Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cuatro #2
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Capítulo Cuatro #2

Parra volvió a llamar. Esta vez escucharon algo. Pasos. Lentos. Arrastrados. El ruido de una cerradura.

La puerta se abrió.

El hombre que apareció al otro lado llevaba una camiseta gris y un pantalón corto de deporte.

Tendría alrededor de cuarenta años, quizá alguno menos.

El cabello oscuro estaba despeinado de una forma que no parecía estética sino consecuencia directa del agotamiento.

Tenía ojeras marcadas, barba de dos días y esa expresión ligeramente desconectada de quien ha dormido poco y mal durante demasiado tiempo.

Parra supo inmediatamente que era Álvaro.

No porque lo reconociera físicamente. Porque tenía exactamente el aspecto que esperaba encontrar.

Un hombre que acababa de llegar de trabajar.

Un padre reciente. Alguien que todavía estaba intentando cambiar de marcha mentalmente para entrar en el fin de semana.

—¿Sí?

Su voz sonó ronca. Cansada. Detrás de él se veía parte del salón. Un sofá. Una televisión apagada. Una manta abandonada sobre uno de los reposabrazos. La luz de la mañana entrando por un ventanal abierto. Una vivienda normal. Una vida normal.

Parra mostró la placa.

—Buenos días. Policía Nacional.

El hombre frunció ligeramente el ceño. No parecía preocupado todavía. Solo confundido.

—¿Ha ocurrido algo?

Parra intercambió una mirada rápida con Sergio. Aquel era siempre el momento más difícil. Porque todavía existía una salida. Todavía podían decir cualquier otra cosa. Una citación. Una consulta. Un trámite. Todavía no habían pronunciado las palabras que cerrarían todas las demás posibilidades.

—¿Es usted Álvaro Ortiz?

—Sí.

—¿Marido de Claudia Serrano?

Algo cambió. Muy poco. Pero cambió. La mayoría de las personas lo percibían antes de entenderlo. Una alteración mínima en la respiración. Una tensión nueva en los hombros. Un movimiento involuntario de los ojos. Como si el cuerpo llegara antes que la razón a una conclusión terrible.

—Sí.

La respuesta ya no sonó igual. Parra sostuvo su mirada. No prolongó la espera. Había aprendido que retrasar una noticia así nunca ayuda a nadie.

—Señor Martín, necesitamos hablar con usted.

El silencio que siguió duró apenas unos segundos. Pero resultó inmenso.

Álvaro no respondió inmediatamente. Observó a los dos policías. Después volvió a mirar la placa. Y finalmente preguntó:

—¿Qué ha pasado?

La pregunta salió casi en un susurro. Como si una parte de él ya conociera la respuesta y estuviera intentando negociar unos segundos más de ignorancia.

Parra sintió la mirada de Sergio a su lado.

Sintió el calor del rellano. El zumbido lejano de una televisión en otro piso.

El ruido de una cisterna descargándose en alguna vivienda vecina.

La normalidad continuando a escasos metros.

Y entonces habló.

—Esta madrugada ha aparecido una mujer junto a las vías ferroviarias de Jerez.

Álvaro dejó de moverse. Literalmente. Como si alguien hubiera pulsado una pausa invisible.

—Hemos encontrado documentación a nombre de Claudia Serrano.

La sangre desapareció de su rostro.

—No.

La palabra salió sola. Instintiva. Inmediata.

—No.

Parra no dijo nada. No intentó corregirlo. No intentó suavizarlo. Porque la negación siempre llega primero. Siempre.

Álvaro negó con la cabeza una vez. Después otra. Cada vez más rápido.

—No. No. No puede ser.

Miró detrás de él. Hacia el interior de la vivienda. Como si esperara verla aparecer desde el pasillo. Desde la cocina. Desde cualquier rincón. Como si la realidad pudiera corregirse sola.

—No puede ser.

Su voz empezó a romperse.

—Claudia estaba…

Se interrumpió. Parpadeó. Intentó ordenar algo dentro de su cabeza.

—Claudia estaba con su madre .

Parra frunció ligeramente el ceño. Aquello no figuraba todavía en el informe.

—¿Con su madre?

Álvaro asintió. Estaba respirando demasiado deprisa.

—Todos los viernes. Siempre. Deja a la niña con su madre los viernes. Yo trabajo de noche. Ella se queda allí muchas veces para no estar sola con la niña. He llegado hace diez minutos. Todavía no… todavía no…

La frase murió. El bombero se llevó una mano a la boca. Miró a los dos policías. Y por primera vez comprendió que aquello no era una confusión administrativa. No era un error. No era una equivocación de identidad.

Parra observó cómo la comprensión se instalaba lentamente en su rostro. Era una de las cosas más terribles que había presenciado en su carrera. No el llanto. No los gritos. Ese momento. El instante exacto en que una persona deja de luchar contra la noticia y empieza a entenderla.

