Nya abrió la nevera. Y, sin necesidad de hablarlo, ambos empezaron a moverse por la cocina con la naturalidad de quienes llevan meses compartiendo espacio.

Aquello era algo que todavía sorprendía a Harper de vez en cuando.

No la convivencia. La facilidad. Durante años había vivido solo.

Demasiados años. La soledad tiene ventajas prácticas.

Todo permanece donde uno lo deja. Nadie altera rutinas.

Nadie invade espacios. Nadie obliga a modificar costumbres.

También tiene inconvenientes. Uno de ellos es olvidar que compartir una vida puede resultar sencillo cuando se hace con la persona adecuada.

Nya cortaba tomates mientras él preparaba la plancha.

Ella abría el vino. Él sacaba los platos.

Ella protestaba porque había comprado demasiado queso.

Él ignoraba la protesta porque ambos sabían que era mentira.

La conversación saltaba de un tema a otro sin dirección aparente: un libro que habían visto aquella tarde, un hombre que casi se lleva por delante una columna mirando el móvil, una discusión absurda escuchada en una tienda de informática, las gaviotas, los turistas, la temperatura.

Cualquier cosa. Todo menos oposiciones, juzgados y sobre todo, menos Claudia Serrano.

La carne comenzó a chisporrotear sobre la plancha. El olor llenó rápidamente la cocina. Nya se apoyó sobre la encimera con una copa de vino entre las manos mientras observaba a Harper concentrado en algo tan aparentemente trascendental como darle la vuelta a unos secretos ibéricos.

—Tienes cara de estar instruyendo un procedimiento.

—Estoy cocinando.

—La diferencia es mínima.

—La carne no suele recurrir mis decisiones.

—Eso es porque aún no ha conocido a tus abogados.

Harper levantó la vista. Ella sonreía. Y por algún motivo aquella imagen consiguió hacer desaparecer parte del ruido acumulado durante el día. No completamente. Nunca completamente. Pero lo suficiente.

La cena terminó servida sobre la mesa larga que daba al río.

No encendieron ninguna luz durante un rato.

No la necesitaban. La claridad residual del atardecer seguía entrando por los ventanales y dibujaba reflejos suaves sobre la madera, sobre las copas de vino y sobre las estanterías lejanas de la biblioteca superior.

Comieron despacio. Sin prisas. Como dos personas que no tienen ningún sitio al que llegar.

La conversación continuó derivando hacia asuntos cada vez más insignificantes.

Y precisamente por eso más importantes. Nya le contó una anécdota absurda de la universidad.

Harper confesó que había utilizado una sentencia del Tribunal Supremo para sujetar una mesa coja durante casi una semana antes de darse cuenta.

Ella se rio tanto que terminó derramando parte del vino.

Él sostuvo que aquello demostraba una falta de respeto institucional inadmisible.

Ella respondió que el Supremo llevaba años sobreviviendo a cosas peores.

Y durante varios minutos ninguno habló porque seguían riéndose.

Era una escena tan normal que habría resultado insoportable para cualquiera que necesitara emociones fuertes para sentirse vivo.

A Harper le parecía perfecta. Porque había aprendido algo durante el último año.

Las personas no construyen una vida juntas a partir de los grandes acontecimientos.

La construyen a partir de cenas como aquella.

De bromas privadas. De conversaciones sin importancia.

De compras en Bahía Sur. De una botella de vino compartida frente al río.

De descubrir, un día cualquiera, que el lugar donde termina la jornada coincide exactamente con el lugar donde uno quiere estar.

Cuando terminaron de cenar, Nya recogió los platos.

Harper abrió otra vez la botella. Y durante unos segundos ambos permanecieron en silencio observando el Guadalete oscurecerse al otro lado de los cristales.

No era un silencio incómodo. Era uno de esos silencios raros que solo aparecen cuando dos personas ya no sienten la necesidad de llenarlo.

Y quizá por eso funcionaban. No porque se parecieran.

No porque pensaran igual. Ni siquiera porque se entendieran siempre.

Funcionaban porque ninguno exigía al otro convertirse en alguien distinto para ser querido.

Y eso, descubrió Harper mientras observaba el río avanzar lentamente hacia la noche, era mucho más raro de encontrar que cualquier historia de amor.

