Capítulo Cinco
Cambio de planes
La Bodega. Casa de Aeris y Nya
El Puerto de Santa María
La guardia terminó exactamente igual que terminan la mayoría de las guardias que no acaban ocupando titulares: entre papeles, conformidades y una cantidad deprimente de estupidez humana perfectamente documentada.
Durante el resto de la mañana y buena parte de la tarde, Aeris Harper había firmado diligencias, resuelto incidencias, escuchado versiones contradictorias de hechos absurdamente simples y contemplado cómo varias personas dedicaban una energía admirable a complicarse la existencia por cantidades de dinero que apenas justificaban la discusión.
Hurtos menores. Peleas que ya ni sus protagonistas recordaban con precisión.
Un quebrantamiento de condena tan previsible que parecía haber sido redactado por alguien sin imaginación.
Abogados cansados. Funcionarios pendientes del reloj.
Policías deseando terminar informes. La maquinaria habitual de la justicia funcionando con esa mezcla de rutina y resignación que solo adquieren las instituciones después de muchos años viendo exactamente los mismos errores con nombres diferentes.
Nada relacionado con Claudia Serrano había avanzado un solo centímetro.
Tampoco esperaba que lo hiciera. Era demasiado pronto.
La autopsia aún no había comenzado. Los informes tardarían días.
Las entrevistas llegarían después. La investigación apenas había dado sus primeros pasos.
Sin embargo, mientras resolvía asuntos completamente ajenos a aquella muerte, la imagen de las vías regresaba una y otra vez a su cabeza con la persistencia de una melodía mal recordada.
No era una obsesión. Harper conocía las obsesiones.
Había visto demasiadas. Aquello se parecía más a una ecuación que se negaba a cerrarse correctamente.
Una operación sencilla cuyo resultado parecía correcto y, aun así, producía una incomodidad difícil de justificar.
Todo encajaba. La escena. La posición del cuerpo.
La ausencia de signos evidentes de violencia.
La historia preliminar que empezaba a dibujarse alrededor de Claudia.
Todo encajaba. Y precisamente por eso seguía molestándole.
A las cinco cerró el último expediente, guardó varios documentos en el maletín de cuero y abandonó el juzgado sin mirar atrás.
La sensación continuó acompañándolo hasta el aparcamiento, pero por primera vez en todo el día decidió ignorarla deliberadamente.
Claudia Serrano seguiría muerta dentro de una hora.
La investigación seguiría allí por la mañana.
Y, por una vez, Harper pensaba concederse unas horas lejos de ambos.
La luz de la tarde transformaba la bodega.
Había algo en el sol de finales de julio que conseguía volver irreales incluso los lugares más conocidos.
El ladrillo antiguo adquiría tonalidades anaranjadas, la madera parecía más cálida y los ventanales devolvían reflejos dorados que se deslizaban lentamente por el suelo a medida que avanzaban las horas.
Desde el exterior llegaba el murmullo constante del Guadalete, mezclado con el graznido ocasional de alguna gaviota y el ruido lejano de un motor navegando hacia la desembocadura.
No era silencio exactamente. Era algo mejor.
El tipo de ruido que solo existe en los lugares donde uno se siente en casa.
Harper redujo la velocidad antes de entrar en el garaje.
La puerta se cerró detrás del Kona con un sonido amortiguado.
Durante unos segundos permaneció sentado observando cómo la luz del atardecer se filtraba por las cristaleras superiores de la bodega.
Había días en los que aquel lugar todavía le sorprendía.
No porque fuera especialmente lujoso ni espectacular, sino porque resultaba difícil asociarlo con la vida que ambos llevaban apenas un año atrás.
Nya había heredado aquella bodega de su tío Rafael, el hermano de Antonio, años atrás.
Durante años había permanecido cerrada, acumulando polvo, humedad y recuerdos.
Después, tras empezar su relación con Harper, llegaron las obras.
Poco más de tres meses de reformas, de arquitectos, permisos, albañiles, electricidad, carpintería y discusiones sobre detalles absurdamente específicos que solo parecen importantes cuando uno está construyendo un hogar.
Y ahora allí estaba. Una biblioteca que ocupaba toda la planta superior.
Dos despachos independientes. Un despacho compartido.
Un patio interior. Un garaje. Un dormitorio enorme.
Miles de libros. Y suficiente espacio para que dos personas acostumbradas a la soledad aprendieran a convivir sin invadirse.
Harper cogió el maletín y entró en la casa.
El olor fue lo primero que lo recibió. Papel.
Café. Madera. El leve aroma salino que llegaba desde el río cuando las ventanas permanecían abiertas.