Álvaro retrocedió un paso. Después otro. La puerta quedó completamente abierta. Y el mundo anterior desapareció.

La conversación continuó durante varios minutos más, aunque más tarde ninguno de los tres habría sido capaz de reconstruirla con precisión.

Parra respondió preguntas. Las mismas preguntas que aparecen siempre.

Preguntas que nacen del dolor, no de la lógica.

¿Están seguros? ¿Podría tratarse de otra persona?

¿Había documentación? ¿La han identificado visualmente?

¿Dónde está ahora? Cada respuesta parecía abrir una herida nueva.

Porque las respuestas tienen esa mala costumbre: convierten las posibilidades en realidad.

Álvaro terminó sentado en el sofá. No porque alguien se lo sugiriera.

Porque las piernas dejaron de sostenerlo con normalidad.

La vivienda permanecía exactamente igual que cuando abrió la puerta.

La televisión seguía apagada. La manta continuaba arrugada sobre el reposabrazos.

Una taza descansaba sobre la mesa baja del salón.

La luz de julio seguía entrando por las ventanas.

Todo permanecía en su sitio. Todo excepto el mundo.

Parra observó una fotografía colocada sobre un mueble cercano.

Claudia aparecía sonriendo. Sostenía a un bebé envuelto en una manta azul mientras un hombre, probablemente Álvaro, los abrazaba desde atrás.

Era una fotografía corriente. Feliz. Tan corriente y feliz que resultaba difícil asociarla con el cuerpo inmóvil que había visto aquella mañana junto a las vías.

La tragedia rara vez anuncia su llegada. Ése era uno de los mayores problemas. La mayoría de las personas salen de casa convencidas de que volverán. Y casi siempre tienen razón. Hasta que dejan de tenerla.

—El niño está con mi suegra.

La frase apareció de repente. Álvaro seguía mirando algún punto indeterminado del suelo. No parecía dirigirse a nadie en concreto.

—Siempre se queda allí los viernes.

Parra no respondió.

—Tengo que llamarla.

Su voz se quebró ligeramente.

—Tengo que decirle que…

La frase murió antes de completarse. Durante unos segundos el silencio ocupó el salón. Un silencio pesado. Irregular. Humano.

Sergio apartó la mirada. Pensó en Lucía.

Cinco meses. Pensó en la última vez que la había tenido dormida sobre el pecho mientras él luchaba por mantenerse despierto en el sofá.

Pensó en el olor de la cabeza de un bebé.

Pensó en lo rápido que alguien puede convertirse en padre.

Y en lo imposible que resulta prepararse para dejar de ser marido.

Parra se puso en pie. No porque quisiera marcharse. Porque ya no podía hacer nada más.

Aquella era la parte más cruel de todas las comunicaciones de fallecimiento. La noticia se entrega en cuestión de segundos. Las consecuencias permanecen durante años.

—Le dejaremos una tarjeta con los datos del grupo —dijo con suavidad—. Si necesita cualquier cosa, cualquier información o cualquier aclaración, puede llamarnos a cualquier hora.

Álvaro asintió. No parecía haber escuchado realmente. La mente ya estaba en otro lugar. Intentando comprender algo que todavía no aceptaba.

Parra dejó la tarjeta sobre la mesa. Después él y Sergio caminaron hacia la puerta. Nadie los acompañó. Nadie se despidió. Algunas despedidas pertenecen a los vivos. Otras no.

Cuando salieron al rellano, el calor del edificio les golpeó de nuevo. La puerta permaneció abierta detrás de ellos. Desde dentro no llegaban gritos. Ni llantos. Ni sonidos dramáticos. Solo silencio. Un silencio mucho más inquietante.

Parra esperó unos segundos antes de comenzar a bajar las escaleras. Sergio lo siguió. Ninguno habló hasta llegar a la calle.

La urbanización seguía exactamente igual que media hora antes. Los vecinos caminaban. Los coches circulaban. Las terrazas continuaban abiertas. La ciudad seguía avanzando con absoluta indiferencia.

Sergio miró una última vez hacia el edificio. Después exhaló lentamente.

—Harper tenía razón.

Parra abrió la puerta del coche.

—¿Sobre qué?

—Los muertos son la parte fácil.

Parra permaneció unos segundos observando la fachada. Pensó en Claudia Serrano. Pensó en Álvaro. Pensó en la llamada que todavía estaba pendiente. La de la abuela. La del bebé. La de todos los que aún no sabían que aquella mañana también iba a partirles la vida por la mitad.

—Sí —dijo finalmente—. Siempre lo son.

Y por primera vez desde que encontraron el cadáver junto a las vías, el caso dejó de parecer un procedimiento.

Ahora era una familia.