La cena terminó sin prisas. Nya recogió los platos mientras Harper guardaba la botella de vino y ordenaba la cocina con esa eficiencia silenciosa que aplicaba a cualquier tarea, desde una instrucción judicial hasta colocar vasos en un armario.

La noche había terminado de caer sobre el Guadalete y las ventanas abiertas dejaban entrar una brisa suave que mitigaba parcialmente el calor acumulado durante el día.

—Voy a subir un momento —dijo Harper.

Nya levantó la vista desde el fregadero.

—¿Tengo que preocuparme?

—Probablemente.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Era una advertencia.

Ella negó con la cabeza y siguió lavando una tabla de cortar.

Harper desapareció escaleras arriba. No tardó mucho. Dos minutos. Quizá tres. El tiempo suficiente.

Cuando Nya terminó de recoger la cocina, apagó las luces de la planta baja y comenzó a subir hacia la biblioteca.

La casa estaba en silencio. No un silencio vacío, sino ese otro más amable que aparece al final de los días buenos, cuando ya no queda nada urgente que hacer y las horas dejan de exigir cosas.

Atravesó parte de la biblioteca. La luz estaba apagada. Los libros permanecían sumidos en penumbra. Y entonces lo notó. El aroma. Suavemente. Antes incluso de llegar al dormitorio. Antes incluso de ver la puerta abierta. Se detuvo. Respiró una segunda vez. Y sonrió .

Esencias de la India. Sándalo. El mismo. Siempre el mismo.

Nya continuó caminando despacio. La habitación estaba iluminada únicamente por la luz tenue de las lámparas de las mesillas.

Una de las ventanas permanecía abierta. El ventilador giraba lentamente sobre sus cabezas, moviendo el aire cálido de la noche.

Sobre una cómoda de piedra, junto a la pared, el pequeño inciensario desprendía una columna fina de humo que ascendía hacia el techo antes de desaparecer.

Harper estaba sentado al borde de la cama, hojeando distraídamente un libro. Levantó la vista al verla entrar.

—Has encendido incienso.

—Observación correcta.

—Muy gracioso.

—Gracias.

Nya se acercó al inciensario. El aroma era exactamente el que recordaba. No parecido. No similar. Exactamente ése. La clase de detalle que la mayoría de la gente no habría retenido. La clase de detalle que Harper llevaba meses almacenando en algún rincón de la cabeza sin comentarlo jamás.

—¿Cuándo los has comprado?

Harper pasó una página.

—Mientras estabas en el baño.

La respuesta llegó con absoluta naturalidad. Como si no tuviera importancia. Como si aquello no significara nada. Nya observó unos segundos el humo ascendiendo lentamente. Después volvió la vista hacia él. Y comprendió algo que ya sospechaba desde hacía tiempo.

Harper veía mucho más de lo que decía. Muchísimo más.

La diferencia era que nunca utilizaba ese conocimiento como un arma. Nunca para controlar. Nunca para dirigir. Nunca para exigir. Simplemente observaba. Y recordaba. Porque le importaba.

—Eres raro.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

Nya se acercó a la cama. Harper dejó el libro a un lado.

Durante unos segundos ninguno habló. El humo del incienso seguía elevándose lentamente desde el inciensario de piedra, dibujando formas cambiantes bajo la luz cálida de las lámparas.

La noche respiraba al otro lado de las ventanas abiertas.

Desde el río llegaba una corriente suave de aire que apenas conseguía mover las cortinas .

Harper tomó el teléfono que descansaba sobre la mesilla. Buscó algo. Pulsó la pantalla. Y unos segundos después los primeros acordes de Cinnamon Girl comenzaron a extenderse por la habitación.

Nya sonrió inmediatamente.

—Sabías que iba a reconocerla.

—Era una apuesta bastante segura.

La música llenó el espacio sin imponerse. Como el incienso. Como la luz tenue. Como tantas cosas importantes que no necesitan llamar la atención para estar presentes.

Harper se puso en pie. Y entonces se acercó a ella.

Despacio. Sin prisas. Como hacía casi todo lo que realmente le importaba.

Nya sintió una de sus manos buscar la suya.

Los dedos se entrelazaron con una naturalidad que ya no necesitaba aprendizaje.

Ni explicaciones. Ni permiso. Habían pasado demasiadas cosas juntos para eso.