Después llegaron los sonidos. El ventilador del techo.
Alguna embarcación alejándose. El roce de una página al pasar.
Y entonces sonrió. Porque ya sabía exactamente dónde estaba Nya.
No necesitó buscarla. Ni llamarla. Ni recorrer la casa. Simplemente lo supo.
Subió la escalera que conducía a la biblioteca y la encontró donde esperaba encontrarla. Sentada en una de las mesas largas del ala este. Rodeada de libros. Otra vez.
La biblioteca ocupaba toda la planta superior de la bodega.
Sin tabiques. Sin divisiones. Un espacio diáfano donde las estanterías ascendían hasta el techo y los pasillos entre libros parecían multiplicarse con la luz del atardecer.
Desde allí arriba podía verse parte del río a través de los ventanales, así como los tejados cercanos y el movimiento lento de las embarcaciones.
Nya ni siquiera levantó la vista cuando él apareció.
Estaba leyendo. O quizá releyendo. Con ella nunca era fácil distinguir ambas cosas.
Tenía varios códigos abiertos sobre la mesa, una libreta cubierta de anotaciones, el portátil encendido y dos bolígrafos colocados en paralelo con una precisión sospechosa.
La sudadera negra que llevaba por la mañana seguía puesta a pesar de que cualquier persona razonable se habría derretido dentro de ella hacía horas.
Harper observó la escena durante unos segundos.
Después observó el reloj. 17:45. Nya había empezado a estudiar a las siete de la mañana.
La matemática era sencilla. Y preocupante.
Sobre la mesa seguían acumulándose varias tazas de café.
La botella de agua estaba casi llena. El plato donde había dejado el desayuno por la mañana permanecía apartado a un lado.
Vacío, al menos. Aquello ya era una mejora.
La luz dorada del atardecer caía directamente sobre una parte de la mesa, iluminando parte de su cabello y dibujando reflejos anaranjados sobre las páginas abiertas.
Desde allí parecía tranquila. Serena incluso.
Pero Harper conocía la diferencia entre tranquilidad y agotamiento funcional.
Llevaba meses observándola. Demasiados meses.
Y sabía reconocer cuándo estaba forzando la máquina.
Nya subrayó una frase. Escribió algo en la libreta. Pasó una página. Y solo entonces habló.
—Llevas tres minutos mirándome.
Harper dejó el maletín junto a una estantería.
—Cuatro.
—Eso es preocupante.
—Tú llevas casi once horas estudiando.
Ahora sí levantó la vista. Y por la expresión que puso, Harper supo inmediatamente que acababa de encontrar el punto exacto donde iba a empezar la siguiente discusión. Lo cual, curiosamente, era justo lo que pretendía .
Nya sostuvo su mirada durante unos segundos antes de volver a bajar la vista hacia los apuntes.
—Me quedan dos temas.
—Llevas diciendo eso desde abril.
—Es una oposición. Los temas se reproducen.
Harper avanzó hasta la mesa. No parecía enfadado.
Ni preocupado. Ni especialmente interesado en discutir.
Era peor. Parecía haber tomado una decisión.
Se detuvo junto a ella, observó el código abierto delante de sus ojos y pasó una página al azar.
Después otra. Después cerró el libro. Simplemente lo cerró. Con calma. Sin brusquedad.
El golpe sordo de las tapas resonó sobre la mesa.
Nya levantó la vista inmediatamente.
—Harper.
Él cogió el siguiente manual. Lo cerró también.
—Harper.
Después bajó la pantalla del portátil. La biblioteca quedó en silencio. Solo el ventilador girando lentamente sobre sus cabezas y el ruido lejano del río entrando por las ventanas abiertas.
—Ya está bien por hoy.
Nya lo observó con una mezcla de incredulidad y resignación.
—Ése no es un argumento jurídico válido.
—No estamos en el juzgado.
—Tengo una oposición dentro de ocho meses.
—Y un sistema nervioso dentro de tu cuerpo.
—Eso ha sonado sorprendentemente emocional para ser tú.
Harper apoyó una mano sobre la mesa.
—Has estudiado desde las siete de la mañana.
—He parado para desayunar.
—Porque te obligué.
—Eso es discutible.
—No especialmente.
Nya dejó escapar una exhalación larga. No porque estuviera enfadada.
Porque sabía que estaba perdiendo. Lo sabía desde el momento en que Harper había cerrado el primer libro.
Cuando él tomaba una decisión de ese tipo no lo hacía impulsivamente.
Antes observaba. Calculaba. Esperaba. Y cuando finalmente actuaba, significaba que llevaba horas llegando a la misma conclusión.
—Podría estudiar un rato más .
—Podrías.
—Y debería.
—Probablemente.
—Entonces…
—No vas a hacerlo.
La respuesta llegó con una tranquilidad absoluta. Sin autoridad. Sin imposición. Como si estuviera describiendo el tiempo.
Nya entrecerró los ojos.
—A veces eres desesperante.
—Lo sé.
—Lo peor es que lo sabes.
—También lo sé.
Durante unos segundos permanecieron mirándose.
Después, muy despacio, Nya se reclinó en la silla.
Por primera vez en todo el día. El gesto parecía insignificante.
Pero Harper vio inmediatamente cómo desaparecía parte de la tensión acumulada en sus hombros.
Como si alguien hubiera aflojado una cuerda demasiado estirada.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
La sombra de una sonrisa apareció en la comisura de la boca de Harper. Pequeña. Peligrosa.
—Ahora vas a recordar que tienes vida fuera del Código Penal.
—Eso suena agotador.
—Lo superarás.
Y por primera vez desde que había regresado a la bodega, la sensación de Claudia Serrano se alejó unos pasos de su cabeza. No había desaparecido. Seguía allí. Esperando. Pero podía esperar hasta el día siguiente.
-*.*-
La discusión terminó exactamente como terminaban la mayoría de las discusiones entre ellos: sin que ninguno reconociera formalmente la victoria del otro y con Harper consiguiendo lo que quería de todas formas.
Una hora después ambos habían pasado por la ducha, abandonado la bodega y cruzado el puente en dirección a San Fernando mientras el sol comenzaba lentamente a perder intensidad sobre la bahía.
El aire seguía siendo cálido, pero ya no tenía la agresividad de las horas centrales del día.
Desde ciertos puntos del trayecto podía verse el agua extendiéndose a ambos lados de la carretera, brillante bajo la luz de la tarde, salpicada de embarcaciones pequeñas y aves que parecían suspendidas sobre las corrientes.
Bahía Sur estaba razonablemente lleno. Familias. Adolescentes. Parejas. Gente que simplemente mataba las últimas horas de la tarde antes de regresar a casa. La clase de normalidad que siempre le había gustado a Harper precisamente porque no exigía nada.
Caminaron sin prisa. Sin rumbo especialmente definido. Entrando en tiendas. Saliendo de otras. Comentando libros que ninguno pensaba comprar. Discutiendo sobre la utilidad real de ciertos objetos que claramente existían porque alguien había conseguido convencer a la humanidad de que los necesitaba.
Nya terminó saliendo de una tienda de informática con un ordenador nuevo bajo el brazo después de que Harper le recordara que el anterior llevaba meses amenazando con jubilarse cada vez que intentaba abrir más de tres pestañas simultáneamente.
—Funciona perfectamente.
—Esta mañana tardó siete minutos en abrir un PDF.
—Es un ordenador reflexivo.
—Es un fósil tecnológico.
—Tiene personalidad.
—Tiene síntomas.
Después llegaron dos sudaderas para Nya. Dos camisas ligeras para Harper. Una conversación absurda sobre cuál de los dos era más difícil de convencer para comprarse ropa. Y varias risas que ninguno de los dos habría sabido explicar después.
En algún momento Nya anunció que iba al baño. Harper asintió. Esperó a que desapareciera entre la gente. Y cambió discretamente de dirección.
La tienda estaba exactamente donde recordaba.
Tardó menos de tres minutos. Conocía incluso la estantería.
Esencias de la India. Sándalo. Jazmín. Canela.
Vainilla. Cogió varias cajas. Las mismas que Nya elegía siempre.
No porque ella se lo hubiera pedido. Porque llevaba meses observándolo.
La forma en que respiraba cuando encendía uno.
La forma en que sus hombros descendían unos centímetros después.
La manera en que la habitación parecía resultar menos hostil cuando aquel aroma ocupaba el espacio.
Pagó. Guardó la bolsa dentro de otra más grande. Y regresó antes de que Nya volviera.
Ella nunca llegó a enterarse. Al menos no aquella tarde.
La compra terminó en un supermercado. Carne para la plancha. Lechuga. Tomates. Queso. Pan. Una botella de vino. Nada sofisticado. Nada especialmente romántico. Solo ingredientes suficientes para preparar una cena sencilla en casa .
Porque había noches en las que la felicidad se parecía mucho más a una bolsa de la compra compartida que a cualquier gesto espectacular. Y aquella, pensó Harper mientras caminaban hacia el aparcamiento bajo la luz dorada del atardecer, iba a ser una de ellas.